La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 16
75%

Capítulo 16

A la mañana siguiente, el tumulto de su interior seguía sin apaciguarse.

Chiara ignoró a Cadrim lo mejor que pudo.

Del hechizo que por un momento había reinado entre los dos no quedaba ni rastro.

La conversación había reavivado su indignación y el dolor por el cuenco de oración perdido, y aquel intento de manipularla dejaba claro que no podía fiarse de él.

—¿Va todo bien? —preguntó Willem, preocupado, mientras le tendía un plato de gachas de avena calientes para desayunar. No se le habían escapado las miradas hostiles que se cruzaban su general y Chiara.

—De maravilla —soltó ella entre dientes.

—¿Ha pasado algo? —Willem bajó la voz—. ¿Ha hecho algo Cad…?

—No. —Ella negó con la cabeza. Nada digno de mención, al menos. Solo había destrozado la amistad que empezaba a nacer entre los dos. Aunque quizá nunca hubiera habido nada; de lo contrario, no se lo habría jugado con tanta ligereza.

—Deberíamos partir —apremió Malik, y paseó la mirada por los alrededores, caviloso.

La esperanza de Cadrim no se había cumplido. El cielo colgaba cargado de nubes oscuras; la nevada había aflojado un poco, pero los copos seguían cayendo sin descanso.

—Solo nos queda el paso de Schuha. De aquí al Tessar, el peligro de aludes sería extremo.

—Dejad aquí todo lo que no sea de primera necesidad —ordenó Cadrim a los hombres.

Chiara contempló su morral repleto, indecisa. Allí dentro no sobraba ni un alfiler.

Malik se puso a su lado.

—Al menos un trecho podemos llevar un caballo para vos, Alteza.

Sin querer, la mirada de Chiara saltó hacia Cadrim, que enrollaba su manta. En ese momento, ni con la mejor voluntad podía ella ponerse a su lado. El otro extremo del mundo aún le quedaba demasiado cerca.

—Tendríais que sosteneros sola en la silla —interrumpió Malik sus pensamientos—. Con este suelo, dos son demasiado peso para el animal. ¿Os veis capaz?

Chiara asintió, poco convencida.

Él le sonrió, dándole ánimos.

—Llevaremos el caballo de la rienda. Vos solo agarraos bien.

—A los demás animales los soltaremos aquí. —Cadrim le quitó la brida a su semental.

—¿Qué será de ellos? —preguntó Chiara, preocupada.

—Se las apañarán —respondió Malik—. Hay varias aldeas cerca. O el humo los atrae hasta allí, o los recoge algún cazador.

Los hombres hicieron los preparativos con callada destreza, y en un cuarto de hora escaso todos estaban listos para partir.

Willem sujetó el caballo de la rienda mientras Chiara trepaba con cuidado a la silla.

Tras salir de la aldea había empezado a ejercitarse en montar sola, porque no quería depender siempre de la ayuda de los hombres.

Willem amarró el morral de ella a la silla antes de echarse el suyo a la espalda.

Malik fue el primero en ponerse en marcha. Se había atado a las botas unas mallas trenzadas con ramas, con las que iba aplastando la nieve al andar.

—Atentos, que el suelo puede ser desigual —advirtió. Chiara reparó en que Rowin, que lo seguía, iba pisando sus huellas.

Willem tomó las riendas y tiró del caballo de Chiara. Por suerte, iban tan despacio que a ella no le costó mantener el equilibrio.

—Aun así, mejor agarraos —recomendó Willem—.

Si un casco resbala, podríais salir despedida de la silla.

—Obediente, Chiara posó una mano en el pomo, agradecida sin medida por los guantes forrados que le resguardaban la piel de la nieve.

Se caló el gorro hasta la frente y se echó encima la capucha.

No tenía ni idea de cómo iba a resistir los días siguientes, y se preguntó sin querer si el rey Lexor habría sabido lo que la esperaba en aquel viaje.

Cuánto esfuerzo malgastado en arreglar para ella los vestidos de Isida, y no llevaba encima nada útil de verdad. ¿Había faltado tiempo para prepararla como era debido, o es que nadie tenía la menor idea de cómo eran las montañas?

Claro que a esas alturas era ocioso darle vueltas. Sabía que solo lo hacía por esquivar lo que de veras la ocupaba. La afirmación de Cadrim seguía suspendida en el aire.

Se preguntaba qué lo habría movido a sostener algo así.

Qué esperaban sacar de ello él… o su príncipe.

Y al mismo tiempo su actitud le dolía. Pese a todo lo que los separaba, lo cierto era que había empezado a tomarle afecto.

Resistió el impulso de volverse a mirarlo, aunque sabía que caminaba justo a su espalda.

Nadie decía palabra. Con las gruesas bufandas liadas a la cara, se abrían camino a duras penas, paso a paso. Chiara era incapaz de calcular el tiempo transcurrido; el día era gris y desvaído, y nada en él cambiaba.

En algún momento, al menos, dejó de nevar, pero el caballo se hundía a cada paso casi hasta las rodillas. Pese al frío, vio relucir gotas de sudor en la frente de Willem. La marcha se cobraba su tributo.

Al cabo llegaron a una ladera rocosa que se alzaba ante ellos. Había en ella una oquedad, demasiado somera para llamarla cueva, pero que algo resguardaba del aullido del viento.

Malik se desplomó contra la roca, exhausto, y respiró hondo varias veces. Rowin se dejó caer a su lado.

Willem ayudó a Chiara a bajar del caballo antes de plantarse ante Malik.

—¿Podemos hacer fuego?

Chiara advirtió con desazón que no había leña en todo el contorno. Los pocos arbustos pelados que alcanzó a distinguir estaban cubiertos de hielo y nieve. Hacerlos arder iba a ser poco menos que imposible.

Entre quejidos, Malik se levantó y se desató las mallas de las botas.

—Si estamos de mucha suerte… —Fue palpando la pared de roca hasta dar con algo, se puso en cuclillas y apartó la nieve del suelo.

Chiara se acercó, curiosa. Él apartó unas piedras grandes como puños. Debajo asomó un hueco donde descansaba un fardo bien liado. Malik lo sacó con una sonrisa de oreja a oreja, y Chiara atisbó unos cuantos fardos parecidos.

—El destino nos es propicio —declaró Malik—.

Algún cazador debe de haber repuesto el escondrijo hace poco.

—Desenvolvió el paño y sacó unas ramas gruesas y secas, lo justo para una hoguera pequeña.

Fue pasando la leña y guardó el paño con esmero en el hueco antes de cerrarlo de nuevo con las piedras.

—¿Cómo es que conocéis tan bien estos parajes? —preguntó Chiara.

—Me crie aquí. ¿No se me nota? —Malik agitó con teatralidad las pestañas de sus ojos un punto rasgados—. Yo no soy un blandengue como estos llaneros.

La ocurrencia le valió de parte de Jakon un pescozón amistoso.

—Cuidado con esa lengua, salvaje.

Malik se rio, y enmudeció de golpe cuando un aullido largo rasgó el aire en la lejanía.

—Maldita sea. —Se volvió como un rayo, alarmado, y se llevó un dedo a los labios.

Su tensión se contagió al instante al resto del grupo; incluso Chiara contuvo la respiración.

Malik escuchó atento un momento más y pareció aliviado al comprobar que el silencio se mantenía.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Chiara en voz baja.

—Un lobo, lo más seguro. —Malik le restó importancia con un gesto, como si eso pudiera tranquilizarla—. Aun así, mejor no entretenernos.

Chiara miró con susto a Willem, que se encogió de hombros.

—En todo caso, quedaba bastante lejos.

—¿Podemos arriesgarnos con el fuego? —Cadrim se frotó los dedos.

Malik asintió.

—El viento está de nuestra parte y, total, los lobos no se atreverían a acercarse.

—A menos que eso no fuera un lobo —gruñó Jakon.

Un escalofrío de miedo le bajó a Chiara por la espalda. Tiritando, miró en derredor. ¿Qué podía ser peor que una manada de lobos hambrientos?

—Perded cuidado, Alteza . Conocemos nuestro deber. Cualquiera de los presentes moriría antes que consentir que os tocaran uno solo de vuestros preciosos cabellos. —Eran las primeras palabras que Cadrim le dirigía en todo el día, y le sentaron como un golpe en plena cara.

¿Dónde estaba el hombre que había contemplado fascinado las imágenes de sus sueños, el que le había dicho lo singular y hermosa que era su magia? En su voz no quedaba más que escarnio.

—Bueno es saberlo —masculló Chiara, y le volvió la espalda.

Entretanto, Rowin había despejado de nieve un círculo y prendido el fuego.

Chiara tendió las manos heladas a las llamas y paladeó el calor que se le extendía por ellas.

Willem colgó un caldero sobre la lumbre y pronto el aroma de las hierbas impregnó el aire.

Cadrim hizo circular la última hogaza. Un pedazo de pan y té caliente tendrían que bastar esa vez por toda comida, pues, pese a sus propias palabras de sosiego, Malik oteaba alrededor con una frecuencia desacostumbrada.

Tras apagar el fuego, Malik se llegó a Chiara muy serio.

—Desde aquí habréis de seguir a pie, Alteza. —Señaló el sendero que trepaba serpenteando, empinado, ladera arriba.

—¿No sería más sensato descansar aquí y seguir mañana? —preguntó Willem.

Malik negó con la cabeza.

—Mejor no demorarnos más de lo preciso. Aún tenemos por delante sus buenas cuatro horas de luz.

—No bastarán para alcanzar la cabaña —objetó Cadrim, preocupado.

—Hay otro cobijo al que podríamos llegar. Aquí estamos demasiado al descubierto.

—Pues en marcha. —Cadrim se echó el morral al hombro.

—De este me encargo yo —dijo Malik cuando Chiara fue a coger el suyo.

—Gracias. —No pensaba presumir de falso orgullo. La marcha, de un modo u otro, iba a exigirle todo cuanto tenía. Al menos el sendero, por lo que alcanzaba a verse, estaba casi limpio de nieve en lo más pegado a la pared. La roca debía de haberlo resguardado.

Cadrim indicó a Willem, que estaba junto a Chiara, que se adelantara, y ocupó él su lugar al lado de ella. De momento, el camino aún daba para dos.

Chiara mantenía la vista clavada al frente.

No tenía nada que decirle. Una parte de ella añoraba la intimidad de la víspera; la otra respiraba aliviada de que cada cual volviera a estar en su trinchera.

Trabar amistad con el general del príncipe de Laran era imprudente por muchas razones.

No debía olvidar que su lealtad pertenecía primero al rey Lexor y después al propio príncipe. Para el general no quedaba sitio.