Capítulo 15 #4
—Estaba soñando —respondió Chiara, insegura.
Ni ella misma tenía explicación. Quizá se debiera a que su magia llevaba todo aquel viaje condenada a la inacción.
O quizá hubiera de verdad algo en aquellas montañas que reforzaba sus poderes.
Recordó que Cadrim había asegurado haber visto emplear la magia mental unas cuantas veces.
—¿Hay mucha gente en Laran con esos poderes?
—En Arnawal la magia mental era rarísima.
Por eso los niños como ella se confiaban a la Corona.
Él lo pensó un momento y, cuando habló, pareció escoger las palabras con tiento.
—Es raro de veras que un talento se manifieste con una fuerza como la tuya. Pero, como sin duda imaginarás, muchos llegan a la magia por puro instinto.
—¿Qué quieres decir?
Él entornó los ojos.
—No hace falta que finjas conmigo; conozco las mentiras con las que tenéis agarrado a Arnawal.
Chiara retrocedió.
—¿Qué mentiras?
La taladró un instante con la mirada antes de sacudir la cabeza, resignado.
—Eres buena, eso te lo concedo. —De golpe volvía a ser el general inaccesible de siempre.
Chiara no quería que aquella intimidad insólita entre los dos, surgida tan de improviso, se esfumara.
Él había hecho muchas cosas que ella no aprobaba, que ni siquiera entendía.
Pero a esas alturas creía que no actuaba por pura maldad, sino porque no veía otra salida.
No quería que volviera a tratarla con recelo y condescendencia.
—De verdad que no sé de qué me hablas. —Dudó un instante—. Por favor, explícamelo.
Quería entender qué pensaba él. Quizá pudiera deshacer el malentendido y quitar de en medio, aquí y ahora, uno de los obstáculos alzados entre sus dos pueblos.
Cadrim suspiró y estiró las largas piernas.
—Le hacéis creer a la gente que la magia mental es una bendición especial que vuestro dios le otorga al rey en su coronación. Cuando es un derecho de cuna de todas las personas, y se lo estáis robando sin descanso.
Chiara intentó con toda su alma penetrar el sentido de aquellas palabras… y fracasó.
—Eso es absurdo. Y, además, imposible. —Sonrió, apaciguadora—. Me he pasado la vida entera en Arnawal; conozco a muchísima gente, de los altos dignatarios al último mozo de cuadra. A nadie le han robado nada. Y nadie ha dado nunca muestras de un don.
Él la escrutó. El recelo y la sorpresa se disputaban su semblante.
—Parecías desolada de verdad cuando te quité el cuenco sonoro la primera noche. ¿Por qué?
Chiara apretó los dientes. La pérdida le dolía todavía.
—Ya te dije que es el último recuerdo que me queda de mi madre.
—Le temblaba la voz, y cerró los puños para que la pena y la indignación no se le derramaran fuera—.
No tenías ningún derecho a quitármelo. Además, sin el cuenco la oración no es la misma.
—Su sonido la había acompañado desde la más tierna infancia, en lo bueno y en lo malo—.
Me arrebataste el único consuelo que tenía.
La consternación se le reflejó en las facciones.
—Lo siento. —Las palabras le salieron de los labios a trompicones, como si no estuviera hecho a pronunciarlas—. No quería hacerte daño; creí que con eso mandabas mensajes a tu padre.
Chiara dejó escapar un sonido incrédulo.
—No es más que un cuenco sonoro. Se oye, como mucho, a unos pocos metros. ¿O es que creías que mi padre me venía siguiendo a hurtadillas?
—No. —Cadrim sonrió, pero los ojos le siguieron serios—. Supuse que se habría procurado un modo de comunicarse contigo mediante su magia. ¿Y qué más a mano que un cuenco sonoro para hacerle llegar tus pensamientos?
Chiara procuró que no se le notara nada. Tan desencaminado no iba Cadrim, después de todo. Solo que el rey no necesitaba de tales artilugios. Era mucho más poderoso de lo que él sospechaba.
—Por lo visto, Lexor tiene aún menos escrúpulos de lo que yo creía —murmuró él entonces—. Mira que ocultárselo hasta a su propia hija. —Alzó la vista—. No tienes ni idea de qué hay detrás de todo esto, ¿a que no?
Chiara irguió los hombros.
—Los sones elevan nuestras oraciones al cielo y nos unen sin intermediarios al espíritu todopoderoso de Dios, que refleja y acrecienta aquello que Le pedimos. Así hacemos descender Su bendición sobre nosotros y sobre todo nuestro país.
Cadrim negó con la cabeza.
—Bonito cuento. El rey quiere que lo creáis.
En realidad, esos cuencos sorben la magia mental que guardan los sentimientos y los pensamientos de toda persona.
Eso es lo que asciende con los sones, y eso es lo que el rey cosecha con su corona.
No es la bendición de Dios lo que lo hace tan poderoso.
Es la gente, que le regala su energía día tras día sin sospechar lo que hace.
—¡Mentira! —Chiara lo miró de hito en hito, atónita.
No tenía ni idea de lo que hablaba; jamás había sentido el efecto sagrado de la oración.
Solo pretendía meter una cuña entre ella y Arnawal, máxime cuando aquellas afirmaciones suyas, tan gratuitas, no había manera de probarlas.
Y total, ¿qué iba a saber él? Venía del otro extremo del mundo.
Cruzó los brazos—. No pienso seguir escuchando estas calumnias.
Volvió a dejarse caer en su lecho.
—Isida… —Su voz sonó implorante.
—¡No! —Cerró los ojos con fuerza—. Viviré entre vosotros y haré cuanto esté en mi mano por evitar que se derrame más sangre. Pero no consentiré que me envenenéis la mente con vuestras mentiras.
—¡Cree lo que quieras! —bufó él—. ¡A mí me trae sin cuidado!
Mil respuestas se agolpaban en la punta de la lengua de Chiara y, durante unos latidos, el aire entre ambos pareció vibrar de pura tensión.
Luego ella soltó el aire y se volvió de costado.
De nada servía discutir aquello con él. Cadrim perseguía fines muy distintos de los suyos y por eso, pasara lo que pasase, nunca estarían en el mismo bando.