La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Cabalgaron un rato en silencio. Cadrim parecía haberse hecho a su cercanía con una rapidez asombrosa, mientras que a ella no se le escapaba ni el menor movimiento de sus músculos.

Hasta los muslos de él, que de cuando en cuando rozaban los suyos al guiar el caballo, se le hacían de pronto mucho más presentes.

¿Y cómo no había reparado antes en lo duro que era su pecho?

De hecho, muchas cosas en él eran distintas de lo que había esperado.

El amor con que hablaba de su tierra y de sus padres la había sorprendido.

Un hombre malvado y cruel jamás sentiría así.

De la manera más inesperada, le había concedido un fugaz atisbo de su verdadero ser, el que dormitaba bajo todas aquellas máscaras y obligaciones.

Chiara bajó los párpados y decidió aprovechar el silencio para rendir informe al rey Lexor. Tenía unas cuantas cosas que contarle y, con suerte, eso la distraería de lo que Cadrim le había dicho.

Dos días después empezó el aguanieve, que al atardecer se convirtió en copos espesos.

Los hombres maldecían y refunfuñaban, los cascos de los caballos resbalaban una y otra vez en el camino rocoso y Chiara, pese a la ropa de abrigo, tiritaba de mala manera a medida que la temperatura no dejaba de caer.

Cadrim la atrajo hacia sí y extendió su capa, grande y pesada, sobre los dos, mientras proseguían camino, tozudos, sin desviarse.

Aquel calor despertó en ella una desacostumbrada sensación de cobijo.

Para pasar la noche levantaron un cobertizo improvisado con ramas cortadas a toda prisa y se apretujaron dentro.

Chiara tenía tanto frío que no protestó cuando Willem y Cadrim la pusieron en medio de los dos para darle calor.

Nada de lo aprendido sobre decoro y moral seguía en pie en aquellas tierras bravías.

Y un hombre capaz de tener malas ocurrencias a esas temperaturas no estaba en sus cabales.

Ni siquiera Malik, primero en montar guardia, tuvo una chanza a punto cuando Chiara se tendió entre los hombres. Tenso y nervioso, escrutaba la oscuridad creciente.

—Maldito tiempo. —Se pasó la mano por la nariz—. ¿No podía haber aguantado unos días más? Al menos habríamos dejado atrás el río.

—Quizá amaine pronto. —Cadrim se incorporó sobre un codo—. Aún es temprano para estas nieves.

Malik se volvió hacia él.

—Sabes de sobra lo improbable que es. Cuando esto empieza, ya no para tan pronto.

—Aún es otoño —repitió Cadrim, terco.

—No deberíamos haberla esperado tanto. —Malik señaló hacia Chiara, que se había arrebujado en la manta y se moría de frío pese a tener al lado a Willem y a Cadrim.

—Entonces habríamos tenido que cruzar otra vez el valle en primavera para recogerla. —Cadrim se estremeció—. No es algo que mejore con cada nueva vez.

Malik escupió.

—Cualquiera diría que a estas alturas esa mujer ya se habría acostumbrado a nosotros.

—Sea como sea, es lo que hay —zanjó Cadrim—. Habrá que sacarle el mejor partido.

Malik asintió.

—Deberíamos tomar el paso de Schuha. Eso nos ahorrará varios días.

—A cambio tendríamos que abandonar antes los caballos. —Cadrim volvió la cabeza hacia Chiara, dudoso—. Es una caminata de las duras; imposible que ella la haga en un día.

—¿Cuál es la alternativa? —preguntó Chiara con valentía.

—Podemos tomar el camino más largo, que rodea la ladera del Tessar —explicó Cadrim—.

Por lo común es la ruta más segura, y puede hacerse a caballo.

Pero con nevadas fuertes, sobre todo si la nieve es tan pesada y húmeda como esta, allí crece el peligro de aludes.

No sabemos cómo anda ahora el Tessar. Además —se pasó la mano por la cara—, cuanto más dure el viaje, mayor es cualquier riesgo.

—Entonces tomaremos el paso —decidió Chiara.

—Eso también tiene lo suyo, sobre todo con este tiempo. La subida es empinada; en algunos tramos habrá que trepar.

—Lo conseguiré —afirmó con más valentía de la que sentía.

Cadrim sonrió. Cómo no, caló su arrojo impostado.

—Decidámoslo mañana. Puede que el tiempo aún mejore.

—No os preocupéis. —Willem le palmeó la mano a Chiara—. Cuidaremos de vos.

—Gracias. —Consolaba mucho saber que hablaba en serio.

Se volvió de costado, buscando una postura medio cómoda —y caliente—.

Pero pese al fuego que ardía a sus pies y a los dos hombres tumbados a derecha e izquierda, pronto empezaron a castañetearle los dientes.

Chiara se despojó de los guantes, que no servían de nada, se subió la manta hasta la nariz y se encajó las manos en las axilas.

—¿Queréis…? —Willem extendió el brazo, invitador, y levantó su propia manta.

Chiara no lo pensó dos veces.

—¿Qué se supone que estás haciendo? —La voz de Cadrim era casi tan fría como el viento que silbaba alrededor.

—Solo quiero darle calor —gruñó Willem—. Tranquilo, no pienso robarle la inocencia. —Tomó los dedos de Chiara entre los suyos y soltó una exclamación de susto—. ¡Si están helados!

—¡A ver! —Cadrim se incorporó, le arrebató casi por la fuerza la mano de Chiara y la encerró, protector, entre las suyas.

Chiara tomó aire entre dientes cuando la sensibilidad empezó a regresarle a los dedos.

Se quedó mirando a Cadrim, atónita. ¿Cómo podía él conservar tanto calor con aquellas temperaturas?

Con el rabillo del ojo vio curvarse los labios de Willem.

Hasta Malik contemplaba al general con guasa y cierta satisfacción, y solo cuando Cadrim entornó los ojos en señal de amenaza se volvió hacia otro lado, riéndose por lo bajo.

Rowin y Jakon fueron los únicos con la astucia de hacerse los dormidos.

Cadrim se llevó las manos de ella junto a la boca y les echó el aliento. La protesta que iba a formular se deshizo en la tibieza que le corrió por las yemas.

—Enseguida mejora —prometió Cadrim, haciendo como si masajearle las manos fuera lo más normal del mundo.

Se había acostumbrado a cabalgar delante de él.

Su olor, en verdad muy distinto del de aquella primera noche, le era ya tan familiar como el propio.

Pero él no había vuelto a insinuarse ni la había tocado una sola vez sin motivo fundado, y por eso su comportamiento la sorprendía ahora aún más. Se le antojaba poco menos que posesivo.

Chiara apretó los labios. Aquello no tendría que sentar tan bien.

Con un sobresalto, repasó los últimos días. ¿Cuándo, en qué momento, había dejado de verlo como a un enemigo? ¿Cuándo había dejado él de castigarla con su desprecio?

Cadrim le soltó las manos de golpe.

—Lo siento —masculló; seguramente había malinterpretado la expresión de ella—. No pretendía propasarme. Las congelaciones pueden ser peligrosas. —Tomó aire, agitado—. Habría que dormir ya. —Como para subrayar sus palabras, se tumbó de espaldas y se subió la manta hasta la barbilla.

Chiara miró a Willem, insegura. Seguía aterida. Y por muy desconcertantes que fueran los pensamientos que la actitud de Cadrim le había despertado, el frío era un problema mucho más acuciante.

El mayor de los dos torció el gesto y echó una mirada calculadora a Cadrim, que ya no se movía.

—Venga, venid. —Suspirando, le tendió el brazo, y Chiara se acurrucó agradecida contra su pecho. Apenas se acordaba ya de su padre, pero estar en sus brazos debía de haber sido justo así.

La tormenta bramó toda la noche. Pese a la consoladora cercanía de Willem, Chiara durmió poco.

Sus sueños bullían de espíritus aulladores del viento y de criaturas encantadas de blanca nieve que tan pronto la llamaban consigo como la amenazaban.

No siempre era una bendición poseer una fantasía tan plástica, nutrida además por la magia.

Pese al cobertizo, una ráfaga le barrió la cara con nieve, y Chiara despertó con un respingo. Sorprendida, reconoció la ancha espalda de Cadrim, sentado junto a la lumbre. No sabía que también él hiciera turnos de guardia. Bien envuelta en su manta, se sentó.

Él no se movió, aunque tenía que haberla oído. Su mirada se perdía en la oscuridad y, de pronto, Chiara comprendió con espanto qué era lo que estaba mirando.

Siluetas traslúcidas danzaban entre los copos, como si los sueños de Chiara se hubieran hecho realidad de golpe. En ese preciso instante, una hechicera bellísima, cubierta de nieve, le tendía la mano a Cadrim.

Chiara bajó los párpados y las hizo desvanecerse. Con un poco de suerte, él tomaría las imágenes que había visto por caprichos de la nieve al caer.

Despacio, Cadrim se volvió hacia ella. En sus labios había una sonrisa fascinada; en su mirada, un leve reproche.

—Era precioso. ¿Por qué lo has deshecho?

Con el resplandor de la lumbre, la nieve en remolinos y los hombres dormidos alrededor, casi parecía que estuvieran solos en el mundo. Y aquel tuteo repentino conjuraba además una cercanía que no debía existir. Chiara se abrazó los hombros, tiritando.

—No sé a qué te refieres.

—No hace falta que lo niegues. —Tendió la mano hacia la ventisca, como queriendo recobrar las imágenes—.

Tienes un don maravilloso, fuera de lo común.

—En su voz había admiración y calidez, como si no solo el don le pareciera especial, sino también ella—.

Por fin entiendo cómo nos sacaste del valle.

—La curiosidad le chispeaba en los ojos—. ¿Por qué no lo dijiste sin más?

—No me pareció importante. —Chiara desvió la vista hacia la oscuridad, más allá de él. La expresión de su rostro la desconcertaba. Además, no creía merecer ningún reconocimiento por su magia—. No es un don muy útil. Y de fuerza, más bien poca.

—Bastó para salvarnos a Willem y a mí —objetó él a media voz.

—Eso fue más bien suerte. —Chiara lo despachó con un gesto.

—¿Y qué ha sido eso de hace un momento?

—No lo sé. —Encogió las rodillas y las rodeó con los brazos—. Nunca me había pasado nada igual. Lo normal es que tenga que concentrarme para tejer las imágenes. Casi siempre me resulta… agotador.

—Pues no lo parecía. —Él seguía como hechizado.