Capítulo 15 #2
Dejaron la aldea entre saludos con la mano y buenos deseos. Para su sorpresa, el ruido, el bullicio y el colorido ya no abrumaban a Chiara tanto como el día anterior. A lo mejor era, sencillamente, que la víspera había estado demasiado exhausta.
Además, las palabras de Ora le resonaban en la cabeza.
La gente de allí parecía, en efecto, de algún modo más viva.
Tal vez fuera porque enseñaban sus emociones más a las claras, porque les traía sin cuidado lo que pensaran de ellos.
Aun así, la rondaba la sensación de que detrás había algo más.
Quizá las montañas guardaran un secreto, algo vedado a los habitantes de las llanuras de ambos lados.
Y a lo mejor era eso lo que Cadrim quería sonsacarle con tanta urgencia a Ora.
El general no dijo palabra mientras las horas pasaban, monótonas.
El sendero rocoso serpenteaba arriba y abajo por las laderas de las montañas y era tan estrecho que no cabían dos caballos uno al lado del otro.
Quitando el repiqueteo de los cascos y las voces de los pájaros, reinaba un silencio casi total.
Hasta sus acompañantes hablaban poco entre sí.
Solo de tanto en tanto notaba Chiara que Cadrim cambiaba el peso en la silla para que se rozaran lo menos posible. A ella empezaron a dolerle los músculos de la espalda por la tensión, porque también ponía todo su empeño en guardar las distancias.
Al final no aguantó más.
—Si tanto os repugna mi presencia, ¿por qué os empeñasteis en que cabalgara con vos?
Él se quedó cortado un instante; luego se le escapó una risa queda.
—¿Creéis que es por eso? —Su voz sonaba extrañamente ronca—. Pues tranquilizaos: es justo al revés. —De pronto acercó tanto los labios a su oído que el aliento, sin ella quererlo, la hizo estremecerse.
Chiara, por puro reflejo, intentó echarse hacia delante, pero el brazo de él se le cerró en torno a la cintura y la retuvo.
—Seguro que al príncipe le encantará saber que su prometida es tan inocente. ¡Por Dios, si estáis prácticamente sentada en mi regazo!
La soltó de golpe. La sangre le subió a las mejillas cuando comprendió lo que le estaba dando a entender.
—¿Conque no tan inocente? —En sus palabras vibraba la burla, y algo distinto, más oscuro.
Chiara se humedeció los labios. No tenía ni idea de qué responder. Jamás se le habría pasado por la cabeza que él la encontrara atractiva, por más a su pesar que fuese. ¡Si hasta había llegado a creer que prefería a los hombres! Carraspeó.
—Entonces dejadme cabalgar con Willem.
—Oh, no. —Negó con la cabeza—. No pienso hacerle eso al pobre hombre. No —repitió, tajante—. Tendría que matar a cualquiera que os pusiera la mano encima. —Tomó aire—. Sois mi responsabilidad, mía y de nadie más.
Aunque no sonara muy contento con ello, a Chiara la tranquilizó que estuviera dispuesto a protegerla. Y le apuntó a su favor que prefiriera rehuirla antes que ceder a sus impulsos. No casaba en absoluto con la imagen que se había hecho de él al principio. Pese a todo, parecía un hombre de honor.
Pero Willem también lo era.
—Willem nunca haría…
—Probablemente no —concedió Cadrim, contra todo pronóstico—. Pero también él es un hombre. Y, además, esto es tanto por su protección como por la vuestra. —Ahí estaba otra vez aquella condescendencia burlona tan suya.
—¿Por qué? —Chiara le concedió el gusto de preguntar. Total, no tenía otra cosa que hacer.
—Si Teera os viera así con él, primero os arrancaría la cabeza a los dos y después haría preguntas.
—¿No confía en él? —A su juicio, Willem merecía algo mejor.
—No es eso; así de apasionada y fogosa es ella. —Sonaba casi envidioso.
—¿Y vos? —preguntó Chiara por puro impulso; la conversación, por raro que fuera el tema, la distraía del dolor de espalda—. ¿Tenéis mujer?
Él respiró hondo.
—Las consideraciones sentimentales no son lo mío. Tengo obligaciones que cumplir.
Aquello sonaba a mucha soledad. Pero se guardó de decirlo. Tampoco ella estaba en otra situación.
—Habladme de Laran —pidió a media voz. Ni con la mejor voluntad podría encontrarle él nada sospechoso a eso.
—¿Qué queréis saber? —Sonaba cauto, pero no reacio.
—Todo. A fin de cuentas, voy a vivir allí.
—Os gustará. Es la ciudad más hermosa que he visto jamás. —Su voz se dulcificó. Chiara percibió, sorprendida, el amor que la impregnaba.
—¿Ciudad? Pensaba que todo el país se llamaba así.
—Se llama así por la capital. Es tan grande que alberga a casi un tercio de la población total. Se recuesta sobre la costa en una franja alargada, y el viento cálido del mar la acaricia.
—¿Cálido? —Chiara evocó el mapa de Arnawal.
Le costaba imaginarlo. Laran quedaba en el noroeste del continente.
Claro que hacía una eternidad que nadie iba por allí.
La ruta marítima estaba bloqueada por peligrosos acantilados y frecuentes tormentas.
Habría habido que adentrarse muy lejos en el mar para alcanzarla.
Y hasta la fecha el empeño no había compensado.
Sobre todo porque Arnawal no era una nación de navegantes.
—Sí. Una corriente cálida baña nuestra costa. Es también la que nos guarda de los ataques por mar: muy pocos se atreven a entrar en los parajes donde chocan las aguas frías con las cálidas. En nuestra tierra se cosecha fruta fresca todo el año y no nieva casi nunca.
Chiara intentó imaginarse el lugar que él describía. Dejó que la voz de él guiara su fantasía y creara imágenes en su mente, que encerró con cuidado dentro de sí para que la magia no se escapara sin querer.
Se veía a sí misma asomada a un pretil de piedra, con un vestido vaporoso y lleno de color, contemplando el mar.
Observaba los barcos que atracaban en los muchos puertos, y desde los mercados le subía el aroma penetrante a pescado, especias y fruta.
Las gaviotas chillaban sobre su cabeza y el sol le calentaba la piel.
—¿Podré visitar los mercados? ¿Podré tocar el mar?
—Por supuesto. —Sonaba sorprendido—. No sois ninguna prisionera.
Chiara respiró hondo mientras la ilusión le llenaba el corazón. La idea de poder ver con sus propios ojos y percibir con todos los sentidos el esplendor que él describía era embriagadora.
¿Era esa la vitalidad de la que había hablado Ora? ¿Lo que de verdad contaba en la vida?
—Habláis como si fuera el paraíso. Y, al mismo tiempo, miráis a Arnawal por encima del hombro, con desprecio. ¿Por qué no os quedáis donde estáis, sin más? ¿A qué viene todo esto?
—Porque no basta. —Su voz perdió el arrebato.
—¿Así que al príncipe solo le importa tener más? ¿Más tierras, más oro, más poder?
—Detrás hay otra cosa —respondió, lacónico—. Pero no lo entenderíais.
—Entonces explicádmelo. Tenemos tiempo.
Él resopló.
—No me corresponde discutir esto con vos.
—¿Porque así lo ha ordenado el príncipe?
Cadrim guardó silencio.
A Chiara la invadió la decepción. Porque el general no la tomaba en serio.
Porque el príncipe tampoco lo haría jamás.
En Arnawal las mujeres, por lo común, pintaban poco en la vida pública.
En las familias podía ser diferente —su padre siempre había valorado la opinión de su madre—, pero todas las decisiones oficiales las tomaban los hombres.
Ese era el orden natural de las cosas, porque las mujeres poseían otras fortalezas.
Isida era la primera princesa heredera de la historia de Arnawal.
A veces Chiara se preguntaba si la ascensión al trono de Isida cambiaría algo.
Porque, aun reconociendo la sensatez de fondo de aquel reparto de papeles, había hombres que harían muy bien en cerrar el pico y dejarles las riendas a sus mujeres.
Era lo que tenía la gente: que no era toda igual.
Hablando con Ora, había tenido la sensación de que en Laran quizá fuera distinto. Pero lo más probable era que fuese solo una rareza de las aldeas de montaña que los de las llanuras —como los llamaba la anciana— no compartían.
Chiara hizo rodar los hombros agarrotados y gimió por lo bajo cuando un hormigueo doloroso le bajó por la espalda.
—¿Qué pasa? —gruñó Cadrim.
—Nada. —Después de su confesión, prefería no acercarse a él más de lo imprescindible.
Él suspiró con un resoplido y volvió a rodearle la cadera con el brazo.
—Venid aquí. —La atrajo hacia sí—. Eso parece incómodo de mil demonios, y no quiero arriesgarme a que mañana no os podáis ni mover.
—No… —Chiara se tensó, resistiéndose a sus brazos.
—No voy a abalanzarme sobre vos. Hay reglas elementales que uno mama desde la cuna.
—Es de las montañas, ¿verdad? Me refiero a vuestra madre.
—Sí, ¿cómo lo…? Ora —se respondió él solo—. ¿Qué os ha contado ella de mí?
—Nada. Solo que vuestra madre siguió a vuestro padre a la llanura.
—Es cierto. Aun así, nunca olvidó su tierra.
—¿Se arrepintió alguna vez?
—¿De haberse ido con mi padre? No. No siempre fue fácil, y sus discusiones eran legendarias, pero se quisieron de verdad.
—Como mis padres.
—¿En serio? —Cadrim aguzó el oído, sorprendido—. Creía que había sido un matrimonio político.
Chiara se mordió la lengua, espantada.
—Al principio lo fue —se apresuró a aclarar—. Pero con el tiempo nació entre ellos un afecto sincero. Esas cosas pasan.
—¿Creéis que con el príncipe os ocurrirá igual? —Había cierta dureza en su voz.
—No lo sé —respondió ella sin mentir—. Sería bonito. En todo caso, pondré todo mi empeño en cumplir con mi deber.
—Igual que yo. —Volvió a tirar de ella hacia sí—. He jurado llevaros indemne a Laran, y eso haré.
Chiara cedió, titubeante, y se recostó contra su pecho. De sus labios escapó un suspiro de alivio cuando los músculos agarrotados se le aflojaron. Notó la sonrisa de él mientras azuzaba al semental.