La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 15
69%

Capítulo 15

Nerviosa, Chiara se alisó la túnica azul claro y contempló su reflejo en la ventana.

El sol acababa de salir, por lo que podía verse bastante bien en el cristal.

Ora le había regalado un cinturón ancho de gran hebilla, que ahora le asentaba pesado y firme en las caderas.

Además, le habían dado medias gruesas de lana y muda nueva.

En lugar de corsé, las mujeres de allí usaban bandas de tela elástica que sujetaban el pecho sin oprimir las costillas.

El cuero oscuro de los calzones hacía un vivo contraste con la túnica entallada de color azul claro, que le llegaba hasta medio muslo.

No podía negar que le gustaba lo que veía.

La ropa, además, abrigaba y era práctica.

Aun así, Chiara se sentía como desnuda, y no sabía cómo reaccionarían sus acompañantes al verla.

Por suerte tenía la capa larga en la que envolverse.

—Déjame trenzarte el pelo. —Ora se puso a su lado.

—No hace falta —se defendió Chiara, azorada.

—Dale ese gusto a una vieja. —Ora le pasó el cepillo por el pelo—. Hasta mis nietas son mayores que tú; ya nadie necesita mis cuidados. —La llevó hasta una silla y la hizo sentarse—. ¿Tienes todo lo que te hace falta para el camino? —Las cepilladas de Ora eran ágiles y suaves.

—Creo que sí. —La anciana le había procurado incluso unas botas recias y cómodas, además de guantes y gorro. Según le había confirmado, pronto tendrían que dejar atrás los caballos.

A Chiara la marcha que los esperaba le daba cierto pavor.

No quería parecer débil e inútil; no quería que Cadrim la mirara por encima del hombro y le echara en cara que no hacía más que retrasarlos.

Por desgracia, no podía evitarlo. En los últimos años, lo más que se le había concedido era un paseo por los jardines de palacio.

—¿Cuánto tiempo se tarda en llegar al otro lado de las montañas?

—Depende. —Ora dejó el cepillo a un lado, separó unos mechones y se puso a trenzar—. Con tiempo favorable, y si se está hecho al camino… unos diez días.

Nada de eso podía decirse de Chiara. Pero la culpa no era suya. El príncipe la había exigido y sus hombres se la entregarían. Sabían dónde se metían y no podían pretender que, de la noche a la mañana, se convirtiera en un rebeco.

—Ya está. —Ora remató la trenza con una cinta y examinó su obra, satisfecha.

—Gracias. —Chiara se palpó la trenza.

—Cuídate, criatura. —Ora le posó la mano en la cabeza—. Y acuérdate de tu promesa de salvar vidas.

—Lo haré. —Chiara se levantó despacio cuando una sombra cruzó la ventana contigua a la puerta. El general venía a buscarla.

Dio un toque breve a la puerta antes de entrar.

—¿Estáis lista? —Su mirada evaluadora recorrió a Chiara, y el rostro se le endureció. Por lo visto, su aspecto le desagradaba. O lo escandalizaba verla en calzones, o no le hacía gracia que una extraña vistiera las ropas de su tierra.

Chiara se apresuró a coger la capa y se la echó por encima como un escudo.

—Sí —confirmó, con cierto retraso.

—Bien. —Su atención se volvió hacia Ora—. ¿Es auténtica?

La anciana sonrió con picardía.

—Tan auténtica como tú y como yo.

—No me refiero a eso. ¿Es de verdad la princesa Isida? ¿Ha cumplido Lexor su palabra?

Chiara se envaró, alarmada, y se esforzó por que no se le notara el espanto. ¿La había llevado a aquella aldea por eso? ¿Porque sabía que Ora la calaría?

La mano de Ora se posó, sosegadora, en su hombro.

—Nos ha enviado a la persona indicada —declaró, impasible. Su tono se afiló—. Y deseo que la trates con el debido respeto.

—El respeto hay que ganárselo —replicó él, áspero—. Nacer hija de un rey no es mérito alguno.

—Gran verdad. —Ora inclinó la cabeza—. Os deseo un viaje sin contratiempos.

—Espera. —No parecía dispuesto a marcharse aún. Su mirada saltó a Chiara—. ¿Podemos hablar sin testigos?

Ella negó con la cabeza.

—Conoces mi respuesta. Nada ha cambiado.

—Por favor, Mea Ora. —Apretó los dientes—. Sabes lo importante que es.

Chiara los observaba sin entender nada. ¿Qué podía necesitar con tanta urgencia el general del príncipe de una vieja de las montañas?

—No puedo ayudarte.

Se le hincharon las aletas de la nariz.

—¿No puedes… o no quieres?

—En este caso viene a ser lo mismo.

—¿De qué habláis? —Chiara miró a Ora, interrogante. Que el general no iba a contestarle, eso lo tenía claro.

—Creo que deberías decírselo. —Ora dirigió a Cadrim una mirada de exigencia.

Él negó con la cabeza.

—No antes de que esté despachado el asunto de la maldita boda.

Chiara lo encajó como una bofetada. Ella misma tenía claro que no habría un matrimonio por amor entre ella y el príncipe, pero oír al general —su hombre de confianza— hablar del enlace con semejante desprecio no auguraba nada bueno para su futuro.

No recordaba haberse sentido jamás tan de más, tan mal recibida; y eso que su vida, hasta entonces, no había andado sobrada de aprecio, que digamos.

Apretó los puños.

—Pues procuremos quitarnos de encima este enojoso asunto cuanto antes. En vez de perder el tiempo en palabras vacías.

Pasó rozándolo camino de la puerta y, con el rabillo del ojo, captó su cara de pasmo y la risita divertida de Ora.

—Os dejáis el equipaje, princesa . —En dos zancadas, Cadrim la alcanzó y le arrojó el morral repleto—. No creáis que pienso haceros de mozo de cuerda.

En silencio, Chiara apretó el morral contra el pecho.

—¿Puede saberse qué mosca os ha picado? —Sin esfuerzo alguno, se mantuvo a su paso.

—No me gusta vuestro tono, general .

—¿Acaso debo hacer una reverencia antes de dirigirme a vos?

—No estaría mal para empezar. —Chiara, a esas alturas, casi corría.

—Perdonad que no me desmaye de pura veneración solo por tener delante a la hija del gran Lexor Welzelin.

Chiara se quedó clavada en el sitio.

—Yo no soy mi padre. No soy mi pueblo. Y desde luego no soy Welzelin.

Os vi por primera vez hace tres días y nunca os he hecho daño alguno.

¡Ni siquiera estoy aquí por voluntad propia, sino porque vuestro príncipe así lo ha dispuesto!

—Su voz subía y subía—. Así que dejad de actuar como si yo cargara sola con la culpa de no sé qué agravios que creéis haber sufrido.

—Lo fulminó con la mirada, encendida—. Yo no tengo nada que ver con esta guerra que vuestro príncipe ha desatado tan de repente.

Y aun así aquí estoy, sola y lejos de mi tierra, para ponerle fin.

—Se le dilataban las aletas de la nariz mientras pugnaba por recobrar la compostura, la cabeza bien alta—.

Así que no, no espero reverencias, pero ¡dejad de una maldita vez de tratarme como a la mugre de vuestras suelas!

Se lo quedó mirando, intentando leer en aquel rostro que parecía de piedra, mientras la ira se le disipaba y dejaba sitio a una inquietud creciente. ¿Le pediría cuentas por aquello? ¿Había tensado demasiado la cuerda?

Alguien carraspeó. Chiara giró la cabeza.

Los acompañantes de Cadrim y algunos aldeanos se encontraban a solo unos metros de distancia.

El silencio casi antinatural que se cernía sobre ellos dejaba claro que no se les habían escapado sus palabras.

Chiara tragó saliva. El general no iba a dejar pasar algo así.

Le había gritado delante de toda aquella gente.

—Bien dicho, Alteza. —Willem le sonrió con franca aprobación, lo que le valió una mirada asesina de Cadrim.

—¡A caballo! —ordenó, escueto, y pasó de largo junto a Chiara hacia su semental.

Chiara se quedó quieta un momento antes de echar a andar también.

Cuando pasó junto a Malik, este dejó escapar un silbido suave e hizo un gesto con la mano, como si se hubiera quemado.

—Malik, tú abres la marcha. —La orden de Cadrim restalló como un látigo.

El aludido formó un mudo oh con los labios y le guiñó un ojo a Chiara, muy ufano.

—Menudo botarate —rezongó Willem, y tendió la mano hacia el equipaje de Chiara para acomodarlo en su caballo—. Hoy estáis encantadora de verdad, Alteza —añadió con admiración sincera.

Chiara sonrió. Sus amables palabras le sentaban de maravilla.

Comprobó con sorpresa lo descansada y despejada que se encontraba.

El agotamiento mental de la víspera casi se había esfumado.

Quizá fuera por la presencia de Ora, o quizá la anciana le hubiera echado algo al té que la había hecho reponerse mucho antes de lo normal.

Chiara se colocó junto a Willem para que la ayudara a montar. Sola no se atrevía a encaramarse a la silla.

—Ella cabalga conmigo. —Cadrim acercó su semental.

Willem soltó al instante la cintura de Chiara.

—¿Y si no quiero? —No había llegado tan lejos para volver a agachar ahora la cabeza ante él.

—Pues tendréis vuestro propio caballo, princesa.

Sabía de sobra que ella no podía montar sola.

—Vos no sois quién para darme órdenes.

Le asomó a los labios una sonrisa de una amabilidad peligrosa.

—Quizá a vos no, pero a mis hombres sí.

Chiara se volvió hacia Willem, que se encogió de hombros, como disculpándose, y dio un paso atrás. La dejaba en la estacada, así de claro. Aunque sabía, al mismo tiempo, que él no tenía elección. Y, además, aquel asunto no daba para montar un número.

—Como queráis. —Chiara se dio por vencida—. Pues cabalgaré con vos. —Lo tomó del brazo y dejó que la subiera al caballo.

Ahora sí que reconocía del todo las ventajas de unos calzones. Su cuerpo se acomodó en la silla como si no hubiera hecho otra cosa en la vida. Nada le tiraba, y ni los tobillos ni las pantorrillas le quedaban a la vista.

Notó a Cadrim a su espalda, y cómo desplazaba el peso al instante para sentarse lo más lejos posible de ella. No había manera de que se aclarase. Si tan insoportable le resultaba su cercanía, debería haberla dejado cabalgar con Willem.

Resopló con fuerza —el aliento le rozó la nuca a Chiara— y puso el caballo en marcha con un chasquido de la lengua.