Capítulo 14 #5
—No tienes nada que temer —recalcó la anciana—. El destino te ha traído hasta aquí y Valessa te ha dado su bendición: ¿quién soy yo para poner en duda esas decisiones?
Chiara la miró con asombro.
—También puede mirarse por el lado práctico, claro —prosiguió Ora, pragmática—.
Si te delato, morirás. Ni tu rey ni el príncipe dejarán correr un incidente así.
Habrá guerra, y doy por hecho que tu rey puede empujar a través del valle a hombres de sobra para agotar la magia de Valessa.
Nuestra aldea sería la primera en caer. —Su mirada grave se hincó en Chiara—.
Contigo, al menos, tenemos opción a otro desenlace.
Chiara respiró hondo.
—Haré cuanto esté en mi mano por evitar que se derrame más sangre.
—Por eso estás hoy aquí. Y por eso añado mi bendición a la de Valessa. —Alzó la mano y trazó un signo en el aire ante Chiara.
—Te lo agradezco. —Chiara se llevó una mano al pecho e inclinó la cabeza.
—Bien. —Ora miró por la ventana, más allá de ella. Se le iluminó la cara—. Ahí llega Kera con tu ropa. Puntual al minuto, como siempre.
Chiara examinó, indecisa, las prendas extendidas sobre los bancos que la joven le había traído junto con su morral.
No se imaginaba poniéndose nada de aquello.
Sin poder evitarlo, se ciñó más los bordes de la capa.
En su vida había llevado calzones, ni falda que no le cubriera al menos los tobillos.
Y ahora tenía delante un surtido de ceñidos calzones de ante oscuro y de túnicas que ni a las rodillas llegaban.
Vacilante, cogió una que se limitaba a dos colores y se la puso por delante, a ver cómo le quedaba. Debía admitir que la combinación de lana azul celeste con bordados algo más oscuros le agradaba bastante; aun así, la prenda era corta hasta la indecencia.
Ora debió de leerle bien la vacilación, porque chasqueó la lengua con reproche.
—¿Cuánto crees que van a durarte esas medias? —Alzó la falda de Chiara, cuyo bajo estaba tieso de mugre.
—¿Por qué no puedo tener una de esas faldas que llevan las mujeres de la aldea?
—Porque ninguna de nosotras sería tan necia de echarse a andar por las montañas con una de ellas.
—Pero… —A Chiara se le subieron los colores.
—Tú decides. —Ora se cruzó de brazos—. Los calzones abrigan, no se suben, no se enganchan en ningún sitio y encima paran la lluvia. Pruébatelos al menos —añadió, más conciliadora.
—¿Puedo lavarme antes en algún sitio?
—Claro. Detrás de la casa corre un arroyo. Coge ese cubo de ahí y, si quieres, calienta el agua en la olla. —Señaló el fogón.
—Gracias. —Chiara agarró el cubo y salió con paso ligero.
Fuera se concedió un momento para llenarse de aire los pulmones, y dio un respingo al captar un movimiento a pocos metros.
Cadrim estaba apoyado contra la pared de la casa, al otro lado de la puerta.
Chiara se quedó de piedra. ¿La habría estado espiando? Su postura era tan distendida que no parecía probable. De haber oído de verdad que ella no era quien fingía ser, no seguiría tan impávido.
—¿Adónde bueno?
—Al arroyo. —Como prueba, Chiara alzó el cubo vacío.
—He de admitir que estoy sorprendido. —Se puso a su altura y, sin que se notara, fue guiándola en la dirección correcta—. No imaginaba que Ora os acogería en su casa. A mí lleva años esquivándome. ¿Qué os ha dicho?
—¿No habéis alcanzado a oírlo desde vuestro puesto de espionaje? —Aparte de que aquello la inquietaba de veras, semejante asalto le parecía un descaro. Se había prometido un baño sin estorbos y una velada tranquila.
—Ora supo arreglárselas para impedirlo.
Ni siquiera trató de negarlo. Chiara se paró en seco, atónita.
—¿Nos habéis estado escuchando a escondidas?
—Al menos lo he intentado. —Se encogió de un hombro y siguió andando—. ¿De qué otro modo voy a descifraros? Sois muy distinta de como os esperaba.
—¿De verdad? —Chiara no lo miró, por miedo a traicionarse de algún modo.
—Sí —dijo él como quien charla del tiempo—. Contaba con una princesa consentida y quejica que mirara por encima del hombro a todo y a todos. No con alguien tan… llano y servicial como vos.
—¿Es así como dais las gracias? —preguntó ella con frialdad. No quería reconocer que su retrato de Isida no iba tan errado. Solo que la princesa sabía ser tan encantadora que nadie le guardaba rencor mucho rato.
—No daré las gracias hasta que sepa por qué me habéis salvado.
—¿De verdad importa? Estáis vivo y me lleváis ante vuestro príncipe; solo eso cuenta.
—Aun así me gustaría entenderlo. —Se inclinó para verle mejor la cara.
Chiara volvió a detenerse.
—¿Queréis saber por qué lo hice? Porque yo no soy como vos.
Porque para mí las personas son algo más que peones o instrumentos.
Hasta aquellas cuya compañía jamás escogería por gusto.
—Le sostuvo la mirada—. No me toca a mí jugar a ser Dios y dictar sentencia sobre vos.
Eso ya lo hará Él a su debido tiempo. —Lo dejó plantado y apretó el paso.
La espalda le hormigueaba, porque sabía que él la seguía con los ojos. Por suerte, no fue tras ella.