Capítulo 14 #4
—Nosotros también trabajamos mucho. Pero creemos que la vida es un regalo único. Que cada instante de ella merece vivirse, sentirse y apurarse hasta el fondo.
Chiara frunció los labios, incrédula. Muy poco de su vida sabía a regalo.
—¿No estás de acuerdo? —Ora la miró con interés.
Chiara se encogió de hombros. No quería discutir con ella sobre eso.
—Entiendo. —La mujer sonrió como quien sabe. Se levantó entre quejidos y cogió una vasija del estante—. Ven aquí.
Curiosa a su pesar, Chiara la obedeció.
La anciana destapó la vasija, metió la mano y sacó una bolita oscura. Antes de que Chiara pudiera preguntar qué era, Ora se la encajó entre los labios.
Chiara retrocedió, espantada, pero ya era tarde. La bolita reventó contra sus dientes y el jugo le inundó la boca. No era mucho —una parte le resbaló por la barbilla—, pero bastó para arrancarle un jadeo.
Picante. Cosquilleante. Ardiente. Ácido. Afrutado. Dulce.
Las sensaciones saltaban en rápida sucesión de la lengua al cerebro y hacían imposible cualquier otro pensamiento. De pronto, una dicha hasta entonces desconocida le inundó el ser. Saboreó las dulces gachas de mijo de su madre y olió el humo especiado de la leña en la cabaña de su infancia.
Tan deprisa como habían venido, las impresiones se esfumaron. Chiara volvió en sí, vacilante, y miró a Ora, sacudida.
—¿Qué era eso? —Se llevó la mano al pecho, tratando de retener un poco más aquella maravilla.
—Una baya de tilka. ¿No es un regalo increíble poder sentir tantas cosas? —La anciana sonrió—. Eso es la vida.
Chiara miró de reojo la vasija que Ora sostenía en el regazo. Había sido, en verdad, una experiencia embriagadora.
—¿Puedo… puedo tomar otra?
—No. —Ora repuso la tapa con cuidado—. Estas bayas se las traen.
Más de uno se ha perdido en su embriaguez.
Están para recordarnos la riqueza y la intensidad de la vida, no para sustituirla.
—Le apretó la mano a Chiara—. Cada instante es irrepetible; no lo olvides nunca.
—Le guiñó un ojo—. Y quizá a ti no te vendría mal, de vez en cuando, soltar ese recato.
Chiara se cruzó de brazos.
—No es tan fácil. —Bailaba al borde de un precipicio; un paso en falso, un descuido, podían ser su final.
—Lo sé. —Había compasión en la mirada de Ora, y Chiara la observó con alarma.
¿Qué sabía la anciana en realidad?
—¿Has estado alguna vez al otro lado de la frontera? —Chiara cambió de tema.
—No. Nunca me ha tentado. Por lo que cuentan, lo vuestro no es ninguna maravilla.
Oírla hablar de su patria con tanto desdén le dio una punzada a Chiara. Arnawal era el país más poderoso, más grande y más próspero del mundo conocido. Era el mundo. Fuera de él, el mapa solo mostraba, salpicadas, unas franjas estrechas e inhóspitas.
—Si tan poco vale, ¿por qué queréis conquistarlo?
—Nosotros no queremos tal cosa. —Ora devolvió la vasija a su sitio.
—He visto la devastación —se encendió Chiara—. Estoy aquí justo por eso.
La anciana sonrió tranquilizadora.
—Es el príncipe quien lo quiere, no nosotros.
—¿Entonces no lo apoyáis?
Se dejó caer de nuevo en la mecedora.
—Yo solo hablo por esta aldea. Laran nos pilla tan lejos como Arnawal. Apreciamos a Cadrim y a sus hombres; les damos techo y comida cuando pasan. Eso no quiere decir que persigamos las mismas metas.
—¿Y qué se propone el príncipe?
—Es joven, arde en deseos de probarse. Por lo que me llega, le parece injusto que un soberano tenga tanto y el otro tan poco. Su pueblo crece deprisa y la tierra no da más de sí.
—¿No os contáis entre ellos?
Ora sonrió.
—Sabes escuchar. El príncipe nos tiene, desde luego, por parte de su pueblo. Pero nosotros nunca tuvimos gran cosa en común con los llaneros.
—No les impedís atravesar vuestro territorio para incendiar aldeas indefensas.
El pesar nubló el rostro de Ora.
—No es decisión nuestra, ni tampoco nuestra guerra.
—En cambio dais cobijo a los asesinos y los recibís como amigos.
—A Chiara se le revolvió el alma de golpe.
Ninguno era mejor que el príncipe y los suyos.
Por amables que parecieran, por mucho que a ella misma se le olvidara a ratos cuánta sangre manchaba las manos de sus acompañantes, eso no cambiaba sus actos ni lo que eran.
Ora suspiró.
—Espero que la violencia termine con tu llegada.
Chiara apretó los labios. Claro, ahora todo era cosa suya.
—Os lo ponéis muy fácil, bien guarecidos tras una frontera mágica. —Se estremeció al recordarla.
—¿Cómo los sacaste a todos enteros del valle?
—¿Quién dice que yo tuviera algo que ver con eso?
—Llevo la sangre de Valessa: he sentido la danza de la magia hasta el tuétano y he visto imágenes en mis sueños.
—¿Qué clase de imágenes? —Chiara tragó saliva, incómoda.
—Las suficientes para saber que no eres quien dices ser.
Chiara clavó los dedos en el asiento mientras los pensamientos se le atropellaban. ¿Y si lo negaba? ¿A quién creerían antes los hombres?
—No tengas miedo —prosiguió Ora, tranquila—. Si hubiera querido delatarte, lo habría hecho al instante.
—¿Ah, sí? —graznó Chiara, espantada.
—Sí. —Ora sonrió, apaciguadora—. Valessa no te dejó pasar sin motivo. Ya es raro que su espíritu intervenga en persona.
—¿Qué quieres decir? —A Chiara le temblaban las piernas de pura tensión: tanto la acuciaba el impulso de salir huyendo en aquel mismo momento.
—Seguro que Cadrim te ha hablado del hechizo que ella tendió sobre el valle. Recoge lo que llevas dentro, lo agranda y lo pone ante tus ojos.
—Por lo que sé, eso debería ser imposible.
—Sabes muy poco. —Ora sonrió para quitarles filo a sus palabras—. La magia se nutre de las reservas de quienes entran en su círculo. Los pensamientos y las emociones de la gente alimentan el mismo hechizo que la apresa.
Chiara negó con la cabeza.
—Poquísima gente lleva dentro magia mental. Con todos los demás, un hechizo así no serviría de nada.
—No me has escuchado —la corrigió Ora, cortante—. Los pensamientos y las emociones bastan: son una forma de magia mental, un poder que todo ser humano, que toda criatura, lleva dentro.
Chiara frunció el ceño. A ella aquello se le antojaba un tanto traído por los pelos, pero la eficacia del hechizo protector no podía negarla, se produjera como se produjese.
Mucho más la inquietaba la idea de que el espíritu de Valessa se hubiera interesado por ella en persona, por imposible que pareciera.
—¿Qué ha sido distinto esta vez?
—¿Qué has visto en ese valle?
—Nada. —Lo que, desde luego, no podía achacarse a falta de preocupaciones ni de miedos.
Ora asintió pensativa.
—Entonces fue una prueba.
Chiara se armó de valor.
—¿Una prueba de qué?
—¿Qué pasó?
—El caballo de Willem se espantó y lo derribó. Cadrim y yo quisimos socorrerlo. Los demás siguieron una orden imaginaria y salieron del valle sin tropiezo. Y entonces… —carraspeó, incómoda— las visiones se apoderaron de los dos. Willem estuvo en un tris de ahogarse.
—Tú lo salvaste.
—Primero a él y después a Cadrim.
—¿Aunque sean tus enemigos?
—Eso parece. —A Chiara le habría gustado decir que se arrepentía, pero no era verdad. Fueran quienes fuesen e hicieran lo que hubiesen hecho, ella no era de las que dejan a nadie en la estacada.
Una sonrisa dulce asomó a los labios de Ora, como si supiera lo que le rondaba la cabeza.
—Yo diría que has pasado la prueba.
—¿Qué sentido tendría?
—Solo Valessa lo sabe. Pero confío en que algún día tú también lo entenderás.
—¿Entonces Willem nunca corrió peligro de verdad? —De pronto, Chiara se sintió tonta de remate.
—Claro que sí. —La dureza de la voz de Ora la sorprendió—.
El valle puede ser absolutamente mortal.
Las ilusiones cobran a menudo una vida propia que nadie sabe prever.
A veces el espíritu de Valessa intercede y protege, como en tu caso.
Pero los hombres nunca fueron santo de su devoción. Ellos no pueden esperar clemencia.
Chiara pensó en el soplo de aire que la había acariciado. ¿Era aquello el último resto de la conciencia de Valessa? Qué triste, qué atroz tenía que ser ese destino. Condenada por su propia decisión a sembrar dolor y muerte por toda la eternidad.
—¿Cómo conseguiste despertar a los dos de su trance?
—No lo conseguí —admitió Chiara en voz queda—. Tendí encima una ilusión mía.
Las cejas de Ora subieron con admiración.
—¿Eres una tejedora de imágenes? No me extraña que Valessa te respetara la vida. Debió de reconocer en ti un alma hermana.
—Yo no soy como ella. —Chiara sacudió la cabeza, poniéndose en guardia.
—Tienes parte de su don. Una fuerza rarísima y muy poderosa. ¿Te escogieron por eso para este viaje?
Chiara no sabía qué contestar. Ora había asegurado que no la delataría, pero ¿podía fiarse de verdad?