La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

Chiara los miró con el ceño fruncido. Estaba visto que la equivocada respecto a Cadrim era ella.

Al parecer, en el pasado había compartido con aquella mujer mucho más que unas cuantas tortas.

Aun así, su conducta le parecía inaudita.

Claro que también en Arnawal había parejas que compartían lecho antes de la bendición oficial.

Winja y Torben lo habían hecho, seguro. Pero meterse en la cama a un hombre de paso era indecoroso.

Eso solo lo hacían las mujeres que vivían de ello o las que ya no podían aspirar a una unión honrosa.

—Eso no significa nada —sonó la voz queda de Willem a su lado.

Chiara estaba tan enfrascada en su contemplación que no había notado que él arrimaba su silla.

—No le deis vueltas.

—No se las doy. —Se encogió de hombros. En el fondo le traía sin cuidado; solo intentaba descifrar a Cadrim y las costumbres de su pueblo—. Solo estoy sorprendida. —Bajó la voz—. Creía que vuestro general prefería a los hombres.

Willem se atragantó y rompió a toser. Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras trataba de serenarse. Chiara se alegró en el alma de no haberle confiado su sospecha de que Cadrim era el favorito del príncipe.

—¡Por todos los dioses! —Willem se enjugó los ojos, entre hipidos de risa.

—¿Ocurre algo? —preguntó Cadrim, cortante. La mujer ya no estaba a su lado; ahora conversaba a media voz con unos cuantos hombres.

—Perfectamente. —Willem carraspeó con estrépito—. Solo me he atragantado. —Sin dejar de sonreír, se inclinó hacia Chiara—. Que no os oiga decir eso. O quizá sí… —Se mordió el labio para sofocar otro acceso de risa.

Chiara apretó los dientes, abochornada. Por lo visto había dicho una tontería de las gordas. Y todo por buscarle una explicación al desdén de Cadrim. Estaba claro que no tenía nada contra las mujeres en general; solo contra ella en particular.

—¿Es corriente entre vosotros que las mujeres sean tan… lanzadas? —Chiara rehuyó su mirada mientras el rubor le trepaba a las mejillas. Pensó en la mujer que había coqueteado con Willem. Tampoco ella se había guardado nada.

Por suerte, Willem le ahorró cualquier comentario y se limitó a responder a su pregunta.

—En las aldeas de la montaña rigen otras costumbres que abajo, en Laran.

Aquí viven en comunidad, y la comunidad cuida de cada uno.

No hay matrimonios en sentido estricto: las parejas siguen juntas mientras así lo quieran.

Y, mientras sea de común acuerdo, cada cual puede… ejem… hacer y deshacer a su antojo.

—¿No hay vínculo, ni fidelidad? —Chiara no era capaz de imaginarse una vida así.

—Sí, claro que sí. La mayoría encuentra en algún momento una pareja con la que permanece el resto de su vida. Pero no lo hacen porque lo mande una ley ni porque de otro modo no saldrían adelante, sino solo porque así lo quieren.

—¿Así es lo vuestro, lo de Teera y vos? —preguntó Chiara con timidez. Hasta que él mencionó aquel nombre, ni se le había pasado por la cabeza que pudiera tener mujer, una familia.

Willem sacudió la cabeza con fingido espanto, aunque los ojos le brillaron.

—Teera me mandaría a freír espárragos si le saliera con eso. Nosotros estamos desposados con todas las de la ley. Quiera o no, estoy atado a esa mujer hasta el fin de mis días. —No sonaba como si eso le pesara en absoluto.

—Me gustaría conocerla alguna vez.

—Seguro que sí. —Le palmeó la mano a Chiara—. Pero ahora deberíais comer algo.

Chiara acababa de meterse en la boca el último trozo de una fruta harinosa y dulce cuando la puerta volvió a abrirse y entró una figura menuda.

Al principio la tomó por una niña, de lo delicada que era; entonces se retiró el pañuelo de la cabeza y asomó el rostro anciano y surcado de arrugas de una mujer.

La vejez la había encogido de verdad: los hombros vencidos hacia delante, el cuerpo consumido.

Aparentaba cien años por lo menos, pero tenía los ojos despiertos y la cabeza alta, orgullosa.

Todas las conversaciones enmudecieron cuando los presentes, como obedeciendo a una orden, se levantaron de las sillas e inclinaron la cabeza con respeto.

—Es un honor para nosotros. —Cadrim señaló un asiento libre—. ¿Quieres acompañarnos, Mea Ora?

—No. —Su voz sonaba de una firmeza asombrosa para aquel cuerpo quebradizo—.

He venido por ella. —Chiara se estremeció, incómoda, cuando un dedo huesudo la señaló—.

Esta noche dormirá en mi cabaña. Solo si tú quieres, claro, hija mía —añadió la anciana, vuelta hacia Chiara, con una voz del todo distinta.

El miedo de Chiara se disipó como si un soplo de aire se lo hubiera llevado.

—Tu ofrecimiento nos honra. —Cadrim rodeó la mesa—. Pero no sé si es prudente. Preferiría llevártela mañana.

La anciana sonrió con astucia.

—¿Temes que le cuente cosas que no debe saber?

A Cadrim se le hincharon las aletas de la nariz. La mujer debía de haber dado en el clavo.

—Claro que no —respondió, envarado—. Es solo que su protección me obliga.

La sonrisa de la anciana se ahondó.

—No creo que ella la necesite. Además, no hablaba contigo. —Miró a Chiara, invitándola, y, aunque desafiaba todo buen juicio, aunque debería haber temido a aquella extraña vieja de ojos videntes, Chiara se descubrió asintiendo despacio—. Pues ven. —La mujer le tendió la mano.

—Espera —la retuvo Cadrim, vehemente, buscando a ojos vistas las palabras. Por lo visto había cosas que no se atrevía a pronunciar delante de Chiara—. Sería mejor que os acompañase.

La mujer soltó una risita divertida.

—Pierde cuidado. Solo le ofrezco una noche sin ronquidos a coro.

—Mea Ora…

Ella asintió, apenas un movimiento.

—Ven a verme mañana.

Chiara se acercó nerviosa a la anciana. Quizá fuera un error irse con ella.

No sabía nada de ella ni de sus intenciones.

Y la conversación entre Cadrim y la vieja no había aclarado las cosas, más bien al contrario.

Por otra parte, que al general le inquietara lo que la mujer pudiera contarle le espoleaba la curiosidad.

—Lo primero será buscarte algo que ponerte —declaró la mujer con desaprobación, y agarró a Chiara del brazo—.

Así no puedes seguir viaje con esos mozos.

—Le entreabrió la capa para inspeccionarla—.

No sería raro que se les metieran malas ideas en la cabeza.

—Con una fuerza que Chiara no le habría supuesto, tiró de ella hacia la salida—.

Avisa a Kera —le pidió al pasar a una muchacha que esperaba ante el edificio con otros curiosos—.

Que traiga ropa de viaje. Tiene más o menos tu talle —añadió, vuelta hacia Chiara—.

¡Y vosotros, todos a casa! Aquí ya no hay nada que ver.

Chiara comprobó, sorprendida, que todos —mujeres, hombres y niños— obedecían a la anciana a la primera palabra.

—¿Sois vos quien gobierna esta aldea?

—No. —Sonrió con dulzura—. Para eso hay otros, más jóvenes, con muchas más ganas de hacer y más brío.

Yo soy más bien… —Se interrumpió, como si ni ella supiera definir su papel—.

Soy aquella a la que acuden cuando ya no saben a quién acudir —dijo al fin—.

Cuando la medicina de los sanadores fracasa, cuando se avecina una decisión difícil o cuando un corazón roto pide consuelo.

—Poseéis magia mental. —Era una constatación, no una pregunta.

—Un poco —convino la anciana—. Y hay cosas que solo la vida te las enseña.

—¿Cuántos años tenéis? —Chiara la siguió por entre dos casas y sus huertos.

—¿Qué son los años? —Sonrió para sí—. Y no hace falta que me trates con tanta ceremonia. Llámame Ora.

—El general os… te —se corrigió Chiara a toda prisa— ha llamado Mea Ora. ¿Qué significa?

—Algo así como «abuela Ora» en la vieja lengua de las montañas. Es su manera de mostrarme respeto. Su madre viene de una aldea cercana. Ella le enseñó algunas cosas.

—¿Y su padre?

—Venía de la llanura, del otro lado. Ella lo siguió hasta la costa.

—La anciana se detuvo ante una casita en cuyos alféizares pintados de azul florecían unas matas.

Unas gallinas se alejaron cacareando a la carrera.

Mientras Chiara seguía mirándolo todo con atención, Ora empujó la puerta.

Por lo visto no creía en cerraduras. —Pasa.

En el lado derecho de la estancia ardía el fuego en un horno de obra. Justo al lado había otra puerta. Estantes llenos de ollas de barro, cestos y cuencos se alineaban contra las paredes. Una mesa con dos bancos, una mecedora cómoda y una alfombra tejida de colores completaban el mobiliario.

—Siéntate. —Ora señaló un banco y fue hacia la mecedora, en la que se dejó caer con un suspiro—.

Antes me pasaba días enteros andando por las montañas; hoy me fatiga hasta un paseíto por la aldea.

Y eso que a veces me siento como si no pasara de los cincuenta.

—Sonrió de oreja a oreja. Chiara no supo qué contestar.

Por suerte, tampoco se esperaba de ella una respuesta—.

Pero basta de hablar de mí. Cuenta: ¿qué te parece la aldea?

La pregunta pilló a Chiara desprevenida.

—Es agradable. —No es que tuviera mucho con qué comparar.

—¿Agradable? —Ora soltó una risa—. Te estuve observando cuando llegaste. Parecías espantada de verdad.

—Yo… —Chiara carraspeó—. Me cogió por sorpresa. No contaba con tanta gente.

—¿Con tanta gente viva , quieres decir?

—Eh… —Chiara no supo muy bien cómo tomárselo.

—He oído decir que la gente de tu lado es mucho más comedida; hasta podría decirse que más apagada .

Ella asintió, vacilante. Podía llamarse así, aunque ella no lo habría dicho con esas palabras.

Pensó en las aldeas que habían cruzado por el camino.

En la gente que alzaba hacia su carruaje unos ojos romos, exhaustos.

Comparados con la gente de allí, ahora se le antojaban casi grises. Chiara sacudió la cabeza.

—En nuestra tierra se estila más recato. Y la gente tiene más quehacer. —Veía con toda nitidez los campos interminables en los que trabajaban. En Arnawal vivía muchísima más gente a la que alimentar. No había comparación posible.