Capítulo 14 #2
—No lo sé. —Chiara se encogió de hombros y rezó por que él se tragara la mentira—. Será cosa de mi sangre, supongo. Yo solo os toqué y os hablé.
—Y eso os lo agradeceré mientras viva —terció Willem desde su sitio.
Chiara le dedicó una sonrisa amable.
—¿Por qué lo hicisteis? —continuó Cadrim con su interrogatorio.
Chiara resopló.
—¿Habríais preferido que os dejara allí? —Lo sopesó con la mirada—. Creedme, la idea era de lo más tentadora. —Las cejas de él subieron de golpe, sorprendidas—. Pero supuse que, si me llevaba solo a Willem, él daría media vuelta para buscaros.
Con eso no contaba, estaba claro. Se le descolgó la mandíbula mientras su orgullo encajaba el golpe.
—¿Me habéis salvado por él ?
El hombre mayor soltó una carcajada y le guiñó un ojo a Cadrim, guasón.
Chiara le sostuvo la mirada a Cadrim sin parpadear.
—Sí.
Por supuesto, esa no era la única razón. No habría dejado a nadie allí indefenso, sin importar quién fuera o qué hubiera hecho. Pero eso no pensaba ir a contárselo al general.
—Parece el único de vosotros con compasión y algo parecido a los modales.
Malik soltó un silbido por lo bajo, entre dientes.
—Pues vas a tener que aplicarte, Cad.
Cadrim le lanzó una mirada fulminante.
—No hará falta. Total, no volveremos a pisar juntos este valle jamás.
Chiara apartó la vista, sacudiendo la cabeza. Menudo encanto de hombre. No veía necesario tratarla bien porque creía que nunca más iba a necesitarla.
—Hay que seguir. —Cadrim se levantó de golpe y recogió la manta que se le había escurrido a Chiara de los hombros.
Chiara torció el gesto. El té le había sentado bien, pero no podía haber descansado más de media hora después de haberse agotado por completo.
Aun así, no pensaba mostrarse débil ante el desagradecido del general.
Se puso en pie con resolución y se tambaleó cuando las rodillas empezaron a temblarle.
Willem estuvo a su lado en un suspiro y le ofreció el brazo para sostenerla.
—Quizá deberíamos esperar un poco, Cad. —La examinó, preocupado.
—Quiero llegar a la aldea antes de que anochezca —fue todo lo que dijo el general, y Willem asintió con un suspiro.
—No queda lejos —le dijo a Chiara para animarla—. Allí por fin podréis dormir en una cama de verdad.
—¿Estáis lista? —Cadrim ya traía su caballo de las riendas.
—¿No puedo ir con Willem?
Cadrim entornó los ojos y miró al hombre mayor con un aire casi amenazador.
—Quizá sería mejor… —comenzó a decir Willem, pero Cadrim no le dejó terminar.
—Está bien —gruñó—. Me fío de ti.
Chiara observó, desconcertada, cómo se izaba de un salto a su montura. Los demás se apresuraron a imitarlo. Por lo visto, ni siquiera habían desensillado los caballos durante el breve alto.
Willem ayudó a Chiara a montar en su caballo y se sentó con tiento detrás de ella. Notó que él se esforzaba por no arrimarse demasiado, por no tocarla siquiera, de ser posible. Pero estaba demasiado débil para sostenerse a caballo por sí sola.
Se recostó con suavidad contra él; notó que se ponía rígido un instante y que luego le palmeaba el hombro con torpeza.
—Estoy tan cansada… —dijo, y la sorprendió lo agradable que era poder apoyarse en alguien.
—Pues descansad. —Acomodó el peso para que ella pudiera hundirse un poco más y dejar la cabeza en su hombro—. Dormid, si queréis. Yo velo por vos.
Agradecida, Chiara cerró los ojos. La voz de él le vibraba por el cuerpo, y los latidos acompasados de su corazón tenían algo de extraño consuelo.
Con cuidado, puso el caballo al paso.
—Os doy las gracias. —Sus palabras fueron poco más que un susurro; no querría que sus compañeros se enteraran—. Gracias por sacarnos a los dos de ese valle. —Tomó aire—. Cad no es mal hombre. Es solo que nada de esto le resulta fácil.
Chiara no respondió. Para ella tampoco era un paseo. Además, estaba cansada.
Aun así, quizá fuera la mejor oportunidad para averiguar algo sobre esos hombres.
—¿Está muy unido al príncipe?
Willem carraspeó, incómodo.
—Se podría decir que sí.
—¿Y cómo es el príncipe? —A decir verdad, le interesaba bastante más que el general. Y hasta entonces todos se habían negado en redondo a contarle nada de él.
—No tenéis por qué inquietaros —respondió Willem, como si supiera adónde apuntaban sus preguntas—. Os tratará bien.
—¿Es… amable? Estaba demasiado agotada para buscar una palabra mejor.
—A veces es algo impulsivo, pero tiene el corazón en su sitio. Cuando toma una decisión no admite réplica, aunque nunca obra por capricho y sabe escuchar consejos.
—¿Lo apreciáis?
—Sí. —La respuesta llegó sin titubeos—. Lo respeto y me fío de él.
—¿También vos estáis muy unido a él?
Willem resopló.
—Lo he visto crecer.
—¿Entonces es más joven que vos?
—Aún no ha cumplido los treinta.
Al rey Lexor le interesaría saber que no era el padre de Cadrim.
—¿Y sus padres? ¿Viven?
—Su madre. Su padre murió hace unos años. Será mejor que durmáis ahora —añadió él cuando ella quiso hacer otra pregunta. Por lo visto, ella estaba rozando asuntos de los que él no quería —o no debía— hablar.
—¿Qué posición ocuparía yo como su esposa?
Él suspiró.
—Ni idea. Me figuro que eso tendréis que tratarlo con él en persona.
Chiara asintió mientras intentaba imaginarse la vida que le esperaba.
No sabía nada del país al que viajaba, ni de sus costumbres ni de su gente.
Pero lo cierto es que estaba demasiado cansada para ocuparse de ello.
Acurrucada en el abrazo protector de Willem y mecida por el paso del caballo, se durmió enseguida.
Atardecía cuando llegaron a la aldea. Sus buenas treinta casas de madera se arracimaban contra una ladera de suave caída.
Los perros corrían al encuentro de los recién llegados, ladrando y meneando el rabo.
Los hombres saludaban de buen humor a la gente que salía presurosa de las casas.
Estaba claro que allí no eran unos desconocidos.
Chiara, ya lo bastante repuesta para ir erguida en la silla, contemplaba abrumada a la gente que afluía hacia ellos.
Las ropas eran de colores vivos, casi chillonas.
Las voces, tan altas como las risas. Algunas mujeres llevaban a sus hijos envueltos en paños, a la espalda o contra el pecho. Unas cuantas iban descalzas.
Después del silencio del bosque, aquel estruendo le resultaba insoportable a Chiara. Con tanta pregunta y tanto grito, la cabeza le zumbaba. Los rostros risueños, las manos tendidas hacia ellos… era sencillamente demasiado, demasiado ajeno.
Se mantuvo tiesa como un palo en la silla y evitó mirar a nadie a los ojos.
—¿A quién te has ligado, Willem? —Una mujer de escote generoso se acercó al caballo contoneando las caderas—. Nunca habría dicho que te fueran las cositas así de pálidas y delgaduchas. —Sus ojos oscuros chispeaban, desafiantes.
Willem le lanzó un beso al aire, sonriente.
—Si flaqueara por alguna, sería por ti, Irnja, lo sabes de sobra. Pero entonces Teera, en casa, me arrancaría la cabeza. Y de paso algunas otras partes del cuerpo.
La mujer soltó una carcajada estruendosa.
—Qué bien que hayáis vuelto enteros. —Su mirada curiosa se prendió de Chiara—. ¿Y a esta por qué la traéis?
—¡Silencio! —Cadrim alzó los dos brazos con gesto de mando y, en efecto, todos bajaron la voz—.
Dejadnos llegar primero, gente. —Saltó del caballo y le arrojó las riendas a un muchacho, que se llevó al animal de buena gana.
Con paso resuelto, Cadrim se encaminó a una casa baja en el centro de la aldea.
Willem desmontó también y bajó a Chiara de la silla con cuidado. Ella se le aferró en busca de amparo. Todo en aquel lugar se le antojaba sencillamente mal: salvaje, ruidoso, chillón.
Él le palmeó la mano mientras les abría paso a los dos entre el gentío para seguir a Cadrim.
Aliviada, Chiara entró en la casa y miró alrededor, trémula. Si toda la gente de aquel país era como la de ahí fuera, no sabía cómo iba a resistir la vida entre ellos.
Por suerte, la mayoría de los aldeanos se quedaron en el umbral y Chiara se sentó en la silla que Willem le acercó.
—¿Todo bien? —preguntó él, preocupado.
Ella asintió sin fuerzas.
—Gracias.
Chiara sintió clavada en ella la mirada taladrante de Cadrim y alzó la vista.
—¿Os resulta demasiado primitiva la gente de aquí, princesa?
Chiara se frotó las sienes. Solo quería enterrarse en una cama y taparse la cabeza con la manta.
—Déjala en paz —gruñó Willem—. Ya ha pasado bastante por hoy.
Dos mujeres entraron con bandejas repletas. Por lo que Chiara alcanzó a ver, la casa se reducía a una única estancia grande con una sola puerta. En el centro había una mesa larga con casi veinte sillas y contra las paredes se amontonaban cojines de colores.
—Es la casa del concejo —le explicó Willem a media voz, antes de acercarse a las mujeres y ayudarlas a repartir la vajilla y las fuentes de pan y verdura.
Sus compañeros, e incluso Cadrim, arrimaron el hombro. Otros dos hombres metieron un barrilete de madera.
—Si hubiéramos sabido que veníais, habría hecho tortas de tappa con arrope de mala —le dijo al general una de las mujeres, con un reproche contenido.
Debía de sacarle uno o dos años a Chiara y era más que bonita. La piel, unos tonos más oscura que la de Cadrim; los ojos, un punto rasgados, sombreados por pestañas largas; los labios, carnosos y brillantes.
—Ya sabes cuánto nos alegramos cuando te dejas caer por aquí.
—Algo en su tono daba a entender que era ella , sobre todo, la que se alegraba.
Chiara la observó, extrañada. ¿No sabría qué unía a Cadrim con el príncipe de Laran?
La mano de la mujer ascendió por el brazo de él hasta quedarse en su hombro.
—Por desgracia no tengo harina para todos, pero para ti llegaría, si te apetece pasarte luego.
—Sus dedos jugaban con un mechón del pelo de él—. Sé de sobra cuánto te gustan.
—Esta vez no. —Cadrim le atrapó la mano y le rozó los nudillos con un beso—. Eso… ahora no puede ser.