La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

—Esta vez ha sido distinto, Cad. ¿Tienes idea de qué significa? —Unas voces quedas atravesaron el velo del agotamiento de Chiara.

Las voces se fueron aclarando a medida que la mente de Chiara emergía del duermevela. Estaba tendida en el suelo, cubierta con una manta, y una hoguera titilante le calentaba el rostro. Estaba tan cansada que no le apetecía moverse. Además, la conversación había despertado su curiosidad.

—¿Qué recordáis? —preguntó Cadrim con tono contenido, como si no quisiera que se le trasluciera lo que pensaba.

—Yo iba a agarrar a la princesa cuando nos diste la orden de largarnos porque querías encargarte de ella tú mismo —respondió Malik—.

Pensábamos que habíais estado justo detrás de nosotros todo el tiempo.

Hasta que alcanzamos el otro extremo no advertimos que faltabais vosotros tres.

—Hizo una breve pausa—. Casi parece que fuera a por vosotros en concreto.

—Poco probable —lo atajó Cadrim—. Sabes que solo juega con los miedos y las expectativas.

—Esta vez incluso mi caballo se vio afectado —objetó Willem.

—Tampoco eso ocurría por primera vez. —Cadrim suspiró—. ¿Qué has visto tú?

—Me caí del caballo y debí de perder el conocimiento.

Cuando volví en mí, la princesa estaba conmigo.

Al menos, eso creía yo. Aparte de nosotros dos, no se veía a nadie.

Ella dijo que vosotros ya os habíais ido.

Quería llevarla a un lugar seguro, pero entonces me di cuenta de que formaba parte del engaño.

Tú nunca la habrías dejado atrás. Se desvaneció y yo intenté escapar del valle.

—Resopló por lo bajo—. Estaba convencido del todo de que iba por el buen camino.

Incluso podía distinguir las huellas de los cascos en el suelo.

De pronto, la princesa volvió a aparecer.

Me advirtió que me dirigía hacia la perdición.

Me despertó justo a tiempo para ver que estaba a punto de precipitarme a una poza.

Después me llevó hasta ti y… —Se interrumpió, desconcertado—.

Juntos emprendimos el camino. Creo que me llevó de la mano todo el tiempo…

hasta que desapareció sin más. Quise ir a buscarla y, de pronto, todo había acabado.

Ella estaba detrás de mí, aferrada a mi armadura.

—Chiara oyó que se pasaba la mano por la cara—.

Me temo que nada de esto tiene mucho sentido.

Ojalá lo dejaran estar. No sabía cómo explicarles lo sucedido en el valle.

Entre otras cosas porque ni ella misma lo entendía.

Jamás se había topado con semejante caudal de magia; ni siquiera sabía que algo así fuera posible sin alguien que la obrara.

Aunque, bien pensado, quizá sí lo había.

Cadrim había hablado de una mujer que se divertía a su costa.

—¿Crees que la princesa lleva magia dentro? —dijo Malik, entrecortado.

Cadrim se tomó su tiempo para responder.

—Podría ser. Sobre todo teniendo en cuenta de qué familia viene. Y me figuro que solo una persona puede respondernos. —Chiara sintió, casi como algo físico, que su mirada la quemaba. Él sabía que estaba despierta.

—Déjala en paz —repuso Willem, muy serio—. Nos ha salvado el pellejo a los dos. Sin ella, yo ahora mismo estaría muerto.

—No lo ha hecho por puro amor al prójimo. —El tono de Cadrim seguía teniendo una contención extraña—. Nos necesita. Sin nosotros estaría vendida en estas montañas.

—Necesita, como mucho, a uno que la lleve a Laran. No tenía ningún motivo para salvarte a ti .

—Pues eso vuelve aún más interesante la pregunta de por qué lo hizo. —Algo crujió cuando se levantó.

Chiara alzó los párpados y se incorporó hasta quedar sentada, para ahorrarle el paseo.

Resultó un error, pues en su cabeza todo volvió a girar.

Se apretó el entrecejo con dos dedos y esperó a que el vértigo y las náuseas remitieran hasta hacerse soportables.

Hacía mucho que no se desfondaba así. Tardaría días en reponerse de aquel derroche de magia.

Al levantar la vista, se encontró con la mirada inquisitiva de Cadrim.

—¿Cómo os encontráis? —Sus palabras sonaron de una suavidad inesperada. A Chiara no se le escapó que había vuelto al tratamiento respetuoso.

—Estoy cansada —confesó sin mentir. La cabeza le retumbaba al compás del corazón.

—Tomad. —Le tendió un tazón de té humeante y se sentó a su lado.

Los hombres, junto al fuego, no le quitaban ojo.

—Gracias. —Chiara dio un sorbito a la bebida, agradecida de tener algo donde posar la mirada.

—Mostráis todos los síntomas del agotamiento mágico. —Aunque no lo formuló como pregunta, ella sabía que lo era.

—¿Entendéis de eso?

—Un poco. He visto emplear la magia mental unas cuantas veces.

Chiara bebió su té en silencio.

—No sabía que vuestro poder se hubiera manifestado ya —insistió él.

Justo por eso no sabía ella qué decir. El poder aún no se había mostrado. Al menos no en Isida.

—Soy hija de mi padre, la heredera del trono de Arnawal. No debería extrañaros que lleve dentro magia mental —contestó al fin, escurriendo el bulto—. No es nada, claro, comparado con lo que se me abrirá tras la coronación.

—Claro. —La sorna y un poso de amargura se mezclaron en su voz—. Todos sabemos lo poderosos que son los soberanos de Arnawal.

Aunque aquella reacción la sorprendió, no era desde luego un asunto que quisiera debatir con él.

—¿Qué misterio guarda este valle? —Chiara se frotó los brazos, aterida.

Sonrió de medio lado ante aquel cambio de tema tan poco sutil, pero no protestó.

—Eso debéis agradecérselo a vuestro estimado antepasado, el rey Welzelin. —Esbozó una reverencia irónica.

—¿Fue él quien creó esta barrera? —Chiara jamás había oído hablar de ello—. ¿Quería proteger con ella Arnawal de los bárbaros?

—No olvidéis que habláis con uno de esos bárbaros —la amonestó Cadrim—.

Y no —respondió después a su pregunta—: ni mucho menos.

Cuando en las llanuras en torno a Arnawal ya no quedó nada que conquistar, salvo unos cuantos páramos pantanosos, Welzelin alargó sus dedos codiciosos hacia las montañas.

Su manera de proceder ya la conoceréis, supongo.

Se coló como amigo hasta dar con la ocasión de volver lo aprendido contra sus nuevos aliados.

—Eso no es verdad —lo interrumpió Chiara, indignada. Conocía incontables historias sobre Welzelin; jamás había habido nadie más noble y recto que él. Había unido Arnawal y llevado la fe verdadera, la prosperidad y la paz a los pueblos salvajes que se despedazaban unos a otros.

Por los labios de Cadrim cruzó una sonrisa altanera.

—Sea como sea —concedió—. Los pormenores de entonces no vienen al caso.

Lo cierto es que un día se las tuvo con Valessa.

Ella era una sacerdotisa de la Madre Tierra; algunas leyendas incluso afirman que era su hija.

En cualquier caso, poseía una magia mental muy poderosa.

Obligó a Welzelin y a sus tropas a replegarse y echó una maldición sobre el valle que daba paso a sus tierras.

Quien lo pisara desde entonces habría de vérselas con lo que dormitara en su mente y su corazón.

—Frunció los labios—. Os haréis cargo de que, a raíz de aquello, el trato entre uno y otro lado quedó poco menos que muerto.

—¿Cómo es posible? —Chiara sacudió la cabeza, incrédula—. De eso hace muchos siglos. La magia mental no puede quedarse tanto tiempo en un lugar.

—Según cuentan, Valessa dispuso que enterraran sus huesos en este valle cuando muriera. Así ató una parte de su conciencia a esta tierra.

Chiara se estremeció.

—Con eso se privó de poder sumergirse en la luz eterna. —No quería ni imaginar lo que eso suponía para un alma.

—Supongo que su odio hacia Welzelin era especialmente profundo.

—O amaba tanto a su pueblo.

A Cadrim le brincaron las cejas, sorprendido.

—O eso.

—Hay algo que no entiendo. —Una idea le daba vueltas, tozuda, en la cabeza—.

Decís que en siglos no hubo contacto entre los dos pueblos, pero la región fronteriza siempre ha sufrido asaltos.

—Nada tan extendido ni tan grave como lo que el príncipe había desatado, pero fácil no había sido nunca la vida de la gente de allí.

—En Arnawal sobra gentuza. —Cadrim arrancó una brizna de hierba y jugueteó con ella—.

Las montañas dan buen cobijo a las cuadrillas de salteadores desde siempre.

—Tiró la brizna, ya deshecha—. Y puede que alguna tribu de la sierra baje de cuando en cuando a las llanuras, si el hambre aprieta demasiado.

—¿El valle no es el único paso entre los reinos?

—La frontera no es más que una raya en un mapa. Hay asentamientos a ambos lados. Quien esté avezado a trepar montañas podría, supongo, cruzar la cordillera entera.

Chiara lo observó con curiosidad.

—¿Lo habéis hecho alguna vez?

—No. —Se frotó la frente—. El riesgo es muy alto y, para grupos grandes, el paso es impracticable.

Yo siempre he escogido la ruta del valle.

Hacia Arnawal suele ser bastante más fácil que de vuelta.

—La pena le veló el rostro—. En el primer regreso perdí a tres hombres.

Por eso, de momento, dejo a las demás partidas en Arnawal.

Nosotros somos los únicos que hemos cruzado la frontera varias veces.

—Su mirada taladrante se hincó en la de Chiara—.

Pero nunca había sido tan brutal como esta vez.

—Quizá esa Valessa no quiera que nuestros pueblos se mezclen. A fin de cuentas, sacrificó mucho por separarlos.

—Quizá. —No sonaba muy convencido—. ¿Y qué habéis vivido vos en ese valle?

Chiara clavó la vista en su tazón mientras sopesaba qué contarle.

—Nada —respondió sin faltar a la verdad—. Quiero decir —se corrigió enseguida— que vi el valle, claro, y os vi a vosotros. Pero vosotros no me percibíais. Estabais presos de vuestros propios pensamientos.

—¿Cómo nos sacasteis de ahí? —Su voz era apremiante y áspera—. Yo he visto a un hombre morir de miedo en mis brazos sin que lográramos arrancarlo de su ensoñación.