La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 13 #4
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Capítulo 13 #4

El camino a través del valle duró mucho más de lo que parecía al principio.

El sudor empapaba la frente de Chiara y le resbalaba entre los omóplatos.

Los músculos le temblaban del esfuerzo y la garganta se le iba quedando áspera.

El angosto paso que señalaba el final del valle bailaba ante ella, burlón.

Por mucho que caminaran, apenas parecía acercarse.

Chiara se preguntó, angustiada, si no sería también un engaño, si no estarían caminando en círculo, atrapados en una ilusión que solo ella veía.

Su concentración vaciló y las manos de sus compañeros se crisparon entre las suyas.

Al instante afirmó la voz y se concentró en la imagen que describía. Ya notaba en la cabeza el agotamiento de la magia, aquel hormigueo de un vacío extraño que hacía flotar puntos negros ante sus ojos.

Chiara se arrastró adelante, resuelta, sin aflojar la presa de sus dedos.

Tenía la boca como la yesca y las piernas le temblaban.

Trastabilló cuando los restos de su magia subieron por ella y se tendieron sobre el tejido de la ilusión.

Chiara estaba más allá de todo agotamiento.

El corazón le martilleaba en el pecho y los miembros le pesaban como si fueran de piedra.

Volvió a tropezar y se aferró a Willem y Cadrim, con el deseo desesperado de no soltarlos. Si volvían a alejarse hacia el valle, ya no tendría fuerzas para traerlos de vuelta. Entonces todo habría sido en vano.

Jadeando, miró al frente. Aún los separaban unos cincuenta metros de la salida. Casi lo había logrado. Las rodillas se le doblaron; solo necesitaba tomar aliento un instante. Pero cuando quiso incorporarse, los músculos ya no la obedecieron.

Cadrim le tiró del brazo.

—Ven, ya casi estamos. —Su mirada apuntaba en la dirección errada, lejos de la salida del valle.

—No. —Con sus últimas fuerzas, Chiara lo retuvo—. Es por ahí. —Luchó por levantarse y maldijo su magia, que no había aguantado unos minutos más.

La mano de Willem comenzó a zafarse de su agarre.

—¡No! —gritó Chiara, frustrada.

Él no le hizo caso.

Una indiferencia lenta, exhausta, le fue subiendo por dentro.

Que se fueran. Ella había hecho todo lo que había podido. Y, en el fondo, no les debía nada. Eran enemigos. Solo querían utilizarla para sus propios fines.

Un soplo de aire le acarició la piel sudada. Sálvate , parecía susurrarle. Déjalos atrás. Qué más da lo que les ocurra. Son enemigos, extraños…

Despacio, Chiara volvió la cabeza y miró primero a Willem, luego a Cadrim.

Tenían los ojos desencajados y la mirada ciega, fija en cosas que solo ellos percibían.

Estaban inermes, por completo a merced de unos sentidos que los traicionaban.

Sus labios mascullaban algo que Chiara no alcanzaba a entender.

Intentó conciliar esa imagen con la que le habían ofrecido en su primer encuentro.

La víspera había tenido ante sí a unos bárbaros aplastantes y brutales, curtidos e incapaces del menor impulso humano.

Ahora no quedaba ni rastro, y se preguntó cuánto habría sido verdad y cuánto un papel del que se habían despojado junto con las pieles greñudas.

No solo con magia se fabricaban ilusiones, ni mucho menos.

—Tenemos que encontrar a la princesa —musitó el general, febril, tirándole del brazo—. Vamos, Willem. —Estaba claro que la confundía con él.

Chiara decidió ponerlo a prueba.

—Olvídate de esa hembra. —Las palabras salieron como un graznido de su garganta maltratada—. De nada nos sirve si morimos. —El último rescoldo de su magia vibró en su voz. Ojalá bastara para fundirse con la ilusión.

Cadrim pareció escandalizado. Se la quedó mirando como si no la hubiera visto nunca.

—Creía que te caía bien.

—Me limito a reconocer su valor. —Chiara carraspeó para dar más aplomo a sus palabras—. Es nuestra puerta a Arnawal.

—Sabes que es más que eso… —empezó Cadrim, y se interrumpió en seco.

Sacudió la cabeza, espantado—. Tú no eres real.

Tú no eres Willem. —Apretó el puño—. ¡Maldición!

He vuelto a caer en su trampa. —Miró alrededor, perdido—.

Tengo que salir de aquí. Tengo que encontrar a Isida.

—La inquietud le cruzó el rostro—. ¿Cómo he podido ser tan necio? —Y se zafó de ella.

—¡Estoy aquí! —La voz de Chiara se quebró en el empeño de detenerlo.

Pero él no la oía. Había malgastado el último grano de sus fuerzas en poner a prueba su carácter.

—¡Quietos! —chilló, desesperada, cuando también Willem se desasió de su mano.

La salida parpadeó ante sus ojos como riéndose de ella.

—No —masculló Chiara entre dientes, y saltó tras Willem. Agarró una hebilla de su armadura y trabó en ella los dedos—. Tú no te vas a ninguna parte —siseó, resuelta, mientras trepaba agarrada a él.

—¿Alteza? —Willem se volvió, aliviado. Su mirada pareció enfocarla por fin de verdad. Chiara asintió, jadeante, mientras él la ayudaba a incorporarse.

—¡Son ellos! ¡Son ellos de verdad! —Unas voces agitadas le llegaron al oído.

Volvió la cabeza y vio a Malik, con Rowin y Jakon, en el paso. Malik se ató a toda prisa una cuerda al cuerpo y corrió hacia ella.

—¡Princesa! ¡Willem! —La agarró por los hombros en cuanto llegó. Chiara se tambaleó. La cuerda se tensó tras él. Sus dos compañeros aferraban el otro extremo sin moverse del sitio—. Yo os saco de aquí. Tomad, agarraos a la cuerda.

—Creo que no hará falta. —Cadrim regresaba con paso firme—. El embrujo ha terminado.

—¿Qué quieres decir? —Malik miró alrededor con atención.

—Ya se ha divertido bastante con nosotros.

Chiara se preguntó a qué se refería en concreto. También ella percibió el cambio en el aire. Una tensión que había estado allí, soterrada, todo el tiempo se había esfumado.

—Larguémonos de aquí. —Malik se sacudió, incómodo—. Antes de que cambie de idea.

Chiara dio un paso trémulo al frente y, de pronto, todo empezó a girar en su cabeza. Las rodillas le cedieron y se fue al suelo. Tres pares de brazos se tendieron hacia ella, la atraparon, la sostuvieron.

—Ya me ocupo yo —gruñó Cadrim. La alzó en vilo y la apretó contra un pecho duro. La cabeza de Chiara se venció, exánime, contra su hombro. Con Willem se habría sentido más segura, pero estaba demasiado débil para oponerse.

Los ojos se le cerraron solos y la oscuridad descendió sobre ella.