La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

El miedo chisporroteó en Chiara. ¿Cómo iba a sacarlo de allí, si ni siquiera advertía su presencia? ¿Y si tampoco él era más que una ilusión que ella estaba viviendo? ¿Y si nada de aquello era real? ¿Ni Willem, ni el general, ni aquel sendero que culebreaba a sus pies?

Estremecida, se abrazó los hombros. Vagaría por allí sin rumbo hasta morir de hambre, de sed o de agotamiento.

De nuevo la alcanzó aquel soplo extraño. Curioso, tanteante, le recorrió la frente y el cuello. Y de nuevo algo muy hondo en ella respondió: reconocía la magia hermana de la que también ella llevaba dentro una chispa.

Chiara cerró los ojos. Quizá pudiera poner fin a esa ilusión si su poder lograba, de alguna manera, controlarla.

—Jirones de energía incandescente me envuelven —empezó en voz queda a tejer su propio hechizo, imaginando que así ocurría—.

Se unen a la magia que llena este valle, se funden, se hacen una.

—Tomó aire cuando una sensación de poder la recorrió entera.

Le dio la bienvenida. —El vínculo se refuerza; la ilusión se pliega a mi voluntad.

Termina ahora . —La imagen de un espejo que estallaba en pedazos le llenó la mente, y sintió la onda con que reventó la ilusión. Chiara alzó los párpados.

Nada había cambiado. Cadrim seguía arrodillado en el suelo; Willem seguía agujereando el aire con la mirada, buscando.

Decepcionada, Chiara soltó el aire que había contenido y percibió un leve regocijo a su alrededor. No era burla, ni condescendencia, sino más bien una sincera diversión, como si un mosquito hubiera intentado mover a un oso de su sitio.

—¿Qué quieres de mí? —gritó al viento. Fuera lo que fuese, tenía un asomo de conciencia y la observaba. Quizá hiciera lo mismo con todos los que cruzaban el valle, o quizá la hubiera escogido a ella en particular.

Chiara giró sobre sí misma en busca de una pista, de una respuesta.

El sendero serpenteaba justo a sus pies.

Vio cómo se adentraba en el brezal y desaparecía al otro lado, entre las laderas de la montaña.

Podía marcharse si quería; nada la retenía allí.

Nada, salvo los dos hombres presos en aquella trampa.

Eran enemigos. Habían matado a innumerables personas sin mostrar piedad. Si ella hubiera estado en una de esas aldeas, la habrían asesinado sin dudarlo y ni siquiera recordarían su rostro.

Apenas unas horas antes, Cadrim había arrojado por los aires su posesión más preciada y más íntima sin que le importaran sus lágrimas ni su desesperación. Fuera lo que fuese lo que estaba viendo ahora, lo que le grababa aquel dolor en la cara, se lo merecía.

Merecía morir aquí.

Intentó creerlo con todas sus fuerzas. Y fracasó de medio a medio.

No le caía bien. Con ella era arisco y arrogante.

Seguramente fuera cruel y duro de corazón.

Aun así, había estado dispuesto a socorrer a Willem a sabiendas del peligro.

Y sus hombres le profesaban lealtad. No por miedo ni por su rango: para eso lo trataban con demasiada camaradería, con demasiada chanza. Respetaban al hombre que era.

Además, ella lo necesitaba para llegar hasta el príncipe de Laran.

Cadrim se incorporó despacio y Chiara retrocedió a toda prisa. La mirada de él la atravesó como si no existiera, y ella observó con curiosidad qué se proponía.

Se pasó la mano por las mejillas sucias de lágrimas y tierra, recogió del suelo, con semblante turbio, una piedra afilada del tamaño de un puño y volvió a hincarse de rodillas. Con todas sus fuerzas, hundió la piedra en la tierra húmeda.

—Te prometo que no ha sido en vano —musitó, febril—. Mantendré mi juramento, Willem. Lo haré. Siento tener que dejarte aquí, viejo amigo. Lo siento… —Una y otra vez martilleaba la tierra con la piedra y ahondaba el hoyo con las manos.

Chiara comprendió, estremecida, que estaba cavando una tumba. Creía muerto a Willem.

Pensativa, contempló aquel rostro, tan vulnerable y resuelto mientras él escarbaba la tierra con encarnizamiento. De su mirada habían desaparecido por completo la arrogancia y la soberbia.

Chiara se sentía como una intrusa. Seguramente no eran muchos los que lo veían así.

Willem se había alejado ya un buen trecho. Con los ojos clavados en el suelo, ponía un pie tras otro, como siguiendo un sendero que solo él veía. Chiara advirtió, espantada, que el agua le lamía ya los tobillos. Desde su posición no sabía decir si era un estanque, una poza o un simple charco.

Willem era el único que se había portado bien con ella. No se perdonaría que le ocurriera algo que ella hubiera podido evitar.

Chiara corrió tras él a toda prisa, rezando por no ser también ella víctima de una ilusión. Por lo que sabía, podía estar encaminándose derecha a un precipicio. Pero no tenía elección. Willem ya se había metido en el agua hasta las rodillas sin enterarse de nada.

Se tambaleó cuando su pie se hundió más en el barro húmedo.

—¡Cuidado! —gritó Chiara. ¿Cómo podía no notarlo?

Llevada por un impulso, convocó su magia. Sin embargo, no para tejer una ilusión, sino para hacerle ver la realidad. Alzó la voz.

—Estás metido en agua helada, al borde de un estanque profundo. El sendero ha quedado muy atrás.

Una sacudida recorrió el cuerpo de Willem. Se detuvo, inseguro. Animada, Chiara continuó hablando.

—Cadrim y yo estamos aquí. Necesitamos tu ayuda, Willem. —Le tendió los brazos y notó que su magia se trababa con la ilusión ajena. Quizá no tuviera poder para acabar con ella, pero sí podía moldearla, influirle. A toda prisa tejió para él una imagen de la realidad lo más fiel posible.

Willem se volvió despacio hacia ella. Su mirada se afiló; la reconoció.

—¡Alteza! —exclamó, perplejo—. ¿Estáis bien? ¿De dónde salís tan de pronto?

Chiara no se atrevió a soltar el hilo de su concentración, por miedo a perder de nuevo a Willem en la ilusión. Convocó otra vez su magia.

—He estado aquí todo el tiempo, Willem. Habéis creído en un espejismo. Volved: estáis con el agua por las rodillas; unos pasos más y estaréis perdido.

Él se miró de arriba abajo antes de devolverle la mirada. En su semblante convivían la incredulidad y la reverencia.

—¿Cómo habéis quebrado la ilusión?

Chiara soltó el aire, aliviada.

—Os ibais derecho al estanque; os he llamado. —Le agarró la mano y entrelazó los dedos con los suyos. No pensaba soltarlo, pasara lo que pasase.

—Eso es imposible —objetó él, caviloso—. Aquí he visto a hombres correr derechos a su perdición sin que ninguno de nosotros pudiera evitarlo.

Chiara le apretó la mano.

—¿Sentís mi calor? Esto es real. Y ahora no deberíamos tentar a la suerte. Cadrim también necesita ayuda.

—¿Dónde está? —Willem miró alrededor, desvalido.

—Ahí mismo, junto al sendero correcto. —Chiara dejó fluir en su voz un poco más de su magia mental—. Os cree muerto. Me parece que está cavando una tumba para vos.

—Será insensato —gruñó Willem, pero ella oyó el cariño en sus palabras—. Debería haberse puesto a salvo. Y haberos puesto a salvo a vos. —Frunció el ceño—. No es propio de él desatender su deber.

—Seguramente no sabe que estoy aquí. —A fin de cuentas, él había ordenado que se la llevaran antes de que todo se desmandara. No sabría decir de cuánto se había enterado en realidad.

—¡Cad! —gritó Willem en cuanto estuvieron lo suficientemente cerca.

El general ni siquiera levantó la vista. El hoyo que estaba cavando ya tenía casi medio metro de ancho. El sudor le perlaba la frente a Cadrim. Se había arremangado, y los músculos y tendones de los antebrazos se le marcaban con nitidez.

—Cad. —Willem lo zarandeó por el hombro, pero, fuera cual fuese el delirio que lo apresaba, el general no percibía nada de fuera.

Sin soltar a Willem, Chiara se agachó junto a Cadrim y le puso la mano libre en el hombro.

—Willem está aquí. Está bien. Lo tenéis justo al lado. —La figura de Willem refulgió cuando la realidad tejida por Chiara se posó sobre la verdadera. No sabía cuánto tiempo lograría sostener aquella concordancia, pero de momento parecía bastar.

Cadrim se sacudió entero. Tragó saliva y la piedra se le escurrió de los dedos.

—¿Willem? —preguntó, inseguro.

—Vivito y coleando. —El hombre mayor lo estrechó en un abrazo impetuoso—. Ya pasó todo, muchacho. —Le palmeó el hombro para reconfortarlo.

Cadrim se pasó la mano por la frente, alterado.

—¿Era un espejismo? —Su mirada voló al lugar donde Willem había caído hacía un momento—. ¿Cómo puede ser? —Se dejó caer sentado en el suelo—. ¿Cómo puedes estar aquí y allí a la vez?

—Allí no hay más que hierba y tierra —se apresuró a asegurarle Chiara—. Willem está ileso.

—¿Cómo es posible? ¿Cómo me has traído de vuelta?

—Yo no he sido. Ha sido la princesa.

—¿Isida? —La cabeza de Cadrim giró de golpe, alarmada—. ¿Qué hace ella aquí? Ya tendría que estar a salvo hace rato. ¿Dónde está?

—Justo delante de ti —balbuceó Willem, desconcertado.

Ambos parecían estar tan sumidos en la ilusión que solo podían ver lo que Chiara o la extraña magia de aquel lugar les revelaban.

—Estoy aquí —dijo, mucho más reservada que con Willem—. Agachada justo a vuestro lado. Tomad mi mano. —Se la tendió a regañadientes. Le salvaría la vida, pero eso no significaba que lo hubiera perdonado.

Él juntó las cejas. Chiara podía imaginar lo extraño que debía de resultar que ella surgiera de pronto a su lado, salida de la nada. Deprisa, y para asegurarse de que ni Willem ni él volvieran a extraviarse, tejió para ellos a media voz la imagen del valle tal como ella lo veía.

—El sendero está justo delante de nosotros.

Me quedaré en medio de vosotros. Pase lo que pase, no me soltéis.

—Tiró de Cadrim hacia arriba y echó a andar despacio.

Mientras tanto iba describiendo con tiento cada curva del sendero, cada tramo llamativo que dejaban atrás.

Si a los hombres les pareció extraño, al menos no lo dijeron.

Lo más seguro es que ni registraran el murmullo de su voz, perdidos como estaban en las imágenes que las palabras les pintaban.