La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Como no sabía muy bien cómo hacerlo, Chiara bajó los párpados y conjuró una imagen del rey en su despacho. ¿Majestad? , lo llamó con cautela. ¿Podéis oírme?

Repitió la llamada dos veces, hasta que en efecto percibió su voz en la mente. Sí. ¿Estás bien?

Así que de verdad se había preocupado por ella.

Estoy ilesa. Nos dirigimos hacia la frontera.

Le refirió a toda prisa lo ocurrido en las últimas horas.

Que había tenido que dejar atrás a Winja y al capitán Geron, porque de lo contrario los bárbaros los habrían matado.

Que el general se llamaba Cadrim y era de una juventud asombrosa para un cargo de tanta responsabilidad.

Que con el príncipe de Laran debía de unirlo una relación especial.

¿Qué aspecto tiene? , quiso saber de pronto el rey.

Alto, esbelto, fornido , lo describió Chiara, extrañada. No habría imaginado que a Lexor le interesara justo eso. Tiene la nariz recta, el pelo negro y los ojos verdes. Vaciló. Yo diría que es atractivo, pero muy duro y soberbio.

Tengo que saber a toda costa qué relación tiene con el príncipe. ¿Podría el príncipe ser su padre?

¿De dónde sacáis esa idea? , se le escapó a Chiara, desconcertada.

Eso da igual. Tú consígueme la información.

Por supuesto. La desazón se removió en Chiara.

Si el príncipe era el padre de Cadrim, eso explicaría también su alta posición.

Y querría decir, a la vez, que el príncipe sí se impondría a ella como esposo.

Además, en tal caso él tenía que ser bastante mayor que ella.

Y quizá estuviera ya casado. ¿Podía un hombre tener más de una mujer entre los bárbaros?

Chiara había oído decir que en algunas tribus salvajes se permitía, antes de que se sumaran a Arnawal y a la única fe verdadera. ¿Sería ella una más entre muchas?

No sabía si la idea la aliviaba o la oprimía.

¿Qué más? , la arrancó de sus cavilaciones la voz impaciente del rey, y ella se preguntó cuánto habría captado él de sus reflexiones.

El general y sus hombres no son tan salvajes como quieren hacernos creer. Su apariencia bárbara es, en su mayor parte, pura mascarada. Se han quitado las pieles y la pintura de guerra a la primera oportunidad.

¿De verdad? El rey sonaba pensativo y no muy complacido. ¿Algo más?

No, Majestad. No he averiguado nada más hasta ahora.

La pérdida del cuenco sonoro era lo único más digno de mención, y prefirió guardárselo para sí.

Descuidar la oración era una falta grave.

Pues el país entero se beneficiaba de la bendición que el pueblo, rezando unido, hacía descender.

Recordó el frenesí de su madre el día en que su hermano pequeño extravió su cuenco.

¿Puedes decirme algo sobre la ruta?

Chiara se esforzó por rememorar detalles. No eran muchos, pero le franqueó al rey cuantos recuerdos le relampagueaban en la memoria.

Quiero que de ahora en adelante estés más atenta a todo , le exigió al despedirse. Hace mucho que nadie de nuestro pueblo pisa el otro lado de la frontera.

Como obedeciendo a una orden, Cadrim detuvo el caballo en seco. Habían alcanzado un alto desde el que se abría la vista a un valle largo y angosto. El caballo bailoteaba, inquieto, y Cadrim le palmeó el costado antes de guiarlo al paso por el sendero que descendía culebreando hasta el valle.

A Chiara le llamó la atención que hubieran enmudecido las bromas que Malik, Rowin y Jakon —estos dos, los hombres restantes— se cruzaban de vez en cuando. Su repentina tensión casi podía tocarse. Chiara estiró el cuello en busca de la causa.

El valle que se extendía ante ella parecía tranquilo, casi idílico.

Estaba enmarcado por altas y escarpadas paredes rocosas.

En los márgenes, las copas rojas y doradas de los árboles se mecían en la brisa suave y refulgían pese al cielo encapotado.

El suelo lo cubrían una hierba verde y exuberante y brezos de floración tardía.

Entre ellos espejeaban láminas de agua de un gris plomizo que devolvían el cielo cubierto.

El sendero que los había llevado hasta allí cruzaba por el centro del valle desierto.

—Odio este lugar. —Willem, que cabalgaba sus buenos diez metros por delante, miró alrededor con desasosiego.

Chiara frunció el ceño, extrañada, hasta que reparó en el silencio antinatural que reinaba allí. Ni un trino de pájaro, ni el correteo de un animalillo. Un soplo de viento la rozó y le arrancó un escalofrío. Parecía casi vivo. Palpaba, buscaba.

Algo en lo más hondo de ella se removió en respuesta. Su magia respondía a aquel contacto.

Asustada, Chiara se volvió hacia Cadrim, que tenía los puños apretados con fuerza sobre las riendas. Su rostro parecía una máscara sin vida.

—¿Qué está pasando aquí? —musitó ella.

—Es la frontera. —Miró al frente, más allá de ella—. Primero nos tantea; luego descarga sobre nosotros todo su poder. —Cadrim tragó saliva—. Veas lo que veas, no es real. —Se volvió hacia sus hombres—. Quitémonoslo de encima.

El caballo de Willem se espantó sin previo aviso.

—¡Maldición! —Entre juramentos, intentó hacerse con el animal, que relinchó con puro pánico en el sonido—. Ho, ho —trató de calmarlo Willem.

También el caballo de Cadrim empezó a bailotear.

—Agárrate fuerte —le siseó al oído a Chiara, y la pegó a sí de un tirón—. Esto puede dar algunos tumbos. —Puso el caballo a un trote vivo, con el brazo bien ceñido a la cintura de ella.

Casi habían alcanzado a Willem cuando, de pronto, su animal corcoveó, se alzó de manos y arrojó al jinete. Con un relincho de pánico salió disparado al galope, mientras Willem rodaba por el suelo y quedaba tendido boca abajo.

El corazón de Chiara se saltó un latido del susto.

Entre maldiciones, Cadrim tiró de las riendas; su propio caballo parecía a punto de desbocarse.

—¡Llevad a la princesa al otro lado! —Se volvió un instante hacia los hombres que lo seguían antes de bajar a Chiara de la silla de un solo impulso.

En cuanto sus pies tocaron el suelo, echó a correr hacia Willem. Él había sido bueno con ella; no iba a dejarlo en la estacada. Malik trató de atraparla al pasar con el caballo, pero ella lo esquivó y voló al lado de Willem.

—¡Maldita hembra! —Cadrim saltó a tierra a su vez. Por un instante el rostro se le crispó de ira; luego un dolor hondo le barrió las facciones. Cayó de rodillas como fulminado.

—¿Cad? —exclamó Malik, sorprendido, para asentir a regañadientes un segundo después—. Nos vemos al otro lado. —Les hizo una seña a Rowin y a Jakon. Con un trueno de cascos, los hombres pasaron al galope junto a Chiara sin volverse siquiera.

Chiara no entendía nada de lo que ocurría. Ni la conducta de Malik ni la de Cadrim tenían sentido. El general seguía de rodillas, con el rostro hundido en las manos, como si llorara.

Chiara sacudió la cabeza. No había tiempo para eso. Willem estaba inconsciente. Le buscó el pulso a toda prisa y soltó el aire, aliviada, al notar el martilleo acompasado bajo las yemas.

—¿Willem? —lo llamó en voz baja y le acarició la frente—.

¿Me oís? —Como no se movía, le palpó la nuca en busca de heridas.

Bajo el pelo espeso se escondía un chichón casi tan grande como un huevo.

Cuando los dedos de Chiara lo tocaron, él gimió y ella retiró la mano de inmediato.

Al menos el dolor lo había despertado: parpadeó y abrió los ojos.

—¿Qué ha pasado? —Su voz sonó cascada y áspera; aun así, pocas veces había oído Chiara nada más hermoso.

—Vuestro caballo os ha derribado y os habéis golpeado la cabeza.

Parpadeó de nuevo.

—¿Alteza? —Había preocupación en su voz, e hizo ademán de incorporarse.

—No. —Chiara lo retuvo por el hombro—. Habéis perdido el conocimiento; quizá estéis herido.

—Estoy bien. —Su tono dolorido lo desmentía, pero aun así se alzó entre quejidos hasta quedar sentado. Se llevó la mano a la nuca y torció el gesto—. Eso explica el dolor de cabeza. —Miró alrededor con atención—. ¿Dónde estamos? ¿Dónde están los demás? —Parecía no haber vuelto en sí del todo.

—Se han adelantado —explicó Chiara con la mayor serenidad posible, aunque ella no entendía el porqué. Nada en aquel valle apacible justificaba el miedo de hombres y bestias.

—¿Nos han dejado en la estacada? —Pese al frío, a Willem le perlaron la frente gotas de sudor. Agarró a Chiara del brazo—. ¿Por qué no os han puesto a salvo?

—No pasa nada —lo sosegó Chiara con una sonrisa—. En cuanto podáis levantaros, buscaremos el caballo y seguiremos. —Buscó con la mirada el semental de Cadrim, que ya no se veía por ninguna parte.

Willem se recompuso.

—Yo os sacaré de aquí —prometió, entrecortado. Se incorporó y se tambaleó—. No tengáis miedo. Todo se arreglará. —Sonaba como si intentara infundirse ánimos a sí mismo—. Al menos Cad lo ha logrado. Él no nos dejará atrás.

—El general está aquí —dijo Chiara, desconcertada. Estaba de rodillas a menos de dos metros. Willem miró justo en su dirección. Una congoja creciente la invadió. Quizá la caída hubiera causado más daño del que parecía—. ¿Veis bien?

—Sí. —Willem se puso la mano ante los ojos para comprobarlo.

—¿Lo veis a él? —Chiara señaló hacia Cadrim.

—Maldita sea. —Willem se restregó la cara—. Estoy atrapado dentro. —Resopló, desalentado—. Y lo más seguro es que vos también seáis parte de ello. —Se hundió los dedos en el pelo con un suspiro.

—¿Una parte de qué?

—De la ilusión, de la magia. Es la maldita frontera. Se cuela en las mentes y nadie sabe qué sacará de ellas. Pueden ser miedos o sueños. En cuanto se entra en este valle, nada es real y, al mismo tiempo, todo lo es.

—Pero ¿cómo es posible? —Las ilusiones jamás podían ser tan poderosas, y no funcionaban así. Se tejían con palabras y eran visibles para todos. ¿Quién iba a saberlo mejor que ella?

Sin responderle, Willem paseó la mirada por los alrededores. Por lo visto, una nueva visión lo había apresado.