La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

—Despertad, princesa. —Algo le hincó sin miramientos el costado a Chiara.

Al abrir los ojos vio que era la punta de la bota de Cadrim. Apartó el pie de un manotazo mientras se incorporaba, indignada.

—No espero caeros bien. Pero exijo que me tratéis con respeto, general.

Él enarcó las cejas, sorprendido.

—¿Tan respondona a estas horas de la mañana?

Chiara alzó la barbilla.

—Más os vale ir acostumbrándoos.

Él asintió, divertido.

—Veremos hasta dónde os llega hoy el espíritu de lucha. —Su mirada se desvió hacia los árboles—. Preparaos: partimos en veinte minutos. —Sin añadir más, la dejó allí plantada y fue hacia los hombres, atareados en recogerlo todo.

Chiara bostezó. Aún estaba oscuro. A lo sumo había dormido un par de horas.

Y a pesar de la segunda manta que alguien —probablemente Willem— había echado sobre ella, tenía la punta de la nariz helada.

Estiró con cuidado los miembros agarrotados.

Aunque el cuerpo le dolía del duro lecho, la tentación de volver a tumbarse era inmensa.

—Buenos días, Alteza. —Willem le tendió un tazón humeante. Él también se había dado un baño y parecía tan transformado como sus compañeros. Cadrim, que en ese momento le daba la espalda, se había recogido incluso el pelo con una cinta fina, lo que le daba un aire casi civilizado.

Agradecida, Chiara cerró los dedos fríos en torno al tazón y olfateó el contenido. Olía a menta especiada y a alguna otra hierba. Dio un sorbito con cuidado y saboreó el calor que le bajaba por la garganta.

—Ayer teníais un aspecto muy distinto. ¿Por qué? —Lo miró con curiosidad.

—Ah, eso. —Willem se rascó la nuca, casi azorado—. Es una vieja artimaña de guerra de las tribus de las montañas para sembrar el espanto en el enemigo.

—El rey Lexor os habría tomado mucho más en serio si hubierais prescindido de eso.

—Puede ser. —Willem se encogió de hombros—. No fue decisión mía. Además, conseguimos lo que queríamos. Y nunca está de más que el enemigo lo subestime a uno.

A Chiara se le removió la conciencia. Que se despojaran de la mascarada delante de ella era una muestra de confianza.

Su mirada voló hacia Cadrim, que la contemplaba por encima del hombro con los labios fruncidos, y su desazón se esfumó.

No era confianza, sino pura arrogancia, lo que lo movía.

Para él, ella era una prenda sin voluntad, un premio que llevarle a su amado príncipe.

La tenía por demasiado insignificante para guardarse de ella.

A Chiara se le curvó la boca. Quizá Willem tuviera razón: que a una la subestimaran no siempre era malo.

Apuró el tazón y tanteó en busca de su morral.

—¿Me acompañaríais de nuevo al arroyo? —le preguntó a Willem.

—Por supuesto. —Le tendió la mano para ayudarla a levantarse.

—Gracias. —Por increíble que le resultara a ella misma, se sentía a gusto a su lado. Segura.

Willem se detuvo junto al gran árbol, como la noche anterior, para darle espacio.

Chiara se lavó deprisa con el agua fría y se cambió de muda. Le habría gustado aclarar la prenda usada, pero no tenía dónde secarla. Tendría que esperar a la noche.

Después de peinarse y hacerse una trenza sencilla, sacó su cuenco de oración. No cabía esperar que el general respetara las horas de rezo durante la marcha.

En cuanto brotó el primer tañido, bajó los párpados y dejó que la traspasara. Recuerdos de tiempos felices afloraron en ella. Su madre, arrodillada a su lado cuando aún era pequeña. El acogedor cuartito del palacio que había sido solo suyo.

Unos pasos enérgicos que hacían vibrar el suelo blando la arrancaron de golpe de su trance.

Chiara abrió los ojos de par en par, justo a tiempo para distinguir una silueta oscura que se abalanzaba sobre ella como un espíritu vengativo.

Espantada, se puso en pie de un salto y retrocedió a trompicones cuando Cadrim agarró su cuenco de oración y lo arrojó con todas sus fuerzas entre los árboles.

Pillada demasiado desprevenida para reaccionar, Chiara siguió su vuelo con la mirada y oyó el golpe sordo en algún punto de la oscuridad.

La ira y la incredulidad se cerraron sobre ella como una ola.

—¿Cómo os atrevéis? —jadeó, porque no encontraba palabras para semejante atropello—. ¡Id a buscarlo ahora mismo!

—No. —Se plantó ante ella en toda su imponente estatura—. De ahora en adelante tendréis que apañaros sin rezos.

Por toda respuesta, ella dio media vuelta y echó a correr hacia donde él había arrojado el cuenco. O eso pretendía. A los dos pasos, la mano de él se le cerró en el brazo como un torno.

Chiara gritó de dolor, perdió el equilibrio y habría caído de no sujetarla él con mano férrea.

—¡Soltadme! —Forcejeó por desasirse.

—No —insistió él, y la arrastró hacia el campamento.

—Suéltala, Cad. —Willem corrió hacia ellos—. Le estás haciendo daño.

—Tú no te metas —le espetó, y Willem inclinó la cabeza en una obediencia a regañadientes—. No hay tiempo que perder —le dijo Cadrim a Chiara, encolerizado, aunque al menos aflojó los dedos.

Ella hincó los talones en el suelo, desafiante.

—¿Por qué?

—Porque el sol está a punto de salir y no quiero perder nuestra ventaja.

—No. —Ella sacudió la cabeza—. ¿Por qué no se me permite rezar mis oraciones? —Su espíritu de lucha se disipó. Contra la fuerza de él nada podía hacer.

—Puedes rezar cuanto quieras, pero no delatarás nuestro paradero con ese campanilleo salvaje.

—Lo haré muy bajito —prometió, suplicante. El tañido del cuenco no sonaba más fuerte que las risas de los hombres.

—Está decidido. —Echó a andar de nuevo y la arrastró consigo.

Las lágrimas le velaron la vista a Chiara. Era como dejar atrás una parte de su propio cuerpo. El cuenco de oración la acompañaba desde los tres años. En él reposaban todos sus sueños, sus anhelos, todo su dolor.

—Por favor —repitió con voz ahogada, y se agarró a su mano para obligarlo a detenerse. Era el único lazo que le quedaba con su hogar.

El tormento de su voz no se le escapó.

—¿Por qué le tienes tanto apego a ese maldito trasto? —Otra vez el tuteo descortés, pero a ella le dio igual. Daba lo mismo cómo la llamara, con tal de que le devolviera el cuenco.

—Es el único recuerdo que me queda de mi madre.

—¿La reina? —Frunció el ceño.

Chiara comprendió, con un escalofrío, que había estado a un pelo de delatarse. La madre de Isida había muerto cuando esta no tenía ni dos años.

—Sí… El cuenco fue suyo.

—No habría dicho que la familia real fuera tan piadosa . —Su voz chorreaba sarcasmo—. Con lo cerca que os creéis de vuestro Dios… ¿No afirma tu padre incluso ser su vicario? Os hacía casi de tú a tú con él.

A Chiara se le abrió la boca de puro espanto. Nunca había oído a nadie hablar con tanto desdén del rey Lexor, y mucho menos del Dios Verdadero. Casi esperaba que cayera un rayo del cielo y partiera a Cadrim en dos por su descarada blasfemia. Pero no ocurrió nada por el estilo.

Por lo visto, Dios, en su infinita sabiduría, le tenía reservada otra lección.

La boca de Cadrim se torció en una sonrisa desdeñosa, como si intuyera lo que le pasaba a Chiara por la cabeza.

—Sea como sea —prosiguió, inflexible—, entre nosotros impera otra fe. Cuanto antes te hagas a ella, mejor.

—Por favor —repitió Chiara, desesperada. De no haberla tenido él sujeta, se habría hincado de rodillas. Aquel cuenco le importaba mucho más que su orgullo. Aún creía oír en su tañido la voz de su madre. Sentía el amor que ella había vertido dentro al despedirse.

Las lágrimas le bañaban el rostro. Puso en su mirada toda la esperanza, la pena y la desesperación, y le dejó ver su vulnerabilidad entera.

Lo mismo le habría valido intentar ablandar una piedra. El rostro de él se endureció.

—Lo siento, eso no puedo consentirlo. Coge su morral —añadió, vuelto hacia Willem—. Partimos.

Como en una pesadilla, Chiara se dejó arrastrar por él. Apenas registró que Cadrim la izaba al caballo y se acomodaba tras ella en la silla. Solo dio un respingo cuando la mano de él, que sujetaba las riendas, le rozó la cadera, y se apartó cuanto pudo.

Lágrimas calladas le corrían por las mejillas cuando la partida se puso en camino.

En su vida le habían ido arrebatando, una tras otra, todas las cosas que significaban algo para ella. Esta no era más que el remate. Ese era su destino, y nada lo cambiaría jamás.

A menos que ella misma lo cambiara.

Para el príncipe de Laran y sus hombres no era más que un pelele cuyo único valor consistía en que un día le pusieran una corona en la cabeza, corona que pasaría de inmediato a su esposo.

Nada podía hacer por impedirlo, ni tampoco por acelerarlo.

Su único cometido era seguir viva el tiempo necesario.

El rey de Arnawal, en cambio, sí quería algo de ella. Algo que solo ella podía darle. Tendría que procurar no salir de aquello con las manos vacías.

Chiara estaba tan absorta en sus pensamientos que no sabía cuánto tiempo llevaban de camino cuando el terreno se volvió cada vez más rocoso y empinado.

Seguían un sendero angosto que los obligaba a cabalgar en fila india.

Los cascos de los caballos no dejaban de resbalar en las piedras que sembraban el suelo.

Chiara tuvo que aferrarse otra vez a la crin para no perder el agarre.

Probablemente habría sido más seguro recostarse en Cadrim, pero le repugnaba con toda el alma.

No podía olvidar la dureza inflexible con que la había tratado.

Pese a todas sus súplicas, no había querido concederle aquel favor minúsculo.

Y eso que le habría costado bien poco. Se había negado solo porque tenía el poder de negarse.

Llevaba horas ignorándola también él. Parecía apreciar su compañía tan poco como ella la suya. A decir verdad, no entendía por qué tenía que cabalgar precisamente con él. Willem habría sido un compañero de viaje mucho más grato.

Chiara miró a su alrededor con atención. El camino serpenteaba cada vez más arriba; no parecía que fueran a llegar a ninguna parte en mucho rato. Debía aprovechar para rendirle informe al rey Lexor. Seguro que ya lo aguardaba con impaciencia.