Capítulo 12 #4
—Yo misma he visto los cadáveres que habéis empalado al borde del camino.
—Parpadeó para ahuyentar las imágenes atroces.
Nunca más podría oír el graznido de un cuervo sin estremecerse.
Su magia mental se agitó, deseosa de dar cuerpo al recuerdo; las palabras le quemaban en la lengua. Chiara se las tragó con determinación.
Willem negó despacio con la cabeza.
—Nosotros no hemos hecho nada semejante…
—Entonces habrá sido otra de vuestras bandas. —Daba igual quién lo hubiera hecho. Había ocurrido por orden del príncipe.
—Seguramente fue… —arrancó Malik, indignado.
—Ya basta —lo atajó Cadrim, tajante.
Malik lo miró, sorprendido, pero el ceño amenazador de Cadrim no admitía réplica. Seguro que él, como general, sabía de aquello más que sus hombres.
Malik apretó los labios, obediente. Cadrim parecía tener bien sujeta a su tropa.
—¿Podéis contarme más sobre el príncipe de Laran? —le preguntó Chiara a Willem, espoleada tanto por su propia curiosidad como por el encargo del rey.
Willem carraspeó, incómodo.
—¿Qué queréis saber?
Chiara se miró los dedos entrelazados.
—Todo. A fin de cuentas, voy a ser su esposa y no sé nada de él. ¿Qué edad tiene? —insistió cuando Willem no contestó.
—¿Y eso qué más da? —terció Cadrim.
—Pues que va a ser mi esposo. —Chiara sostuvo, desafiante, su mirada despectiva—. Tengo derecho a saber qué me espera. —Muy mayor no podía ser, en realidad, si aspiraba a heredar al rey Lexor tras su muerte.
—Joven sí es, lo bastante para quereros solo para él —se guaseó Malik, al ver que nadie más decía nada.
Su general le lanzó una mirada torva.
—Si no sabes comportarte, te mando a la patrulla de la frontera.
Malik se encogió de hombros, impasible.
—Con eso me amenazas cada vez. Y aun así, siempre tengo que acompañarte cuando necesitas un rastreador. —Le sonrió a Chiara, muy seguro de sí—. Soy el mejor, y los dos lo sabemos.
Chiara no se dejó dar largas. La irritaba que nadie quisiera contarle nada del príncipe.
—¿De verdad existe ese príncipe?
—Oh, sí, existe —afirmó Willem con seriedad.
—Entonces demostradlo —insistió Chiara—. ¿Tenéis un retrato suyo? ¿O al menos una moneda? —En Arnawal todas las monedas se acuñaban con el perfil del rey.
Malik soltó una carcajada.
—Seguro que tú llevas siempre un retrato suyo encima, ¿a que sí, Cad? ¿Ahí, junto al pecho?
—No te pases de la raya —siseó Cadrim, mientras los demás tosían, divertidos.
Chiara intentó descifrar aquel comportamiento. ¿Uniría al general con el príncipe algo más que el mero servicio? ¿Por qué, si no, lo picaban así sus compañeros?
Eso explicaría cómo había alcanzado tan joven un puesto de tanta responsabilidad. Y también su extraño rencor hacia ella. El príncipe, a fin de cuentas, iba a casarse con ella. Después, los dos ya no podrían vivir lo suyo, al menos no a la luz del día.
Chiara le dedicó al general una sonrisa alentadora, que le arrancó otro fruncimiento de ceño. Desde luego, ella no pensaba interponerse entre el príncipe y quienquiera que tuviese su corazón. Bien mirado, esa sería con mucho la mejor solución. Notó que se le quitaba un peso de encima.
Por muy brutal y despiadado que pudiera ser el príncipe, en ese caso a ella la dejaría en paz.
—Pues sí que llevo un retrato encima, aunque no del príncipe —se dejó oír Cadrim, y sacó la dichosa miniatura de Isida.
Chiara se aferró a una expresión impasible.
—Sigo sin ver del todo convincente el parecido. —Agitó el retrato en el aire.
Chiara extendió la mano hacia él.
—¿Puedo verlo?
Él lo mantuvo en alto con toda intención, hasta que ella se levantó y fue hasta él.
En efecto, procedía del decimoquinto cumpleaños de Isida, y se parecía casi tan poco a la verdadera princesa como a ella misma. Debía de ser la copia de una copia.
Chiara torció el gesto con desdén.
—Lo recuerdo. El original cuelga en mi alcoba, en el palacio.
—Aún se acordaba de lo exaltada que había estado Isida porque la gente había hecho cola durante días para verlo de cerca.
Por aquellas fechas no había sido fácil tratar con ella.
Se conducía como si ya fuera la vicaria de Dios.
Como si cada capricho suyo fuera ley divina.
—Como no todo el mundo podía acercarse a contemplarlo en persona, autorizamos entonces que se hicieran copias.
Todo el que se creyera capaz de sostener un pincel pudo explayarse a gusto.
Incluso deben de quedar por ahí algunos grabados en cobre, aunque son un puro espanto.
El fulano que los hizo puede dar gracias de haber salido con vida.
—Chiara recordaba bien el ataque de furia de Isida al ver uno de ellos.
El general la observó con atención.
—¿En serio habríais mandado matar a un hombre porque su obra no hacía justicia a vuestra belleza?
Chiara se irguió.
—Eso lo pregunta el hombre que carga con la muerte de cientos, si no de miles.
—Responded a mi pregunta —exigió él.
Aunque él no tenía ningún derecho a exigirlo, ella respondió de todas formas.
—No. Porque para mí toda vida humana es valiosa.
Y por eso haría cuanto estuviera en su mano por detener a los bárbaros. Demasiada sangre inocente manchaba las manos de aquellos hombres.