Capítulo 12 #3
—Tranquila, Alteza. Cachorro que ladra no muerde. —Las últimas palabras iban derechas al joven. Sus dos compinches rieron.
—¿Qué pasa? —se defendió él—. Solo quería ser amable. Las noches ya hacen un frío que pela. No podemos consentir que la princesa se hiele.
El tono de Willem se volvió más severo.
—Ya conoces las órdenes, Malik. Más te vale que Cad no oiga eso.
—¿Qué es lo que no debo oír? —llegó una voz de entre los árboles.
Chiara ya se había preguntado dónde se habría metido el general.
Ahora salió de las sombras, y ella parpadeó.
Si no hubiera hablado en ese momento, no lo habría reconocido.
Al igual que sus hombres, se había deshecho de las pieles y ya no parecía tan imponente.
Su cuerpo alto y atlético estaba enfundado en una armadura de cuero ajustada y de elaborada factura, que resaltaba sus anchos hombros y su estrecha cintura.
La mugre y las marcas de su rostro habían desaparecido; debajo había aflorado una piel bronceada.
Llevaba las mejillas rasuradas y la barba bien recortada, apenas una sombra negra que realzaba la regularidad de sus facciones.
Chiara constató con asombro lo joven que era.
Por su rango, había esperado que le sacara al menos veinte años, pero no podían ser más de seis o siete.
Era más joven que la mayoría de los hombres a su mando.
Mientras caminaba se frotaba el pelo negro con un paño para secárselo.
—¿Y bien? —Miró a Willem con la naturalidad de quien manda. La arrogancia que destilaba, esa sí la reconoció Chiara al instante.
—Malik solo ha expresado su preocupación por que nuestra invitada pudiera pasar frío durante la noche —respondió Willem con diplomacia.
El general entornó los ojos. Chiara casi esperó ver brotar de ellos relámpagos verdes.
—Solo era una broma. —Malik alzó las manos en son de paz—. Todos sabemos que está reservada para el príncipe.
—Entonces, todo en orden. —Cadrim sostuvo la mirada de Malik un momento más antes de buscarse un sitio junto al fuego y coger el cucharón—. ¿Queréis vos también, princesa?
Ella oyó la repugnancia en su voz. Cuando él la llamaba princesa , aquello tenía un timbre muy distinto que cuando Willem la llamaba Alteza . En su boca sonaba a insulto.
—Con mucho gusto —respondió Chiara con frialdad, preguntándose por qué se mostraba tan arisco con ella.
Willem no parecía guardarle prevención alguna. Malik la observaba con descarada curiosidad. Los otros dos parecían no saber muy bien cómo comportarse con ella y, por eso, preferían callarse. Solo Cadrim la escrutaba con una intensidad extraña, torva, mientras le tendía un cuenco de guiso caliente.
—Tomad. —Willem extendió en el suelo una manta doblada y Chiara se acomodó en ella con cuidado.
La capa se le abrió, y se apresuró a cerrársela sobre la tela traslúcida de la camisola.
Puede que la insinuación de Malik no fuera del todo en serio, pero aun así no quería recordarles a los hombres lo poco que llevaba encima.
Mientras daba cuenta de la sopa a cucharadas y observaba la naturalidad con que se trataban, intentó casar lo que veía con lo que sabía de los bárbaros.
Lo cierto es que no parecían muy distintos de los hombres de Arnawal: algo más ruidosos y desenvueltos, quizá, pero no más malvados que los que ella conocía.
Sin poder evitarlo, se preguntó cómo podían reír y bromear así después de haber masacrado a tanta gente. ¿Acaso no tenían conciencia, ni un alma a la que aquello le pesara? ¿O era, como Willem le había dado a entender, que no tenía importancia porque se trataba de enemigos?
Quizá tampoco les pesara porque se habían limitado a cumplir órdenes, porque creían no haber tenido elección. Pero esas órdenes alguien las había dado.
Dirigió la mirada hacia el general.
—¿Sois vos el responsable del arrasamiento de las aldeas de la región fronteriza? —Las palabras le brotaron de los labios sin que le diera tiempo a contenerse.
Él volvió la cabeza despacio. Si aquella pregunta caída de la nada lo sorprendió, no lo dejó entrever.
—Sí.
Chiara se lo quedó mirando. Ni una sombra de mala conciencia en aquel rostro que parecía cincelado. Casi habría sido hermoso de no ser tan pagado de su propia razón.
—Habéis matado a hombres, mujeres y niños inocentes que no os habían hecho ningún daño. —Sacudió la cabeza—. ¿Fue el príncipe de Laran quien dio la orden? —Necesitaba saber qué clase de hombre era su futuro esposo.
—Sí —confirmó de nuevo el general, y se volvió hacia su comida—. En su lugar, cualquiera de nosotros habría decidido lo mismo.
La mirada de Chiara voló hacia Willem, que bajó los ojos. Le habría gustado saber si era vergüenza por que su general tuviera razón o un mudo desacuerdo.
—¿Por qué? —preguntó, trémula.
—Porque era la única forma de llamar la atención de Lexor.
—¿Y para qué la necesita vuestro príncipe?
Cadrim posó despacio el cuenco.
—¿No es evidente?
—¿Para la corona de Arnawal?
—Siendo vos la única heredera del trono, tarde o temprano se llegará a eso.
—¿Y si la nobleza de Arnawal no acepta la pretensión de vuestro príncipe al trono? —No es que fuera a llegarse jamás a semejante trance.
En el claro se hizo de pronto un silencio sepulcral.
El general sonrió con frialdad.
—Descuidad: el príncipe tiene medios y maneras de hacer valer su derecho.
—¿Más muerte y violencia? —preguntó Chiara con amargura.
Cadrim se encogió de hombros.
—Si no queda más remedio. —Con eso, el asunto parecía zanjado para él.
—¿De verdad es tan cruel el príncipe? —le preguntó a Willem, que le parecía el más abordable.
Él le lanzó una mirada rápida a su general. Como este ni pestañeó, Willem lo tomó por una venia.
—Hace lo que debe hacerse. No disfruta matando…
—¿De verdad? —lo cortó Chiara, afilada. Recorrió a los hombres con una mirada acusadora—. El camino de Vlecha da un testimonio bien distinto.
—¿Qué queréis decir? —Willem frunció el ceño. También el general alzó la vista, interesado.