Capítulo 12 #2
Chiara despertó sobresaltada cuando el grito resonó junto a su oído. Por un momento no supo dónde estaba, mientras parpadeaba tratando de orientarse. Estaba oscuro, olía mal y algo peludo le rozaba la mejilla.
El recuerdo la inundó de golpe y Chiara se irguió de inmediato. Debía de haberse dormido y vencido contra el pecho cubierto de pieles del general. A su alrededor, los hombres saltaban al suelo; al menos eso dedujo por los ruidos que hacían, pues no veía casi nada.
Una chispa se encendió, seguida de otra, hasta que una llama tímida comenzó a lamer una rama seca.
El general desmontó también y se alejó con paso vivo. Chiara lo siguió con la mirada, atónita, hasta que desapareció entre los arbustos. Por lo visto, ni los bárbaros estaban a salvo de la llamada de la naturaleza.
El caballo bailoteó bajo ella, inquieto, como si supiera que ya nadie lo sujetaba. Con cuidado, Chiara pasó de nuevo la pierna por encima del cuello del animal, atenta a no perder el equilibrio. El caballo bailoteó otra vez y ella soltó un grito.
Uno de los hombres se pasó la mano por la cara, incrédulo.
—Menuda alhaja de novia se ha buscado el príncipe —masculló a media voz. Los demás rieron.
Chiara apretó los dientes. El valor de una princesa heredera no se medía, desde luego, por sus artes de amazona. En general, saber sostenerse a lomos de un caballo decía bien poco de una persona. Pero no tenía sentido discutirlo con ellos. Si replicaba, no harían más que burlarse.
—Dejadla en paz —se alzó la voz ronca que ya le resultaba familiar. Su dueño se acercó y le tendió la mano, atento—. Permitidme ayudaros, Alteza.
Chiara se tomó un momento para observar mejor al hombre a la luz de las llamas.
Hilos plateados brillaban en su cabello castaño oscuro y revuelto.
Las marcas de la frente y la barba cerrada le daban un aire salvaje y cruel, pero sus ojos parecían bondadosos e inteligentes.
Chiara le tendió las manos, vacilante, casi contando con que también él se burlaría o la dejaría caer.
No hizo nada semejante. Con tiento, casi con dulzura, la bajó de la silla como si no pesara más que una pluma.
—Allí atrás hay un pequeño arroyo, por si queréis refrescaros —prosiguió, cortés, señalando con la mano hacia allí—. Me quedaré al alcance de la voz, si así lo deseáis.
Chiara asintió vacilante.
—Eh, Willem —se guaseó uno de los hombres—. ¿Le estás tirando los tejos a la novia del príncipe?
Chiara se quedó paralizada. Estaba tan contenta de que alguien la tratara con gentileza que no había pensado en esa posibilidad. Aquel hombre bien podría ser su padre, aunque eso seguramente no quería decir nada.
—No. —Él soltó una risa—. Es solo que yo, a diferencia de vosotros, mocosos, sé cómo se trata a una mujer. No tengáis miedo —añadió, de nuevo con suavidad, hacia Chiara—. Aquí nadie os tocará un pelo.
Ella asintió y decidió confiar en él sin más. Si aquellos hombres querían hacerle algo, tampoco iba a poder impedirlo.
Al pasar, Willem atrapó una antorcha ya dispuesta y la prendió en el fuego.
—Un poco más allá hay una poza, pero los muchachos la tomarán por asalto en cualquier momento —continuó, tranquilo, mientras la guiaba por la espesura—.
Por eso he pensado que preferiríais el arroyo.
—No parecía esperar respuesta, pues siguió hablando, pausado, como si lo hiciera solo por espantarle el miedo—.
Me temo que el agua está bien fría; a cambio, nadie os molestará.
—Gracias. —Chiara tenía la garganta reseca.
No recordaba cuándo había sido la última vez que había bebido o, mucho menos, comido algo.
No había probado ni el desayuno ni el almuerzo, y ahora lo pagaba.
Todo el cuerpo le temblaba de debilidad.
Además, le dolían las piernas de tanto rato sentada en aquella postura desacostumbrada.
Se le agolpó un sollozo en la garganta al pensar que aquello seguiría así durante los próximos días, si no semanas. Se mordió el labio para que no se le escapara un gimoteo.
A Willem, claro, no se le escapó.
—No os resulta fácil, ¿eh?
Chiara no dijo nada, porque no se fiaba de su propia voz. Si se ponía a hablar, quizá se viniera abajo del todo.
—Los muchachos no son tan malos —dijo Willem en un torpe intento de consolarla—.
Un poco toscos, quizá, y demasiado sueltos de lengua, pero ya os haréis a ellos.
Hemos llegado —añadió tras una breve pausa, señalando un angosto curso de agua—.
Tomaos el tiempo que necesitéis. —Hincó la antorcha en la tierra—.
Yo estaré allí detrás. —Sin esperar respuesta, fue hasta un árbol alto y se recostó de lado contra el tronco, bien a la vista, de espaldas a ella.
Chiara aguzó el oído, indecisa. Al fondo se oía a los hombres trajinar y hablar.
Con cuidado y sin perder de vista a Willem, dio unos pasos hasta un arbusto de altura media.
Una rama crujió bajo su pie, pero el hombre no se dio la vuelta.
Sin duda sabía que no podía escapar. Además, estaba allí más o menos por voluntad propia; nadie la había raptado ni secuestrado.
Así que confiaban en que no echaría a correr.
Chiara se acuclilló tras el arbusto para hacer sus necesidades. El corazón le martilleaba en la garganta. ¿Y si alguien se acercaba? ¿Y si alguno pasaba por alto la prohibición del príncipe?
Por mucho que la aliviara el aplazamiento de la boda y de todo lo que la boda traía consigo, habría sido más seguro que el príncipe hubiera hecho valer de inmediato todos sus derechos.
Hasta en Arnawal, una mujer sin padre, hermano o marido que la protegiera rara vez estaba a salvo.
Dudaba que entre los bárbaros fuera distinto.
Al menos Willem parecía conocer algo parecido a la decencia. Tendría que confiar en que eso, junto con las órdenes del príncipe, bastara para librarla de lo peor.
Chiara volvió al arroyo y recogió agua en el cuenco de las manos.
Willem no había exagerado, estaba helada.
Se lavó la cara a toda prisa y bebió unos sorbos antes de dejarse caer sobre una piedra grande.
Pese a la capa, el frío se le colaba por la fina camisola, y Chiara tiritaba.
Aun así, le costaba decidirse a volver al campamento.
Cerró los ojos y respiró hondo. Necesitaba unos momentos de paz y silencio. Unos minutos que fueran solo suyos, sin tener que vigilar ni aparentar nada. En los que bastara, sin más, con estar.
Su mirada se perdió en la llama dorada de la antorcha, que se reflejaba en el agua, e imaginó cómo sería que una de las hadas de los viejos cuentos emergiera del arroyo para concederle un deseo.
Chiara sacudió la cabeza, burlándose de sí misma. Con un deseo no bastaría.
Suspiró hondo. Debería volver, calentarse junto al fuego. Pero no se movió. Contemplaba el agua y pensaba en lo que la esperaba. En si estaría a la altura de su cometido.
Como un fogonazo, le vino a la cabeza que el rey esperaba su informe. Pero no le apetecía lo más mínimo. Tampoco tenía nada que contarle: no sabía dónde se hallaba ni había averiguado nada de los bárbaros.
Chiara se pasó la mano por la frente. Estaba malgastando el tiempo en fantasías inútiles. Y mañana como muy tarde tendría que presentarle al rey los primeros frutos.
—¿Todo en orden, Alteza? —Willem se volvió hacia ella. Llevaría callada demasiado rato.
—Ya he terminado. —Chiara se levantó y cogió la antorcha.
—Volvamos. —Esperó a que ella se le uniera y echó a andar—. Cuidado. —Solícito, sujetó una rama baja para que no la golpeara.
—¿Por qué sois tan amable conmigo? —se le escapó a Chiara, sorprendida. Quizá no fuera prudente preguntárselo tan a las claras, pero quería entenderlo de verdad.
Él la miró, desconcertado.
—Si la simple cortesía os asombra, prefiero no saber qué esperabais.
—He visto las aldeas que habéis arrasado. —Se estremeció—. Mujeres, hombres, niños… todos muertos. —Se le quebró la voz. Ni a los muertos les habían mostrado respeto. Aquel horror rondaría sus sueños para siempre.
Su rostro se ensombreció.
—Así es la guerra. Somos soldados y tenemos órdenes que cumplir. Pero eso no tiene nada que ver con vos. Ya no pertenecéis a Arnawal. Sois nuestra futura princesa.
Chiara lo observó con atención. Parecía hablar en serio. Hasta entonces, ella no lo había visto así. Pero se casaría con su príncipe. Ninguno de ellos sabía cuánto pesaría su palabra después. No era de extrañar, bien mirado, que él procurara llevarse bien con ella.
Chiara cobró nuevos ánimos. Hasta ese momento se había considerado más bien un rehén o un trofeo, entregada a merced del enemigo. Puede que hubiera subestimado su posición.
Entraron en la luz del campamento. Tres hombres estaban sentados alrededor del fuego.
El pelo les brillaba, húmedo, y Chiara comprobó con asombro que se habían lavado los símbolos y la mugre de la cara.
Las pieles malolientes con las que se habían envuelto yacían apartadas en un montón.
En su lugar, llevaban armaduras de cuero, túnicas de lana y capas con ribetes de piel.
De no ser por las melenas tan largas y las barbas tan pobladas, por fuera apenas se habrían distinguido de los guardias reales.
Sobre el fuego colgaba una gran olla que desprendía un aroma tentador. Al estómago de Chiara se le escapó un gruñido y ella, pillada en falta, se lo tapó con la mano.
—¿Cuándo fue la última vez que comisteis algo decente? —preguntó Willem.
—Debió de ser ayer —admitió ella sin mentir—. Hoy estaba demasiado nerviosa.
—¿Por la expectación de la noche de bodas? —Uno de los hombres meneó las cejas, procaz. Era bastante joven, de poco más de veinte años, según pudo ver ahora al resplandor del fuego—. Si queréis, me ofrezco encantado a ocupar su lugar para consolaros de la decepción.
Chiara buscó auxilio en Willem con la mirada. No estaba hecha a ese tipo de pullas y, además, en un rincón de su cabeza la roía la preocupación de que el bárbaro tratara de cumplir su palabra.
Willem puso los ojos en blanco.