La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 12
50%

Capítulo 12

¡Informa! La voz del rey Lexor en su cabeza le arrancó a Chiara un respingo. Era casi como si solo hubiera esperado a que estuvieran de camino para llamarla.

—¿Qué pasa? —preguntó el general de inmediato.

—Nada. —Hundió las manos en la crin del caballo, como buscando asidero—. No estoy acostumbrada a este vaivén.

El brazo de él se le ciñó un poco más a la cintura. No resultaba ni opresivo ni reconfortante: era más bien como si sujetara un saco de harina para que no se cayera.

¿Qué ha pasado?

Chiara se obligó a concentrarse en la voz de su rey, cosa nada fácil con aquel aliento rozándole la nuca y la silla clavándosele sin piedad en una parte del trasero.

El príncipe de Laran no ha acudido en persona. Su general ha firmado el contrato y me lleva ante él. El caballo salvó un desnivel del terreno de un salto y Chiara empezó a escurrirse.

—Vais colgada de la silla como si nunca os hubierais sentado en un caballo —protestó el general, irritado, mientras la recolocaba de un tirón.

… ¿contigo?

—¿Qué? —se le escapó a Chiara sin querer, al notar que no se había enterado de la pregunta del rey.

—¿De verdad no habéis montado nunca a caballo? —El general resopló.

—Eso es lo que he dicho —replicó Chiara, picada. Le resultaba imposible concentrarse en dos conversaciones a la vez, sobre todo porque en ambas tenía que medir sus palabras con cuidado.

¿Qué pasa? , preguntó Lexor con severidad. ¿Me estás escuchando siquiera?

Lo siento, Majestad , se apresuró a responder Chiara. El general de los bárbaros cabalga justo detrás de mí, en el mismo caballo. Se han negado a llevar el carruaje.

¿Han sospechado algo?

No lo creo. Al menos, el general había dejado correr el asunto por el momento.

Pues encárgate de que siga así. Llámame cuando estés sin testigos.

Se adentraron en la sombra de los árboles. Chiara esperaba que aminoraran la marcha, pues apenas se distinguía el suelo, pero siguieron galopando al mismo ritmo.

No sé cuándo será eso , le explicó al rey. Los bárbaros no daban señales de tener previsto un alto en mucho rato.

No importa. Avísame; estaré ahí.

—¿Adónde me lleváis? —exigió saber, con toda la dignidad que las circunstancias le permitieron.

—Pronto lo veréis.

El general la atrajo hacia sí de un tirón y se inclinó sobre su hombro. Chiara intentó hacerse lo más pequeña posible para no taparle la vista. Romperse el cuello en una caída sería un final de lo más indecoroso.

Tironeó de la varilla del corsé, que se le hincaba en las costillas.

El vestido no estaba pensado para sentarse de lado, girada, sobre el lomo de un caballo.

Las piernas le colgaban a la derecha del cuello del animal; a cada paso amenazaba con perder el agarre, y los músculos empezaban a acalambrársele.

Chiara desplazó el peso con cuidado. Quizá lograra pasar la pierna izquierda al otro lado. Pero temía perder el equilibrio del todo. Y tampoco quería arriesgarse a echarle las voluminosas faldas por encima de la cabeza al caballo.

El hombre que llevaba detrás maldijo a media voz.

—¿Qué demonios os movió a poneros este vestido para un viaje semejante?

—Estaba pensado como vestido de novia —bufó Chiara.

Pensó en todo lo que Winja se había esmerado para que luciera radiante—.

Además, no contaba con un viaje a caballo .

—Le dio igual estar saliéndose de tono, que aquellos hombres la tuvieran por completo en sus manos.

Estaba cansada y hambrienta, y le dolía todo.

Y ni el vestido ni aquella situación los había escogido ella.

—¿Vestido de novia? —repitió él, sorprendido. Luego soltó una risotada—. ¿Tanta prisa tenéis por pasar por el altar, princesa?

—Desde luego que no. —Chiara resopló—. Pero, dado que me exigieron a mí como premio por la paz, supuse que el príncipe me reclamaría en persona. —No logró desterrar la amargura de su voz.

Durante unos latidos reinó el silencio.

—Lamento tener que decepcionaros —prosiguió al fin el general—. El príncipe no es tan necio como para internarse en persona en territorio enemigo. Por importante que sea el premio que lo aguarda.

—Cad. —Uno de sus hombres se puso a su altura—. Está demasiado oscuro; deberíamos hacer un alto.

—No. —Negó con la cabeza, tajante—. Estamos demasiado cerca de la ciudad. Y los caballos conocen el camino.

En efecto, los animales galopaban con paso firme por el angosto camino del bosque.

—Grenan y sus hombres nos cubren las espaldas. Nadie nos seguirá.

—Aun así. —No dio su brazo a torcer—. No respiraré tranquilo hasta que alcancemos la frontera.

—Cad —repitió el hombre, persuasivo. Estaba demasiado oscuro para distinguir cuál de los bárbaros era; además, a Chiara todos le habían parecido igual de salvajes y sin rostro—. Sé razonable. No podemos cruzar la frontera de noche.

—Lo sé —respondió el general, escueto—. Pero este premio —ella oyó la sorna con que repetía la palabra que ella misma había usado— es demasiado valioso para dejar que vuelvan a arrebatárnoslo. No haremos alto hasta que yo lo diga.

El hombre suspiró, resignado. Por lo visto no se atrevía a contradecirlo otra vez.

—Al menos líbrala de ese vestido. Parece incómodo de mil demonios.

Chiara se quedó de piedra.

—No es necesario —se apresuró a decir, y se cerró más la capa sobre el pecho. Por mucho que odiara aquel vestido, la idea de quedarse a medio vestir rodeada de aquellos hombres le daba escalofríos. Eran bárbaros. Había oído las historias sobre sus atrocidades, sobre lo que les hacían a las mujeres.

El general debió de percibir su incomodidad.

—Sin miedo —gruñó—. El príncipe le cortaría los huevos con su propia mano a cualquiera que le pusiera las manos encima a su premio. —Lo dijo lo bastante alto para que los demás lo oyeran, como para refrescarles la memoria.

A sus palabras siguió una risotada como un ladrido.

Chiara tragó saliva. Habría preferido que fuera su propio pundonor lo que frenara a aquellos hombres. Pero algo era algo.

El general frenó en seco su caballo y saltó a tierra. Privada de golpe de su apoyo, Chiara se escurrió tras él. Las rodillas le fallaron y cayó al suelo.

—Lo que hay que ver —masculló el general con la voz empapada de desprecio, antes de tenderle la mano y ponerla en pie de un tirón.

Chiara se zafó de él, tambaleante.

—No seas tan duro con la muchacha —lo amonestó el hombre que había hablado antes. Chiara se volvió hacia él sin pensarlo. Eran las primeras palabras amables que oía de boca de los bárbaros. Él y los demás formaban un círculo protector en torno al general y a ella.

Insegura, Chiara se rodeó el cuerpo con los brazos. ¿De verdad esperaban que se desvistiera allí, en mitad del camino, con todos ellos mirándola? Por no hablar de que jamás conseguiría salir de aquel vestido ella sola.

Como si le hubiera leído el pensamiento, el general desenvainó una daga larga.

—Quitaos la capa —ordenó con un gruñido—. Ya hemos perdido tiempo de sobra. —La agarró por el cuello de la prenda y, con la ventaja de su corpulencia, casi la sacudió fuera de ella.

Chiara le lanzó una mirada fulminante. Pero, o estaba demasiado oscuro para que la viera, o le traía sin cuidado.

—Yo en vuestro lugar me estaría muy quieta —advirtió, y dio un tirón seco al lazado de su espalda. El aire salió de golpe de los pulmones de Chiara y se le escapó un grito ahogado. Un instante después oyó la hoja rasgar la tela, y el corpiño del vestido le resbaló del pecho.

Chiara se aferró a él a la desesperada. Él se lo arrancó sin vacilar, y la tela quedó arrebujada en torno a sus rodillas.

Chiara cerró los ojos, trémula, mientras las miradas de los hombres le quemaban el cuerpo. Era la situación más humillante de su vida. Soportó, estremecida, que él le cortara también el corsé, hasta quedarse de pie con solo la fina camisola y las medias.

El aire frío le lamía la piel a través de la tela; los pezones se le endurecieron, y Chiara agradeció en el alma la oscuridad del bosque. A plena luz del día, muy poco de ella habría quedado oculto a los hombres.

Alguien volvió a echarle la capa sobre los hombros y ella se envolvió bien en la tela cálida. Abrió los ojos y vio que el hombre que trataba con tanta confianza al general montaba de nuevo en su caballo.

—¡Llévate esto! —El general hizo un rebujo con el vestido de Chiara y se lo lanzó sin miramientos a uno de los hombres—.

Nos desharemos de él por el camino, para que no crean que le hemos hecho algo.

—Atrapó las riendas de su caballo y lo acercó a Chiara—.

Arriba, princesa. —Sus manos se cerraron en torno a su cintura y la alzaron en vilo.

Recordó lo que había sentido cuando Konrad la sostuvo así. Qué segura y cobijada se había sentido con él. Aquello era otra cosa. El general parecía soportar a duras penas tener que tocarla.

Al menos, ninguno de los hombres la había importunado hasta entonces ni le había dedicado comentarios procaces. El miedo al príncipe, por lo visto, los mantenía de verdad a raya.

Cadrim la aupó a la silla y ella se apresuró a pasar una pierna al otro lado. La falda se le subió casi hasta las rodillas, pero al menos ya no iba sentada de través. Él montó detrás, se corrió un poco hacia atrás en la silla y chasqueó la lengua. Obediente, su montura echó a andar.

Con la sacudida, Chiara se venció hacia atrás.

Sin la coraza del corsé, notaba en la piel, molestos, cada relieve de la ropa de él, cada hebilla, cada correa.

Se irguió a toda prisa y hundió las manos en la crin del caballo.

Aquella postura era mucho más incómoda, pero al menos así el hedor no le llegaba tan fuerte a la nariz.

Llevaría un año sin bañarse. Si es que se había bañado alguna vez.

—¿A qué distancia está la frontera? —preguntó, ya serena. No deseaba nada con más ansia que meterse por fin en una cama blanda, taparse la cabeza con la manta y olvidar aquel día atroz y convulso.

—No la cruzaremos hasta mañana. En cosa de una hora llegaremos a un lugar seguro donde acampar.

Chiara asintió. Así que solo tenía que aguantar una hora más.

—¡Ho!