La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

—El camino más brutal no siempre es el mejor —replicó Chiara—.

Queremos evitar un derramamiento de sangre innecesario.

—Vaciló un instante, porque no sabía si le estaba permitido pronunciar las palabras siguientes—.

Vedme como a una negociadora que busca una salida sin violencia. —Esa era, en definitiva, su misión.

—Una negociadora… Vaya, vaya. —La observó con una expresión indescifrable—. Supongo que querréis despediros. Tenéis cinco minutos. —Y con esas palabras la dejó plantada y volvió con sus acompañantes.

Algo perpleja por aquel giro tan brusco, Chiara lo siguió con la mirada antes de volverse hacia Winja y los guardias. ¿Cómo iba a despedirse de sus compañeros? La idea de continuar sin ellos le partía el corazón.

Winja corrió hacia ella y la abrazó.

—Lo siento —sollozó al oído de Chiara—. Cuídate.

Chiara luchó por contener sus propias lágrimas. El alivio en el rostro de Winja era casi tan grande como su sentimiento de culpa.

—Sé feliz —musitó Chiara con voz ahogada. Aunque ella misma no lo viviría, era reconfortante saber que la felicidad existía en esta vida.

Se deshizo del abrazo y se volvió hacia el capitán Geron, que le llevó la mano a los labios.

—Que Dios os bendiga, Alteza.

Uno tras otro, los guardias se adelantaron para despedirse de ella de la misma manera.

El rostro de Tomas estaba pálido como la cera.

—Nunca os olvidaré —musitó él, inclinado en una honda reverencia sobre su mano.

Konrad fue el último en hacerlo. Chiara no se atrevía a mirarlo a la cara. No quería ni su mala conciencia ni su lástima.

Solo cuando él le apretó la mano con suavidad alzó ella la vista, sorprendida.

—Os traeremos de vuelta —prometió él en un tono tan bajo que nadie más que ella lo oyó—. No estáis sola.

Sus palabras le regalaron a Chiara una calidez agradable.

Puede que él no sintiera por ella lo que ella había creído, pero eso no significaba que le fuera indiferente.

Conmovida, paseó la mirada por la hilera de sus guardias, que se llevaban el puño al corazón.

No era un gesto vacío. El respeto que iluminaba sus rostros no se debía a su posición o su papel, sino a ella. Solo a ella.

Como obedeciendo a una orden, se inclinaron ante Chiara, y ella les devolvió el gesto antes de volverse hacia el general.

—Si a mis guardias no les está permitido acompañarme, uno de vuestros hombres tendrá que llevar el carruaje.

—¿Carruaje? —Casi se atragantó con la palabra—. Vamos a cruzar las montañas, Alteza. Por ahí no pasa carruaje alguno.

Chiara se lo quedó mirando, incrédula.

—¿Y cómo pretendéis que viaje?

—A caballo, como todos nosotros.

—No sé montar. —La sola idea de una princesa subida a lomos de un caballo era absurda.

—Ya me lo imaginaba, por eso no hemos traído ningún caballo para vos. Viajaréis con uno de nosotros.

—No. —Chiara negó con la cabeza, resuelta. No se prestaría a una situación tan degradante. Isida, en su lugar, no lo habría consentido jamás.

Él suspiró, impaciente.

—No lo compliquéis más de lo que ya es, princesa, os lo ruego. —Señaló la cordillera que se alzaba al fondo, con algunas cumbres ya cubiertas de nieve—. Hasta allí arriba no sube ninguna calzada empedrada. ¿Cómo creíais que íbamos a pasar al otro lado?

A decir verdad, Chiara no se lo había planteado siquiera. Nunca había estado cerca de unas montañas; apenas había puesto un pie fuera del palacio.

—Me lo imaginaba —le espetó.

—¿Y qué será de mi equipaje? —Chiara señaló, desvalida, los baúles sujetos al techo del carruaje.

Abrió mucho los ojos.

—Esto es lo que pasa por meterse en tratos con una princesa. —Se rascó la nuca—. Nadie necesita tantos trastos. Meted lo imprescindible en un morral y contad con que tendréis que cargarlo la mayor parte del camino.

Chiara se lo quedó mirando, muda. No podía estar hablando en serio.

—Daos prisa, princesa. —Se izó a la silla de un impulso—. Ya hemos perdido tiempo de sobra. Si no queréis recoger, os llevaremos sin vuestras cosas.

—Trataréis a Su Alteza con el respeto debido —se indignó Geron—. Y os ocuparéis de que viaje como corresponde.

—¿O qué? —preguntó el general, arrastrando las palabras—. ¿Os echaréis atrás en el contrato? —Se volvió hacia Chiara—. ¿Valen más vuestro orgullo y vuestra vanidad que el bienestar de vuestro pueblo? —Había curiosidad en su voz.

Chiara tomó aire.

—No. Es solo que parecéis empeñado en humillarme. Aunque no alcanzo a entender por qué. Al fin y al cabo, quiero llevarle la paz a vuestro pueblo igual que al mío.

Él frunció los labios.

—Eso habrá que verlo. De momento, tened por seguro que no mandé apilar las montañas a propósito para privaros del equipaje.

—Os ayudo. —Winja se acercó con un morral en la mano. Debía de habérselo quitado a Torben, pues este estaba envolviendo sus pertenencias en una manta.

Chiara asintió con resignación.

—Bajad los baúles —les ordenó a los guardias, y se puso con Winja a reunir lo imprescindible.

Sin pena alguna, dejó allí los suntuosos vestidos.

Aunque había sido agradable admirarse así ataviada, nunca se había sentido a gusto con ellos.

Seguramente porque los corsés rígidos le recordaban demasiado a una jaula centelleante.

En el fondo del morral guardó los paños para sus días.

Por nada del mundo quería arriesgarse a que aquellos salvajes repararan en ellos.

Semejante bochorno sería insoportable. Su cuenco de oración, muda limpia, medias, jabón, una toalla…

El zurrón se llenaba a ojos vista sin que hubiera metido un solo vestido de recambio.

Cualquiera de sus galas habría reventado él solo las costuras.

Despacio, Chiara se incorporó, con la cálida capa apretada contra el pecho.

Hasta entonces había renunciado a ponérsela para no estropear su estampa regia. Pero ya no había motivo.

—Me temo que ninguno de mis vestidos es adecuado para un viaje como el que tenéis previsto —explicó con la mayor dignidad posible. No era culpa suya y no se estaba quejando; se limitaba a constatar un hecho.

El general la midió de arriba abajo.

—Ya lo veo —fue todo cuanto dijo—. ¿Estáis lista?

—Sí —mintió Chiara con entereza, y se embutió en la capa.

Él le cogió el morral y se lo lanzó a uno de sus acompañantes, que ya habían montado también.

—Pues venid. —Le tendió el brazo y, antes de que Chiara pudiera reaccionar, la izó al caballo delante de él.

El costado le protestó de dolor por aquel trato, pero, para cuando quiso quejarse, ya había pasado todo.

Los brazos de él sostenían las riendas a ambos lados de ella con descuido, y su olor penetrante le abrasaba la nariz.

Chiara procuró respirar lo más somero que pudo mientras él hacía virar su montura.

—Recordad que cualquiera que intente seguirnos no vivirá para contarlo —advirtió el general al despedirse.

—Y vos tened presente que os daremos caza y os desollaremos vivos si le tocáis un solo pelo a la princesa —replicó, sombrío, el capitán Geron.

—Quedad con Dios. —Chiara alzó la mano con el corazón encogido y torció la cabeza para contemplar un poco más a aquellos hombres valientes y leales, mientras el general extranjero arrancaba al galope tendido y la llevaba al encuentro de su futuro incierto.