La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—¿Eso os parece? —Chiara lo miró, desafiante—. ¿Por la mano de la princesa y la corona de Arnawal?

—Hum. —Frunció los labios, pensativo—. Yo no puedo hablar por el príncipe.

—Creía que para eso estabais aquí.

Él resopló, y ella creyó ver un brillo divertido en su mirada.

—Al menos, dentro de mis limitadas atribuciones. Está bien. —Pareció llegar a una decisión—. Juro que no habrá más ataques por nuestra parte hasta que os entregue al príncipe y vuestra identidad quede confirmada más allá de toda duda.

—¡No toleraremos que se someta a la princesa a pruebas turbias ni a juicios de Dios! —declaró Geron, torvo.

Chiara se estremeció. Había oído hablar de aquellas prácticas, usuales en algunas comarcas apartadas.

Se hacía caminar a la gente sobre brasas al rojo o se la arrojaba maniatada al agua para comprobar si decía verdad.

Se contaba que Dios salvaría a quienes hablaran con sinceridad.

Pero, por desgracia, Él no parecía aprobar el método, pues casi nadie salía con vida.

—Eso no será necesario. —En la voz del bárbaro vibraba la reprobación—. El príncipe tiene otros medios para averiguar lo que quiere saber.

Chiara no dejó traslucir nada y archivó aquella información para más adelante.

Quizá el príncipe poseyera también alguna forma de magia mental.

Sin duda, eso le interesaría al rey Lexor.

En lo que eso pudiera significar para ella misma prefería no pensar todavía.

El príncipe estaba lejos y el rey la ampararía.

—¿Estáis dispuesto a firmar el contrato correspondiente? —le preguntó al cabecilla de los bárbaros.

—Por supuesto —confirmó él con indiferencia—. Siempre y cuando recoja también nuestras exigencias sobre vuestra dote. —Inclinó la cabeza con desgana hacia Chiara.

—Ahí está todo. —Geron fue hasta la mesa dispuesta en el pabellón y desplegó el contrato. —Una cosa más —añadió cuando el bárbaro lo siguió—. ¿Juráis que llevaréis a la princesa y a su doncella sanas y salvas ante vuestro príncipe, y que nadie se les acercará con deshonestidad ni violencia?

El rostro del emisario se ensombreció.

—Lo juro.

A Chiara se le heló la sangre. No sonaba como si pensara atenerse a su palabra.

—A la doncella, eso sí, no nos la llevamos —añadió, mucho más calmado.

—¿Qué queréis decir? —se le escapó a Chiara, alarmada.

—Lo que he dicho. Ya tenemos bastante con una hembra que arrastrar por las montañas. —Parecía darle un placer auténtico ofenderla.

Chiara titubeó. Por mucho que quisiera ahorrarle a Winja la suerte que la esperaba a su lado, no se imaginaba sin ella.

—Soy la princesa heredera de Arnawal —replicó con toda la indignación que pudo, tratando de sostener su papel—. Necesito a mi doncella.

—Pues tendréis que aprender a peinaros sola, Alteza —respondió él, altanero.

Geron cuadró los hombros.

—Ese punto no se negocia.

El emisario se irguió a su vez en toda su estatura.

—Eso lo diréis vos.

—La doncella de la princesa vendrá con vosotros.

Él se encogió de hombros.

—Entonces nos desharemos de ella tras el primer árbol que pasemos.

Winja ahogó un grito, espantada.

—No lo haréis —recalcó Chiara, temblando.

—Vuestra es la elección —respondió, impasible.

Chiara tomó aire con esfuerzo. No veía otra salida. Veía muy capaces a aquellos hombres de degollar a Winja si ella insistía en llevarla consigo.

—Iré sola —musitó.

A Winja se le escapó un sollozo.

—¡No puedo dejaros en la estacada!

Los ojos de Chiara se llenaron de lágrimas mientras extendía la mano hacia la única amiga que había tenido jamás.

—Y no lo haces. —Se arrancó una sonrisa—. Me sentiré mucho mejor sabiendo que estás a salvo.

—Qué conmovedor —se burló el bárbaro, y Chiara le lanzó una mirada venenosa.

—Una palabra, Alteza. —Geron le puso la mano en el hombro a Chiara—. A vuestro padre no le hará gracia cuando se entere.

Ella sabía lo que quería decir con eso. El rey culparía a Winja y a los guardias. Pero no les quedaba otra opción.

—Lo entenderá —respondió ella. De eso se encargaría—. Muerta, Winja podrá ayudarme tan poco como si se quedara atrás.

Con el rabillo del ojo vio que Torben tendía la mano hacia Winja y se apresuraba a atraerla a su lado. Él la protegería y cuidaría de ella si perdía su puesto en palacio. Seguro que Isida le había buscado ya una sustituta hacía tiempo.

Geron fulminó con la mirada al emisario de los bárbaros.

—¿Tan poco significa para vosotros la dignidad de vuestra futura princesa que ni siquiera le concedéis una doncella?

El bárbaro resopló.

—La dignidad de mi princesa no le cuelga de los rizos ni del vestido. —Sacudió la cabeza—. La discusión ha terminado. Nos llevamos solo a la princesa. Lo que sea del resto de vosotros nos trae sin cuidado.

—Yo también voy con vosotros —declaró Geron en un tono que no admitía réplica.

El bárbaro replicó de todas formas.

—Vos acabaríais igual bajo el primer árbol que pasáramos.

Geron dio un paso al frente, enfurecido.

—¡No esperaréis en serio que os confiemos a la heredera del trono sin escolta alguna!

—¿De qué queréis protegerla? El pueblo espera con ilusión su llegada.

El príncipe está deseando casarse con ella.

Si pensáis en lo que nos ha costado conseguirla, comprenderéis que a nuestro lado no corre peligro alguno.

—Entornó los ojos en señal de advertencia—.

Al menos, mientras vuestro rey se atenga a lo acordado.

—Clavó la mirada en Geron hasta que el capitán asintió a regañadientes.

Todos tenían claro que eran los bárbaros quienes dictaban las condiciones.

Al mismo tiempo, a Chiara la llenó un regodeo inesperado al pensar que, al final, se irían con las manos vacías.

Aunque ella se quedara para siempre con el príncipe, él no tendría ningún derecho que reclamar sobre el trono de Arnawal.

La corona pasaría a manos de Isida y su esposo.

Y, de aquí a entonces, Arnawal habría tenido tiempo de sobra para armarse ante una posible represalia.

Si es que se llegaba a eso. Lo más probable era que para entonces el rey Lexor hubiera dado ya con una solución mejor.

El bárbaro extendió la mano con impaciencia hacia el contrato.

—¿Puedo?

En ese momento, las campanas de Vlecha comenzaron a repicar a sus espaldas. Chiara echó un vistazo disimulado a su alrededor. Su cuenco de oración se había quedado en el carruaje. Sus guardias cambiaban el peso de un pie a otro, inquietos.

Durante el viaje habían interpretado más de una vez con cierta manga ancha el deber de la oración: habían corrido las horas según convenía o se habían turnado. Ahora, en cambio, había muchos soldados delante y nadie quería que le pidieran cuentas por descuidar sus deberes.

Por el rostro del bárbaro cruzó una mueca de desprecio.

—Ah, sí, casi se me había olvidado vuestro ridículo ritual. —En su voz hablaba el escarnio más puro, y la ira prendió en Chiara.

Se creía en posesión de la verdad, por lo visto. Pero ya se llevaría un buen chasco. Dios dirigía los destinos de los hombres, Lo reconocieran o no.

Le volvió la espalda con toda intención y regresó al carruaje. Total, nada tenía que hacer mientras él estudiaba el documento.

Tras la oración se sintió mucho más ligera, más sosegada. Quizá fuera tan solo que estaba demasiado cansada para seguir preocupándose. Hasta el miedo se desgastaba cuando se convivía mucho tiempo con él.

El bárbaro seguía con el contrato en las manos. El sol ya estaba tan bajo que Chiara se preguntó cómo podía descifrar la escritura. Si es que sabía leer.

Se acercó despacio. Él alzó la vista y sus miradas se cruzaron un instante.

—Espero que de verdad le importéis al rey tanto como este documento da a entender —gruñó—. Si intenta engañarnos, vuestra cabeza será la primera en rodar. Y después no habrá clemencia para nadie.

Chiara tragó saliva y alzó la barbilla. Tampoco hasta entonces habían tenido clemencia alguna.

Él la taladró con la mirada un instante más antes de coger la pluma dispuesta junto al tintero y estampar su firma en el papel. Chiara estiró el cuello para poder descifrar el nombre. Casi contaba con que fuera una simple cruz, pero su letra parecía la de una mano avezada.

Debió de haber notado su mirada curiosa.

—¿Os lo leo? —preguntó con sorna—. Cadrim, general del ejército del príncipe de Laran.

—Mientras hablaba, sacó de su bolsa un sello y un trozo de lacre rojo sangre y lo acercó a la llama de la vela gruesa, medio consumida, que parpadeaba sobre la mesa.

Tras hundir el sello en el lacre aún blando del contrato, agitó el pliego en el aire—.

Con esto debería bastar para dar por confirmada la recepción de la mercancía —le dijo a Geron, antes de echarle un vistazo al duplicado y estampar también allí su firma.

Chiara apretó los puños. Sus palabras le tocaron una fibra muy honda. Otra vez la rebajaban a un papel, como si no fuera más que una figura de cartón sin espíritu, corazón ni alma propios.

En el palacio nunca se había rebelado contra ello, lo había aceptado como el orden natural de las cosas y como su destino.

Pero las últimas semanas le habían demostrado que también podía ser de otra manera.

De pronto comprendió que esta vez sí tenía elección.

Si le pasaba por alto al general aquel trato, en adelante nadie vería en ella otra cosa que una cáscara vacía.

Chiara dio un paso al frente y, aunque tuvo que echar la cabeza atrás para sostenerle la mirada a Cadrim, le hizo sentir su determinación.

—Estoy aquí por voluntad propia, general —siseó—. Para ahorrarle más sufrimiento a mi pueblo. No soy mercancía inerte ni una muñequita. Soy la princesa heredera de Arnawal y lo único que se alza entre vosotros y la aniquilación total.

—¿De verdad? —Los labios del general se curvaron en una sonrisa altanera—. ¿Tan necios nos creéis? El rey Lexor jamás os habría mandado aquí si hubiera visto la menor posibilidad de vencernos.