La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Aunque los minutos se arrastraban con una lentitud torturante y su paso no le traía ningún alivio, Chiara dio un respingo cuando llamaron a la puerta. Su plazo de gracia se había agotado del todo.

El capitán Geron entró con expresión seria.

—¿Estáis lista? El carruaje espera.

Winja le prendió un último mechón en la nuca con un pasador de pedrería y le estiró la falda. Chiara se contempló en el espejo. Llevaba media hora con la vista clavada en él sin ver nada.

Los rizos que enmarcaban su rostro hacían que su tez pareciera aún más pálida. Ni siquiera el colorete que Winja le había aplicado en las mejillas lograba remediarlo. Sus ojos eran tan grandes como los de una cierva asustada y, con aquel vestido suntuoso, se sentía como una muñeca engalanada.

Chiara enderezó los hombros e intentó verse tal y como lo haría un extraño. Una joven hermosa le sostenía la mirada desde el espejo, con el miedo escondido tras la determinación.

Alzó la barbilla y adoptó un semblante regio. A partir de ese momento ya no era Chiara, hija de los barrios pobres de la provincia del sur, la dama de compañía invisible de la princesa.

Era la heredera del trono de Arnawal, espía del rey, portadora de paz para su pueblo.

—Estoy preparada —le dijo Chiara al capitán, y echó a andar.

—Estáis preciosa —susurró él con sincera admiración en la voz—. Una auténtica reina. —Le ofreció el brazo y Chiara se agarró a él, agradecida.

El recorrido por la ciudad pasó volando. Los rostros de la gente se fundieron en una única masa abigarrada y jubilosa de la que Chiara, con los nervios, apenas se enteró.

Pasaron por la puerta y llegaron a la llanura desierta que se extendía tras la ciudad. Continuaron hasta quedar a cosa de un kilómetro de las murallas, fuera del alcance de posibles arqueros.

El carruaje se detuvo y Geron apoyó la mano en la portezuela de Chiara en señal de advertencia.

—Esperad aún.

Los guardias y los soldados se desplegaron para asegurar el terreno, aunque la hierba calcinada no ofrecía escondite alguno. El bosque, que empezaba al otro lado de la llanura, quedaba más o menos a la misma distancia que las murallas.

Al fin Geron asintió, abrió la portezuela y le tendió la mano a Chiara para ayudarla a bajar.

Ella se recogió la falda clara para que no barriera la ceniza oscura.

Un pabellón blanco se alzaba en medio de la zona quemada.

Para su sorpresa, Chiara descubrió además otro carruaje parado justo detrás del suyo.

De él bajó, acompañado de cuatro acólitos, un hombre con los ornamentos dorados de un alto clérigo.

—¿Qué hacen aquí? —le preguntó Chiara a Geron, inquieta.

—Casaros, claro está. —La miró sin comprender.

—Pero… —Chiara se interrumpió. Había contado con que la entregarían a los bárbaros, e incluso con que la unirían al príncipe según sus ritos.

Pero nunca se le había ocurrido que aquel matrimonio fuera a consagrarse también ante el rostro del Dios Verdadero.

Entonces sería válido, y no una mera farsa.

Quedaría ligada al príncipe hasta el fin de sus días.

O hasta el de él.

—Venid. —Geron no le dio tiempo a ordenar sus pensamientos.

La condujo hasta el pabellón, cuyas paredes de tela bañaba la luz rojiza y dorada del sol poniente.

Chiara tiritó. En medio de la hierba carbonizada, aquel color tenía algo de amenaza.

Sus ojos se prendieron del círculo dorado, el símbolo de Dios, fijado a una de las paredes del pabellón, y se serenó un poco.

Dios extendería Su mano protectora sobre ella, pues era Su voluntad lo que ella hacía allí.

—¿Dónde están? —Torben se acercó nervioso.

—Estarán aquí en cualquier momento —respondió Terkon con aire sombrío.

Como obedeciendo a una orden, cinco jinetes se desprendieron de la sombra de los árboles del lado opuesto. Se acercaban a galope tendido. Cinco jinetes contra más de dos docenas de soldados.

Los bárbaros, o eran muy necios, o estaban muy seguros de lo suyo. Lo segundo, seguramente, aunque Chiara deseó de pronto no ser más que el cebo destinado a sacar al príncipe de su escondrijo para acabar con él. Si los soldados lograban prenderlo allí mismo, ella podría volver a casa sin más.

Con una mezcla de esperanza y temor, dejó vagar la mirada. Su escolta estaba alerta y tensa, pero nadie hizo ademán de echar mano a las armas cuando los hombres frenaron en seco a sus caballos y saltaron a tierra de un brinco, aun antes de que los animales se detuvieran.

El coronel Terkon no había exagerado. Se parecían más a bestias salvajes que a seres humanos.

El pelo apelmazado y greñudo, los rostros ocultos tras la barba.

Y la poca piel que quedaba a la vista estaba cubierta de símbolos escalofriantes que recordaban a fauces abiertas.

Uno llevaba media calavera de lobo en la cabeza y unos largos colmillos le flanqueaban la frente.

Era imposible calcular su edad ni qué relación guardaban entre sí.

Los ojos de Chiara saltaban de uno a otro mientras trataba de adivinar cuál de ellos sería el príncipe.

En el fondo daba lo mismo, porque todos tenían un aspecto igual de atroz.

El de la cabeza de lobo le lanzó las riendas de su caballo a uno de los suyos y dio un paso al frente. Examinó a Chiara de arriba abajo, y lo poco que de su boca se veía se torció en una sonrisa de burla.

Resistió el impulso de cruzarse de brazos mientras se preguntaba qué sería, en su aspecto, lo que lo llenaba de desdén.

—¿Sois la princesa? —preguntó, cortante. Su mirada se hincó en la de ella.

—¿Quién quiere saberlo? —preguntó Geron en el mismo tono y se interpuso entre Chiara y el hombre.

—Yo. —Soltó una carcajada—. A fin de cuentas, he de asegurarme de llevarle al príncipe la novia verdadera.

—¿El príncipe no está aquí? —se le escapó a Geron. Su mirada voló de un lado a otro mientras pasaba revista a los cinco hombres.

—Por supuesto que no. —El emisario resopló—. ¿Tan necio lo creéis? —Se hizo a un lado para ver a Chiara sin estorbos—. Me la imaginaba más alta. —Sacó un retrato de su bolsa y lo sostuvo en alto, como para cotejarlo con ella.

Chiara le sostuvo la mirada, desafiante. La única vez que se había hecho público un retrato de Isida fue con motivo de su decimoquinto cumpleaños, cuando Lexor la reconoció de manera oficial como heredera del trono.

—Tenéis los labios más carnosos, y los ojos y el pelo más claros —observó, dubitativo.

El temor se removió en Chiara. Si la calaba, habría más derramamiento de sangre, por no hablar de que el rey Lexor la haría responsable a ella.

¿Qué debía responder? ¿Cómo reaccionaría Isida ante semejante insulto?

—No tengo ni idea de quién os habrá endosado ese retrato, pero os sugiero que lo arregléis con él —respondió ella, tan desdeñosa como pudo.

—Esta discusión es ociosa en cualquier caso —terció Geron—. ¿No creeréis que vamos a entregar a la princesa a una cuadrilla de bárbaros venidos de cualquier parte? Se casará con el príncipe de Laran o volverá con nosotros a Welzedon.

—Así que a eso viene toda esta parafernalia. —El hombre señaló con desdén a los clérigos y al símbolo de Dios—. Lamento decepcionaros. Aquí no habrá boda. El príncipe aguarda a su novia en su hogar de Laran.

—Eso ni hablar… —se indignó Geron, mientras a Chiara se le quitaba un peso de encima.

No solo porque una boda en tierra extraña no sería válida, sino también porque así se alargaba su plazo de gracia.

Por mucho que aquel emisario se diera aires, de su príncipe hablaba con respeto.

No tocarían a su novia. Y eso significaba que ella ganaba tiempo.

Quizá pudiera averiguar lo suficiente sobre ellos antes de que las cosas llegaran al extremo.

Quizá Lexor encontrara otro modo de preservar la paz y la trajera de vuelta a tiempo.

—Sin la princesa no habrá tregua —declaró el emisario con dureza.

—Entonces que venga el propio príncipe —siseó Geron—. Quizá le crezcan las ganas si le mandamos vuestras cabezas a modo de pequeño saludo. —Su mano se deslizó hacia la espada.

Los cuatro bárbaros echaron mano a las armas, pero su cabecilla los contuvo con un gesto.

—Hacedlo —declaró con una calma peligrosa—. Y la comarca al norte de Wahrand quedará arrasada en cuestión de días. Tenemos hombres más que de sobra apostados en las estribaciones de la cordillera.

—¿Nos estáis amenazando? —A Geron le temblaba la voz de ira.

—Sabéis que no son amenazas vanas. —El emisario abrió los brazos—. De lo contrario, no estaríamos aquí.

Chiara miró alrededor en busca de auxilio.

Habían llegado a un punto muerto que podía estallar en cualquier momento.

Y aunque no se llegara al extremo allí mismo, si ahora cada cual se iba por su lado, habría guerra.

No podía permitirlo. A fin de cuentas, daba igual que el príncipe la recibiera en persona o no.

Podía romper su palabra con la misma facilidad que sus hombres.

Lo cierto era que los bárbaros la exigían como condición para la tregua. Y el rey necesitaba información. Nada de eso había cambiado.

—Ya basta, capitán. —Chiara se esforzó por imitar el tono irritado y autoritario de Isida.

Sorprendido, Geron se volvió hacia ella.

Sin hacerle caso, Chiara dio un paso al frente. El bárbaro le sacaba más de una cabeza y era por lo menos el doble de ancho que ella. De cerca, el hedor que despedía era poco menos que insoportable. Olía a sudor agrio de hombre y a animal muerto.

Chiara alzó la cabeza.

—¿Juráis que no lanzaréis ningún ataque contra Arnawal si voy con vosotros?

—le hizo la primera de las preguntas que Lexor le había indicado—.

¿Juráis que, tras nuestra boda, vuestro príncipe se atendrá a ello hasta la muerte natural del rey Lexor y no lanzará ningún ataque contra el pueblo de Arnawal?

¿Juráis que, hasta mi coronación como reina legítima de Arnawal, él no intentará conquistar el país por la fuerza?

Una arruga vertical se le formó al emisario en el entrecejo cuando frunció el ceño, contrariado.

—Son muchas condiciones.