La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Ella cogió la cuchara, de pronto muy consciente de las miradas puestas en ella. Tomas, en particular, no la perdía de vista ni un momento. Konrad le dio un toque con el codo y le musitó algo, y el joven guardia bajó la cabeza, cortado.

Konrad debía de haberle recordado lo impropio que era contemplar a una princesa con semejante embeleso. Chiara se tragó un suspiro.

Entretanto, Terkon fue catando a conciencia todos los platos bajo la mirada vigilante de Geron.

—¿Satisfecho? —preguntó al fin—. No creeréis que alguno de nosotros le haría daño a la princesa. Llevamos semanas rezando por que llegara sana y salva.

Geron no pestañeó.

—Con la venia: no parece que tengáis la situación del todo controlada. La ciudad está a rebosar; para los bárbaros sería un juego de niños colar a alguien que no le quiera bien a la princesa.

—¿Creéis que la han atraído aquí para matarla? —Terkon frunció el ceño.

—No iría tan lejos. Pero no puedo descartar que haya, en ambos bandos, gente sin ningún interés en una solución pacífica.

A Chiara se le atragantó la verdura. Bajó despacio el tenedor y miró a Geron, espantada. Se había imaginado muchos de los horrores que podían aguardarla. Pero la idea de que alguien quisiera quitarla de en medio, sin más, para que la guerra siguiera, no se le había pasado por la cabeza.

Geron le apretó la mano para sosegarla.

—No creo que de verdad lleguemos a eso. Solo quiero hacer cuanto esté en mi mano para protegeros hasta el final. —Una sonrisa sincera acompañó sus palabras. Las últimas semanas no habían pasado por él sin dejar huella. Le había tomado verdadero cariño a Chiara.

—Bien, aclarado esto, comamos de una vez —anunció Terkon.

Chiara enredaba con el tenedor en el plato.

—¿Cuándo y dónde me reuniré con el príncipe?

Terkon carraspeó y se limpió la boca con la servilleta.

—Dentro de dos horas, en el campo de detrás de la ciudad. —Sacó un pliego doblado del bolsillo del pecho y se lo tendió a Chiara.

Lo cogió con cuidado. Sus dedos notaron un sello en el reverso y, con curiosidad, le dio la vuelta al escrito. El sello estaba roto, pero aun así se distinguía con nitidez la gran L que campeaba en el lacre de un rojo sangre.

—El príncipe de Laran —musitó con voz ahogada. Desplegó el pliego con manos temblorosas. Consistía en una sola frase, con la información exacta que Terkon acababa de transmitirle.

—¿De dónde habéis sacado esto? —preguntó, cortante, Geron, que había leído por encima de su hombro.

—Un chico lo entregó en la puerta, media hora antes de que llegaseis.

—¿Qué clase de chico?

—Uno de los incontables que estos días corretean por las calles. Desapareció en cuanto se libró de la carta.

—A eso os referíais al decir que los bárbaros estaban más que enterados de mi llegada —comprendió Chiara.

—Vuestra llegada ha causado mucho revuelo y era de suponer que nos estuvieran vigilando.

—¿Ha habido muchos asaltos en los últimos tiempos?

—Solo algunas escaramuzas sin importancia. Aquí ya no queda gran cosa que devastar. A la ciudad no se atreven a acercarse, y son demasiado listos para aventurarse tierra adentro. Su mayor ventaja está en la rapidez con que se repliegan.

—Ayer pasamos junto a una aldea arrasada. El espectáculo era atroz.

—Lo siento. —Terkon carraspeó—. No he tenido noticia de ello.

Habrán tomado otro camino. —Se encogió de hombros—.

No descarto que hayan desplazado su zona de operaciones porque aquí ya no queda botín.

Bastante tengo con proteger a la gente de aquí.

—Miró a Chiara, que apenas había probado la comida—.

¿Queréis descansar un poco antes de que empiece todo, Alteza?

He mandado preparar una habitación para vos.

—Con mucho gusto. —Chiara se levantó, y Winja acudió de inmediato a su lado. La rozó un asomo de mala conciencia por privar a Winja de su almuerzo. Pero el rostro de la doncella estaba tan tenso y pálido como el suyo. Seguramente tampoco ella había logrado tragar bocado.

Tomas y Torben se unieron a ellas en silencio mientras Terkon las acompañaba hasta la puerta. Con el rabillo del ojo, Chiara vio que Winja le dedicaba a su guardia una sonrisa dolorida, antes de endurecer el gesto y volverse, rígida, hacia delante.

En cuanto la puerta del cuarto se cerró tras ellas, Chiara se desplomó en una silla. Todo su cuerpo temblaba de tensión. El estómago se le encogía de miedo y amenazaba con expulsar su escaso contenido.

Apretó los puños y se los hincó en el vientre, en un vano intento de dominarse.

—Supongo que ya es tarde para cambiar de idea —bromeó Winja, lastimera.

Chiara solo pudo asentir. Imágenes de espanto, alimentadas por el sobrio parte de Terkon, le barrían la mente.

Bárbaros embadurnados de sangre, tocados con horrendos cráneos de animales.

El peor de todos, el que con una sonrisa lasciva tendía hacia ella sus zarpas enormes.

El que se le echaba encima con brutalidad y, viendo sus lágrimas, se le reía en la cara.

—Tengo miedo —confesó Chiara temblando—. Tengo un miedo terrible.

—Lo sé. —Winja se sentó a su lado y la rodeó con los brazos—. Yo también.