Capítulo 10 #2
Cuanto más se acercaban, más a la vista quedaba que en Vlecha no cabían todos.
Tiendas de campaña y chozas improvisadas se apiñaban en el valle al este de la ciudad.
Una empalizada protegía el campamento de refugiados, mal que bien, por el oeste, el flanco de los bárbaros.
Por lo visto, Vlecha era en efecto el último enclave que seguía bajo control de Arnawal.
A Chiara le sangraba el corazón al pensar en las aldeas de la región fronteriza. Nadie había acudido en su ayuda.
La gente miraba con los ojos muy abiertos el carruaje y a los soldados que lo acompañaban. En algunos rostros despuntaba la esperanza.
—¡El rey! ¡Viene el rey! —El grito, brotado de pronto de algún punto, fue coreado por un sinfín de gargantas—. ¡El rey! —La gente caía de rodillas y apretaba la frente contra el polvo, agradecida de que la corona no la dejara en la estacada.
Chiara tragó saliva. No era el rey Lexor, pero haría todo lo que estuviera en su mano para ayudar a aquellas personas.
Para lograr que regresaran a sus tierras, que pudieran vivir en paz.
Se asomó por la ventanilla y saludó con la mano.
Pero saltaba a la vista que la gente no sabía quién era. Ni siquiera llevaba corona.
—Quiero que anunciéis quién soy —le dijo Chiara a Alec. Era la primera vez que le hablaba en un tono tan decidido, pero no sentía vergüenza ni inseguridad. No se trataba de ella, sino de algo mucho más importante.
Alec la observó, dubitativo.
—No sé si eso sería prudente…
—¿No oís cómo claman por el rey? ¿Qué pasará cuando su esperanza se torne decepción?
Alec palideció.
—Podría haber disturbios, quizá incluso una revuelta, si la gente monta en cólera. Pero… —La miró con gesto de rechazo—. Eso es justo lo que provocaríamos si les contáramos ahora la verdad. Y vos estaríais en mitad del tumulto.
—No si proclamáis que la princesa ha venido a negociar por encargo del rey. Que ha venido a restablecer la paz.
Alec no parecía convencido.
—No puedo decidirlo yo solo.
—Consultadlo con Geron, pero daos prisa. —El carruaje había tenido que aminorar casi hasta el paso, porque la gente se apretaba contra el camino. Todos intentaban atisbar el interior. Chiara ya no veía nada salvo a Alec, que se mantenía pegado a su ventanilla.
—No puedo moverme de aquí —explicó él, apartando con el pie a un hombre que se había aventurado demasiado.
—¡A un lado! —Los soldados que escoltaban el carruaje por delante y por detrás amenazaban y maldecían. El nombre del rey se invocaba cada vez más. La situación amenazaba con estallar en cualquier momento. Alec desenvainó la espada.
—Dejad que me vean —le ordenó Chiara, escueta, y se puso en pie, con las manos aferradas como garras al marco de la ventanilla para no caer—.
¡Soy la princesa Isida! —gritó tan fuerte como pudo—.
La heredera del trono de Arnawal. —Su magia se encabritó, lista para dar cuerpo a sus palabras, ardiendo en deseos de mostrarle a la gente la imagen de una princesa radiante y fuerte.
Asustada, Chiara la refrenó. Aquello no podía ocurrir bajo ningún concepto.
Carraspeó y se apresuró a continuar. —Mi padre me envía para negociar en vuestro nombre. Haré todo lo posible por traer la paz.
Un murmullo siguió a sus palabras mientras corrían de boca en boca.
—¿Por qué no viene el rey en persona? —se alzó una voz descarada.
—A mi padre lo necesitan en otra parte —respondió Chiara, diplomática—. Por eso me ha enviado a mí, su única hija, con vosotros.
—¿Qué vais a hacer? —Esta vez la pregunta llegó de otra dirección.
—Forjar una alianza que nos garantice una paz duradera. —Más no necesitaba saber aquella gente. Chiara alzó el brazo—. ¡No os dejaremos en la estacada! —Miró de frente a la multitud y puso en sus ojos toda la confianza y todo el valor que logró reunir.
La multitud comenzó a vitorear. Corearon su nombre y se alzaron gritos de bendición.
Chiara permaneció erguida, con una sonrisa que parecía pegada a su rostro, mientras el carruaje se abría paso despacio hacia Vlecha.
A Chiara le empezó a doler la espalda por la tensión de la postura cuando por fin se divisaron las puertas de la ciudad. Ansiaba el momento de poder sentarse sin más y dejar de fingir que tenía la situación bajo control. Que algo de lo que viniera después dependía de ella.
Entre vítores, el carruaje cruzó las puertas abiertas de la ciudad, y al otro lado lo recibieron del mismo modo. Chiara hizo rodar los hombros y siguió sonriendo con entereza.
Por fin, tras lo que le parecieron horas, el carruaje atravesó otra puerta que dejaba fuera a la multitud. Habían llegado al patio del cuartel.
Agotada, Chiara se dejó caer en el asiento y hundió un momento la cara entre las manos. Winja le frotó el brazo para darle ánimos.
A Chiara le habría gustado disponer de unos minutos más, pero la puerta ya se abría.
—Lo habéis hecho muy bien —la elogió en voz baja el capitán Geron—. Es posible que hayáis evitado una masacre. La gente está desesperada y muerta de miedo; el menor pretexto puede desatar el caos.
Chiara asintió sin fuerzas.
—Venid. —Geron le tendió la mano—. Entremos.
En silencio, Chiara lo siguió, mientras sus guardias se alineaban a ambos lados. Los soldados se quedaron atrás, junto a la puerta. Sin poder evitarlo, Chiara buscó a Konrad con la mirada, y el corazón se le encogió ante aquellos ojos apenados y llenos de reconocimiento.
Un hombre los esperaba frente a la entrada del edificio.
—Alteza. —Se inclinó ante Chiara—. Soy el coronel Terkon, comandante militar de Vlecha. Os agradezco que hayáis venido.
Chiara inclinó la cabeza en silencio, porque a eso no había nada que responder.
—Espero que la gente no os haya molestado demasiado.
—Deberíais haber despejado el camino —replicó Geron, airado, antes de que Chiara pudiera contestar—. Habéis puesto a la princesa en peligro por pura desidia.
A Terkon le tembló un músculo en la cara.
—No tengo hombres suficientes. La mitad de mis soldados ha caído en combate en las últimas semanas y hacemos cuanto podemos por asegurar el terreno. No podemos, encima, emplearnos contra nuestra propia gente.
—La seguridad de la princesa es la máxima prioridad —repuso Geron, torvo—. Ella es la única que se interpone entre esta gente y las hordas de los bárbaros.
—Lo sé. —Terkon se pasó la mano por la cara—. Creedme, soy muy consciente de la situación. —Extendió el brazo hacia la puerta, zanjando así la discusión—. Seguidme, por favor.
—¿Habéis visto a los bárbaros? —preguntó Chiara al situarse a su lado—. ¿Podéis contarme algo sobre ellos?
Él suspiró y evitó mirarla.
—No quiero asustaros, Alteza.
—De todas formas, pronto me encontraré con ellos. Yo… prefiero estar prevenida. Siguió al coronel por las escaleras.
Él asintió con comprensión.
—Son salvajes despiadados y brutales, Alteza. Suelen atacar al atardecer y parecen moverse con las sombras. Aparecen de la nada y desaparecen en la nada. Visten ropas de pieles greñudas y se adornan con huesos de animales muertos.
Con un escalofrío, Chiara apretó los dientes, esforzándose por que no se le notara el espanto.
—¿Y el príncipe? —preguntó temblando—. ¿El príncipe de Laran?
Terkon negó con la cabeza, apesadumbrado.
—No sé cuál de ellos será el príncipe. Jamás se ha dado a conocer por su nombre.
—¿Y cómo vais a comunicarle que he llegado?
—Creedme. —Terkon resopló con amargura—. Están más que enterados.
Abrió la puerta de una habitación espaciosa y luminosa, en cuyo centro había una mesa puesta. La vajilla era modesta, pero el aroma que desprendían las fuentes colmadas le hizo la boca agua a Chiara. Alguien había pensado incluso en unas flores.
—Por favor. —Terkon retiró para Chiara la silla de la cabecera, esperó a que se sentara y tomó asiento a su derecha. Geron se apresuró a ocupar el lado izquierdo, y los demás guardias reales se repartieron las sillas que quedaban.
Terkon le pasó a Chiara una fuente de verduras al vapor bañadas en una salsa de mantequilla.
—Vos primero —lo detuvo Geron antes de que Chiara pudiera servirse.
Ella le lanzó una mirada de sorpresa al capitán, a la que él respondió impasible. Al parecer, no quería correr ningún riesgo tan cerca de la meta.
Terkon se sirvió sin decir palabra un poco de verdura y, con gesto deliberado, se llevó un bocado a la boca. Geron no le quitó ojo hasta que tragó. Solo entonces le hizo a Chiara un gesto de asentimiento.