La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

A la mañana siguiente, Chiara se despertó con un dolor de cabeza atronador. Tenía los ojos irritados e hinchados. Por suerte, nadie esperaba que hiciera de novia radiante.

Chiara se incorporó y se prohibió todo pensamiento sobre la noche anterior o el día que la aguardaba. De lo contrario, no tendría fuerzas para salir de aquella cama.

Miró a su alrededor. El lado de Winja estaba vacío. Habría ido a por agua fresca o estaría aprovechando para pasar por la letrina.

También a Chiara le apremiaba la vejiga, pero no se atrevía a abrir la puerta. La víspera, al amparo de la noche, ya había sido bastante malo; mirar a Konrad a la cara a plena luz del día sería insoportable. No sabía qué era peor, si su lástima o su mala conciencia.

Llamaron a la puerta y Chiara cogió la capa. No se sentía tan desvalida y vulnerable desde su llegada al palacio. Ese era el precio que había que pagar por dejar entrar a otros en el corazón.

Daba igual que ellos correspondieran ese sentimiento —como habían hecho sus padres en su día— o no. Al final, solo quedaba el dolor.

Hasta puede que debiera estarle agradecida a Konrad. Si hubieran hecho lo que ella se proponía la víspera, si hubiera dado rienda suelta a su anhelo, hoy estaría muchísimo peor.

—¡Adelante! —exclamó, mientras por dentro rezaba para que no fuera Konrad.

Era Tomas, que abrió la puerta con cuidado, una bandeja en la mano.

Chiara se obligó a sonreír.

—¿Cómo estáis? —Dejó el desayuno junto a ella, encima de la cama, y la miró con atención.

—Un poco cansada —admitió, buscando un tono ligero—. Es lo que pasa cuando una se deja tentar por un paseo de medianoche.

Él negó con la cabeza, serio.

—Conmigo no hace falta que finjáis. Sé lo mucho que duele cuando… los sentimientos no son correspondidos.

Chiara tomó aire. Por extraño que pareciera, aquella confesión la aligeró un poco. Porque él sabía de verdad cómo se sentía ella. Y porque él, al igual que ella, ya no tenía nada que perder.

—Lo siento —musitó.

Él sonrió con tristeza.

—No es culpa vuestra. Pero debería haberos dicho lo de Konrad.

—¿Que está casado?

—Sí. —Tomas se encogió de hombros—. Estuve a punto varias veces, más que nada por celos. Pero no quería ofenderos. —Miró por la ventana—. O quizá no quería privarme yo de la esperanza de que no significara nada para vos.

Chiara bajó la cabeza.

—Todos lo sabíais, ¿verdad? —La amargura le subió por dentro. ¿Se habrían reído de ella a sus espaldas, por suspirar por un hombre casado que no tenía el menor interés en ella?

—No —respondió Tomas en voz baja—. Nadie salvo yo notó nada. Seguramente porque nadie os observaba con tanta atención.

Ni siquiera Konrad.

—Deberíais comer algo. —Tomas le acercó la bandeja. En el plato humeaban unos huevos revueltos junto a pan recién hecho.

Obediente, Chiara pellizcó un trozo de corteza, aunque no tenía ni pizca de hambre.

—¿Qué queríais de él ayer? —preguntó Tomas de pronto.

—Eso no importa. —Le dolía de tantas maneras distintas que no podía hablar de ello.

—Es solo que… —Echó un vistazo rápido alrededor y cerró la puerta antes de volver a toda prisa junto a ella y arrodillarse a sus pies para quedar a la altura de sus ojos—. Si lo que le pedisteis fue que os ayudara a huir —susurró, febril—, yo lo haría. Lo haría ahora mismo.

Conmovida, Chiara lo miró.

—Te lo agradezco —respondió, llena de calidez. Era lo más bondadoso y desprendido que nadie se había ofrecido jamás a hacer por ella.

Tomas se levantó de un salto.

—¡Dadme diez minutos para ensillar los caballos!

—No —lo detuvo Chiara, asustada—. Tu ofrecimiento te honra a ti… y a mí. Pero no puedo aceptarlo. —Sacudió la cabeza para dar más peso a sus palabras—. Sabes tan bien como yo por qué he de hacerlo. Has visto el horror que siembran los bárbaros. Sus asaltos tienen que acabar.

—Sí. —A eso Tomas no podía objetar nada—. Aun así, ojalá hubiera otro camino.

Chiara se obligó a esbozar una sonrisa.

—En ese caso, nunca nos habríamos conocido. —Llevada por un impulso, se levantó y le rozó la mejilla con los labios.

Él se la quedó mirando con los ojos como platos, incapaz de moverse. Hasta la respiración parecía habérsele detenido en el pecho. La sonrisa de Chiara se ensanchó al apartarse de él.

—Tienes buen corazón y eres un amigo leal. —Se le cerró la garganta—. Nunca te olvidaré. —Los ojos se le arrasaron de lágrimas—. Por favor, prométeme que cuidarás de ti y que no correrás riesgos innecesarios.

Él hincó la rodilla y alargó la mano hacia la suya, en cuyo dorso depositó un beso de impecable cortesía.

—Os lo prometo, Alteza.

La puerta se abrió de par en par y Tomas se volvió de golpe, sorprendido.

Winja estaba en el umbral con los brazos llenos de tul y seda.

—¿Interrumpo? —Su mirada iba sin comprender del arrodillado Tomas a Chiara, que llevaba la capa sobre el camisón.

—No. —Tomas se incorporó de golpe, se cuadró un instante ante Chiara y salió de la habitación.

—¿Qué ha sido eso? —Winja dejó caer sobre la cama el vestido que traía.

Chiara se rodeó el cuerpo con los brazos.

—Solo nos hemos despedido.

—¿Y para el pobre muchacho no has tenido más que un beso en la mano?

Chiara se dio la vuelta. No estaba de humor para las burlas bonachonas de Winja.

—¿Dónde estuviste anoche? —preguntó la doncella mientras extendía el vestido con manos diestras.

—No podía dormir. Konrad tuvo la amabilidad de dar una vuelta conmigo por el patio. —Chiara se enorgulleció de lo serena que sonó su voz.

Winja interrumpió su tarea.

—¿Salió contigo en plena noche?

—Sí. —Chiara miró por la ventana.

—¿Qué pasó? —A Winja la curiosidad se le notaba en la voz.

—Nada. —Chiara negó con la cabeza. Salvo que la habían rechazado otra vez. Quizá hubiera algo en ella que lo provocara. Algo que espantaba a los hombres.

Pensó en Tomas, que acababa de salir. No, no era por eso. Sencillamente, tenía la mala suerte de escoger a los hombres equivocados.

—¿De verdad me vas a decir que solo habéis dado un paseo a la luz de la luna?

—Sí. —Porque era la amarga verdad—. Konrad es un perfecto caballero. Además, le recuerdo a su hermana pequeña.

—Lo siento —se le escapó a Winja, apenada de verdad. Así que sí se había percatado de lo que Chiara sentía por él. Y aun así no la había avisado.

Chiara se volvió hacia ella.

—¿Sabías que está casado?

—Sí. —Winja torció el gesto.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Bajó la cabeza.

—Porque pensé que daba igual. Su mujer está lejos y vosotros dos no volveréis a veros nunca. —Se encogió de hombros—. Si a él no le importaba, ¿por qué iba a importarte a ti?

—Ojalá me lo hubieras dicho. —Chiara apretó los labios.

De haberlo sabido, jamás habría dado alas a aquellos sentimientos que germinaban.

Ahora, una parte de ella seguía sin poder creer que sus sueños no fueran más que fantasías vacías, tan faltas de sustancia como las ilusiones que ella misma conjuraba.

Solo de pensar en Konrad, el pulso aún se le aceleraba, como si una sonrisa de él pudiera darle todo lo que tanto anhelaba por dentro.

—¿Cuándo nos vamos? —cambió de tema. Su situación no iba a mejorar por mucho que la rumiara.

—En cuanto estés lista —explicó Winja—. No queda lejos, así que no hace falta que te des prisa.

Chiara alargó la mano hacia el vestido. El desayuno se quedó donde estaba, intacto. No tenía hambre, y tampoco motivos para seguir allí.

—Acabemos de una vez.

No fue fácil disponer el suntuoso vestido en el carruaje de modo que no se arrugara demasiado.

El encaje le raspaba la piel a Chiara, y el apretado lazado del corpiño le dificultaba la respiración.

Winja se había empleado a fondo para disimular con maquillaje los ojos hinchados de Chiara y arrancarle un brillo radiante a su piel pálida.

Llevaba el pelo recogido en alto, prendido con horquillas centelleantes.

El vestido claro, ricamente bordado, rivalizaba en fulgor con las gotas de rocío sobre la hierba marchita.

Con ese atuendo se casaría con el príncipe de los bárbaros.

Se preguntaba si él sabría apreciar el esfuerzo, si es que tenía algún sentido de la belleza. Por lo que había visto al borde del camino, lo dudaba.

—Ya salimos. —Alec ocupó su puesto ante la ventanilla. Konrad no se había dejado ver. Seguramente quería ahorrarle más bochornos y se había situado al final de la comitiva.

Chiara luchó contra las lágrimas, que amenazaban de nuevo, mientras el carruaje echaba a rodar. Al menos el tumulto de su pecho tapaba el miedo al futuro. En aquel momento, a Chiara todo le traía sin cuidado.

Con ojos apagados contemplaba por la ventanilla el paisaje que desfilaba.

No recobró algo de vida hasta que el carruaje, al cabo de una hora más o menos, cruzó una especie de frontera invisible.

Los campos quemados se sucedían uno tras otro y Chiara, inquieta, empezó a otear en busca de más cadáveres.

—¿Han conquistado los bárbaros esta tierra? —le preguntó al fin a Alec, preocupada, tras media hora sin ver más que tierra calcinada.

—No lo creo. —Parecía aliviado de oír por fin su voz—. Aquella aldea de allá parece intacta. La abandonaron en paz.

—Pero está todo reducido a cenizas —se le escapó a Chiara, sin comprender.

—Lo habrán hecho los propios habitantes al huir, para no dejarle nada al enemigo.

—¿Están a salvo? —La esperanza prendió en Chiara.

—Supongo que sí —confirmó Alec—. Lo más seguro es que se hayan retirado a Vlecha. Es la ciudad más grande de esta región; hasta tiene guarnición propia.

—¿Cuánta gente vivía en esta comarca? —Una vez más, Chiara cayó en la cuenta de lo poco que sabía de Arnawal.

Alec torció la boca, pensativo.

—Unas veinte mil.

—¿Pudo Vlecha acogerlos a todos?

—Pronto lo veremos.