La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

Una risita casi histérica le tembló en los labios y Chiara se tapó la boca con la mano.

Una parte de ella la empujaba a volver a la cama y olvidarse de la locura que se había metido en la cabeza.

Otra parte no deseaba otra cosa que salir por esa puerta y vivir por fin.

Vivir de verdad, con todo lo que ello conllevaba.

No ser siempre la reservada, la dócil, la sensata, la invisible, sino hacer lo que le pedía el fondo del alma.

Chiara cogió su capa. La noche era fría, la camisola era ligera y, en aquella casa donde todo se oía, no podrían poner en práctica su plan. Por un momento la asaltaron las dudas, pero las apartó con decisión. Ya encontrarían un rincón sin testigos. En un establo, quizá, o en un granero.

Bien envuelta en la cálida capa, Chiara abrió la puerta y estuvo a punto de tropezar con el hombre que dormía justo en el umbral.

Se agarró al marco de la puerta para no perder el equilibrio y esperó.

A la luz de la luna que se colaba por la ventana de su habitación, reconoció el rostro de Tomas y rezó para que no se despertara.

A él , desde luego, no pensaba explicarle sus intenciones.

Se inclinó y miró a derecha e izquierda en el pasillo. No sabía decir cuál de los otros dos hombres era Konrad. Chiara se recogió la falda, pasó con cuidado por encima de Tomas y se volvió para cerrar la puerta tras de sí.

—¿Alteza? —Aunque no fue más que un susurro, Chiara dio un respingo. Konrad se incorporó—. ¿Necesitáis algo?

—Sí… No… —Chiara se mordió el labio, agradecida a la oscuridad que le ocultaba el rubor.

Ahora que lo tenía delante en carne y hueso, no sabía ni qué decir ni qué hacer.

—Yo… —Se rodeó el cuerpo con los brazos—.

No puedo dormir. —Sacudió la cabeza cuando, de pronto, los ojos se le llenaron de lágrimas. Tomó aire, trémula.

—Lo entiendo de sobra —respondió él con voz ronca—. ¿Puedo hacer algo por vos?

—Sí. —Sonó tan lastimera y perdida como se sentía—. Me vendría bien un poco de compañía.

—Por supuesto. —No podía ver su sonrisa, pero la oyó.

—¿Qué tal si… damos un paseo?

Él vaciló.

—¿Queréis huir?

—¿Qué? —Se lo quedó mirando, perpleja.

—Porque… —Carraspeó y echó un vistazo rápido alrededor—. También eso lo entendería.

—No. —Chiara dio un paso hacia la escalera. Aparte de que escapar no iba con ella, no les haría eso ni a sí misma ni a sus guardias: tendrían que darle caza y devolverla. Además, no quería bajo ningún concepto que personas inocentes sufrieran por sus actos. —Solo necesito un poco de aire.

—Esperad, voy a por una luz.

Su yesquero chasqueó, saltaron chispas y la mecha empapada en aceite de una lámpara prendió.

—¿Pasa algo? —Alec despertó con la voz tomada.

—No, todo está bien. La princesa solo necesita ir a la letrina.

—¿Queréis que…? —Adormilado, hizo ademán de incorporarse.

—Yo me encargo. —Konrad lo obligó a tumbarse de nuevo—. Venid —le dijo a Chiara, y se adelantó con la lámpara.

—¿Dónde están los demás? —preguntó Chiara en voz baja, para romper el silencio fantasmal que reinaba en la casa.

—La familia duerme en la sala. Geron y Darryl les echan un ojo desde allí. Los demás se han acomodado en el establo con los criados.

—De verdad que no corréis ningún riesgo —murmuró Chiara con un hilo de voz.

—No cuando se trata de vuestra seguridad.

Abrió la puerta que daba al patio. Las hogueras de los soldados brillaban en la oscuridad.

Chiara dejó vagar la mirada. Adiós a su plan de retirarse con Konrad sin ser vista. Por no hablar de una posible huida. Ni siquiera habría logrado burlar a los centinelas.

—¿Podríamos ir a algún sitio donde no seamos tan… —buscó la palabra adecuada— visibles?

—¿Qué tenéis pensado? —Un asomo de cautela se coló en la voz de Konrad.

—Digamos que ahora mismo me vendría bien un amigo.

—Por supuesto.

Por un momento creyó que él le pondría el brazo sobre los hombros, pero solo señaló hacia la derecha.

—Allí detrás hay un pequeño huerto de frutales. Los árboles aún conservan las hojas.

Echaron a andar en silencio. Había tanto que decir y, al mismo tiempo, nada. Chiara habría querido saber cómo empezar.

La luna, casi llena, brillaba con tanta intensidad en el cielo que no necesitaron el farol de Konrad para encontrar el camino. Las hojas de los árboles susurraban quedas al viento y lanzaban destellos de plata en la noche. El aire era fresco, pero no tan frío como para resultar desagradable.

—¿Y bien? —Konrad se detuvo bajo un gran árbol—. ¿De qué queréis hablar?

Chiara se mordió el labio. Estaban en medio de un jardín iluminado por la luna. Las hogueras de los guardias estaban tan lejos que le parecía como si Konrad y ella estuvieran completamente solos. Ella no llevaba más que la camisola y una capa. No podía ser que él no adivinara sus intenciones.

Deseaba que él diera por fin el primer paso y la besara sin más.

En vez de eso, él le sostuvo la mirada, serio, atento y a un buen paso de distancia.

Chiara hizo acopio de todo su valor. Ya no tenía tiempo para ser tímida o recatada. No había tiempo para el miedo. Ya no tenía nada que perder.

—Mañana a esta hora estaré casada —empezó en voz queda. Pronunciarlo le parecía absurdo, como una enorme equivocación. En veinticuatro horas pertenecería a un enemigo cruel. Se estremeció.

—Si pudiera impedirlo, por Dios que lo haría. —La voz de Konrad estaba ronca de emoción. Tomó aire y le puso una mano en el hombro—. Lo siento tanto, Chiara… No sabéis cuánto lo siento.

Animada por ese contacto, levantó la vista y buscó su mirada.

—Nunca he estado con un hombre —confesó con arrojo, sin avergonzarse del rubor que le trepaba por las mejillas—. No de la forma en que me veré obligada a hacerlo mañana.

Una expresión dolorida, casi de espanto, le cruzó el rostro. Tragó saliva y sus dedos se crisparon sobre el hombro de ella.

—Lo siento —repitió, tenso.

Chiara dio un paso hasta plantarse delante de él y alzó la vista para mirarlo. Vacilante, alzó la mano y se la posó en la nuca.

—Solo una vez quiero decidir yo a quién me entrego. —Con dulzura, atrajo el rostro de él hacia el suyo.

El cuerpo de Konrad se endureció. Sacudió la cabeza con pesar y le retiró la mano de su nuca.

—No puedo…

Una amarga decepción rompió dentro de Chiara, pero no estaba dispuesta a rendirse tan pronto.

—¿Es porque estoy prometida a otro? —preguntó desafiante, inclinándose hacia Konrad—. No significo nada para él. Solo quiere un derecho que reclamar sobre la corona.

—No es eso. —Konrad tomó aire de forma audible y dio un paso atrás—. Me siento muy honrado de que me hayáis escogido. —Se llevó una mano al pecho—. Honrado en el alma —recalcó, y Chiara habría preferido que la abofeteara.

Se quedó mirándolo, deshecha.

La estaba rechazando. No era el pundonor lo que lo había mantenido a distancia. Sencillamente, no la deseaba.

—Tengo mujer y un hijo pequeño —prosiguió Konrad, y sus palabras retumbaron en los oídos de Chiara.

—Pero… —se le escapó, desvalida—. Si habéis buscado mi compañía todo este tiempo… —Era imposible que se hubiera equivocado tanto con él.

Konrad bajó la cabeza.

—Siento que hayáis entendido así mis atenciones.

Nada más lejos de mi ánimo. —Sonaba tan sincero que ella habría querido taparse los oídos—.

Me recordáis muchísimo a mi hermana pequeña.

Y cuando noté lo prendado que está Tomas de vos, solo quise evitar que el muchacho cometiera una tontería.

Jamás pensé que vos… —Enmudeció, sin saber qué más decir.

Chiara tomó aire, temblorosa. Las lágrimas le ardían en los ojos, pero eso no era nada comparado con el dolor abrasador que sentía en el pecho.

—No pasa nada —murmuró con voz ahogada, y alzó las manos para atajarlo. No quería oír sus explicaciones ni humillarse más todavía—. Olvidadlo.

Total, después de mañana no volverían a verse nunca.

Las lágrimas le corrían por las mejillas. Se sentía completamente vacía.

Y casi igual de terrible era saber que ni siquiera aquella única decisión había podido tomarla en libertad. Mañana se casaría con un monstruo sin saber cómo se sentía el amor de verdad. Sin un solo recuerdo feliz al que aferrarse.

—¿Puedo hacer algo por vos? —preguntó Konrad, desamparado.

—Ahora querría estar un rato a solas. —Tenía que recobrar la dignidad, recomponerse desde los pedazos en que acababa de romperse.

Él carraspeó, incómodo.

—No me está permitido dejaros sola aquí.

—Claro que no. —Chiara apretó los dientes. No era dueña ni de la más mínima decisión.

Echó a andar sin decir palabra. Solo quería irse de allí. Quizá todo fuera más llevadero cuando hubiera una puerta entre Konrad y ella. Aunque tampoco eso cambiaría nada.

Chiara apretó los puños para no ponerse a gritar. Las lágrimas que le resbalaban calladas por las mejillas, en cambio, no pudo contenerlas.

Por suerte, Konrad se abstuvo de hacer más comentarios.

Le recordaba a su hermana pequeña. Y ella se le había echado al cuello.

Chiara se sentía tonta de remate, ignorante e ingenua. ¿Cómo había podido malinterpretar hasta ese punto su amabilidad?

Cuando subían la escalera, Tomas los observó con atención a la luz de una lámpara. Chiara estuvo segura de que no se le escapó el rastro de lágrimas en sus mejillas. La expresión de su rostro mudó del rencor a la compasión.

Chiara alzó la barbilla, porque no sabía qué otra cosa hacer. Sin dirigirles palabra ni a Konrad ni a él, entró en su cuarto y cerró la puerta a su espalda.

Maquinal, se despojó de la capa y se sentó en la cama. Ya no era capaz de hilvanar un solo pensamiento; la decepción calaba demasiado hondo.

Se tumbó de lado, se cubrió la cabeza con la manta y lloró hasta quedarse dormida.