Capítulo 9 #3
Chiara le sonrió agradecida. La idea de retrasar la despedida un día era tentadora. Por desgracia, eso no cambiaría nada de lo inevitable. Y tendría que explicárselo al rey. Sacudió la cabeza con pesar.
—Da igual, ¿verdad? —Se alisó la falda, esforzándose por que no le temblara la voz.
—¡Esto no está bien! —Tomas descargó un puñetazo contra la pared, lo que le valió una mirada de reproche de Alec, que se apresuró a cerrar la puerta.
—Modera la voz —lo reconvino también Konrad.
Tomas lo miró, sulfurado.
—¡No finjas ahora que te trae sin cuidado! —prosiguió más bajo, pero con la misma vehemencia—. La están sacrificando, sin más.
Konrad tomó aire con esfuerzo. Su semblante parecía tan impenetrable como un peñasco.
—No le harán nada. Mientras ella siga con vida, el príncipe cree tener un derecho que reclamar sobre el trono de Arnawal. La princesa no tiene nada que temer.
—¡Y quién se lo cree! —gruñó Tomas, que parecía desesperado de verdad.
Chiara deseaba poder decir algo para consolarlo. Pero ella misma no estaba mucho mejor.
—La traeremos de vuelta —prometió Konrad, muy serio, y sus palabras parecían dirigidas a Tomas tanto como a Chiara—. Cuando todo esto acabe, iremos a buscarla en persona.
Conmovida, Chiara lo miró y puso en sus ojos todo lo que no se atrevía a pronunciar. Su afecto. La gratitud por que no la diera por perdida.
Tomas soltó un bufido y Konrad apartó la mirada.
—Voy a traeros algo de comer. —Le dio un toque a Tomas con el codo y le indicó con un gesto que saliera.
Tomas pareció a punto de añadir algo. Le tembló la cara; luego apretó los labios a regañadientes y siguió a Konrad y a Alec afuera.
La puerta acababa de cerrarse tras ellos cuando una campana llamó a la oración vespertina.
Alterada, Chiara sacó su cuenco de oración.
Esperaba con toda su alma que aquel sonido familiar y aquella comunión especial que sentía al rezar apaciguaran el tumulto de su interior y le trajeran consuelo y confianza.
Sin embargo, a pesar de todo su fervor, esta vez le costaba concentrarse plenamente en la oración. Pensamientos no deseados —preocupaciones, pena, miedos— se agolpaban en su mente y le hacían casi imposible entregarse al poder sanador y divino de los sones.
Al menos, en cuanto se apagó el último tañido, se sintió gratamente exhausta.
Sus preocupaciones no habían desaparecido, pero estaban más atenuadas, ya no tan presentes, y el aguijón del miedo ya no estaba tan afilado.
Chiara bajó los párpados e intentó que al menos por eso le naciera dentro la gratitud.
¿Estás preparada? La voz del rey resonó en su mente.
Sí. Esta vez no sentía ni emoción ni reverencia. Solo quería quitárselo de encima, igual que los meses que la esperaban.
¿Qué pasa? La inquietud vibraba en las palabras de Lexor.
Tengo miedo , admitió Chiara, porque ya daba igual.
No tienes por qué. Eres la princesa heredera de Arnawal. Nadie se atreverá a tocarte un pelo.
Nadie salvo su esposo, al que ni siquiera conocía y al que tendría que someterse. Pero ya era demasiado tarde para plantear esa objeción. Además, dudaba de que el rey se lo tomara muy en serio. A muchas mujeres las casaban contra su voluntad y nadie parecía escandalizarse lo más mínimo.
¿Te pasa algo? Debía de haber notado su falta de entusiasmo.
Chiara se recompuso. Hoy hemos pasado por una aldea devastada por los bárbaros. Se estremeció. Los han matado a todos. Ha sido horrible. Sin poder evitarlo, el recuerdo atroz afloró en su mente.
Dios santo , musitó Lexor, consternado, cuando las imágenes le llovieron encima.
Los soldados dejaron los cadáveres ahí colgados, añadió Chiara, atónita.
Lo siento. El rey vaciló, compungido. Les ordené que no perdieran tiempo, que aseguraran la zona para tu llegada…
Pareció tomarse un momento para serenarse.
Sabía lo despiadados que son los bárbaros, pero ni siquiera yo contaba con semejante alarde de crueldad.
Su tono se suavizó. Ojalá existiera otro camino que no fuera infiltrarte entre ellos, Chiara.
Pero no lo hay. Hay que detenerlos para que algo así no se repita.
Para que ningún otro inocente tenga que sufrir así.
Lo sé. Chiara asintió con valentía. Estoy preparada. Haré todo lo que pueda.
Bien. Hemos dado con tu familia. Ya está de camino a Welzedon. Te esperará aquí a tu regreso.
Gracias. El alivio y la ilusión brotaron dentro de Chiara. Le deparara lo que le deparase el futuro, al final estaría con su familia. Lo demás ya se andaría.
Así que ya ves lo mucho que creo en ti. El tono de Lexor se volvió pragmático.
Ahora tienes que escucharme con atención.
Antes de hacerle mañana promesa alguna al príncipe, quiero que le entregues un mensaje de mi parte.
Lexor le sembró en la mente, una a una, las palabras que debía pronunciar, de modo que no olvidara ninguna.
Después, el príncipe deberá firmar sin falta el contrato que lleva consigo el capitán Geron.
¿Lo respetarán los bárbaros? Chiara lo dudaba.
Ya lo veremos. Al rey no parecía preocuparle gran cosa. En cualquier caso, sería inaudito que les entregara a la princesa heredera sin un acuerdo por escrito.
Cierto: casi había olvidado que aquello era una transacción mercantil.
Mañana por la noche espero tu informe , continuó Lexor. Quiero que mantengas los ojos bien abiertos. Quiero saberlo todo sobre el príncipe y sus emisarios. Cuántos son, qué aspecto tienen, cómo hablan. Qué camino toman hacia las montañas.
Entendido , respondió Chiara, algo desprevenida. Tendría que andarse con mil ojos para poder facilitarle todo aquello. En cuanto a los hombres, no le resultaría demasiado difícil. Pero aquella comarca le era del todo desconocida y no sabía cómo iba a retener la ruta. Lo haré lo mejor que pueda.
De eso estoy convencido. Cuento contigo.
—¿Al menos te ha deseado buena suerte? —preguntó Winja, que la había observado en silencio, cuando Chiara salió parpadeando de su trance.
—No. Pero me dijo que mi familia ya está de camino.
Winja resopló.
—Qué práctico.
—¿Qué quieres decir? —Chiara la escrutó.
—Son premio y advertencia a la vez. Así se asegura el rey de que nunca olvides por qué haces esto.
—De todos modos, nunca lo olvidaré —respondió Chiara en voz baja. Los cadáveres que había visto por el camino se habían encargado de ello.
Durante el resto de la noche, Chiara y Winja intentaron aparentar normalidad.
Después de cenar, las llevaron a la casa de baños, que estaba caldeada a las mil maravillas.
Chapotearon en el agua humeante, se lavaron el pelo la una a la otra e intentaron olvidar cuanto quedaba atrás y cuanto tenían por delante.
Aun así, Chiara se sentía extrañamente ausente, como si su mente ya estuviera en otra parte, como si lo que ocurría en ese momento no tuviera la menor importancia.
Aquello —aquella última noche apacible y segura— ya no era real.
Su tiempo se había agotado; el futuro le había dado alcance. Y ya nada podría salvarla.
—¿Seguro que no quieres hablar con Torben? —preguntó Chiara con tiento, cuando ya se habían acurrucado bajo el grueso edredón de plumas.
—No. —Winja cerró los ojos—. Tampoco cambiaría nada. Él tiene su vida y yo la mía.
—Gracias. —Chiara buscó su mano a tientas—. Gracias por hacer esto por mí.
Winja torció la boca en una sonrisa de burla hacia sí misma.
—Te aprecio, Chiara. Te aprecio mucho. A estas alturas hasta te llamaría mi amiga más íntima. Y aun así, no creo que estuviera aquí de haber tenido elección de verdad.
—La tenías.
Winja negó con la cabeza, apesadumbrada.
—No más que tú. Deberíamos dormir —añadió cuando Chiara hizo amago de replicar.
Chiara asintió. Daba igual si Winja había tenido o no elección de verdad. Ahora estaba allí, y eso era lo único que contaba.
Pronto, la respiración acompasada de Winja llenó la habitación.
Chiara, en cambio, no hallaba reposo. No dejaba de mirar de reojo al otro lado de la cama.
Mañana mismo un desconocido yacería a su lado, se le echaría encima, la tocaría, se tomaría cuanto se le antojara sin que ella pudiera impedirlo.
Ni siquiera le estaría permitido defenderse.
El pánico le agarrotaba el cuerpo y le desbocaba el pulso. El asco le revolvió el estómago.
Intentó plantarle cara con valentía, pero no sirvió de nada.
Quizá no fuera tan terrible si ya hubiera estado antes con un hombre de esa manera. Si tuviera un bonito recuerdo al que aferrarse. Si su cuerpo ya supiera lo que le esperaba.
Pensó en Konrad, que dormía frente a su puerta. Hasta ahora no se había atrevido a dar el paso y, pese a toda su devoción, él siempre había guardado una distancia cortés, férrea. Ahora el tiempo se le había agotado. Aquella era su última oportunidad.
El príncipe no la enviaría de vuelta solo porque no fuera virgen. No era más que una prenda, la llave de la corona. Mientras siguiera con vida, cumpliría su función para él.
Al menos una vez quería entregarse a alguien por voluntad propia. Quería elegir ella misma al hombre al que —como todos afirmaban— nunca podría olvidar. Tenía derecho a esa libertad minúscula.
Chiara miró hacia la puerta. El pulso le retumbaba en los oídos.
Pese a todo el miedo, también la ilusión empezó a vibrarle en el cuerpo.
Podía hacerlo. Nadie, salvo Konrad y ella, se enteraría jamás.
Al mismo tiempo, sería una promesa que se harían el uno al otro.
Que no se olvidarían, que volverían a encontrarse.
Con todo el sigilo de que fue capaz, Chiara sacó las piernas de la cama.
No creía que Winja intentara retenerla; más bien temía perder ella misma el valor.
Vestida solo con la camisola, Chiara se quedó de pie, indecisa.
Ella sola no conseguiría embutirse en el vestido.
Además, seguramente no merecía la pena el esfuerzo: tampoco pensaba llevarlo puesto mucho rato.