La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Peor aún que el recuerdo de lo que Chiara había visto era la compasión que ahora habitaba los ojos de sus acompañantes. Estaban furiosos y alterados, cuchicheaban a media voz entre ellos, pero con ella se mostraban corteses y mansos como corderos.

La trataban como a una muerta en vida.

Alec le extendió una manta sobre un tocón. Tomas le ofreció el brazo para acompañarla hasta allí. Y Konrad se apresuró a traerle un cuenco de guiso.

—¡Basta ya! —se le escapó a Chiara, furiosa. Las lágrimas le vibraban en la voz—. Basta.

—¿Qué queréis decir? —Tomas la miró sorprendido.

Chiara se dejó caer en el tocón, porque de pronto le faltaban las palabras. Ella veía la situación igual que ellos. No podía asegurarles de manera creíble que todo saldría bien, que lo lograría. ¿Qué iba a decirles, entonces?

—No se lo estáis poniendo precisamente fácil —tomó la palabra Winja, inesperada—. Ya sabemos de sobra lo que nos espera. —Le temblaba la voz—. Y no mejora porque nos lo recordéis a cada minuto.

—Solo queremos protegeros. —Torben dio un paso hacia ellas.

—¡Pero es que no podéis! —Winja apretó los puños y la voz casi se le quebró—.

Solo conseguiríais que os mataran… y a nosotras de paso.

—Con ojos centelleantes, sostuvo la mirada a Torben hasta que él bajó la cabeza.

Su espíritu de lucha se disipó—. Así que dejadnos en paz —concluyó en voz baja, y se sentó junto a Chiara.

Un silencio compungido siguió a sus palabras. El capitán Geron se acercó despacio y se puso en cuclillas ante ellas.

—No era nuestra intención ofenderos en absoluto.

—Carraspeó—. Es solo la manera que tienen los hombres de mostraros su aprecio y su amistad.

Son tiempos difíciles para todos nosotros.

Arnawal se encuentra al borde de una guerra contra un enemigo que, como acabamos de comprobar con toda crudeza, no conoce la piedad.

Admiramos vuestro valor y lo que estáis dispuestas a hacer para evitar esta guerra.

—Bajó la cabeza y se llevó el puño al pecho—.

Es un honor para nosotros poder acompañaros.

—Gracias. —Chiara le dedicó una sonrisa tenue y notó que, en efecto, el corazón se le aligeraba un poco. Sus palabras le habían recordado por qué hacía todo aquello. No se trataba solo de ella ni de lo que los próximos meses pudieran depararle. Se trataba de algo mucho más grande.

Él asintió y cogió el cuenco de sopa de manos de Konrad.

—Deberíais comer algo, pronto volveremos a ponernos en marcha.

Chiara ya no se atrevía a mirar por la ventanilla mientras continuaban el viaje.

Konrad, que volvía a cabalgar a su lado, la observaba con una intensidad que apenas disminuía. En otras circunstancias, Chiara se habría sentido halagada por su atención, pero sabía que él, como todos los demás, sencillamente estaba preocupado por ella.

—No ha habido más asaltos en esta zona —le aseguró él al notar su retraimiento—. No tenéis nada que temer.

—No lo entiendo —admitió Chiara con sinceridad. Esperaba encontrarse ahora una aldea arrasada tras otra, puesto que ya habían entrado en la zona que los bárbaros asolaban. —¿No estamos más cerca de la región fronteriza que antes?

—Sí —coincidió Konrad—. Pero parece que los asaltos se producen de forma puntual y casi al azar.

—¿Por qué?

—Porque así se puede sembrar mucho más miedo. No hay una línea de frente clara, ni combates. Solo pequeñas bandas que se cuelan en la zona fronteriza y atacan sin previo aviso. Nadie sabe quién será el siguiente. La gente vive en una tensión constante. Eso mina su espíritu de lucha.

—Así que no es del todo al azar. —Chiara se frotó los brazos, aterida.

—Tenéis razón. —En la voz de Konrad vibraba una admiración a regañadientes—. Sea quien sea su caudillo, deja muy poco al azar.

Aquella noche no les esperaba ninguna posada, sino una granja algo más grande que, hasta el momento, se había librado de los ataques.

Konrad estaba en lo cierto. Habían visto, eso sí, algunos campos quemados a lo lejos, pero ya ninguna aldea devastada.

Era como si los bárbaros hubieran prendido fuego al pasar de largo, quizá para entretener a sus posibles perseguidores.

—Genial, ya están aquí —gruñó Konrad con amargura, señalando al frente.

Chiara estiró el cuello con curiosidad. Unos treinta hombres con el uniforme del ejército real rodeaban la granja formando un amplio círculo. Sus hogueras parpadeaban en el crepúsculo incipiente, y los saludos llegaron en cuanto el carruaje estuvo al alcance de la voz.

—¿Qué hacen aquí? —preguntó Chiara nerviosa.

—Supongo que nos acompañarán el resto del camino como escolta. Para que a los bárbaros no se les pasen malas ideas por la cabeza. —Arrugó la nariz—. Lo que me inquieta mucho más es por qué han dejado a esa gente colgada al borde del camino si, por lo visto, llegaron antes que nosotros.

Chiara parpadeó. Era cierto. Los soldados les habían despejado el camino durante semanas.

—¿Tendrían prisa?

—Puede. —Konrad escupió al suelo—. Aun así, no me gusta nada.

El carruaje atravesó el cerco de hogueras y entró en el patio. Un matrimonio ya mayor y sus cuatro hijos, casi adultos, se apiñaban nerviosos junto a la puerta. Debían de ser los dueños. Algo apartados aguardaban unos cuantos mozos de labranza y una criada.

El hombre dio despacio un paso hacia ellos y se inclinó en una profunda reverencia. La situación lo superaba sin remedio.

—Bienvenidos a nuestro humilde hogar, Alteza.

Chiara adoptó una expresión de condescendencia aburrida, que había ensayado sin descanso las últimas semanas para los encuentros con desconocidos. Se la había visto a Isida infinidad de veces.

Konrad saltó del caballo y le abrió la puerta.

Chiara se recogió la falda y descendió con toda la majestad de que fue capaz.

Temía no dar una imagen especialmente impresionante tras un largo día en aquel carruaje, pero la noble tela de su vestido y las diminutas gemas que centelleaban en él bastaban de sobra para dejar a aquella gente sobrecogida de respeto.

Winja se colgó al hombro la bolsa del equipaje y la siguió.

—¿P-puedo acompañaros hasta vuestra habitación? —tartamudeó el hombre. Sus ojos saltaban de un lado a otro, como si buscara la manera de escapar de aquella situación tan peligrosa.

Chiara no pudo contenerse y le dedicó una sonrisa amable. Le dio igual no estar a la altura de su papel de Isida. Total, allí nadie conocía a la princesa.

—Con mucho gusto. ¿Tendríais además una tina y agua caliente para mí?

—P-por supuesto, Alteza. —Se inclinó de nuevo.

—Gracias. —Chiara inclinó la cabeza, con la esperanza de que él captara la indirecta. No tenía la menor intención de comérselo, ni a él ni a su familia.

Una sonrisa tímida le asomó a los labios.

—Es un honor para nosotros. —Y con esas palabras echó a andar delante de ellos a buen paso.

Chiara, Winja y tres guardias lo siguieron. Se había hecho costumbre que tres de ellos durmieran ante su puerta mientras un cuarto montaba guardia bajo la ventana. Esta vez Alec se sumó a Tomas y Konrad, que ya de por sí apenas se despegaban de Chiara.

La casa olía a fuego de leña y a pan recién hecho.

Chiara aspiró hondo aquel aroma hogareño.

La angosta escalera, que apenas crujía bajo su peso, estaba frotada hasta sacarle brillo; no había ni una mota de polvo.

Chiara sonrió para sí. Aquello estaba más limpio que el palacio real.

Esperaba que recompensaran a la familia como era debido por la molestia.

—Aquí está la habitación. —El hombre abrió la puerta, nervioso, y pareció incluso contener la respiración mientras Chiara echaba un vistazo al interior.

Era más o menos del tamaño del cuarto que ella había ocupado en el palacio.

Una cama doble con postes tallados ocupaba la mayor parte del espacio.

Encima se esponjaba un enorme edredón de plumas con una funda de un blanco deslumbrante, una pura invitación a hundirse en él.

Un armario junto a la pared y una silla completaban el mobiliario.

Seguramente el matrimonio le había cedido su propio dormitorio.

—Por desgracia no tenemos nada mejor —continuó el hombre, incómodo—. Si necesitarais cualquier otra cosa…

—Será suficiente, gracias. —Chiara no estaba menos tensa que él.

Quería quitarle el miedo, pero al mismo tiempo no podía mostrarse demasiado afable.

Además, tenía la impresión de que cada palabra que ella pronunciaba no hacía sino acrecentar el nerviosismo del hombre.

—Gracias —repitió, y entró. Solo quería que la dejaran tranquila.

Pensar en el día siguiente le agarrotaba la garganta.

—¿Dónde puede asearse la princesa? —tomó la palabra Winja, por suerte. En el dormitorio, ni con la mejor voluntad cabía una tina.

El hombre carraspeó.

—Tenemos una pequeña casa de baños al fondo del patio. Pero si queréis, podemos… —Recorrió la estancia con la mirada, apurado, como si intentara decidir dónde meter una tina.

—Me gustaría ver la casa de baños —lo libró Chiara de su suplicio.

—Por supuesto. —Asintió aliviado—. Haré que os lo preparen todo. —Y se fue a toda prisa.

—¿Puedo? —Konrad pasó junto a ella y entró en la habitación. La recorrió con atención, miró por la ventana y dentro del armario, e incluso atisbó debajo de la cama.

—¿De verdad es necesario? —Chiara se cruzó de brazos.

—Aunque los soldados han asegurado el terreno, no quiero correr ningún riesgo. Estamos demasiado cerca del territorio enemigo.

Chiara se sentó en la cama, que cedió, mullida y tentadora, bajo su peso.

—¿Cuándo veremos al príncipe? —Vio que Tomas apretaba los dientes y que también por el rostro de Konrad cruzaba una honda repugnancia.

—Llegaremos a nuestro destino mañana hacia el mediodía —informó con voz apagada—. Os esperarán en Vlecha hasta la próxima luna llena. —Hizo una pausa—. La luna llena no es hasta dentro de dos días; si queréis descansar más, puedo hablar con Geron. No hace falta que partamos mañana mismo.