La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 9
35%

Capítulo 9

Los días iban pasando. La pierna de Tomas se curó lo suficiente como para que pudiera volver a montar a caballo, y se turnaba con Konrad junto a la portezuela de Chiara para entretenerla con historias y observaciones.

El tiempo se volvió más fresco, y el paisaje por el que viajaban, más pobre.

Y Chiara deseaba que aquel viaje no terminara nunca.

No dejaba de preguntar, preocupada, cuánto camino les quedaba.

Cuando las siluetas de las montañas aparecieron por primera vez en el horizonte, se le cayó el alma a los pies.

Más que nunca, Chiara tenía la impresión de que el tiempo se le escapaba entre los dedos, de que su vida terminaría al llegar a su destino.

Una parte de ella se preguntaba, angustiada, si no sería incluso verdad.

¿Acaso Dios, en Su infinita sabiduría, quería prepararla porque los bárbaros la calarían de inmediato y los despacharían a todos sin contemplaciones?

Quizá aquel presentimiento fuera una advertencia para no permitir que se llegara a tanto.

Winja y ella no paraban de darle vueltas a cómo debía presentarse Chiara, qué decir y cómo comportarse para no dejar lugar a dudas de que era la princesa Isida.

En cada alto del camino, los guardias ya solo la llamaban Alteza, y Chiara veía la compasión y la pena en sus rostros. El corazón le rebosaba de cariño por todos ellos; era casi como si se hubieran convertido en una familia.

Al menos el rey había cumplido su palabra y se había asegurado de que no hubiera más ataques.

Noche tras noche le indicaba en qué posada debían alojarse.

Los posaderos ya los aguardaban, y a Chiara la escoltaban con toda ceremonia hasta su habitación.

El rey Lexor no quería correr el riesgo de que alguno de los guardias se dirigiera a ella por el nombre equivocado.

Chiara esperaba que Winja siguiera pasando cada minuto libre con Torben, pero de pronto esta se encerró con ella en su alcoba. Solo les quedaban dos días de viaje hasta Vlecha y Chiara vivía en un estado de tensión permanente.

—¿Os habéis peleado? —preguntó, agradecida de poder pensar por una vez en algo que no fuera su propio futuro.

Winja esbozó una sonrisa forzada. Tenía el rostro demacrado y ceniciento.

—No. He sido yo quien le ha puesto fin. —Evitó la mirada de Chiara—. Me tiene más apego del que le conviene.

—Creo que no es solo él quien se siente así.

Winja tomó aire, trémula, antes de mirar a Chiara con tristeza.

—Nuestros sentimientos no cuentan en esto.

—Pensaba que quería acompañarnos como guardaespaldas. Ella, en su fuero interno, esperaba que fuera Konrad, pero, aunque él se mostraba muy atento, casi tierno con ella, nunca había expresado ese deseo. Tampoco traspasaba jamás los límites del decoro.

Así que también Chiara encerró su anhelo bajo llave y solo se lo permitía en los raros momentos en que estaba del todo sola y sin testigos.

—Geron ha decidido otra cosa —interrumpió Winja sus pensamientos—. Se lo ha comunicado a Torben hace un rato. Mañana temprano quiere hablar contigo en persona.

—¿Sobre qué? —Chiara frunció el ceño.

—De que nos acompañará él en persona. Tiene mucha más experiencia que los demás; es quien mejor podría protegerte.

—Te refieres a nosotras —la corrigió Chiara con suavidad.

Winja resopló por lo bajo.

—Quizá deberías irte con Torben —sugirió Chiara con timidez.

Por mucho que le disgustara la idea de tener que adentrarse en territorio enemigo sin su ayuda, no quería que Winja pagara por ello con su propia felicidad.

Sobre todo porque, de cualquier manera, su doncella no podría salvarla de lo que la aguardaba.

Winja la miró, atónita.

—Eso mismo me ha propuesto él. Y le he dicho que está loco.

—¿Y eso por qué? —De pronto Chiara deseó con todas sus fuerzas que al menos una de las dos pudiera vivir la vida a su manera.

—Porque sus padres dependen de su paga. Además, la deserción se castiga con la muerte. Nos darían caza. —Se le hundieron los hombros—. Le he dicho que se mantenga lejos de mí. Que no siento nada por él. Que, como doncella de la princesa, puedo aspirar a algo mejor que un simple guardia.

—¿Y te creyó?

—No lo sé. —Winja cerró los ojos—. En cualquier caso, se le veía herido hasta el alma.

Chiara la observó, dubitativa.

—¿De verdad quieres que os separéis así?

—Ni idea. —Winja suspiró—. Quizá le resulte más fácil si me odia.

—Por favor, corred las cortinas —dijo de pronto, con voz tensa, Konrad, que cabalgaba junto a la ventanilla de Chiara.

—¿Por qué? —preguntó Chiara, alarmada, y asomó sin pensarlo la cabeza por la ventanilla.

—No. —Konrad espoleó su caballo para taparle la vista, pero no pudo impedir que el olor a ceniza fría y a humo le llegara en ese momento a la nariz.

—¿Qué pasa? —preguntó Chiara con firmeza—. ¿Qué está pasando ahí fuera?

—Nada —respondió él con esfuerzo—. Ya no.

El carruaje se detuvo. Chiara oyó que el capitán Geron deliberaba con la vanguardia, pero no alcanzaba a entender sus palabras.

Winja también se asomó por la ventanilla.

—Corred las cortinas, por favor —insistió Konrad, casi atormentado.

El miedo prendió en Chiara.

—Ya sabéis lo viva que es mi imaginación —dijo, intentando quitarle hierro—. Seguro que la realidad no es tan terrible como lo que yo pueda imaginarme.

—¡Pasamos al galope! —resonó la orden de Geron, y el guardia del pescante hizo restallar el látigo.

El carruaje se puso en marcha con una sacudida. Chiara se agarró a la puerta cuando la cabeza se le fue de golpe hacia atrás. El olor a humo y ceniza se intensificó, y por debajo asomó otro, dulzón y nauseabundo.

A Chiara le dieron arcadas cuando el viento le lanzó aquel hedor a la cara.

Asustada, se tapó la boca con la mano. El rostro bronceado de Konrad estaba pálido y ya no la miraba.

Tenía la vista clavada al frente. Un instante después, también Chiara lo vio, y el espanto fue tan hondo que borró todo pensamiento, todo sentimiento.

Los campos quemados se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Las ruinas de una aldea se alzaban sombrías y silenciosas. Un grito se le agolpó en la garganta.

Alguien había clavado en estacas los cuerpos carbonizados de los habitantes a lo largo del camino. Hombres, mujeres, niños. Las bocas desencajadas en un tormento y un pavor sin nombre. Los miembros retorcidos, la piel reventada, con los huesos blancos asomando. A Chiara le faltó el aire.

Unos cuervos se alzaron en el aire entre graznidos. Los picos llenos de los restos de su macabro festín.

Chiara apenas logró asomarse por la ventanilla antes de vomitar con violencia. Una y otra vez, hasta que ya no le salió ni la bilis amarga.

Las lágrimas le velaron la vista y, aun así, no lograron lavar de sus ojos las imágenes atroces. ¿Quién hacía algo semejante?

—Deberíais haberme hecho caso. —La voz de Konrad sonaba estrangulada—.

De buena gana os habríamos ahorrado esa visión.

—Tenía el rostro verdoso, como si también a él le costara retener el contenido del estómago.

Miró a Chiara con una compasión infinita en los ojos.

Abrió la boca como para decir algo y volvió a cerrarla.

Por un momento, Chiara no supo interpretar aquella reacción.

La miraba casi como si ella misma fuera una de las víctimas.

Como si su cuerpo también estuviera empalado allí.

Entonces la verdad la golpeó con la fuerza de un mazo de herrero.

Chiara boqueó en busca de aire mientras el espanto puro le recorría el cuerpo.

Habían sido los bárbaros. El hombre al que estaba prometida había dado la orden.

Iba a casarse con un monstruo, con alguien que no merecía llamarse persona.

Si hasta entonces le quedaba la más mínima duda, la más leve esperanza, ahora había quedado aniquilada.

El príncipe de los bárbaros no solo caminaba sobre cadáveres: además se recreaba en el sufrimiento que causaba.

Winja, sentada a su lado con los ojos apretados, respiraba con espasmos. No parecía capaz de más. Seguramente ya se arrepentía de no haber huido con Torben cuando tuvo ocasión. Chiara, en su lugar, se habría arrepentido sin duda.

—Se acabó —dijo Konrad en voz baja—. Se acabó.

En efecto, ahora le llegaba a la cara un aire mucho más fresco que, sin embargo, no conseguía disipar el hedor de la muerte.

Era como si aquel olor atroz se le hubiera grabado a fuego en la nariz y la persiguiera allá donde fuese.

Porque Konrad se equivocaba. No había acabado. No había hecho más que empezar.

El carruaje redujo la velocidad y unas voces airadas llegaron a los oídos de Chiara.

—¡No podemos dejarlos colgados allí sin más! —Tenía que ser Alec.

—No tenemos otra opción —respondió el capitán Geron con voz apagada—. Nos queda una jornada a caballo y no hay tiempo que perder.

—¡Pues que esos cabrones esperen unas horas más! —La furia de Alec no dejaba lugar a dudas—. Además —bajó la voz—, quizá deberíamos olvidarnos del todo. ¡No podemos arrojársela como pasto! Ella no se lo merece. Sabéis lo que le harán… —Se interrumpió—. No se lo merece —repitió, incrédulo.

—Ya basta —lo atajó Geron con aspereza—. No tenemos elección. Además, es mucho más fuerte de lo que parece. Y yo haré cuanto esté en mi mano por protegerla.

Chiara apretó los dientes, temblando, cuando toda la desesperanza de su situación se cerró sobre ella como una ola.

Hasta el último momento había evitado cualquier pensamiento sobre el futuro, consolándose con la engañosa idea de que aún le quedaba tiempo.

De que, de un modo u otro, todo acabaría arreglándose solo.

Ahora, la pompa de jabón en la que se había refugiado las últimas semanas había reventado del todo.

Hicieron un alto en una pequeña arboleda. El agua cristalina brotaba de un manantial y los árboles brillaban dorados bajo el resplandor del sol otoñal. Pero ni siquiera aquel idilio lograba borrar las sombras de los rostros de los guardias.