Capítulo 8 #3
Chiara se acurrucó en el banco, se llevó las rodillas al pecho, apoyó la frente en ellas y ya no pudo contener los sollozos.
Habían pasado demasiadas cosas en las últimas dos semanas.
La misión. El adiós a la vida que conocía.
El asalto. La muerte atroz de Richard. El anhelo irrealizable que sentía en el pecho.
Era demasiado para seguir guardándolo dentro, demasiado para soportarlo.
Aquel torbellino se mezclaba con un viejo dolor que de ordinario nunca se permitía sentir. Como si la coraza protectora en la que se había envuelto todos aquellos años se hubiera resquebrajado de golpe bajo el peso de su tristeza.
Las lágrimas le corrían sin freno por las mejillas; de buena gana habría gritado su tormento a pleno pulmón.
Lloraba por la familia de la que la habían arrancado de niña.
Por los sueños que nunca se cumplirían. Y porque, en el fondo, ni siquiera sabía quién era en realidad.
Estaba perdida, sola, desarraigada, como una diminuta brizna de hierba al viento.
Chiara se mordió el labio para no sollozar demasiado fuerte. No quería que los guardias se dieran cuenta. No quería ni su incomprensión ni su compasión.
—Déjame hacerlo a mí —le llegó de pronto la voz amortiguada de Konrad.
—Yo puedo hacerlo igual de bien. —Era Tomas.
—Apenas te mantienes en pie, derramarás la mitad antes de llegar.
Unos pasos seguros se acercaban al carruaje. Al parecer, Konrad había ganado la discusión.
Chiara se secó los ojos a toda prisa y se irguió en el asiento, esforzándose por dominar el semblante. Menos mal que el farol se había apagado ya y el carruaje estaba a oscuras. Él no podría ver lo que ocurría en su interior.
Konrad dio unos golpecitos suaves en la puerta del carruaje.
—¿Molesto?
—No, no estaba durmiendo. —Su voz no sonó ni la mitad de firme de lo que esperaba.
—Os traigo sopa. —Sin esperar invitación, Konrad abrió la puerta y subió—. Cuidado, está caliente.
Chiara cogió el cuenco a tientas.
—Gracias. No era necesario. —No quería estar sentada con él en aquel carruaje a oscuras. No quería que el sonido de su voz ronca le espoleara la imaginación ni le alborotara el corazón. Dejó el cuenco junto a ella en el banco y esperó a que él se marchara.
—Si os soy sincero, el guiso solo era una excusa. —En vez de marcharse, Konrad cerró la puerta tras de sí.
Chiara se puso tensa.
—¿Qué pensáis hacer? Aunque no le costaba nada tutear a Tomas, no conseguía dirigirse a Konrad de esa manera tan familiar. Era como si con ello estuviera cruzando una línea que no debía.
—Asegurarme de que estáis bien. —Su voz era una pura invitación a acurrucarse contra su pecho y dejarse consolar.
Chiara apretó los puños para no hacer ninguna tontería.
—Perfectamente —masculló.
Él dejó escapar una risa queda.
—Con todo respeto, no lo parece por vuestra voz. —Vaciló un instante—. No sabía que estuvierais tan unida a Richard.
A Chiara le subió una oleada de vergüenza. Por supuesto, él relacionaba su comportamiento con la muerte de Richard, aunque eso no era más que una nota al margen de lo que le estaba pasando por dentro. Al mismo tiempo, sus palabras le brindaban una excusa más que oportuna.
—No lo conocía. —Se secó las mejillas de nuevo—. Ha muerto por mi culpa y no sé casi nada de él.
—Vos no tenéis culpa alguna. —Konrad le acarició el hombro con delicadeza.
—Lo sé. —Chiara respiró hondo—. Aun así, no puedo quitármelo de la cabeza.
—Eso os honra. —Bajó la mano, y el lugar que había dejado de tocar se quedó extrañamente vacío.
—¿Tenía familia? —preguntó Chiara, entrecortada.
—Tiene un hermano, por lo que sé. Es carpintero en Welzedon. Sus padres también viven allí.
Chiara asintió, aunque él no pudiera verlo.
—¿Les transmitiríais… les transmitiríais cuánto lo siento?
—Por supuesto. —Konrad vaciló—. Deberíais comeros el guiso antes de que se enfríe.
Obediente, Chiara alzó el cuenco. No había notado lo helados que tenía los dedos. Se estremeció y se arrebujó en la capa de viaje.
—Seguro que todo esto no es fácil para vos —continuó Konrad tras una breve pausa.
—No —convino ella a media voz—. Quiero decir… —Se recompuso—. Nunca había estado tan lejos del palacio.
—No me refiero al viaje —respondió él con suavidad—. La carga que os han echado encima haría salir corriendo entre alaridos a la mayoría de los hombres.
Chiara se encogió de hombros.
—¿No ha sido siempre tarea de las mujeres velar por la paz? —Desde luego, aquel no era el primer matrimonio concertado de la historia de su mundo.
—Siempre pensé que ese era el deber de los hombres.
Ella negó con la cabeza.
—Los hombres ganan las guerras. Las mujeres intentan evitarlas. —Al menos, eso decía siempre su madre. Cuántas veces había intentado aplacar al padre de Chiara cuando se sulfuraba por un vecino insolente o por alguna injusticia.
—Una manera interesante de verlo —murmuró Konrad—. Que no le quita ni pizca de mérito a vuestro valor. Sois una mujer extraordinaria. —Se le escapó una risa—. Y una princesa mucho mejor de lo que Isida jamás podría ser. —Extendió la mano y le apretó el brazo—. Dormid bien.
—Gracias. Vos también. —Chiara lo siguió con la mirada mientras él bajaba del carruaje y volvía con los demás junto al fuego.
Consolada de una forma extraña por la conversación, se arrebujó en la capa.
Si ella podía evitar que hombres como él tuvieran que ir a la guerra, cualquier sacrificio valdría la pena.