La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—No me refiero a vuestra magia mental —respondió él con suavidad—.

Aunque tampoco la calificaría nunca de inútil.

Hasta ahora solo he tenido el honor de verla en dos ocasiones, pero en ambas ha hecho mucho bien.

Aun así, me refería a vuestra sensibilidad y a vuestra compasión.

—Inspiró hondo—. No conozco a muchas damas de la corte que hubieran cantado hasta quedarse roncas para hacerle más llevadera la muerte a un guardia insignificante.

Chiara entrelazó los dedos.

—Quizá sea porque no soy una dama. Aunque formaba parte del círculo más cercano de la princesa, nunca fui más que una sirvienta.

—Da igual el nombre que os pongan. Hoy os habéis ganado el respeto y la amistad de los guardias reales. —Le tendió la mano.

Chiara tragó saliva, de pronto muy consciente de la penumbra del carruaje en el que se hallaba a solas con él. Vacilante, puso los dedos en los de él y tuvo que esforzarse por contener una sonrisa cuando se los apretó con delicadeza.

—¿Venís? —preguntó Konrad.

El corazón le tamborileaba a Chiara en el pecho. No tenía ni idea de cómo era posible sentirse tan afligida y, al mismo tiempo, tan ilusionada.

—Sí —respondió, y dejó que él tirara de ella para bajar del carruaje.

El funeral fue breve. El cadáver de Richard fue depositado en una fosa cavada a toda prisa bajo los árboles.

Cuatro antorchas en las esquinas iluminaban el lugar.

El capitán Geron pronunció una breve oración.

Acto seguido, los guardias se adelantaron uno tras otro, se llevaron el puño derecho al pecho y se inclinaron ante la tumba abierta para rendir el último homenaje a su compañero.

Algunos de los que lo conocían más de cerca añadieron unas palabras.

Winja se mantuvo todo el tiempo al lado de Torben, como si la suerte de Richard le hubiera hecho ver lo deprisa que podía acabarse todo.

Al final solo quedó Chiara. Avanzó despacio, consciente de las miradas expectantes que todos tenían puestas en ella. Se preguntó qué esperarían.

¿Acaso creían que podía obrar un milagro y resucitar a Richard de su tumba? Sintiéndolo mucho, tenía que decepcionarlos.

Chiara, al igual que los guardias, se llevó el puño al corazón e inclinó la cabeza.

—Gracias por haberlo dado todo para proteger mi vida. Ojalá hubiera podido salvar la tuya también.

A una señal del capitán Geron, dos hombres volvieron a echar la tierra apilada en el hoyo y la apisonaron.

Geron colocó en la cabecera una gran piedra en la que habían rascado un círculo con un cuchillo: el símbolo de la omnipotencia de Dios, que no tenía principio ni fin.

Luego todos regresaron despacio al pequeño claro.

Chiara bostezó. Era noche cerrada. El cielo estaba negro, encapotado; no se veía ni una sola estrella. Tiritaba. Tenía las manos y la nariz heladas, seguramente porque llevaba una eternidad sin nada en el estómago.

Los hombres se reunieron alrededor del fuego y Chiara también se acercó para calentarse las manos. Alec le tendió un trozo de pan seco.

—El guiso aún tarda un poco —explicó con pesar.

—Gracias. —Chiara le sonrió con afecto y notó que también el corazón se le caldeaba. Ya había reparado en un cambio en el trato de los guardias cuando acogió a Tomas y a Richard en su carruaje. Ahora parecían aceptarla del todo como a una de los suyos.

Sin dejar de sonreír, Chiara se sentó sobre un tronco caído junto a Tomas, que se masajeaba la pierna con el rostro contraído de dolor. Por supuesto, no había renunciado a despedir de pie a su compañero.

—¿Es grave? —preguntó Chiara, preocupada. Bajo ningún concepto quería que se repitiera lo de Richard.

—No es para tanto. —Hizo un gesto con la mano para quitarle importancia—. Solo me tira un poco. Seguramente seguirá así una temporada.

—Lo que tú no quieres es volver a subirte al caballo —bromeó Alec, que se sentó a su otro lado—. Yo tampoco querría, si en vez de eso tuviera una compañía tan encantadora. —Inclinó la cabeza con galantería hacia Chiara.

Ella le dio un mordisco al pan, porque no sabía cómo tomarse el cumplido. No era Winja, y no estaba acostumbrada a ese tono desenfadado.

Alec soltó una risa bonachona.

Por un momento creyó que se burlaba de ella, pero entonces vio que Tomas, con las mejillas encendidas, le hincaba el codo en el costado. Chiara sacudió la cabeza y, sin querer, buscó a Konrad con la mirada.

Winja estaba sentada al otro lado del fuego, arrimada a Torben, y de nuevo Chiara sintió una punzada de dolor. Le habría encantado saber qué se sentía cuando el cariño era verdadero y correspondido.

Pensó en Idrian, el único hombre que le había prestado atención en toda su vida, el único al que había besado en sus dieciocho años.

Por desgracia, su interés no iba dirigido de verdad a ella, no de una manera que contara.

De pronto se preguntó si lo que ella había sentido por él era tan distinto.

Le agradaba; su atención la halagaba. Pero en el fondo había estado más enamorada de la sensación de por fin tener a alguien que del hombre en sí.

Y ahora se le acababa el tiempo. En tres semanas la entregarían a un príncipe extraño del que ni siquiera sabía qué edad tenía ni qué aspecto.

Tendría que casarse con él, su cuerpo le pertenecería.

Y por mucho que se aferrara a la perspectiva de un feliz regreso a casa, no estaba segura de poder recuperarse jamás de aquello.

Chiara cerró los ojos. Quizá habría sido mejor que el bandido le hubiera rebanado el cuello sin más.

Al instante se avergonzó de ese pensamiento.

Tenía la oportunidad de hacer algo de verdad trascendente, de darle a su vida un sentido que excedía cuanto jamás hubiera podido imaginar.

Era comprensible tener miedo, al fin y al cabo no sabía lo que le esperaba.

Pero creía con toda su alma que todo servía a un fin más alto, que nada ocurría sin motivo.

Se limitaría a dar el siguiente paso, sin dejarse amedrentar por los peligros que pudieran surgir después.

Lo cual no significaba que no pudiera disfrutar del camino, en la medida de lo posible.

Su mirada volvió a posarse en Konrad y deseó saber cómo entablar conversación sin resultar torpe ni inoportuna o, peor aún, sin ponerse en ridículo. A Winja, en cambio, todo le salía solo. Justo entonces volvió la cabeza y le musitó algo al oído a Torben, que acto seguido se levantó con ella.

—No os paséis de la raya. —Darryl meneó las cejas, insinuante, pero un seco carraspeo del capitán y una mirada de advertencia en dirección a Chiara lo hicieron callar.

—Perdón —masculló Darryl, cortado, y los demás escondieron la sonrisa tras la mano.

Chiara bajó la mirada. No porque no intuyera lo que Winja se traía entre manos: lo sabía tan bien como cualquiera de los guardias.

Quizá no exactamente igual, pero sí en esencia.

Pero que los hombres trataran de proteger su pudor le demostraba que la tenían por ingenua e intocable, lo cual, por desgracia, era verdad.

La amargura se abrió paso en su interior. No estaba haciendo más que engañarse. Era su pupila, su protegida. Una mercancía que debían entregar intacta en su destino. Ninguno de ellos se atrevería a acercarse demasiado a ella. Ninguno abriría su corazón a una mujer que estaba prometida a otro.

De pronto, a pesar de la camaradería que la envolvía, la asaltó una soledad espantosa.

Quería mucho más que eso. Quería apoyar la cabeza en el hombro de Konrad y que sus fuertes brazos la sostuvieran.

Quería sentir su aliento en la mejilla y su pulso bajo la mano.

Quería que él le mostrara las maravillas que la vida tenía reservadas y lo que significaba el amor de verdad.

Por desgracia, eso nunca sucedería.

Aunque él se prestara, ella jamás le haría algo así. Porque en tres semanas la entregarían a su esposo. Y aunque aquella unión no valdría a ojos de Dios, Chiara tendría que fingir durante una buena temporada que sí.

Se puso en pie de golpe.

—Estoy cansada —anunció con voz ahogada, y se abrazó el cuerpo, aterida.

—El guiso… —intervino Alec, sorprendido—. Ya debería estar listo.

—No tengo hambre. —Era una mentira descomunal, pero le dio igual. De pronto sentía que le faltaba el aire, y no quería echarse a llorar delante de todos aquellos hombres.

Se dio la vuelta y fue a trompicones hacia el carruaje, frío, oscuro y vacío al borde del círculo de luz de la hoguera: jaula y refugio a un tiempo.