La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Los gemidos de dolor de Richard se hacían cada vez más fuertes mientras el carruaje traqueteaba por el oscuro camino.

Se revolvía en el banco con tanta violencia que a Tomas le costaba sujetarlo.

No dejaba de suplicarle a su madre que le diera de una vez algo de beber.

Pero toda el agua que Chiara y Winja le iban dando a sorbos parecía incapaz de aliviar el ardor de su cuerpo.

Geron había enviado hacía rato a Alec y Darryl a buscar un lugar adecuado para descansar, ya que no quería acampar en mitad del camino.

Chiara esperaba que volvieran pronto con buenas noticias.

Richard necesitaba descansar cuanto antes.

Se aferraba a la esperanza de que se sintiera mejor en cuanto cesara el balanceo del carruaje, aunque en el fondo presentía que eso no cambiaría nada.

Richard necesitaba mucho más que unas pocas horas de sueño.

La impotencia y la compasión por el pobre hombre le anegaban los ojos de lágrimas. Al mismo tiempo, deseaba que parara de una vez. Le dolían tanto la cabeza como el corazón.

Por fin oyó la voz de Alec fuera.

—Hemos encontrado un lugar aceptable: un claro entre los árboles. Por lo visto, los viajeros suelen hacer alto allí. Con el carruaje quedará un poco justo, pero es mejor que nada.

—¿A qué distancia está? —preguntó Geron, tenso.

—A unos diez minutos de aquí.

—Preparad el campamento. Nosotros os seguiremos con el carruaje.

Chiara oyó cómo Alec espoleaba a su caballo para cumplir la orden.

Le puso la mano en la frente a Richard para sosegarlo.

—Enseguida estarás mejor —le prometió.

A la luz turbia de un farol de aceite que se bamboleaba en el techo, Chiara vio la mirada escéptica de Tomas. Por suerte, él se abstuvo de hacer ningún comentario.

Dos hogueras llameaban con viveza cuando llegaron al claro.

El capitán Geron en persona abrió la puerta y sacó a Richard con cuidado.

El hombre gimoteaba y se quejaba; no parecía enterarse de nada a su alrededor.

Geron lo tendió junto al fuego. Chiara, Winja y todos los demás lo siguieron preocupados.

Una vaharada de podredumbre asaltó a Chiara cuando Geron retiró los vendajes empapados. Asombrada, vio que de la herida no supuraba sangre, sino un líquido amarillento, de una viscosidad repugnante. La herida estaba llena de pus.

—Dios santo —murmuró Winja a su lado, estremecida, y se tapó la boca con la mano.

Geron presionó con cuidado los bordes ennegrecidos de la herida y Richard soltó un alarido que le provocó a Chiara un escalofrío. Quería huir, esconderse, hacer cualquier cosa con tal de no tener que presenciar aquello.

A pesar del resplandor rojizo del fuego, el rostro de Geron estaba pálido como la cera cuando alzó la vista hacia los presentes. Todos sabían lo que significaba una herida así.

—Podemos cauterizar la herida —soltó Darryl, resuelto.

Geron negó despacio con la cabeza.

—Ya es demasiado tarde. La fiebre se le ha metido en la sangre. —Señaló una veta roja que avanzaba desde la herida hacia el corazón—. Además, solo la impresión podría matarlo, debilitado como está. —El capitán se pasó la mano por la cara, abatido.

—¿Eso significa que no podemos hacer nada? —preguntó Chiara temblando. No podían quedarse allí de brazos cruzados viendo morir a Richard.

—Me temo que no. —Geron atrapó la mano errante de Richard, que llamaba a su madre—. Está aquí, muchacho —dijo con inesperada dulzura—. Está aquí, contigo.

—¿Podría haberle ayudado el médico de la guarnición? —Estremecida, Chiara se rodeó el cuerpo con los brazos.

—Difícil saberlo. —Geron le apartó el pelo húmedo de la frente a Richard—. Sus posibilidades no serían muy buenas ni siquiera en un hospital militar.

Mejores, en cualquier caso, que sobre el suelo desnudo del bosque. Al menos allí le habrían podido quitar el dolor. Chiara sabía que los médicos disponían de remedios y tinturas para eso.

—¡Por favor! —Richard alzó de pronto la cabeza y se debatió por incorporarse—. ¡Mamá, por favor, ayúdame! —Su mirada erraba sin rumbo.

Chiara parpadeó para contener las lágrimas.

—Estoy aquí —susurró con voz ahogada y se arrodilló junto a Geron—.

Estoy aquí —repitió y dejó fluir su don—.

Tal y como me recuerdas. —No tenía ni idea de cómo era su madre, pero supuso que no importaba demasiado.

La figura titilante y traslúcida de una mujer mayor apareció junto a Richard.

—Te ha echado de menos —continuó Chiara en voz baja—.

Se alegra tanto de volver a verte por fin…

Te curará, como siempre ha hecho. Solo su contacto ya basta para que te sientas mejor.

—Dejó que sus propios recuerdos de su madre fluyeran en esas palabras: la sensación de cobijo que la envolvía cuando la estrechaba entre sus brazos.

El rostro de Richard se relajó un poco cuando la ilusión le acarició la frente.

—Estoy aquí, hijo mío —susurró Chiara, poniendo sus palabras en boca de la aparición—. Todo irá bien, estoy contigo.

—Mamá —graznó él, buscando a ciegas una mano que no podía tocar.

Geron volvió a atrapar sus dedos y los apretó con fuerza.

—Mamá —repitió Richard entre sollozos. La buscó con los ojos; aquella mirada errante se aquietó y la figura empezó a transformarse.

El cabello de la mujer se volvió más claro, el rostro menos surcado por las arrugas.

Asombrada, Chiara dejó hacer a su magia.

Como si esta percibiera el anhelo de Richard, como si de algún modo se uniera a él y se dejara guiar.

—Me duele tanto… —se lamentó Richard en un susurro.

—Lo sé, hijo mío, lo sé. —La pena le agarrotó la garganta a Chiara. Deseaba poder darle algo más que aquella ilusión inútil. Aquello no cambiaba nada. Aun así, se aferró a ella con todas sus fuerzas. —¿Cómo era aquella canción que siempre te cantaba? —preguntó llevada por un impulso.

—El… El valiente cazador.

—Ah, sí. —Con voz queda, empezó a cantar. Aunque solo se sabía la primera estrofa, eso parecía bastarle a él. Richard cerró los ojos.

—Aun así duele —se quejó.

—Lo sé. Parará en cuanto te duermas. Duerme y ponte bueno, hijo mío.

Una y otra vez, Chiara cantó esa única estrofa, mientras mantenía la imagen de la madre de Richard arrodillada a su lado.

Estaba tan entregada a su deseo de procurarle siquiera un alivio pasajero que no se enteraba de nada a su alrededor.

La respiración de Richard se fue acompasando; en efecto, parecía que se quedaba dormido.

De pronto, Geron posó la mano con delicadeza en la frente de Richard. Y un instante después le hundió una daga en el corazón con todas sus fuerzas.

Chiara soltó un grito, se levantó de un salto y retrocedió a trompicones. Unos brazos fuertes la envolvieron y le apretaron la cara contra un pecho. Fuera de sí, Chiara forcejeó.

¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué nadie lo había detenido?

El dolor y la incredulidad la desbordaban. Sollozaba y aporreaba aquel cuerpo duro como la piedra.

—Lo habéis matado. ¡Lo habéis matado sin más!

—Así era mejor —le llegó al oído la voz de Konrad; por lo visto, era él quien la sujetaba—. Le hemos ahorrado mucho dolor.

Chiara echó la cabeza atrás de golpe.

—¡Lo habéis matado ! —le gritó.

El dolor se leía en su rostro curtido por el sol.

—Lo sé. —Hizo girar a Chiara con firmeza. Sus manos se cerraron en torno a los brazos de ella, como si temiera que fuera a escapar corriendo—. Mirad. —Tenía los labios muy cerca de su oído—. Ha muerto con una sonrisa en los labios. Eso es más de lo que creíamos posible.

—Pero… —Chiara se interrumpió: no sabía qué decir. Todo en su interior se rebelaba, pero no podía negar que había sido un acto de misericordia, y que a los hombres que rodeaban a Richard con gesto de solemne duelo no debía de haberles resultado nada fácil.

Chiara se vino abajo. Desde el principio había sabido que sus ilusiones no podían cambiar la realidad. No eran más que trucos de magia vacíos.

—Le habéis dado a Richard una muerte digna y en paz —prosiguió Konrad con voz ronca.

—Estamos en deuda con vos. —Geron dio un paso cauto hacia ella.

—No. —Chiara se zafó sacudiendo la cabeza y, ciega de lágrimas, fue dando tumbos hasta el carruaje.

—Déjala —dijo Geron cuando Konrad volvió a intentar agarrarla. Y él obedeció.

Chiara se enredó en su maldito vestido al subir al carruaje.

Oyó cómo se rasgaba la tela, pero no le importó.

Se dejó caer en el asiento, cerró de un portazo y se corrió hasta el extremo opuesto.

Allí apoyó la cabeza en la pared, se tapó la cara con las manos y se abandonó al dolor que rugía en su interior.

El dolor de que aquel hombre, al que ni siquiera conocía de verdad, hubiera muerto de forma tan absurda.

De que los guardias se hubieran visto obligados a matar a un amigo.

De no haber podido hacer nada por salvarlo.

De que hubiera personas capaces de infligir tanto sufrimiento a otros.

Y de que Richard no fuera un caso aislado.

Ahora, en ese mismo instante, moría gente en la región fronteriza.

Haría todo lo que estuviera en su mano para salvar a cuantos pudiera.

Al cabo de un rato oyó abrirse con sigilo la puerta del carruaje. Se volvió esperando encontrar a Winja. Pero era Konrad, que aguardaba indeciso ante la puerta abierta.

—Hemos cavado una tumba —dijo en voz baja—, y nos sentiríamos honrados si asistierais al entierro.

Chiara se secó las lágrimas del rostro. No estaba segura de quererlo de verdad. No estaba segura de poder perdonar a los guardias que hubieran matado a Richard sin intentar antes todo lo demás.

—Apenas lo conocía… —se defendió sin convicción.

—Creo que lo conocíais mejor que algunos de nosotros. Le disteis exactamente lo que más deseaba. Tenéis un don extraordinario.

Chiara resopló con amargura.

—Por desgracia, es del todo inútil.

Konrad se sentó a su lado en el banco, procurando mantener una distancia prudencial. Después de haberla tenido varias veces entre sus brazos, aquella contención le pareció extrañamente fuera de lugar.