La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

Conocían el peligro , zanjó el rey con frialdad.

Su tono cambió ligeramente, como si hubiera notado su consternación.

Hoy mismo me ha llegado otro mensajero con noticias de nuevos estragos.

Al príncipe de Laran no debe pasársele por la cabeza ni la sombra de una sospecha de que no seas la verdadera princesa.

Debemos apaciguarlo y ganar tiempo para encontrar una solución.

Sí, Majestad. Chiara bajó la cabeza. Sabía lo que estaba en juego.

Aun así, no lograba apartar de su mente la preocupación por Richard.

Incluso entonces, con el rey acaparándole la atención, oía a Richard gemir y farfullar de fondo.

Uno de los hombres necesita un médico con urgencia.

Esperaba que al menos la herida de Tomas se curara por sí sola.

Quizá podamos hacer una breve parada en Terdal para dejarlo allí.

Los hombres ni siquiera tendrían que desmontar.

No . La voz del rey sonó grave. En pleno delirio la gente dice cosas que jamás diría despierta. El riesgo es demasiado grande.

Chiara se quedó helada. Podría morir.

Ninguno de nosotros vive más allá de su hora. Y nadie muere antes de que Dios lo llame. ¿Acaso vas a poner en duda la sabiduría y la gracia del Creador?

Por supuesto que no , se apresuró a murmurar Chiara. Los caminos de Dios eran inescrutables.

Bien. Volveréis de inmediato a vuestra ruta original. Y dile a Geron que se deje de iniciativas propias.

¿Y los refuerzos? Quizá los guardias no resistan otro ataque.

Los hombres que van contigo están escogidos uno a uno. Cualquiera de ellos moriría antes que permitir que sufrieras daño alguno. No puede decirse lo mismo de los soldados que Geron encuentre en Terdal. Los guardias tendrán que arreglárselas solos.

Entendido , musitó Chiara, desalentada. Era como si el rey los dejara en la estacada, a ella y a Richard.

Lexor se quedó en silencio, como si buscara las palabras adecuadas.

Sé que esto te parece duro, quizá incluso innecesario , prosiguió al fin, con un tono mucho más suave.

A mí tampoco me resulta fácil. Pero debemos pensar en el bien mayor.

¿De verdad estarías dispuesta a sacrificar miles de vidas por salvar una sola?

No . Chiara negó con la cabeza.

Bien. Enviaré tropas para asegurar el camino que tenéis por delante. Hablaremos mañana.

Chiara alzó despacio los párpados. Winja la miró, inquisitiva. Chiara tragó saliva.

Claro que el rey tenía razón. Pero no era él quien iba sentado en aquel carruaje mientras Richard se moría poco a poco delante de sus ojos.

Sin responder a Winja, Chiara sacó el brazo por la ventanilla y golpeó varias veces la madera con la palma.

Al momento, el capitán Geron se puso a su altura.

—¿Y bien?

Chiara no se atrevió a mirarlo a los ojos.

—Debemos volver a nuestra ruta original.

—Su voz temblaba—. No podemos cabalgar hacia Terdal ni dejar a Richard al cuidado de nadie.

—Como un fogonazo, le vinieron a la mente los dos hombres que habían quedado en la aldea.

El rey tampoco habría estado de acuerdo con eso.

Puede que ya hubieran condenado al fracaso la misión entera.

Chiara luchó contra el pánico que de pronto la invadía.

La aldea quedaba apartada y su gente tenía preocupaciones bien distintas.

Las incursiones de los bárbaros no eran para ellos más que historias de otra parte del mundo.

Aunque los heridos contaran algo, a nadie le importaría.

Otra cosa sería que semejante rumor echara a rodar por una ciudad como Terdal.

Quizá pudieran dejar a Richard en alguna aldea pequeña. Claro que no quería poner en peligro a un sinfín de personas solo por salvarlo, pero, si ambas cosas eran posibles, valdría la pena intentarlo…

Una parte de ella lamentaba no haberle planteado el tema a Lexor. Otra temía que la respuesta hubiera sido negativa en cualquier caso. Chiara no lo envidiaba por tener que relegar sus sentimientos personales para velar por el bien mayor de su pueblo.

—¿Ha…? —Geron carraspeó—. ¿Ha dicho algo más el rey?

—Sí. —Chiara intentó esbozar una sonrisa reconfortante—. La vida de Richard está en manos de Dios, como la de todos nosotros. Dios no lo llamará a su lado antes de tiempo.

—Desde luego —masculló Geron a regañadientes—. ¿Qué hay de los refuerzos que solicité?

—Sois los únicos que contáis con la plena confianza del rey. Le preocupa que otros resulten menos discretos o fiables. Enviará tropas para garantizar que no haya más ataques contra nosotros.

Geron se frotó la barbilla, pensativo.

—¿Piensa actuar contra la población?

—¡Por supuesto que no! —protestó Chiara, espantada—. Asegurarán los caminos contra las bandas de salteadores.

Por el rostro de Geron cruzó una expresión que Chiara no supo interpretar.

—Claro. —Respiró hondo—. Supongo que sois consciente de lo que eso significa, ¿verdad?

Chiara lo interrogó con la mirada.

—Estamos a apenas una hora de Terdal. Si damos media vuelta ahora, tendremos que pasar la noche al aire libre.

Chiara asintió con entereza.

—Si el rey lo considera lo mejor… —Hizo una breve pausa—. ¿Es eso tan grave?

—Eso no, pero para vos será incómodo. En el carruaje no se puede encender fuego, y las noches ya son bien frías.

—No os preocupéis por eso. —Chiara le restó importancia con un gesto. No sería para tanto.