Capítulo 7 #3
Chiara sonrió para ahuyentar la congoja que crecía en su interior. No se le escapó que la conversación de los hombres se había apagado desde que ella se había acercado. Aunque desde el carruaje había podido oír cada una de sus palabras.
—¿Cómo está Richard? —rompió el silencio el capitán Geron.
—Ha dejado de sangrar —explicó Tomas, que durante el trayecto había estado pendiente de su compañero—. Pero tiene algo de fiebre. —Tomas se encogió de hombros, apesadumbrado—. Es difícil saber cómo acabará.
—En Terdal hay un médico de guarnición —aseguró Geron con confianza—. Él sabrá ponerlo de nuevo en pie.
—¿Qué les vamos a decir allí? —Konrad le lanzó a Chiara una mirada de soslayo, cargada de intención.
—Lo mismo que le contamos a todo el mundo —respondió Geron, tajante—.
Que escoltamos a la princesa Isida a su boda con el príncipe de Laran.
—Paseó una mirada severa por todos los presentes—.
Nadie debe sospechar lo más mínimo; ya sabéis lo rápido que se propagan los rumores.
Si una sola palabra de esto llega a oídos de los bárbaros, estamos perdidos. Nos despacharán sin contemplaciones.
—Y eso sería aún lo mejor que podría pasarnos —rezongó a media voz Konrad, sentado en el suelo junto a Chiara. Si los demás lo oyeron, no se dieron por enterados.
Aunque no estaba en su mano, Chiara se sentía culpable de que todos corrieran peligro solo por ella. Bebió un sorbo de té.
—¿Y cómo funciona eso de las ilusiones? —cambió de pronto de tema Tomas, como si notara lo que estaba pasando por dentro de Chiara.
Sobresaltada, levantó la vista hacia el capitán Geron, que le sostuvo la mirada con serena curiosidad. Por lo visto, quedaba a su criterio responder o no.
Tierra de nadie , se recordó con determinación. Allí nadie le dictaba nada.
—No sé muy bien cómo funciona —empezó, vacilante—. Pero con mi voz puedo hacer que otros vean las mismas imágenes que surgen en mi mente mientras describo algo.
Konrad ahogó una exclamación, atónito.
—¿Los seres de fuego no aparecieron hasta que los señalasteis?
—En realidad, no aparecieron hasta que afirmé que estaban ahí —corrigió Chiara en voz baja—. Y cuando dije que se fundían en un muro de fuego, todos los que oyeron mis palabras vieron exactamente eso.
—¿Eso significa que es imprescindible oír las palabras? —Geron se inclinó hacia delante con interés.
—Sí —admitió Chiara, cohibida—. Por eso la ilusión no suele parecer muy real. —Bajó la cabeza—. Sobre todo le contaba historias a la princesa o le diseñaba vestidos nuevos. Nunca podría hacer creer a nadie que algo que describo es real.
—Pues a mí las llamas me parecieron de lo más reales. —Alec se echó hacia atrás, meneando la cabeza, y descansó el peso en los brazos—. Hasta sentí el calor en la piel.
Chiara sonrió para sí.
—Eso pasa. A veces la gente siente cosas solo porque cree que están ahí, o porque quiere sentirlas.
—¿Queréis decir que solo me lo imaginé?
—Como no había fuego en leguas a la redonda, lo más probable es que la respuesta sea sí.
A sus palabras siguió una carcajada bonachona.
—Es que tienes una imaginación desbordante. —Darryl le palmeó el hombro con una gran sonrisa.
—Lo dice el que gritaba a voz en cuello pidiendo agua —le devolvió Alec con sorna.
Un calor le nació en el pecho mientras escuchaba aquellas pullas amistosas. Quizá no fuera tan difícil sentir que pertenecía a un lugar. Puede que en todos aquellos años solo le hubiera faltado atreverse.
Fuera como fuese, descubrió que su tierra de nadie le gustaba.
Sobre todo cuando Konrad la ayudó a subir al carruaje y, al despedirse, le apretó la mano con dulzura.
¿Eso significa que una docena de guardias reales no fueron capaces de repeler a unos cuantos campesinos harapientos?, tronó la voz del rey en la cabeza de Chiara cuando esa noche le rindió su informe.
Aún no habían llegado a Terdal y Chiara le había pedido a Tomas que saliera un rato del carruaje.
Él no tenía por qué saber que ella hablaba con el rey Lexor ni de qué manera lo hacía.
Richard ya deliraba, y Winja ocupó el lugar de Tomas para sujetar al herido.
A Chiara le dolía echar del carruaje a Tomas con su pierna herida, pero no tenía elección.
El rey la convocaba noche tras noche, a la hora exacta.
Sí repelieron a los atacantes, Majestad , puntualizó Chiara con cautela.
Por desgracia, dos hombres cayeron y otros tres sufrieron heridas muy graves.
Con ello, el grupo original había quedado reducido casi a la mitad sin haber recorrido siquiera un tercio del trayecto, y el encuentro con los bárbaros aún estaba por llegar.
Por eso el capitán Geron ha decidido dirigirse a Terdal para entregar los heridos al médico de la guarnición y, quizá, llevarse a algunos hombres de refuerzo.
A su juicio, dadas las circunstancias, era con mucho la mejor solución.
Por desgracia, el rey Lexor no estaba de acuerdo. Ni hablar . Geron conoce sus órdenes y Terdal no forma parte de vuestra ruta. No pienso correr el riesgo de que a alguien se le escape algo entre copas.
Pero los heridos… , objetó Chiara, alarmada. No esperaba esa respuesta, y menos su vehemencia.