Capítulo 7 #2
A Chiara algo le aleteó en el estómago.
—¿En qué sentido?
Él la sopesó con la mirada.
—Conozco a la princesa Isida. Durante un tiempo formé parte de la guardia de su puerta.
—¿De verdad? —Chiara rebuscó en su memoria. Si eso era cierto, debía de haberse cruzado con él más a menudo. Pero lo único que le venía a la mente eran figuras sin rostro que formaban parte del mobiliario del palacio tanto como ella misma.
—¿Lo veis? —Resopló—. Siempre pasabais de largo, flotando con la misma altivez que la princesa. Como si no existiéramos. Como si ninguno de nosotros fuera más que una estatua adosada a la pared. Indignos siquiera de una mirada.
Chiara bajó la cabeza.
—No era eso lo que quería decir. Yo… —Se interrumpió mientras buscaba las palabras adecuadas.
¿Cómo podía explicarle a alguien lo que había significado para ella la vida en el palacio?
—Yo era el juguete de la princesa —confesó en un hilo de voz—.
Hacía lo que ella exigía. Hablaba cuando me lo permitía.
Y, por lo demás, me esforzaba por permanecer en segundo plano.
—Pero Isida no siempre estaba presente —replicó él, retador—. Muchas veces andabais sola por el palacio.
Chiara entrelazó los dedos.
—A veces uno se acostumbra tanto a un papel que no sabe quién sería sin él. —Alzó la barbilla—. Además, no recuerdo que vos me hayáis dirigido la palabra alguna vez.
Al sonreír, un abanico de arruguillas le apareció en torno a los ojos.
—Me alegro de que ahora podamos subsanar esa omisión.
—Aquí está la pomada. —Geron se acercó a ella con paso enérgico y expresión preocupada.
Konrad se separó de su lado y corrió hacia su caballo.
—Tenemos que darnos prisa —explicó el capitán con pesar—.
La gente no quiere contarme gran cosa de la banda que campa por aquí a sus anchas.
Puede que algunos de sus propios mozos anden metidos en ella.
En cualquier caso, esta zona no es nada segura en estos momentos.
El oro que les entregué a petición vuestra les ha soltado la lengua lo bastante para prevenirme sobre la siguiente posada.
Al parecer, los bandidos la asaltan a menudo.
Así que cabalgaremos sin detenernos hasta Terdal, alertaremos a la guarnición y dejaremos allí a nuestros heridos.
—¿Podremos conseguir refuerzos allí? —preguntó Winja, preocupada.
Chiara entendía muy bien aquel temor. Un tercio de sus guardias había quedado incapacitado para el combate tras el ataque. Otro asalto quizá ya no pudieran rechazarlo.
El rostro de Geron traslucía su pugna interior cuando se volvió hacia Chiara.
—Hay buenas razones a favor y otras en contra. —Vaciló, incómodo—. Quizá podríais exponerle la situación al rey y pedirle nuevas órdenes. —Chiara vio lo mucho que le costaba aquella petición.
—Eso haré —prometió Chiara, y le dio un breve apretón en el brazo—. Y no os preocupéis, cumpliré la promesa que os hice ayer.
—Gracias. —Respiró hondo—. Va a ser un día largo, deberíamos ponernos en marcha. —Abrió la puerta del carruaje.
Dos guardias estaban sentados, desmadejados, en uno de los bancos.
En cuanto vieron a Chiara, intentaron cuadrarse pese a sus heridas.
A uno, cuyo nombre Chiara aún no sabía, lo habían alcanzado por debajo de las costillas, como revelaba el vendaje empapado de sangre que llevaba alrededor de la cintura.
El golpe debió de ser tan fuerte que atravesó la armadura de cuero endurecido que vestían todos los guardias.
El hombre estaba pálido y gotas de sudor le perlaban la frente.
Al otro, Tomas, parecía irle algo mejor. Tenía la pernera izquierda del pantalón hecha jirones y había sufrido una herida en el muslo.
—¿Dónde está el tercero? —preguntó Chiara, cortante. Geron había hablado de cuatro heridos, de los que solo uno debía quedarse.
—A Erik le ha subido la fiebre esta noche —explicó Tomas, sombrío—. No sobreviviría al día si lo lleváramos con nosotros.
—Lo siento —murmuró Chiara, apenada, y subió al carruaje.
—No tenéis por qué —objetó él muy serio—. No es culpa vuestra. Al contrario. —Intentó esbozar una tímida sonrisa—. No sé muy bien qué hicisteis ni cómo, pero nos salvasteis la vida.
—Igual que vos la mía. —Chiara se alisó la falda, sin saber adónde mirar. No quería quedarse mirando ni a los hombres ni sus heridas, pero los tenía sentados justo enfrente.
Winja se escurrió al asiento de al lado, la puerta se cerró de golpe y el carruaje arrancó con una sacudida.
—Vos también habéis resultado herida —señaló Tomas, mientras su compañero se vencía contra él con todo su peso. Al parecer, le costaba mantenerse consciente. Tomas cambió de postura y le arrancó un gemido al herido. Chiara deseaba poder hacer algo por él.
—No vale la pena ni mencionarlo —dijo ella. No era nada comparado con lo que estaban pasando aquellos hombres.
Tomas sonrió con picardía.
—Sois de un valor asombroso para ser… una chica.
Chiara lo miró sorprendida. Solo entonces reparó en lo joven que era: no mayor que ella.
—¿Cuánto tiempo llevas con los guardias? —Las palabras le salieron solas de la boca; no le dio tiempo a frenarlas. Chiara, pillada en falta, apretó los labios, pero él no pareció darle mayor importancia.
—Tenía doce años cuando aprobé las pruebas de selección y me admitieron a instrucción. Hace dos años entré en las filas de los guardias y me he dedicado sobre todo a labores de escolta. Hace solo unos meses me ascendieron al servicio del palacio. —Resopló divertido—. Y aquí estoy de nuevo.
—Lo siento —repitió Chiara.
—No pasa nada. —Le quitó importancia con un gesto afable—. De todos modos, prefiero mil veces ir de camino que pasarme horas de plantón.
—En el palacio no te habrían herido.
—Allí acechan peligros de otro tipo. Prefiero enfrentarme a un enemigo con una espada en la mano que verme envuelto en intrigas políticas. Ahí uno se lleva una puñalada por la espalda antes de lo que cree. —Enmudeció, y el susto le asomó a la cara, como si acabara de recordar con quién hablaba.
—Háblame de tus viajes —le pidió Chiara. La vida en el palacio y la política no le interesaban. Siempre que había podido, se había mantenido al margen de cuchicheos y escándalos.
—Con mucho gusto. —Aliviado, aceptó el cambio de tema—. ¿Qué queréis saber?
—Todo —respondió Chiara con sinceridad. La visita a la aldea le había puesto ante los ojos lo poco que sabía de la vida fuera del palacio.
Tomas reflexionó un momento y comenzó a contar.
Las horas pasaron volando mientras ella escuchaba su voz. Conseguía que sus vivencias sonaran emocionantes y divertidas a la vez, sin el espanto que algunas debieron de tener en la realidad.
Chiara notó que su magia empezaba a agitarse para dar forma visible a las palabras de Tomas y, con una sacudida de cabeza, apretó los dientes.
Hacía mucho que no sentía aquel deseo sincero, nacido de la pura alegría, de usar su don.
Entonces aún vivía en casa y repetía sin darle importancia, en susurros, las historias que le contaba su madre, y admiraba las imágenes que brotaban.
Quizá fuera porque Isida la había llevado tantas veces al límite de sus fuerzas con sus exigencias. O porque Chiara, en su fuero interno, le guardaba rencor a su don —con lo hermoso que era—, pues se interponía entre ella y todo cuanto siempre había deseado.
Ahora, sin embargo, por fin alcanzaba a ver el gran plan divino que había detrás. Había recibido su don para aquella misión, para proteger a la gente de Arnawal. Y después podría al fin vivir en paz.
Siempre, claro, que sobreviviera al año que tenía por delante.
Pero Chiara no quería pensar en eso ahora. Tampoco en lo que le depararían esos doce meses. Dios y el rey Lexor velarían por ella.
Chiara bajó los párpados y dejó que las imágenes que no podía liberar tomaran forma, al menos en su imaginación. El cuero cabelludo empezó a hormiguearle a medida que la magia crecía en su interior, y casi fue un alivio oír las voces de los guardias anunciando un alto.
Por fin era la hora de la oración del mediodía.
Normalmente, Chiara y Winja comían después en el carruaje, mientras los hombres se reunían alrededor de una hoguera y daban un respiro tanto a sus cuerpos como a los caballos.
Esta vez, sin embargo, Tomas les preguntó si no querían unirse a ellos mientras le tendía a Chiara un tazón de té humeante. Desde el fuego, también Konrad alzó la vista, expectante.
El corazón le dio un brinco de alegría. Ahí la tenía: la oportunidad de demostrarles a aquellos hombres que no era ni altiva ni caprichosa. La oportunidad de ser una joven normal y corriente.
Aun así, vaciló. Es que no sabía cómo comportarse con ellos. Hablar con Tomas en el carruaje era otra cosa. De todos modos, la mayor parte del tiempo había hablado él. Además, en el carruaje jugaba en su propio terreno; el intruso allí era él.
—¡Con mucho gusto! —respondió Winja por ella, y se levantó con presteza.
Isida jamás se habría sentado con aquellos hombres sencillos. Pero ella no era la verdadera princesa. Se encontraba en tierra de nadie, donde, por primera vez en su vida, podía decidir por sí misma.
Chiara se levantó despacio y siguió a su doncella.
Los hombres le dedicaron sonrisas afables. Konrad se levantó del tocón y extendió una manta sobre él para hacerle sitio, mientras Winja se sentaba con toda naturalidad en el regazo de Torben.
Una chispa de envidia prendió en Chiara, que se apresuró a sofocarla. Que Winja disfrutara de ese poquito de felicidad mientras durase.
Como no sabía qué hacer, Chiara rodeó el tazón caliente con las manos frías y dejó vagar la mirada.
Las hojas de los árboles, que ya mostraban los primeros tonos amarillos, brillaban húmedas por la lluvia que acababa de caer.
Olía a setas y a tierra mohosa. Una ardilla hizo susurrar las ramas sobre su cabeza y el fuego chisporroteaba y crepitaba.