La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Chiara y Winja se acomodaron lo mejor que pudieron sobre el apelmazado jergón de paja que hacía de colchón.

El vendaje que la comadrona le había colocado a Chiara alrededor del cuello le apretaba la garganta de un modo molesto, pero la mujer había insistido en que la pomada curativa debía actuar al menos unas horas para evitar una infección.

Solo cuando Winja la ayudó a quitarse el vestido comprendió Chiara por qué Geron se había horrorizado tanto al verla. El encaje de la pechera estaba ensangrentado y seguramente ya no tendría salvación.

Pensativa, Chiara se pasó los dedos por el vendaje. Una cosa era que unos bárbaros la trataran con rudeza o incluso la atacaran; que la hirieran sus propios compatriotas era otra muy distinta. No entendía a esa gente.

Ella había emprendido aquel viaje para salvarles la vida.

El ejército real defendía su bienestar. ¿Cómo podían ser tan ingratos, tan despiadados, como para atacar un carruaje con las insignias de la corona?

No quería ni imaginar qué habría pasado si de verdad hubiera sido Isida quien ocupara su lugar en el carruaje.

El intento de una solución pacífica habría fracasado antes siquiera de comenzar.

Chiara, alterada, se volvió hacia la ventana.

—Deberías dormir —gruñó Winja a su lado—. Al amanecer tenemos que seguir camino. Nadie quiere quedarse en este agujero más tiempo del necesario. —Se rascó el brazo.

Chiara pensó en las personas que vivían allí. En las que al día siguiente no podrían marcharse sin más. Para las que aquella era la única vida que conocían.

Mañana le pediría sin falta a Geron que recompensara con generosidad a los aldeanos por su ayuda.

Algo se movió frente a la ventana iluminada por la luna. Chiara se sobresaltó y se relajó de nuevo al reconocer el perfil nítido de Konrad. Claro, los guardias no la dejaban desprotegida.

La luz plateada confería a sus rasgos un brillo misterioso. Los ojos bajo las cejas pobladas y la frente alta parecían aún más oscuros, la nariz recta y los labios carnosos, como esculpidos.

De pronto recordó, con una nitidez absoluta, el tacto de sus manos en las caderas.

Como si hubiera notado su atención, Konrad volvió la cabeza, y a Chiara se le subieron los colores. Cerró los ojos a toda prisa y agradeció en el alma la oscuridad que reinaba en la cabaña.

Con una sonrisa, se mordió el labio y dejó que el recuerdo de aquel momento aflorara en su mente. Al fin y al cabo, soñar un poco no estaba prohibido.

Chiara se despertó sobresaltada cuando alguien llamó a la puerta.

Parpadeó hasta despejarse y comprobó con asombro que una luz turbia de día entraba ya por la ventana.

Se desperezó con un bostezo y se levantó a toda prisa cuando volvieron a llamar.

Se quitó unas briznas de paja de la ropa y se atusó el pelo como pudo antes de abrir la puerta.

—Siento molestaros. —El capitán Geron estaba en el umbral.

La examinó de arriba abajo y, de pronto, Chiara cayó en la cuenta, incómoda, de lo arrugado que llevaba el vestido.

Su aspecto, sin embargo, parecía traerle sin cuidado.

—¿Os encontráis bien? —preguntó con gesto preocupado, señalando el vendaje—. ¿Mando llamar a la comadrona?

—No es necesario. —Chiara se palpó el corte. Al girar la cabeza notaba un tirón molesto, pero nada apuntaba a una infección.

Él no parecía convencido.

—¿Me permitís? —Con gesto interrogativo, extendió las manos hacia el vendaje y, tras una breve vacilación, Chiara se inclinó hacia delante.

Con la mayor delicadeza posible, el capitán desató el nudo y desenrolló la tela. El alivio asomó a su semblante.

—Parece que está curando bien; es muy posible que ni siquiera os quede cicatriz.

Chiara no había pensado en eso. De nuevo, sus dedos buscaron el fino corte. Teniendo en cuenta lo que le esperaba, quizá fuera una tontería preocuparse por su aspecto. Puede incluso que fuera mejor que su futuro esposo la encontrara lo menos atractiva posible, pero no podía evitarlo.

—Hay pomadas que evitan que se formen cicatrices —intervino Winja—. Seguro que esta comadrona conoce alguna.

Winja había aprovechado el tiempo no solo para lavarse la cara, sino también para rehacerse la trenza.

Chiara torció el gesto, abochornada. Tenía que acostumbrarse de una vez por todas a comportarse como una princesa y no como una criada.

Isida jamás habría saltado de la cama antes que su doncella para abrir la puerta.

—Por favor, preparaos para partir. Mientras tanto, yo preguntaré por la pomada. —Geron se alejó unos pasos. Buscó con la mirada y llamó con la mano a Konrad, que vigilaba apoyado en la pared de la cabaña.

El guardia parecía haber pasado la noche en vela, no debía de haber dormido más de unas pocas horas, pero, aun así, obedeció sin vacilar.

—Konrad os acompañará hasta el carruaje en cuanto estéis listas.

A Chiara le rugía el estómago.

—Desayunaremos por el camino —explicó Geron con pesar—. La gente de aquí no tiene casi nada. Tendremos que conformarnos con lo que llevamos —añadió a modo de disculpa—. En la primera posada en condiciones a la que lleguemos, haremos un alto para que podáis asearos y descansar como es debido.

—No os molestéis, por favor. —Chiara le restó importancia con un gesto—.

Winja y yo estamos bien. —Sonrió insegura al caer en la cuenta de que, una vez más, no se comportaba como una princesa, pero no podía dejar de ser quien era.

No quería que aquellos hombres la temieran.

No quería que estuvieran tensos y en guardia a su lado—.

Total, nosotras no hacemos más que ir ahí sentadas —concluyó encogiéndose de hombros.

Un destello de sorpresa cruzó el rostro de Geron, que asintió.

—No hay tiempo que perder. —Se dio la vuelta para marcharse.

—¡Esperad! —Chiara lo detuvo—. ¿Sería posible recompensar a esta gente por su ayuda? Ella no llevaba dinero alguno, pero los guardias debían de tener, pues eran ellos quienes pagaban en todas las posadas.

—Por supuesto —respondió Geron con amabilidad, y se alejó a buen paso.

—Esperaré aquí mientras os preparáis —dijo Konrad.

—Gracias. —Chiara evitó mirarlo. Desde la noche anterior, sus sentimientos se alborotaban un poco cuando lo tenía cerca. Quizá había sido un error convertirlo en objeto de sus fantasías. Pero anhelaba tanto que alguien por fin la viera y la quisiera.

Aliviada de escapar de su presencia, Chiara cerró la puerta. Sus preparativos no duraron mucho. Winja ya le había traído el día anterior un vestido limpio para dormir, así que no tuvo que cambiarse. Se lavó la cara y dejó que Winja la peinara antes de coger su cuenco de oración.

—¿Hace falta? —Winja torció el gesto.

—Después de lo de ayer ya deberías tener claro que no podemos prescindir de la protección del Dios Verdadero —la reconvino Chiara con suavidad.

Ya había notado que Winja consideraba la oración más bien un deber fastidioso o una costumbre.

En el palacio, las campanadas regulares se lo recordaban a todo el mundo; fuera de él, Winja quizá habría descuidado la oración por completo.

Y eso que era el deber primordial de todo ciudadano, una contribución importante al bienestar y la protección de Arnawal que hasta los niños pequeños podían hacer.

—Es demasiado temprano —objetó Winja, pero Chiara hizo oídos sordos. Sin duda, era mejor rezar media hora antes que no rezar en absoluto. Winja puso los ojos en blanco, pero no protestó más.

Tras la oración, Chiara soltó el aire, liberada. Como siempre, el sonido tenía un efecto apaciguador sobre su magia y sobre todo su ánimo. Mientras guardaba los dos cuencos, Winja cogió la ropa manchada de sangre de Chiara, que colgaba de una silla, y la inspeccionó.

—Creo que esto ya no tiene arreglo. —Torció el gesto, pensativa—. A menos que encontremos por ahí a una costurera que cambie la tela de la pechera.

—El vestido se queda aquí —decidió Chiara.

Los guardias no querrían esperar a que una costurera lo arreglara.

Además, para ella no era más que uno entre muchos.

Para la gente de aquí, en cambio, aquel vestido sería un auténtico tesoro.

Las perlas que llevaba bordadas seguramente ayudarían a toda la aldea a pasar el invierno.

De pronto le pareció injusto el desigual reparto de la riqueza.

El rey y su séquito tenían más de lo que jamás podrían necesitar, mientras que otros apenas poseían lo suficiente para vivir.

Claro que sabía que eso se correspondía con el orden natural de las cosas.

Que Dios, en su infinita sabiduría, concedía a todos exactamente lo que se merecían.

Aun así, se preguntaba qué habrían hecho de malo aquellas personas para vivir en semejante miseria.

¿No rezaban lo bastante? ¿Les faltaba el debido amor a Dios?

Y si era así, ¿desbarataba ella el orden superior al regalarles algo tan valioso?

Chiara negó con la cabeza. No podía imaginárselo.

Sin duda, Dios era demasiado poderoso y grande como para que su pequeño gesto pudiera alterar Su orden.

Si de verdad no les correspondía, Él ya encontraría la manera de compensarlo.

Ella solo podía hacer lo que le parecía justo y dejar el resto en manos de Su sabiduría y Su poder.

—¿Estás segura? —Winja miró de reojo, con envidia, las relucientes perlas.

—Sí —dijo Chiara, tajante. Adonde se dirigían no les servirían de nada.

—¿Es cierto que os habéis ofrecido a compartir el carruaje con los heridos? —preguntó Konrad mientras se encaminaban hacia los demás.

—Sí.

—¿Por qué?

Chiara lo miró sorprendida.

—Porque están heridos.

—Con los vendajes manchados de sangre no son precisamente un espectáculo agradable. Quizá giman fuerte, o apesten.

Chiara entrecerró los ojos mientras intentaba decidir si se estaba burlando de ella.

—Son personas —explicó, contenida—. Guardias reales que resultaron heridos en el cumplimiento de su deber y al intentar protegerme.

Konrad carraspeó.

—Debo admitir que sois distinta de como os esperaba.