Capítulo 6 #4
El capitán Geron se colocó junto a Chiara.
—Hemos hecho desalojar una casa para vos. —Rehuyó su mirada—. Me temo que es lo mejor que podemos ofreceros en estas circunstancias.
—Gracias —recalcó Chiara, e intentó esbozar una sonrisa—. ¿Puedo hablar un momento con vos? —añadió antes de que la abandonara el valor.
Geron titubeó; su mirada se fue hacia los guardias, que acarreaban a tres heridos hacia la cabaña de la comadrona.
—Por supuesto. —Carraspeó.
Chiara notó que él habría preferido estar con sus hombres, pero no se atrevía a contradecirla. Era una situación innecesariamente embarazosa.
—Será solo un momento —prometió ella.
—Estoy a vuestra disposición. —La guio hasta una cabaña y abrió la chirriante puerta.
Un aire viciado, impregnado de humo, recibió a Chiara. Una vela torcida parpadeaba sobre una mesa de tablas toscas. En un rincón se amontonaban unos harapos que, por lo visto, hacían las veces de cama.
—Yo… —Geron se interrumpió y paseó una mirada de desagrado por la mísera estancia—. Haré que os traigan unas mantas decentes.
—Eso puede esperar. —Chiara cruzó el umbral, decidida.
Él la siguió, incómodo. De pronto, Chiara deseó tener a Winja a su lado. Pero seguramente estaría ayudando a Torben con los heridos, o se habrían escabullido unos minutos para comprobar que estaban ilesos.
—¡Estáis herida! —se le escapó a Geron de pronto, alarmado.
Sin poder evitarlo, Chiara se llevó los dedos al corte del cuello. El roce le arrancó un dolor fugaz, pero la herida ya no sangraba.
—Solo es un rasguño. —Le quitó importancia con un gesto.
Geron agarró la vela de la mesa y la sostuvo entre los dos.
—¡Habéis sangrado! —Su rostro se puso pálido como la cera—. Haré llamar ahora mismo a la curandera.
—Eso puede esperar —respondió Chiara con seriedad.
—Hay que curaros el corte para que no se infecte. Tenemos que ver qué profundidad tiene. —Sacudió la cabeza, horrorizado—. Podríais haber muerto. Lo siento. —Hincó una rodilla en el suelo y bajó la cabeza. Unas hebras de plata le brillaban en el pelo.
Chiara lo miró atónita y, por un momento, no supo qué decir. Ver a aquel hombre sereno y curtido en mil batallas, sus buenos veinte años mayor que ella, hincado de rodillas, la sobrepasaba.
—Vos no tenéis culpa alguna —se apresuró a asegurarle—. Los bárbaros nos superaban en número.
—¿Bárbaros? —Levantó la vista, extrañado.
Chiara hizo un gesto desvalido con las manos para animarlo a levantarse. Por suerte, él lo entendió.
—Eran simples salteadores de caminos, mi señora. Probablemente los mismos que incendiaron la posada. Seguro que la gente de la aldea puede contarnos más.
—¿Salteadores de caminos? —Chiara estaba conmocionada y aliviada a la vez—. ¿Se han atrevido a atacar un carruaje real?
Geron carraspeó.
—Son tiempos difíciles. Mucha gente pasa hambre.
A algunos les parece más lucrativo robar y asesinar que deslomarse en los campos.
Lo que no sabía es que las bandas hubieran crecido tanto.
El ejército tendrá que actuar con más dureza.
—Vaciló un instante—. ¿Es cierto que fuisteis vos quien hizo aparecer el fuego?
—Sí y no. —Chiara entrelazó los dedos ante su vientre—. No era real, pero yo creé la ilusión.
—Admirable. No sospechaba que fuerais tan poderosa.
—Oh, no, no lo soy —se apresuró a negar Chiara—. Solo eran imágenes inofensivas. Tuvimos suerte de que los ladrones picaran. Seguramente pareció más real por la oscuridad… —Notó que empezaba a parlotear y cerró la boca.
—Sea como fuere, estamos en deuda con vos. —Suspiró—. Os enviaré a la curandera.
—Esperad —lo retuvo Chiara—. Imagino que sois consciente de que estoy en contacto con el rey.
—Sería lo lógico —respondió él, cauto.
—Solo quiero que sepáis que no mencionaré mi participación en el asalto.
—¿Por qué? —La escrutó con dureza. Aunque no era mucho más alto que ella y más bien enjuto, Chiara notó la autoridad natural que emanaba de él.
Chiara se encogió de hombros.
—Porque eso no viene al caso. Lo único importante es que estoy ilesa, a diferencia de vuestros hombres. ¿Cuántos han muerto? —añadió con timidez. Aunque había estado presente, se le hacía extrañamente irreal que algunos de sus acompañantes ya no estuvieran.
Geron suspiró.
—Tristan y Georg. Tuvimos que dejar atrás sus cuerpos. —La tristeza teñía su voz—. Otros cuatro están heridos. Lo más seguro es que Aidan no esté en condiciones de viajar.
—¿Qué va a pasar con él?
—Lo dejaremos aquí. Lo recogeremos a la vuelta.
A la vuelta . Chiara luchó por que no se le notara lo mucho que la afectaba aquella idea. Ella ya no estaría con ellos.
—Si alguien no puede montar, que venga en el carruaje. Nos sobra un banco.
—Es muy amable por vuestra parte. —Geron inclinó la cabeza.
Winja apareció en el umbral con una vela en la mano.
El capitán se decidió por fin.
—Yo me encargo de las mantas y mandaré venir a la curandera. —Pese a sus palabras, no se movió del sitio, sino que clavó en Chiara una mirada elocuente—. Gracias, Alteza.
Una sonrisa triste asomó a los labios de Chiara. Ojalá hubiera podido hacer más.