La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

—¿Te refieres a…? —En la oscuridad, Chiara no podía distinguir el rostro de Winja, pero notó que de pronto también ella caía en la cuenta—. ¿Porque Isida no posee ningún tipo de magia?

—Todavía no —respondió Chiara, maquinal—. En cuanto sea coronada, la bendición del Dios Verdadero pasará a ella, para que pueda emplear Su poder por el bien de Arnawal.

—A eso voy —desechó Winja su objeción—. Aquí todos saben que tú no eres Isida. Y los asaltantes no se habrán ni olido quién provocó el fuego. —Resopló con regodeo—. Seguro que aún siguen corriendo para salvar el pellejo.

Chiara soltó el aire, aliviada. Winja tenía razón.

Cualquiera de los guardias del rey podría haber sido quien conjurara la ilusión.

Los dones de magia mental eran rarísimos, pero no imposibles.

Precisamente por eso se examinaba a todos los niños: para que sus capacidades sirvieran al bien del reino.

Su inofensivo don nunca había dado para más que para ser el juguete de la princesa.

Pero quizá eso no se debía solo a su magia, sino también a ella. Un muchacho bien podría haber sido admitido en la milicia.

—¿Entonces crees que el rey lo aprobaría? —quiso asegurarse.

Esta vez Winja tardó mucho más en responder.

—¿Tienes que contárselo? —preguntó al fin, vacilante.

A Chiara se le cortó el aliento.

—¿Que le mienta al rey?

—No sería mentira si te limitas a no mencionarlo.

—¿Entonces sí crees que fue un error? Si pone en peligro el éxito de la misión, ¿no debería saberlo el rey?

Quizá nos haga volver. —La última frase se le escapó casi sin querer y, de inmediato, se avergonzó de sus palabras.

En aquella guerra estaban en juego incontables vidas, y ella solo pensaba en la suya.

—No se trata de eso —replicó Winja, cortante. Se detuvo y resopló, como si no estuviera segura de si de verdad debía seguir hablando. —¿Sabes lo que les espera a los guardias si el rey se entera de que no fueron capaces de protegerte? ¿De que fuiste tú quien los salvó?

—¿Qué importancia tiene eso…? —comenzó a decir Chiara, pero Winja no la dejó terminar.

—Ellos responden con su vida por tu seguridad.

Chiara negó con la cabeza.

—Seguramente el rey no…

—Aunque solo los expulsaran del servicio, sería terrible. Muchos tienen familias que dependen de su paga.

—Pero si hace un momento no han hecho nada mal…

—Aun así, se les ha dejado muy claro lo que les espera si algo sale mal. Por eso, cualquiera de ellos preferiría morir antes que faltar a su deber.

—¿Y tú cómo sabes…? Torben —se respondió a sí misma al instante.

—Sus padres viven con él. Si cae en desgracia, todos acabarán en la calle.

Chiara dejó que esa nueva información calara en su mente.

—¿Por eso se muestran los guardias tan reservados conmigo? ¿Porque temen que pueda delatarlos?

—Es posible —admitió Winja a regañadientes—. Tienen claro que de un modo u otro debes de estar en contacto con el rey.

—Yo nunca haría…

—Ninguno de ellos te conoce, no saben qué pueden esperar de ti. Para ellos, eres la compañera de juegos privilegiada de la princesa mimada. No ven ninguna diferencia entre vosotras.

Chiara apretó los labios.

—Podrías haberlos sacado del error. —Winja sabía que ella no era ni mucho menos una mimada ni una caprichosa.

—Lo intenté un par de veces, pero te mostrabas tan distante que no me creyeron demasiado.

—Hablaré con el capitán —decidió Chiara, sorprendida por su propio valor.

Si él le confirmaba que el incidente no afectaba a su misión, no le diría nada a Lexor.

No se trataba de que los hombres la apreciaran.

Solo quería hacerles saber que no tenían nada que temer de ella.

Al mismo tiempo, debía asegurarse de que ninguno de ellos se fuera de la lengua más adelante, en caso de que ocultara a Lexor algunos detalles sobre el ataque.

Cerró los ojos, agotada. El uso de su magia y la agitación que había soportado le pasaban factura. El carruaje volaba por el oscuro camino del bosque y Chiara rezaba por que nadie más sufriera daño aquella noche.

Los ladridos furiosos de unos perros la arrancaron del sueño. El carruaje derrapó en una curva y se detuvo en seco.

—¡En nombre del rey! —gritó uno de los guardias—. ¡Despertad y venid todos aquí!

Chiara se frotó los ojos e intentó distinguir algo fuera del carruaje. Algunas luces se encendieron, vacilantes, en las ventanas bajas. Se oían voces de protesta. Debían de haber llegado a la aldea.

Los guardias repitieron la orden. Unos cuantos hombres saltaron de sus caballos y corrieron hacia las cabañas.

Un gemido de dolor llegó a oídos de Chiara, que miró asustada por la ventanilla.

Un hombre colgaba desmadejado en la silla, sujeto por un compañero sentado tras él.

Sin pararse a pensarlo, se apeó.

—¿Por qué no lo habéis metido en el carruaje? —Su mirada saltó de un lado a otro—. ¿Hay más heridos?

¿Por qué no se le había ocurrido? Había estado tan pendiente de sí misma que no había dedicado ni un pensamiento a los hombres que habían luchado por ella y que posiblemente hasta habían muerto.

—Por favor, volved al carruaje. —No podía distinguir el rostro del guardia en la oscuridad, pero le pareció que era Alec.

Chiara iba a protestar cuando apareció Torben con algunos aldeanos a remolque.

—La comadrona entiende algo de curas. Podemos llevar a los heridos a su cabaña.