La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—¡Socorro! —gritó Chiara con todas sus fuerzas, mientras sus ojos trataban de abarcar el atroz espectáculo.

A la luz titilante de las antorchas del carruaje, vio a dos guardias tirados en el suelo. Justo a su lado, Konrad se defendía de tres hombres. Debían de haberlo atraído lejos de la puerta del carruaje para tener vía libre.

Los atacantes iban vestidos con harapos y pieles, tenían la cara sucia y el pelo y la barba enmarañados.

Un frío paralizante recorrió a Chiara. ¡Los bárbaros! Ya no se conformaban con la región fronteriza: iban a por todo Arnawal.

Aunque los guardias reales los superaban en destreza, peleaban uno contra tres.

Konrad abatió a uno de sus adversarios y lo lanzó contra los otros dos; luego se volvió con la espada ensangrentada hacia el hombre que sujetaba a Chiara.

Otro guardia que, alarmado por su grito de socorro, había seguido el ejemplo de Konrad fue alcanzado por la espalda.

Se desplomó con estrépito, y Chiara se mordió el labio entre gemidos para no distraer a más hombres de su lucha a vida o muerte.

Le apretaron una hoja contra el cuello. Un aliento cálido y hediondo le rozó la mejilla.

—Suéltala. —Konrad se acercó, amenazador.

—¿O qué? —El hombre detrás de Chiara se rio.

—¡Cuidado! —gritó ella asustada cuando uno de los bárbaros se abalanzó sobre Konrad por la espalda. Una mano le tapó la boca con brusquedad.

Konrad giró en redondo y despachó al nuevo adversario en un visto y no visto. Darryl y Alec corrieron hacia él para cubrirle las espaldas, y Chiara respiró aliviada. Quizá, después de todo, tuvieran una oportunidad.

—Suéltala —repitió Konrad, amenazador.

La hoja le cortó la piel y Chiara gimió.

—Soltad las espadas y no le pasará nada.

El entrechocar de las armas casi había cesado del todo.

Al parecer, los bárbaros no querían correr riesgos innecesarios enzarzándose en duelos.

Todo se decidiría en torno a Chiara. Buscó a Winja con la mirada, frenética, y la descubrió acurrucada y sollozante debajo del carruaje.

Torben se alzaba delante, dispuesto a todo.

—¿Qué pasará si lo hacemos? —El capitán Geron se acercó despacio con la espada manchada de sangre. Parecía que solo quería ganar tiempo para encontrar una salida que no existía.

—Nos llevaremos todo lo que tenga valor y os dejaremos marchar.

Aunque no tenía ninguna experiencia en ese tipo de situaciones, Chiara sabía que el hombre mentía. En cuanto los guardias bajaran las armas, los bandidos los masacrarían a todos.

Aquella certeza se leía en los rostros de sus acompañantes. Y también que no les quedaba otra opción. No arriesgarían la vida de Chiara. Ni siquiera para salvar la suya.

Konrad tragó saliva. Su mirada iba de un lado a otro, buscando.

—¿A qué esperáis? —exigió, triunfal, el hombre que tenía detrás.

La mente de Chiara trabajaba febril. Si pudiera distraerlo de algún modo, zafarse de su agarre, los guardias del rey tendrían una oportunidad real.

Podía hacerlo, sabía que podía. Llevaba días sin usar su magia, salvo para pequeños juegos a solas en su habitación.

Pero necesitaba una imagen especial, una ilusión que sus palabras no destruyeran, sino que más bien reforzaran.

—¡Fuego! —gritó Chiara de pronto, sin necesidad de fingir el pánico en su voz—.

¡Un demonio de fuego! Allí, entre los árboles.

—Señaló, frenética, el lugar donde en efecto acababa de aparecer un engendro de llamas crepitantes.

Era más traslúcido, más pálido que el fuego de verdad, pero la ilusión cumplió su cometido.

—¿Qué es eso? —El hombre detrás de ella parecía desconcertado.

—¡Estamos rodeados! —prosiguió Chiara a toda prisa, en voz tan alta que todos pudieran oírla.

En su mente evocó la imagen de monstruos rugientes, de fauces negras y cuerpos en llamas, que surgían de las tinieblas.

Con todas sus fuerzas se concentró en esa imagen—.

Vienen derechos hacia nosotros. Son bestias del infierno.

—La ilusión la atenazaba con tanta fuerza que la voz empezó a temblarle sin querer—.

No hay escapatoria. Están incendiando el bosque entero.

Del susto, el hombre que la sujetaba aflojó la presión de la hoja.

—¡Mirad, se acercan! —Chiara describió un arco con la mano para ilustrar sus palabras.

Los demonios que ella había creado extendieron los brazos y se fundieron en un gigantesco muro de llamas que encerró el carruaje y a todos los hombres en un cerco cada vez más estrecho.

El miedo se propagó como una ola casi tangible. Los hombres maldecían y gritaban.

Las llamas ganaban intensidad. Ya casi no se distinguían del fuego real. El sudor perló la frente de Chiara. Casi podía notar el calor en la piel.

Los bárbaros retrocedieron. El espanto se leía en los rostros de los guardias, que las llamas bañaban con su luz trémula. Chiara veía su lucha interna: el pánico pugnando contra el sentido del deber.

El cerco de llamas se estrechaba. A ella misma le resultaba cada vez más difícil distinguir entre realidad e ilusión. Pero no debía perder el control. Solo le quedaban unos minutos hasta que las llamas alcanzaran a los hombres y estos descubrieran el engaño.

—Allí. —Señaló hacia atrás y tiró del hombre que la sujetaba, haciéndolo trastabillar—. Allí hay un paso. ¡Es la única salida de este infierno!

Como si no hubieran esperado otra cosa, los bárbaros se lanzaron hacia la brecha salvadora que acababa de abrirse en el muro de llamas. El hombre que la sujetaba vaciló un instante más antes de arrojarla al suelo entre maldiciones y echar a correr también.

Al instante, los guardias se lanzaron hacia delante. A Chiara la alzaron en volandas. Se bramaban órdenes.

—¡Reunid los caballos! ¡Dejad el carruaje! ¡Empapaos la ropa de agua!

—No. —Chiara, apretada contra el duro pecho de un hombre, negó con la cabeza, frenética.

—Ya está. Estáis a salvo. —La voz de Konrad sonaba ausente, como si intentara calibrar el nuevo peligro—. Venid conmigo. —La soltó y atrapó las riendas de un caballo que le tendía un compañero.

Chiara se quedó mirando el hueco por el que habían huido los atacantes. ¿A qué distancia estarían ya los bárbaros?

—¿Se han ido? ¿De verdad se han ido?

—Sí. —Konrad hizo ademán de subirla a un caballo—. No os pasará nada. —Era una muletilla que, por lo visto, le gustaba repetir.

—Esperad. —Chiara lo detuvo. Respiró hondo y deshizo la imagen en su mente.

Normalmente, eso bastaba para acabar con la ilusión. Pero esta vez no. El fuego crepitaba y aullaba en sus oídos, el calor le abrasaba la piel. Apretó los párpados mientras luchaba por someter la ilusión, que había cobrado vida propia.

No tenía ni idea de por qué esta vez era diferente. Quizá fuera por el miedo a morir o porque llevaba días sin usar su magia. En cualquier caso, nunca había sido tan poderosa como ahora.

—¡Venid! No hay tiempo que perder. —Las fuertes manos de Konrad se cerraron en torno a su cintura y la alzaron.

Por fin consiguió romper la ilusión. No sabía si los bárbaros se habían alejado de verdad lo suficiente, pero no podía arriesgarse a que los guardias reales emprendieran con ella una huida a ciegas.

—¿Qué está pasando aquí? —Konrad se quedó tan parado que Chiara resbaló hasta apoyar de nuevo los pies en el suelo—. ¿Adónde ha ido el fuego?

En lugar de sentirse aliviados, los hombres volvieron a desenvainar las armas.

—No hay peligro —se apresuró a asegurar Chiara—. Era una ilusión, nada más. Un truco de magia.

Konrad se volvió despacio hacia ella.

—¿Habéis sido… vos? —Su expresión era indescifrable y, de pronto, Chiara se preguntó si había hecho algo malo. ¿Había revelado algo que tendría que haber callado?

En el palacio, su habilidad no había sido ningún secreto. Y el rey seguramente preferiría ese desenlace a que hubieran muerto todos.

Desafiante, le sostuvo la mirada a Konrad. Puede que fuera una rareza, un capricho de la naturaleza, pero acababa de salvarles la vida a todos.

—¡Tenemos que seguir! —Torben ya estaba metiendo a Winja en el carruaje.

Chiara lo vio darle un beso fugaz en la frente; luego Torben se volvió hacia ella.

—Venid.

Los brazos de Winja se tendieron hacia ella desde el carruaje y Chiara se dejó izar de buen grado.

Apenas oyó cerrarse de golpe la puerta tras ella y arrancar de nuevo el carruaje. Le ardía la garganta. El miedo y un dolor indefinible le oprimían el pecho y el cuerpo le temblaba por la tensión pasada.

Chiara se tapó la cara con las manos cuando le brotaron las lágrimas y se le escapó un sollozo histérico.

—¿Todo bien?

Chiara no supo distinguir de cuál de los guardias procedía la pregunta.

—Creo que sí. —Winja la abrazó y hundió la cara en el cuello de Chiara—. Has estado increíble. —Ella también sollozaba—. Nos has salvado. He pasado tanto miedo. Pero nos has salvado. —Estrechó a Chiara con más fuerza.

—¿Crees…? ¿Crees que esto cambia algo? —preguntó Chiara con voz ronca al cabo de un rato.

—¿En qué sentido? —Winja se apartó, sin comprender.

—No lo sé. —Chiara se secó las mejillas húmedas.

Se sentía hueca y consumida. Pero peor que el agotamiento era la idea de que a partir de entonces los demás la esquivarían aún más, de que les había metido el miedo en el cuerpo.

A eso se sumaba la preocupación por cómo reaccionaría Lexor cuando se enterara.

¿Le pediría cuentas? ¿Descubrirían los bárbaros que ella no era la verdadera princesa?

¿Había actuado con precipitación, presa del pánico?

¿Habría habido otra salida? ¿Había echado a perder toda su misión por haberse delatado?

Chiara hundió el rostro en las manos. ¿Qué iba a hacer?

—¿Chi? —Winja le acarició la espalda con un gesto a la vez suave e inquisitivo.

Chiara ahuyentó los pensamientos que graznaban en su cabeza como una bandada de cuervos furiosos. Lo que había pasado ya no se podía cambiar.

—¿Crees que el rey se enfadará? —dio voz a su mayor preocupación.

—¿Por qué iba a enfadarse?

—Porque he usado mi magia mental, porque me he delatado.