La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Los días sucesivos siguieron siempre la misma pauta.

Las sacudidas del carruaje y el traqueteo de las ruedas perseguían a Chiara hasta en sus sueños.

El paisaje que desfilaba ante su ventanilla cambiaba poco a poco.

Los extensos campos roturados fueron dando paso a bosques cada vez más grandes, y las ciudades de piedra, a aldeas más pequeñas.

Por lo demás, sucedía sorprendentemente poco.

El único pasatiempo de Chiara y Winja consistía en mirar por la ventanilla o charlar de naderías.

El temor de Chiara se confirmó: Winja se distanció de ella, y eso la llenó de un dolor indefinible.

Al menos, cada vez se le daba mejor concentrar sus pensamientos y sentimientos cuando hablaba con el rey Lexor.

Además, ya percibía su atención incluso antes de que él tomara la palabra.

En realidad, Winja no tenía motivos para desconfiar, pero es probable que en su lugar, ella hubiera sido igual de cauta.

En el fondo, hacía tiempo que esa cautela se había convertido para ella en una segunda naturaleza. Hacía años que se había acostumbrado a no decir nada inapropiado. Isida nunca había reaccionado bien a la réplica ni a la crítica.

Ahora, Chiara se esforzaba por aplicar la misma disciplina a sus pensamientos.

Solo en un aspecto le resultaba difícil no cuestionar el orden natural de las cosas.

La miseria que encontraba en muchos lugares la conmocionaba profundamente.

La gente estaba marcada por el trabajo duro y las privaciones, los cuerpos demacrados, los rostros ceñudos, los ojos apagados.

Nadie los vitoreaba cuando pasaban junto a los campos donde se cosechaba el grano y el maíz o se preparaba la siembra de invierno.

Incluso las posadas en las que se alojaban eran cada vez más pobres y austeras.

Los dueños observaban a la supuesta princesa y a sus guardias con una buena dosis de miedo, mezclada con un rencor soterrado que seguramente iba dirigido a todos los acomodados.

—Espero que para esta noche encuentren algo mejor que lo de ayer —gruñó Winja cuando empezaba a anochecer. Se estremeció, y también Chiara recordó con desagrado la rata gorda que se había escabullido chillando debajo de la cama cuando entraron en el diminuto cuarto lleno de corrientes.

Hacía años que no veía una rata, que no tenía bichos en la cama. La vida en palacio hacía muy fácil no pensar en cómo les iba a los demás, en que no todos vivían tan bien, tan abrigados y limpios como ellas.

¿Era quizá esa la razón por la que el rey no hacía nada al respecto?

¿Porque no lo sabía? ¿Porque, rodeado de cortesanos, pensaba en el bien común de todo el reino y dejaba de lado los destinos individuales?

¿Cambiaría algo si le contaba lo que había visto, o solo conseguiría enfurecerlo por entrometerse en asuntos que no entendía y que no le incumbían?

—¿No deberíamos estar llegando ya? —Winja miró preocupada por la ventanilla. Oscurecía deprisa y, aun así, no aminoraron la marcha. En vez de eso, los guardias habían encendido antorchas en las cuatro esquinas del carruaje.

—Perdimos tiempo cuando la rueda empezó a bailar. —Chiara se asomó para ver mejor. El camino se perdía entre los árboles; el final del bosque no se vislumbraba.

Al instante, uno de los guardias se acercó a caballo.

Tenía rasgos agradables, parecía unos siete u ocho años mayor que ella y se llamaba Konrad, si la memoria no la engañaba.

Los hombres mantenían las distancias con ella, respetuosos.

Eran atentos y corteses, pero nadie le dirigía la palabra sin una razón de peso.

Aun así, se había esforzado por aprenderse sus nombres cuando se llamaban unos a otros o gastaban bromas entre amigos.

Con ella, todos se mostraban, en cambio, de lo más serios.

Puesto que con Winja se comportaban de un modo muy distinto, no podía deberse solo a la tensión del viaje.

Más de una vez, Winja había desaparecido de la habitación que compartían después de cenar, con el pretexto de llevarse los platos.

Pero aquello no podía llevarle varias horas.

Y así, Chiara pasaba sola noche tras noche en la habitación alquilada, mientras de la taberna llegaban voces alegres.

No estaba segura de por qué le afectaba tanto la soledad; estaba acostumbrada a ella.

Quizá fuera por la breve esperanza de que por fin algo cambiara.

—Por favor, no os asoméis tanto —pidió Konrad con amabilidad—. Una rama podría rozaros.

Obediente, Chiara se retiró hacia el interior. El riesgo era ínfimo, pero había notado lo mucho que los hombres se preocupaban por su seguridad. Al fin y al cabo, era su deber entregarla sana y salva a los bárbaros, y no quería causarles ningún problema.

—¿Cuánto queda?

Konrad carraspeó incómodo.

—Siento el retraso, debéis de estar cansada. La posada en la que pensábamos hacer noche ardió hace poco, por lo visto. Al otro lado del bosque hay una pequeña aldea donde podréis descansar. Si todo va bien, llegaremos en dos o tres horas.

—¿No es demasiado peligroso cabalgar tan deprisa de noche? —preguntó Chiara, preocupada.

Konrad sonrió, tranquilizador.

—No corréis ningún peligro. —Hizo ademán de marcharse.

—No me refiero a eso —lo detuvo Chiara—. No quiero que nadie resulte herido por mi culpa. Podríamos… —Le lanzó una mirada insegura a Winja—. Podríamos descansar en el bosque. El carruaje nos protege de sobra.

Él arqueó las cejas, sorprendido.

—Eso sería todo menos cómodo.

Chiara desechó la objeción.

—Sobreviviríamos.

Algo en su mirada se suavizó. La observó como si la viera de verdad por primera vez.

Y seguramente era cierto. Ninguno de ellos le había dedicado hasta entonces más que una mirada fugaz.

Nadie la había mirado nunca a los ojos. No era más que una valiosa pieza de equipaje.

Una pieza de equipaje cuyo descontento podía salirles muy caro.

—Es muy amable por vuestra parte —respondió él—. Pero de verdad que no es necesario. Llegaremos a la aldea en unas pocas horas. —Le guiñó un ojo a modo de despedida e hincó los talones en los flancos de su caballo.

Chiara lo vio alejarse con una sonrisa. Había sido un episodio mínimo, intrascendente, pero aun así le dejó una sensación agradable en el pecho.

—Deberías hablar así con ellos más a menudo —comentó Winja—. La mayoría son bastante simpáticos.

Chiara se cruzó de brazos, porque de pronto se sentía extrañamente vulnerable.

—No será culpa mía. Casi nadie me dirige la palabra.

—Porque eres muy distante, siempre lo has sido.

—Eso no es cierto. —Chiara negó con la cabeza. Siempre había anhelado sentir que pertenecía a algún sitio.

—¿Y por qué no has bajado ni una sola vez a la taberna? ¿O te has quedado sin más a comer con los demás?

—Yo… —Chiara se quedó callada—. No sabía que estuviera permitido.

Winja se echó a reír.

—¡Eres la princesa! Puedes hacer lo que te dé la gana. —Su tono se volvió más serio—. Yo, en tu lugar, disfrutaría de esa libertad mientras durase.

Chiara parpadeó. No se le había ocurrido en absoluto. Estaba tan acostumbrada a que otros dispusieran de ella que ni se le pasaba por la cabeza decidir por su cuenta.

Y, sin embargo, Winja tenía razón. Isida y la capital quedaban muy atrás.

Y aunque Lexor insistía cada noche en hablar con ella, seguramente le daba igual que pasara la noche en su habitación o en una taberna segura, siempre que llegase puntual y sana y salva a su destino.

La idea de lo que le esperaba en menos de tres semanas seguía llenándola de un horror sin nombre, tanto peor cuanto que ni siquiera podía figurárselo.

Solo una cosa estaba clara: entonces se acabaría para siempre su libertad de decidir.

Quedaría a merced de los caprichos del príncipe de los bárbaros.

De momento se hallaba en una especie de tierra de nadie. Ya no era la insignificante compañera de juegos de la princesa. Y todavía no era la espía que se haría pasar por la princesa heredera. Quizá, al menos durante ese breve paréntesis, pudiera ser Chiara sin más y decidir por sí misma.

—¿Crees que estaría bien que me uniera a vosotros? —preguntó, aun así, con timidez.

—¿Qué van a hacer? ¿Echarte?

—No quiero… molestar. —Peor aún que la soledad era la sensación de sobrar, de ser apenas tolerada.

Winja le acarició la mejilla con dulzura.

—No te preocupes tanto, Chi. —Sonrió—. La vida es mucho más fácil cuando no se le dan mil vueltas a todo.

—No sé si sabré hacerlo —confesó Chiara.

Winja sonrió con picardía.

—Deberías probar.

Un fuerte relincho interrumpió la conversación y las sobresaltó a las dos. Lo siguió un grito humano. El carruaje se detuvo en seco.

—¿Qué está pasando? —Alarmada, Chiara miró a su alrededor. Los guardias se agolpaban a derecha e izquierda del carruaje.

—Nos están atacando. —Torben estaba, cómo no, al lado de Winja. Desenvainó la espada—. Quedaos dentro y agachad la cabeza.

El fragor del combate, el entrechocar de armas y los gritos siguieron a sus palabras.

Temblando, Chiara agarró a Winja del brazo y tiró de ella del banco al suelo. Acurrucadas, se aferraron la una a la otra. Algo chocó contra el carruaje y Chiara gritó asustada.

—¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! —balbuceaba Winja sin cesar.

También Chiara elevó una plegaria muda. No tenía ni idea de quiénes eran los atacantes ni qué querían de ellas, y era incapaz de hilar un solo pensamiento sensato.

Una corriente de aire las barrió cuando alguien abrió la puerta de golpe.

Una mano se le cerró, dolorosa, en torno al tobillo.

Le tiraron de la pierna hacia atrás sin contemplaciones y Chiara patinó por el suelo del carruaje.

Pataleó y gritó mientras intentaba sujetarse al banco.

Al otro lado, Winja corría la misma suerte.

Quienquiera que la hubiera agarrado era más fuerte que ella. Los dedos se le clavaban en la carne como mordazas. Las piernas le tocaron el suelo. La espalda y el trasero le quedaron apretados contra otro cuerpo.