La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Adivinó lo que Winja insinuaba. Torben no toleraría que los bárbaros trataran a Winja sin respeto. Por otro lado, eso era lo que esperaba de cualquier guardia real que las acompañara.

—Todo irá bien. —Chiara le apretó la mano a Winja para infundirle ánimos.

Si tanto le preocupaba, la doncella sentía por el joven guardia mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir—.

No somos botín de guerra: acudimos por invitación de su soberano.

Nuestra presencia es lo único que protege a los bárbaros de ser aniquilados hasta el último hombre.

—Sabía que Arnawal era muy capaz de ello.

Decía mucho en favor de Lexor que primero se esforzara por encontrar una solución pacífica para evitar un derramamiento de sangre innecesario.

—Esperemos que así sea. —Winja disimuló un bostezo tras la mano.

—Quizá deberíamos dormir un poco —sugirió Chiara. Tampoco había otra cosa que hacer, y el constante vaivén del carruaje la iba adormeciendo.

Chiara no sabía cuánto tiempo había dormido.

El estómago le rugía con fuerza y tenía la nuca entumecida por la incómoda postura.

Hizo girar los hombros y se masajeó los músculos, mientras se maldecía por no haber cogido unos cojines.

Por otro lado, no había tenido ni idea de lo incómodo que resultaría el trayecto en carruaje.

Su único viaje lo había hecho cuando tenía ocho años.

Y entonces no le había molestado ni la mitad.

—¿Dónde estamos? —le preguntó a Winja, que miraba ensimismada por la ventanilla.

—Hace un rato, unos hombres se han adelantado a caballo para preparar nuestra llegada. Supongo que pronto llegaremos a una posada.

—¿No has dormido?

—Un poco. Estoy demasiado nerviosa.

Ahora que su cuerpo y su magia habían tenido el descanso que necesitaban, Chiara notó que también su nerviosismo iba en aumento.

—¿Qué hora es? —se le escapó de repente, alarmada. Se habían perdido la oración matutina formal, y ahora más que nunca necesitaban la bendición de Dios.

—Debe de ser casi mediodía.

Como obedeciendo una orden, el viento les trajo el lejano repique de las campanas de una iglesia.

—¡Alto! —resonó una orden más adelante.

El carruaje se detuvo dando una sacudida.

Los guardias formaron un círculo protector a su alrededor antes de desmontar de sus caballos.

Chiara observó fascinada cómo dejaban las armas en el suelo, al alcance de la mano, y sacaban los cuencos de oración de las alforjas.

Solo tres de ellos permanecieron de pie, vigilantes.

Seguramente rezarían después, en cuanto sus compañeros hubieran terminado.

Una sonrisa afloró a los labios de Chiara. Aquel era el verdadero poder de Arnawal: una fe y una unión que no podían quebrarse. Ante Dios, todos eran iguales.

Aliviada de no perderse otra oración, sacó su propio cuenco de la bolsa que Winja, previsora, había guardado en el carruaje, y dejó que el sonido celestial la traspasara mientras pedía protección y guía.

A su lado, Winja siguió su ejemplo y todos los sonidos se fundieron en un eco poderoso y embriagador.

—Me pregunto si también lo hacen en el campo de batalla —rezongó Winja por lo bajo, cuando el último tañido se hubo apagado—. En ese caso, no me extrañaría que los bárbaros les ganaran la partida con tanta facilidad.

Chiara se quedó mirando a su compañera, espantada por semejante falta de respeto.

—Imagínatelo. —Winja soltó una risita—. Están en medio de una persecución y, de pronto, se arrodillan a rezar.

—¡Winja! —la reprendió Chiara entre dientes, y echó un rápido vistazo alrededor para comprobar si alguien la había oído. Casi esperaba que un rayo cayera del cielo para castigar a Winja por sus palabras.

—Que solo era una broma. —Winja le quitó importancia con la mano al ver la consternación de Chiara.

—Pues a mí no me hace gracia —zanjó Chiara.

Su fe era el único asidero de su vida. Su cuerpo aún vibraba con el eco de la oración, y la pesadez de siempre la embargaba.

Ella jamás había albergado la más mínima duda sobre la existencia o la omnipotencia de Dios.

Al fin y al cabo, ella misma llevaba en su interior una chispa de Su poder.

De pronto sintió que la compasión por Winja le brotaba por dentro.

Quizá para ella fuera de verdad distinto.

Puede que otras personas no lo sintieran con la misma intensidad porque no llevaban magia mental en su interior.

Y si su pequeña chispa ya suponía semejante diferencia, cuán abrumadora debía de ser la oración para el rey.

Seguro que era la puerta misma del paraíso.

—¡Continuamos!

La orden devolvió a Chiara a la realidad. Avergonzada, comprendió que envidiaba al rey aquella experiencia, y meneó la cabeza, reprochándoselo.

Con una sacudida, el carruaje se puso de nuevo en marcha y, poco después, llegaron, en efecto, a una posada donde las esperaban una sala desierta y un guiso estupendo, bien caliente.

—Ojalá hubiéramos llegado ya —se quejó Winja, con la cabeza apoyada en la pared del carruaje.

Chiara sonrió.

—Ni siquiera llevamos un día de viaje.

—Lo sé. —Winja puso los ojos en blanco—. No quiero ni imaginar que esto vaya a seguir así durante las próximas cuatro semanas.

—Podría ser peor: al menos nosotras estamos a cubierto.

—Chiara lanzó una mirada elocuente al exterior.

Hacía unas horas había empezado a caer una llovizna que a esas alturas debía de haber calado a los guardias hasta los huesos.

Los hombres seguían cabalgando, estoicos, sin hacer caso del agua que les goteaba del pelo y de la nariz.

Y hasta la lluvia era seguramente mucho más agradable que lo que las esperaba en su destino.

Así que desde luego no pensaba quejarse de la duración del viaje. Por ella, podía durar una eternidad.

¿Chiara? ¿Me oyes? La voz del rey la hizo dar un respingo. Sin poder evitarlo, Chiara esbozó una reverencia.

—Majestad.

Winja le lanzó una mirada de extrañeza y Chiara negó con la cabeza, apremiante. No había tiempo de explicárselo.

No tienes que decir las palabras en voz alta. Intenta tan solo formularlas en tu mente.

Chiara se concentró. Resultaba absurdo y antinatural. ¿Más o menos así?

Muy bien , la felicitó Lexor. ¿Cómo estás?

Estoy bien , respondió Chiara nerviosa. ¿Cuánto podía oír el rey de sus pensamientos? ¿Sabría que Winja se había quejado? ¿O lo agarrotada que tenía la nuca?

Con el tiempo aprenderás a concentrar tu mente , explicó él, y ella creyó percibir un deje divertido en su voz. La mayoría de la gente piensa muchas cosas, a veces casi al mismo tiempo. En una cabeza indisciplinada puede llegar a haber mucho ruido.

Lo siento , se apresuró a disculparse Chiara. Sintió que le subían los colores a las mejillas. No quería molestarlo con sus pensamientos triviales.

No hace falta , la atajó él. Para eso está este tiempo: para practicar. Cuéntame lo que has vivido hoy.

Chiara buscó con esfuerzo algo digno de mención. Los guardias son amables y nos cuidan muy bien.

Me alegro de oírlo. Seguía pareciendo divertido. Si ordenas tus pensamientos de antemano, es mucho más fácil mantener la concentración y no perderte en menudencias.

Desde luego . Chiara bajó la cabeza.

No pretendía ser una reprimenda , explicó Lexor con benevolencia. Más bien una… sugerencia. Hablaremos mañana. Por hoy ya es suficiente.

Así se hará, Majestad. Chiara tragó saliva. Mañana se prepararía mejor para la conversación.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Winja mientras Chiara apoyaba la frente en la madera fría del carruaje y esperaba a que se le calmara el corazón.

—¿A qué te refieres? —preguntó Chiara a su vez, para ganar tiempo.

Lexor no le había prohibido ni permitido contárselo a Winja.

El anillo tenía que haberle llamado la atención a la fuerza.

Hasta entonces, Chiara nunca había llevado joyas.

Pero ¿podía Winja saber para qué servía?

¿Podía saber que el rey hablaba con Chiara?

Cuanto menos supiera Winja, más seguro sería para todos.

Sin embargo, a Winja no podía pasarle inadvertido que Chiara estuviera ausente a la misma hora todos los días. Y, si no le daba una explicación, su curiosidad no haría sino aumentar.

La doncella ladeó la cabeza.

—Hace un rato parecías asustada de verdad. Aún se te ven las manchas en la cara. Además, has hablado del rey.

—No del rey, sino con él —la corrigió Chiara en voz baja.

—¿Quieres decir que…? —Winja abrió mucho los ojos—. ¿Te habla a través de su magia?

—Sí. —Una sonrisa se extendió por los labios de Chiara—. ¿Acaso creías que iba a abandonarnos a nuestra suerte, sin ayuda? —La certeza de no estar sola resultaba un consuelo inmenso.

—Claro que no. —La preocupación asomó a la mirada de Winja—. ¿Puede oír todo lo que hablamos? —Probablemente ahora se arrepentía en el alma de su comentario sobre la oración.

—No lo creo —la tranquilizó Chiara—. El rey de Arnawal seguramente tiene cosas mejores que hacer que escuchar nuestras conversaciones a todas horas.

No obstante, seguiría su consejo y pensaría bien de antemano qué quería comunicarle, no fuera que en la maraña de sus pensamientos el rey oyera por casualidad algo que le desagradara.

Winja asintió. Aun así, Chiara percibió con pesar la cautela que se colaba en su expresión. Lo más seguro era que Winja nunca volviera a hablarle con la franqueza de antes. Chiara tragó saliva. Habría sido bonito tener por fin una verdadera amiga.