La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

—Chiara, Chiara, despierta. —Winja le sacudió el hombro con suavidad.

Chiara abrió los ojos de mala gana.

—¿Qué hora es? —Todavía estaba oscuro. No podía haber dormido más de tres o cuatro horas.

Le retumbaba la cabeza. Isida las había mantenido despiertas a Winja y a ella hasta su propia partida.

Mientras Winja preparaba el equipaje, Chiara había tenido que tejer historias durante horas para distraer a la princesa del viaje que se avecinaba.

Por eso se sentía ahora tan vacía y agotada.

—Salimos en una hora. —Winja le tiró del brazo entre bostezos—. Vamos, tengo que peinarte y deberíamos comer algo. Ya dormiremos por el camino.

De golpe, Chiara se espabiló del todo y el pulso se le aceleró. Había llegado el momento. No había vuelta atrás. El miedo le agarrotó la garganta, y la mano de Winja se cerró con fuerza en torno a la suya.

—Lo sé —susurró la doncella, y se le quebró la voz—. Lo sé.

La hora siguiente se le pasó volando, como en un sueño; y a la vez todo era real y nítido hasta lo extraño. Se vistió —por primera vez con uno de los vestidos de Isida arreglados a su medida—, dejó que Winja la peinara y la maquillara, y comió un trozo de pan sin saborear nada.

El vestido, de una rigidez desacostumbrada, le oprimía el pecho, y el encaje le arañaba la piel. Cuántas veces había deseado llevar algo tan bonito como Isida. Ahora que se había hecho realidad, añoraba su viejo vestido, amoldado ya a su cuerpo.

—Mañana podrás ponerte algo más cómodo —prometió Winja cuando Chiara dio otro tirón al corpiño—.

Hoy tienes que parecer una princesa. La exigencia del príncipe de los bárbaros y que nuestro rey la haya aceptado están en boca de todos.

Has estado demasiado ocupada estos últimos días como para darte cuenta, pero el pueblo está celebrando vigilias ante las puertas del palacio para honrar el valor de la princesa, que arriesga su propia seguridad para proteger al pueblo de Arnawal.

—Ayudó a Chiara a ponerse una capa y le acomodó la capucha sobre la cabeza.

La mañana de comienzos del otoño era lo bastante fría para justificarla, y supusieron que la sombra de la capucha y la engañosa luz del alba bastarían para disimular cualquier diferencia externa entre Chiara y la princesa.

—Mírame. —Winja la estudió con detenimiento y sonrió—. Hasta yo te tomaría por Isida.

—Gracias. —Chiara respiró hondo. Las piernas no acababan de obedecerla cuando echó a andar, envarada.

Podía hacerlo. Tenía que hacerlo.

Su mano se tendió hacia el pomo y abrió la puerta.

Cuatro guardias esperaban delante de ella.

Saludaron a Chiara con una cortés inclinación de cabeza.

Dos de ellos se pusieron al frente y los otros dos cerraban la marcha.

Nadie dijo una palabra. Sus pasos resonaban por el pasillo con una intensidad fantasmal.

Chiara clavó los dedos en la tela de su vestido.

Aquello era aún peor que cuando la habían separado de su familia. Diez años atrás al menos sabía que nadie le deseaba ningún mal, que viviría segura y en la abundancia. Ahora no tenía ese consuelo.

Aunque el rey le había prometido que la traería de vuelta.

Aunque sabía que no era para siempre, sentía como si fuera la última vez que recorría aquellos pasillos.

Como si en unos minutos fuera a abandonar toda protección y seguridad.

El repiqueteo de sus tacones le sonaba en los oídos como martillazos sobre un ataúd.

Chiara enderezó los hombros en un intento por no dejar entrever nada de todo aquello.

Aunque Isida, en su lugar, difícilmente habría estado tan serena.

Se acercaban a la salida y el corazón amenazaba con salírsele del pecho.

Miró a Winja, que caminaba a su lado con el rostro exangüe, y buscó su mano a tientas.

Lo superarían juntas. Estaban las dos en el mismo barco.

Una bocanada de aire frío golpeó a Chiara y, por un momento, perdió el paso.

El rey Lexor estaba de pie en la escalera de la entrada y le tendió los brazos a Chiara. Claro, tenía que guardar las apariencias.

Chiara se acercó vacilante.

—Hija mía —proclamó en voz alta, le puso los brazos sobre los hombros y le rozó una y otra mejilla con los labios, cuidando de no descolocarle la capucha—. El pueblo de Arnawal nunca olvidará tu valentía y el sacrificio que ambos hacemos para garantizar la seguridad y la paz.

Estalló el júbilo y Chiara reparó en la multitud que se había congregado en el patio del palacio. Los soldados mantenían despejado un pasillo de sus buenos cuatro metros de ancho, al final del cual aguardaba un carruaje de viaje.

Con suavidad, pero con firmeza, el rey la impulsó hacia delante y Chiara avanzó, temblorosa.

Llovían flores sobre el camino. Más de una mujer sollozaba conmovida. El rey siguió hablando a su pueblo. Algo sobre la unión y la fuerza. Chiara no prestaba atención. La sangre le zumbaba en los oídos; el campo de visión se le estrechaba.

Piensa en tu familia, en tu madre , resonó la voz de Lexor dentro de su cabeza, instándola. Recuerda que te estarán esperando aquí a tu regreso. Piensa en todo el sufrimiento que le estás ahorrando a la gente.

Tenía razón. Pero esta vez no bastó para dominar el pánico. Todo aquello quedaba muy lejos y era mucho menos real que su futuro inmediato. Así que se concentró, terca, en poner un pie delante del otro. No quería pensar en nada ni sentir nada. Lo único que importaba era llegar hasta aquel carruaje.

Por fin la puerta abierta quedó a su alcance.

Chiara se agarró a ella y se aupó al interior.

Sin fuerzas, se desplomó sobre el banco acolchado y ni siquiera levantó la vista cuando Winja se sentó pegada a ella.

Con un golpe sordo, la puerta se cerró detrás de ellas.

Agotada, Chiara apoyó la cabeza en la pared y cerró los ojos.

Los caballos relincharon, se oyeron órdenes y el carruaje se puso en marcha con una sacudida.

Tienes que saludar con la mano , le exigió Lexor. Al menos hasta que lleguéis a las puertas del palacio. Después podrás correr las cortinas.

Chiara obedeció, maquinal. Daba igual cómo se sintiera. Tenía un papel que interpretar. Y cuanto antes empezara, mejor para todos.

Una parte de ella esperaba que el rey la contradijera, que le asegurara que ella también contaba. Pero, por lo visto, otras cosas reclamaban ya su atención, pues no hizo comentario alguno.

Los rostros desfilaban ante ella y se difuminaban en una multitud ruidosa. Chiara mantuvo la sonrisa, férrea. Tenía la mente en blanco y el cuerpo tenso. Miraba sin ver por la ventanilla y saludaba.

Dejaron atrás las puertas del palacio, pero las calles de la ciudad también estaban flanqueadas de gente.

Chiara siguió saludando. Habían acudido por ella.

Para darle las gracias. Para rendirle su respeto.

No importaba que no supieran quién era en realidad.

Estaban allí por ella y por lo que hacía por ellos.

Además, no tenía que pensar en lo que le esperaba mientras se concentrara en sonreír y saludar.

Atravesaron la puerta de la ciudad. La extensión que se abría ante sus ojos dejó a Chiara sin aliento.

Desde que había llegado a Welzedon hacía diez años, nunca había vuelto a salir de las murallas.

Incluso sus visitas a la ciudad en todos esos años se podían contar con los dedos de las manos.

Diez desfiles junto a Isida en la Gran Fiesta del Dios Verdadero.

Ni una sola vez se le había permitido deambular sola por las calles.

—Ya puedes dejar de saludar. —La suave voz de Winja la sacó de sus pensamientos. Con delicadeza, apartó a Chiara de la ventanilla.

Chiara bajó despacio el brazo agarrotado. Mil preguntas le danzaban en la cabeza. Preguntas para las que Winja tenía tan pocas respuestas como ella.

—¿Va todo bien? —Uno de los guardias que escoltaban el carruaje acercó su caballo y se inclinó hacia la ventanilla. Debía de tener unos veinticinco años, con ojos afables y una barba castaña que le daba un aire intrépido.

—Sí —se apresuró a asegurar Chiara. No estaba acostumbrada a ser el centro de atención.

—¿Winja? —Su voz sonaba seria, tal vez incluso preocupada.

—Estamos bien, Torben —confirmó ella.

—Me alegro. —Su mirada la recorrió de arriba abajo y carraspeó—. Cabalgaremos sin detenernos las próximas cuatro horas. Si necesitáis un alto, haced una señal por la ventanilla. Estaré cerca. —Por un momento pareció a punto de añadir algo; luego aminoró el trote de su caballo y se quedó rezagado.

Chiara se volvió hacia Winja con curiosidad.

—¿Así que ese es Torben?

—Sí. —La doncella suspiró con pesar.

Chiara frunció el ceño.

—¿Pasa algo?

Winja echó un rápido vistazo a su alrededor antes de encogerse de hombros y acercarse a Chiara. El repiqueteo de los cascos de los caballos y el traqueteo de las ruedas hacían casi imposible que alguien escuchara su conversación desde fuera.

—Ojalá Isida no lo hubiera metido en esto.

—Creía que te gustaba.

—Y me gusta. —Se mordió el labio—. Quizá no tanto como yo a él, pero aun así lo nuestro podría haber llegado a algo.

—Si de verdad le gustas, seguro que esperará a que vuelvas —intentó consolarla Chiara. No es que ella tuviera experiencia alguna en ese tipo de sentimientos, pero en las historias el amor verdadero siempre lo vencía todo.

Winja negó con la cabeza.

—No se trata de eso. No quiero que haga ninguna tontería.

—¿Como qué, por ejemplo? —Chiara se inclinó hacia ella, expectante. Nunca antes Winja le había hablado con tanta franqueza, casi como si fuera una… amiga. Nadie la había tratado así jamás. Como si no fuera una persona por derecho propio, sino un mero apéndice de Isida.

—Quiere ser él quien nos acompañe hasta los bárbaros.

—¿No sería eso bueno? —Chiara la miró sin comprender. A ella le alegraría tener cerca a alguien que al menos a una de las dos le tuviera un cariño sincero.

—Es muy impulsivo. Eso podría meterlo en problemas con los bárbaros.