Capítulo 4 #2
—¿Qué crees que sería de estas dos —señaló en dirección a Chiara— si se filtrara que sigues en el palacio?
Chiara parpadeó. ¿De verdad podía ocurrir algo así? En su imaginación, los bárbaros estaban muy lejos, no tenían acceso a Arnawal y mucho menos al palacio.
—Me temo que sobrestimas a nuestros enemigos —resopló Isida.
—¿De verdad? —El rey la examinó con dureza—. ¿Estarías dispuesta a apostar su vida? ¿O la tuya? —añadió con intención.
Isida, que ya había abierto la boca, la volvió a cerrar.
—¿Y qué debo hacer, según tú? —preguntó, mucho más apocada.
—Esta noche subirás, vestida con tu atuendo más sencillo, a un carruaje que partirá hacia el sur. Haremos ver que Chiara ha recibido permiso para visitar a su familia. Te llevarán a nuestra finca en Ildar y permanecerás allí hasta que te llame.
—¿Qué?
La princesa estaba tan horrorizada que a Chiara, sin poder evitarlo, le dio lástima, a pesar de que era ella, y no Isida, quien debía casarse con un bárbaro.
Como siempre, la idea le hizo subir a la garganta una oleada de bilis amarga, y Chiara tragó con esfuerzo.
No era el momento de darle vueltas a eso.
—Ya me has oído —replicó el rey.
Isida negó con la cabeza. Los ojos le nadaban en lágrimas.
—¿Pretendes encerrarme en ese páramo?
Lexor frunció los labios. Su paciencia parecía agotada.
—Si lo prefieres, siempre puedes cambiarte por Chiara. Estoy seguro de que ni ella ni el príncipe de los bárbaros tendrían nada que objetar.
Isida tomó aire con esfuerzo. En aquello no tenía más voz ni voto que Chiara.
—Como ordenes, padre. —Sus labios temblaban—. Voy a recoger mis cosas. —Sin esperar respuesta, Isida se marchó como un vendaval.
—Ahora, pasemos a vosotras dos. —El rey se pasó la mano por la cara—. ¿Está todo listo para la partida?
—Sí. —Chiara y Winja asintieron.
—Bien. Supongo que no hace falta que os recuerde lo que está en juego. Tanto para todo nuestro pueblo como para vosotras mismas. —Las miró con gravedad.
—Nosotras… —Chiara carraspeó para dar a su voz un tono más firme, tal y como había ensayado con el ministro Tallor—. Somos conscientes de la importancia de nuestra misión y del riesgo que conlleva.
El rey sonrió satisfecho y ella creyó leer aprobación en su mirada.
—No debéis revelar ni con una palabra ni con un gesto que no eres la verdadera princesa. —Se volvió hacia Winja—. Fuera del carruaje no la llamarás nunca de otro modo que princesa o Isida, ni siquiera cuando estéis a solas. ¿Queda claro?
Winja palideció bajo su mirada torva.
—Por supuesto, Majestad.
—¿Están al corriente los guardias que nos acompañan? —se atrevió a preguntar Chiara.
—Sí. Han sido escogidos con sumo cuidado y gozan de toda mi confianza. —Se volvió hacia Winja—. Puedes irte. Asegúrate de que el equipaje se cargue en el carruaje. Partiréis mañana al amanecer.
—Así se hará, Majestad. —Winja hizo una reverencia y se apresuró a salir, aliviada.
Chiara permaneció de pie, expectante, pues a ella no la había despedido.
—Lo estás haciendo bien —comentó Lexor—. No dejas que el miedo te venza. —Sacó un estuche del cajón del escritorio, lo abrió y extrajo un anillo.
—¿Qué es eso? —preguntó Chiara nerviosa cuando él le tendió la joya en la palma de la mano.
El anillo era sobrio, con una pequeña piedra de color granate. Por fuera parecía de oro, pero por dentro el metal tenía el mismo lustre mate que la corona que Lexor llevaba en la cabeza.
Chiara miró sorprendida hacia la corona. ¿Era una de las puntas un poco más corta que las demás?
Lexor sonrió para sí; por lo visto, no se le había escapado su mirada.
—Tienes una capacidad de observación notable. En efecto: lo mandé forjar con el metal de mi corona. —Su sonrisa se acentuó—. Prestarás excelentes servicios a Arnawal. Sobre todo porque con esto —alzó el anillo— podré asistirte en cualquier momento.
Chiara observó con curiosidad la joya. Era casi demasiado sencilla para una princesa: salvo por la piedra, carecía de todo adorno y apenas medía unos milímetros de ancho.
—Está dorado para que pase por una alhaja corriente. Dame la mano —ordenó Lexor—. Quiero que lleves este anillo día y noche.
Chiara se apresuró a obedecer y Lexor le deslizó el fino aro en el dedo corazón. El metal estaba inesperadamente tibio; tenía casi la temperatura del cuerpo.
—¿Qué efecto tiene exactamente? —Vacilante, lo rozó con las yemas de los dedos.
—Este metal es único. Me ayuda a localizarte entre la infinita multitud de personas de este mundo y a hablar contigo a cualquier distancia. Más o menos así.
Chiara se sobresaltó cuando la voz del rey resonó directamente en su cabeza, aunque los labios de él no se habían movido.
Nunca antes había experimentado su magia mental de forma tan inmediata.
Era un honor inimaginable. Inclinó la cabeza y habría caído de rodillas si las manos de él no la hubieran sujetado.
Él sonrió, comprensivo.
—Más te vale ir acostumbrándote; al fin y al cabo, no queremos que nadie se entere.
Ella se apresuró a asentir.
—Con un poco de práctica, podrás responderme de la misma manera. En las próximas semanas tendremos tiempo de sobra para practicar. Mantente preparada cada día después de la oración vespertina.
—Sí, Majestad. —La voz de Chiara era poco más que un susurro abrumado.
La idea de hablar cada día con su rey a través del pensamiento la ponía nerviosa.
Al mismo tiempo, resultaba infinitamente reconfortante saber cuánto le importaban ella y su cometido.
Que estaba a su lado y no la abandonaba a su suerte.
El rey Lexor le apretó los dedos.
—No quiero que le cuentes esto a nadie —subrayó—. Los bárbaros te lo quitarían al momento y no tendrías forma de avisarme en caso de apuro.
—Lo entiendo. —Chiara levantó la cabeza—. Nadie se enterará.
La aprobación en la mirada del rey la llenó de orgullo.
—De eso estoy convencido.