Capítulo 4
—¿Se puede saber qué es esto? —Hecha una furia, Isida puso los brazos en jarras mientras dos costureras registraban su armario bajo la supervisión de Tallor. Chiara permanecía a su lado, sin saber qué hacer.
—Lo siento, Alteza, pero no tenemos tiempo suficiente para confeccionar un guardarropa completo para lady Chiara.
—¿Y por eso os lleváis el mío ? —Isida dio una patada en el suelo.
—Solo algunos de los más viejos… —comenzó a decir Chiara en tono conciliador, pero se interrumpió cuando Tallor alzó la mano pidiendo silencio.
—Sabéis lo importante que es el viaje que le espera a lady Chiara, Alteza.
—En su voz vibraba un deje de amenaza, como si quisiera recordarle a Isida lo que estaba en juego sin hablar demasiado claro delante de las costureras—.
Si algo sale mal, al rey no le quedará más remedio que encargárselo a otra persona. —La miró con intención.
Isida abrió la boca y volvió a cerrarla.
Chiara casi podía ver cómo le trabajaba la mente. Si descubrían a Chiara, Isida tendría que ocupar su lugar.
—Coged lo que queráis —masculló la princesa entre dientes y se retiró enfurruñada a un rincón.
Chiara resistió el impulso de correr a su lado para consolarla.
La preocupación por el bienestar de Isida había sido durante tanto tiempo la máxima prioridad en su vida que la había interiorizado por completo.
Pero su seguridad ya no dependía de los caprichos de la princesa y, si era sincera, le escocía que Isida armara más revuelo por los vestidos que por la despedida de Chiara.
Al fin y al cabo, eran algo así como amigas.
Como si los pensamientos de Chiara lo hubieran conjurado, Isida dejó escapar de pronto un sollozo en su sillón.
—¡Ay, Chi! ¿Qué voy a hacer sin ti? —Le tendió los brazos y Chiara ya no pudo contenerse.
Corrió junto a Isida.
—Volveré, ya lo verás —respondió con toda la convicción posible. Tenía que creerlo ella misma para poder superar los próximos meses.
—¿Dónde está vuestra doncella, Alteza? —preguntó Tallor con cautela.
—¿Winja? —Isida se incorporó, alarmada—. ¡Encima ella, no!
Chiara tragó saliva. No había pensado en eso.
Por supuesto, Isida nunca emprendería un viaje así sin su doncella.
Aunque la perspectiva de tener a alguien de confianza a su lado le aliviaba un poco la carga que pesaba sobre ella, no le deseaba a ninguna mujer el destino que a ella misma le esperaba.
Para una sirvienta, quizá sería aún peor.
A ella, en cambio, su rango tal vez la librara del peor de los males.
Winja ni siquiera tendría esa protección.
—Podríamos llevar a otra persona… —comenzó Tallor con diplomacia.
—No —lo interrumpió Isida—. Llevadla. Sé que Chi se lleva bien con ella. Además —resopló con amargura—, no vayamos a correr ningún riesgo.
—Ya estamos listas —anunció una de las costureras.
Una montaña de terciopelo, seda y encaje se apilaba sobre una mesa de trabajo plegable.
Su mirada experta recorrió a Chiara—. Es un poco más delgada y dos centímetros más baja que la princesa.
Nos gustaría prender los vestidos con alfileres para poder ajustarlos con calma.
—Hacedlo. —Tallor parecía tener ya la cabeza en otra parte.
—Para eso la dama tiene que cambiarse. —La costurera enarcó ambas cejas con intención y Tallor, cogido en falta, asintió.
—Naturalmente. Disculpadme, señoras. Mientras tanto me encargaré de seleccionar a los guardias. —Se volvió hacia la puerta.
—Torben Riegon. —La voz de Isida lo detuvo de pronto—. Si es posible, llevad a Torben Riegon. —Carraspeó—. Sé que a Winja le gusta.
Chiara miró con asombro a la princesa, a quien, después de todo, no le era tan indiferente el destino de sus sirvientas. Por desgracia, a ninguna de ellas le había preguntado nadie.
Los tres días siguientes se fueron volando entre preparativos frenéticos, interrumpidos solo para comer y rezar.
Esa ajetreada actividad tenía la gran ventaja de que a Chiara no le quedaba tiempo para ceder al pánico.
Cuando no estaba probándose algo o preparando el equipaje, Chiara ensayaba, bajo la mirada crítica de lord Tallor, cómo comportarse como Isida.
—¡No, no, no! —exclamó él por enésima vez—. Hombros rectos, mirada al frente. Sois la princesa heredera, solo el rey y el Dios Verdadero están por encima de vos. Un día llevaréis la corona de Arnawal y emplearéis el sagrado poder divino para el bien de nuestro pueblo.
Con un suspiro, Chiara enderezó los hombros y alzó la barbilla.
No había sido consciente de lo encogida que había caminado todo aquel tiempo.
Más que nunca le parecía del todo imposible que alguien pudiera tomarla por la princesa.
No lo cambiaban ni siquiera los rizos, tratados con la loción de brillo y peinados con esmero, que le caían sobre los hombros y le resultaban tan postizos como la idea de alzar su voz con todas sus fuerzas.
Durante diez años la habían entrenado para ser invisible.
Sencillamente, no sabía hacer otra cosa.
—En fin. —Tallor hizo un gesto desganado—. Por suerte, es probable que los bárbaros no estén muy familiarizados con el temperamento de la princesa.
Eso, desde luego, era cierto. En público, Isida se mostraba mucho más reservada que en sus aposentos privados.
A fin de cuentas, no correspondía a una mujer mostrarse exigente ni autoritaria.
Al menos, mientras no llevara la corona real en la cabeza.
Chiara se había preguntado a menudo cómo sería Isida como reina.
Que ella supiera, ninguna mujer había ocupado antes el trono de Arnawal.
—Además, es de lo más natural —prosiguió Tallor— que, dadas las circunstancias, os sintáis tímida y asustada.
Nadie le dará la menor importancia. —Sonrió apenas—.
Es muy posible que encajéis entre los bárbaros incluso mejor de lo que lo habría hecho la verdadera princesa.
Sin duda, las mujeres no pintan nada entre ellos.
Al menos en eso, los dos países no parecían diferenciarse gran cosa.
Una llamada a la puerta le ahorró a Chiara otra tanda de ensayos. Winja asomó la cabeza, sin aliento. Tenía las mejillas más pálidas de lo habitual y un brillo de abatimiento en la mirada.
Chiara aún no había hablado con ella de lo que les esperaba a ambas.
No solo porque no había tenido tiempo, sino también porque no sabía qué decirle.
Ninguna de las dos se había ofrecido voluntaria para aquella misión.
Y, si las descubrían, a las dos las aguardaba la muerte por igual.
Pero, a diferencia de Winja, Chiara tenía al menos algo que ganar con aquel viaje.
Pensar en su madre se había convertido en un faro resplandeciente cada vez que el miedo amenazaba con vencerla.
Cuando todo aquello hubiera terminado, volvería a ver a su madre y a sus hermanos.
Quizá el rey incluso la liberara del servicio de Isida y les permitiera instalarse juntos lejos de la corte.
Con eso le bastaría. No necesitaba un hombre, ni un buen partido, solo lo suficiente para llevar una vida modesta, dueña de sí misma, con personas para las que de verdad significara algo.
—El rey quiere hablar con nosotras. —Winja la miró con compasión.
—Por favor, disculpadme —le dijo Chiara al ministro Tallor, y se secó en la falda las manos, de pronto empapadas en sudor.
—¿Cómo estás? —preguntó Winja en cuanto se cerró la puerta tras ellas.
Ojalá lo supiera ella misma.
—Estamos haciendo lo correcto; eso es lo único que cuenta.
—Sí. —Winja suspiró.
—No tienes por qué venir —comenzó Chiara—. Pueden enviar a otra persona…
—No. —Con una sonrisa valiente, Winja negó con la cabeza—.
Conmigo tienes las mejores opciones; no en vano nos conocemos bien las dos.
El éxito de esta misión es demasiado importante.
—Vaciló—. La familia de mi madre es de la provincia occidental.
La vida allí nunca fue fácil: los asaltos y los saqueos eran constantes.
Pero lo que está pasando ahora lo supera todo…
Chiara le apretó la mano, conmovida. Por mucho que lamentara lo de la familia de Winja, la aliviaba que su amiga no la acompañara solo por ella, sino convencida de la importancia de la empresa.
—¿Lo tienes ya todo recogido? —cambió de tema Chiara mientras se apresuraban hacia el despacho del rey.
—Y lo he comprobado todo dos y hasta tres veces. —Winja examinó a Chiara con ojo crítico—. Incluso he metido la loción de brillo. Aun así, tu pelo se ve más claro que el de Isida.
Chiara se obligó a sonreír.
—Mientras no esté justo a mi lado, nadie se fijará. —Al menos, eso esperaba.
Doblaron por el pasillo que conducía al despacho real y oyeron la voz exaltada de Isida a través de la puerta. Dos guardias permanecían ante ella con rostro pétreo, fingiendo no enterarse de nada.
—¡No puedes pedirme eso! —vociferó Isida.
La respuesta de su padre fue mucho más contenida: salvo un murmullo sordo, no se entendió nada.
Chiara y Winja se quedaron allí, indecisas. A ninguna de las dos le apetecía irrumpir en mitad de una disputa entre Isida y el rey. Por otro lado, Lexor las había mandado buscar y no le gustaba que lo hicieran esperar.
Vacilante, Chiara alzó la mano y llamó a la puerta.
Las voces al otro lado de la puerta enmudecieron.
—¡Adelante! —gritó el rey, áspero.
Uno de los guardias abrió la puerta y dejó entrar a Chiara y Winja.
Isida estaba plantada en medio de la habitación, con los ojos echando chispas y las aletas de la nariz dilatadas. Tenía la vista clavada en su padre y no parecía reparar siquiera en sus sirvientas.
Chiara hizo una reverencia tímida. Winja se quedó detrás de ella, por si acaso.
—Tienes razón —anunció Lexor de pronto, vuelto hacia su hija.
Isida dio un respingo de sorpresa.
—No puedo encerrarte en tus aposentos ni en el palacio, algo acabaría filtrándose inevitablemente. Y el más mínimo descuido echaría por tierra todo nuestro plan.
—¿Qué quieres decir? —Isida entrecerró los ojos con inquietud.