La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Con creciente pánico, Chiara observó cómo la princesa y el ministro abandonaban la sala. Con un golpe sordo, la puerta se cerró tras ellos y Chiara se quedó sola con el todopoderoso rey de Arnawal. Temblando e insegura de lo que le esperaba, bajó la cabeza.

Él permaneció callado un rato, y el silencio entre ambos se hacía más amenazador con cada segundo que pasaba.

Chiara casi podía sentir cómo el espacio entre ellos vibraba y se espesaba.

El aliento se le atascó en el pecho, pero no se atrevía a tomar más aire.

Así que se quedó allí, tiesa como un palo, mientras el corazón le latía cada vez más deprisa.

—¿Entiendes de qué se trata? —rompió el rey por fin el silencio. Para sorpresa de Chiara, su voz no sonaba ni airada ni áspera.

Chiara levantó la vista con timidez. Él estaba sentado en el borde del escritorio y la observaba con atención.

—Sí, Majestad.

—Entonces dímelo.

Chiara tragó saliva; una palabra equivocada podía significar su perdición.

—Los bárbaros no respetan nuestra frontera, saquean, asesinan y roban. El caudillo ha pedido la mano de Isida como prenda de paz. Por supuesto, la princesa es demasiado valiosa para eso, así que queréis enviarme a mí en su lugar para apaciguar a los bárbaros.

Una sonrisa asomó a los labios del rey y lo hizo parecer menos distante.

—Me figuraba que lo verías así. Pero no es toda la verdad. Isida no se queda aquí porque sea demasiado valiosa, sino porque no sirve para la tarea que tengo en mente. No está acostumbrada a interpretar un papel, a reprimir sus pensamientos o emociones. A diferencia de ti.

Chiara nunca había oído al rey hablar con tanta amabilidad.

—¿Qué queréis decir, Majestad?

—Tallor tiene razón, eres una maestra de la ilusión.

Pero no por las imágenes que eres capaz de crear con las palabras.

Sabes adaptarte a las circunstancias sin que tus sentimientos se interpongan.

Llevas años cargando con el dolor de la separación de tu familia, pero no guardas rencor ni a Isida ni a mí, aunque en última instancia fuimos nosotros quienes lo provocamos.

—¡Por supuesto que no! —se apresuró a asegurar Chiara.

Nunca se le habría ocurrido culpar de ello al rey.

Él era el representante del Dios Verdadero, ejecutaba Su voluntad, como demostraba de forma contundente el poder divino de Lexor.

Podía ver dentro de las mentes y los corazones de todas las personas.

Por eso sabía tan bien lo que se agitaba en su interior.

—Porque entiendes el porqué, la necesidad de esta norma —explicó el rey con suavidad—.

Pocos alcanzan a verlo así. Y precisamente por eso te necesitamos.

—Pareció ordenar sus pensamientos—. No quiero asustarte, pero tampoco mentirte.

Los bárbaros son despiadados y brutales.

Masacran a personas inocentes: mujeres y niños, indefensos y a su merced.

Los informes que me llegan hacen que mi sangre se hiele de horror y, al mismo tiempo, hierva de rabia.

Chiara pensó en sus propias pesadillas… ¿o eran visiones? El sufrimiento de la gente era inconmensurable.

—¿Por qué no acabáis con…? —Las palabras ya estaban fuera; no le dio tiempo a frenarlas. Asustada, Chiara se mordió la lengua. El rey no le pasaría por alto semejante insolencia.

Él movió despacio la cabeza, pensativo.

—¿Quieres saber por qué no zanjo el asunto sin más? ¿Por qué no desato todo el poder de nuestro ejército y aniquilo la amenaza de una vez por todas?

—Lo siento —balbuceó Chiara—. No me corresponde a mí…

Lexor sonrió, comprensivo.

—Puedes hacerme cualquier pregunta que te ronde; después de todo, a partir de ahora eres como una hija para mí.

Chiara se lo quedó mirando, sin saber cómo reaccionar a aquellas palabras. Por suerte, él no parecía esperar nada de ella, pues siguió hablando con calma.

—Lo he estado pensando. Pero una guerra —y eso significaría una guerra de verdad— causaría grandes pérdidas en todos los bandos, tanto entre los soldados como entre la población que vive en la zona fronteriza.

Los bárbaros no tienen ningún escrúpulo, ya lo han demostrado con creces.

Así que, antes de tomar esta decisión, quiero saber qué es lo que buscan.

Qué ha provocado la agresión, de dónde ha salido tan de repente ese autoproclamado príncipe.

Y ahí es donde entras tú. —Clavó los ojos en ella—.

No eres solo una prenda de paz, Chiara, la mujer que con su sola presencia salvará incontables vidas inocentes.

Además, me ayudarás a comprender lo que está sucediendo allí y a encontrar una solución realmente sensata para ambas partes.

—¿Y cómo voy a hacer eso?

Se dio un golpecito en la sien.

—Me mantendrás al tanto de todo sin que nadie note nada.

Quería que ella espiara para él.

—No para mí , Chiara —le recordó con suavidad—. Por tu país, por la gente de Arnawal, por tu familia.

Chiara se sobresaltó.

—Vive en la provincia del sur —se atrevió a decir vacilante—. ¿Vais a cederles esas tierras a los bárbaros?

—Solo sobre el papel. —Lexor hizo un gesto desdeñoso—. No sé por qué reclaman precisamente esa franja de tierra. Para llegar a ella, tendrían que atravesar la provincia occidental y no permitiré que ni uno solo de ellos ponga un pie en suelo de Arnawal.

Chiara asintió agradecida.

—No era consciente de lo mucho que echabas de menos a tu familia, nunca dijiste nada —prosiguió él con calma—. Y no suelo hurgar en las mentes ajenas sin motivo. En fin. —Miró a Chiara con gesto alentador—. Ahora lo sé. Por eso, tu familia te estará esperando aquí a tu regreso.

Chiara parpadeó. Eran nada menos que dos cosas que no había creído posibles.

—¿Mi… regreso?

—Naturalmente. ¿Acaso crees que íbamos a dejarte con los bárbaros para siempre? —Sacudió la cabeza, como si la idea fuera un disparate—. Seis meses, un año como mucho. Tu misión no durará más. Después te traeremos de vuelta a casa.

—A casa —repitió Chiara, atónita—. Volveré a ver a mi familia.

—Se le quitó un peso inmenso de encima. Hacía diez años que no se sentía tan esperanzada.

Incluso los meses que se avecinaban ya no le parecían tan aterradores, pues no estaría abandonada a su suerte: su rey se hallaría a un solo pensamiento de distancia.

Y al final de aquella misión… —¿De verdad haréis venir a mi madre?

—quiso asegurarse, temblando. No quería poner en duda su palabra, pero necesitaba oírlo una vez más, necesitaba estar del todo segura de que no se lo había imaginado.

—Sí. —El rey asintió con seriedad—. ¿Tenemos un trato, entonces?

Chiara respiró hondo.

—Lo tenemos, Majestad.

—Bien. —El rey se levantó—. Partirás dentro de tres días.

—¿Qué? —se le escapó a Chiara, desprevenida.

Su repentino valor amenazaba con abandonarla de nuevo.

¿Solo le quedaban tres días de seguridad y paz?

Solo tres días antes de abandonar el mundo civilizado y meterse en las garras de unos bárbaros crueles.

Solo tres días para prepararse para aquella misión descomunal.

El pánico la desbordó. No podía hacerlo. No lo superaría…

—Eres la única que puede hacerlo —subrayó Lexor.

Su voz decidida no admitía réplica—. Piensa en todas las personas a las que salvarás con ello.

Además —su tono se suavizó—, el viaje a la frontera dura sus buenas cuatro semanas.

Así que tenemos tiempo más que suficiente para repasar todo lo que necesitas saber.

Los guardias reales te protegerán a cada paso del viaje. No tienes nada que temer.

—¿Y qué… qué pasará después? —preguntó Chiara, titubeante. No estaba acostumbrada a dirigirle la palabra al rey, y mucho menos a hacerle preguntas.

—El príncipe de Laran te espera en Vlecha, no muy lejos de la frontera.

Chiara se esforzó por dar a su voz un tono valiente, y fracasó sin remedio.

—¿Los guardias no me acompañarán a las tierras de los bárbaros?

—Intentarán que al menos uno de ellos te acompañe como guardaespaldas y hombre de confianza. —Su rostro se endureció—. Pero eso quedará a discreción del príncipe.

De su prometido. Chiara se estremeció. ¿De verdad querría casarse con ella?

¿Con todo lo que eso conllevaba? La imagen de un hombre tosco, maloliente y peludo se alzó en su mente, y Chiara cerró los ojos un instante.

¿Tendría que soportarlo? ¿Y qué significaría para su futuro, para su regreso?

¿La querría algún hombre, siquiera, después de aquello?

—Serías una heroína —declaró Lexor, como si hubiera leído sus pensamientos—. Cualquier hombre estaría orgulloso de poder llamarte su esposa. Yo me encargaré de ello.

Chiara asintió mientras luchaba por componer una sonrisa de gratitud. Era más de lo que había podido esperar hasta entonces.

—No te preocupes demasiado —prosiguió el rey, y un atisbo de impaciencia se coló en su voz—. No olvides que, para los bárbaros, tú encarnas a la princesa heredera de Arnawal, la llave del trono de nuestro reino; no se atreverán a tratarte mal.

Tenía razón. Chiara levantó la cabeza. Ya lo superaría.

Lexor la examinó un momento antes de asentir, satisfecho, y coger una campanilla dorada del escritorio.

El tintineo aún no había cesado cuando se abrió la puerta y entró el ministro Tallor. Debía de haber estado esperando en el pasillo durante la conversación.

—Os encargo los preparativos, Tallor. Apariencia, equipaje, guardias… Ya sabéis lo que hay que hacer.

—Desde luego, Majestad. —Tallor inclinó la cabeza y extendió el brazo hacia Chiara—. Venid conmigo, querida. Vamos a hacer de vos una princesa heredera.

Chiara echó a andar, rígida. Debatiéndose entre el sentido del deber y la esperanza, por un lado, y, por otro, la sensación de hundirse en un abismo oscuro y sin fondo. No sabía qué sentir ante aquel giro tan brusco de su vida.

Pero eso carecía de importancia. Su destino no era decisión suya.