La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Debía de serlo, si el rey no había perdido el tiempo en mandarle un mensajero a su hija, sino que la había convocado directamente con su magia mental.

Turbada, Chiara corrió tras Isida. Que la caprichosa princesa obedeciera la orden de su padre tan deprisa y sin rechistar le daba miedo. Tenía que haber pasado algo muy grave.

Los guardias apostados ante la puerta del rey la abrieron de par en par, sin decir palabra, en cuanto Isida llegó a su altura.

Chiara se quedó pegada a ella cuando entraron en el despacho de Lexor y se hizo lo más pequeña posible.

El rey infundía temor. Llevaba la barba, ya canosa, recortada con esmero, y una corona de un metal de brillo mate le ceñía la cabeza.

Vestía una túnica negra con un cinturón enjoyado y ribetes dorados en el cuello, las mangas y el bajo.

Solía ataviarse con menos pompa que muchos cortesanos.

A juicio de Chiara, eso no hacía sino subrayar el aura de poder que lo rodeaba.

Isida hizo una ligera reverencia, Chiara una mucho más profunda.

Lexor agitó la mano con impaciencia y volvió la mirada hacia Chiara.

—Ponte derecha, muchacha.

Temblando, Chiara obedeció, pero mantuvo la vista baja.

—Hum. —El rey se levantó, pasó junto a Isida y fue derecho hacia Chiara.

Chiara apenas se atrevía a respirar mientras él caminaba a su alrededor, observándola con atención.

Tensó todo el cuerpo para no temblar. Nunca había sido tan consciente de que su vida estaba única y exclusivamente en manos de aquel hombre.

Los pensamientos se le aceleraban en un intento vano de adivinar a qué venía el repentino interés de Lexor.

El rey se detuvo y dirigió un gesto de asentimiento al ministro Tallor, que se mantenía un poco apartado.

—Podría funcionar, sí.

—¿De qué se trata? —preguntó Isida, irritada, alzando la barbilla. No estaba acostumbrada a que la ignoraran.

Lexor se dejó caer pesadamente en una silla tapizada que se encontraba detrás de su enorme y macizo escritorio. Cogió una carta de la mesa y se la tendió a su hija.

—Léela tú misma.

Isida cogió el papel con rigidez.

—¿Qué? —exclamó atónita tras echar un vistazo a las líneas. Despacio, bajó la carta. Su rostro temblaba de ira—. Esto es una broma, ¿verdad?

—Me temo que no. —El rey se cruzó de brazos—. El caudillo de los bárbaros exige tu mano y una parte de la provincia del sur como dote. De lo contrario, continuará con sus ataques.

A Chiara se le cortó la respiración. La enormidad de aquella exigencia resultaba inconcebible.

—¡Debe de ser una broma! —Isida le tendió la carta a su padre, indignada, y, al ver que él no hacía ademán de cogerla, dejó que planeara hasta el suelo.

Chiara permaneció inmóvil y deseó estar muy lejos. Seguramente el rey no dejaría sin castigo semejante falta de respeto.

—Por más que quisiera darte la razón, hija —respondió Lexor con sorprendente aplomo—, no podemos permitirnos ignorar esta oferta.

El miedo se instaló en Chiara. Su familia vivía en el sur. Si aquellas tierras caían en manos de los bárbaros…

El pecho de Isida subía y bajaba entre espasmos. Tenía el rostro exangüe.

—Yo… no … me casaré… con el príncipe de los bárbaros —declaró con firmeza.

—Por supuesto que no. —Lexor agitó la mano, como si la idea fuera de todo punto absurda, y Chiara se relajó un poco—.

Al mismo tiempo, debo admitir que ese autoproclamado príncipe de Laran se está convirtiendo en una verdadera plaga —continuó Lexor, bajando la voz con intención—.

Sabes que a algunos les encantaría seguir su ejemplo.

La calma tiene que volver de una vez al reino, y necesitamos tiempo.

—¿Cuánto tiempo podremos darle largas?

—No lo suficiente. Tenemos que entregarle una princesa.

Isida ladeó la cabeza.

—¿Quieres enviarle a una de las chicas?

Chiara había oído rumores de que Isida tenía un buen número de hermanastras.

Su madre había permanecido muchos años sin hijos y había muerto pocos años después del nacimiento de Isida; el rey no había vuelto a casarse.

Porque no había querido volver a jugárselo todo a una carta, como afirmaban algunas malas lenguas.

En vez de eso, acumulaba ya una larga lista de favoritas, pero ninguna le había dado el ansiado hijo varón ni se había ganado así el derecho a convertirse en reina a su lado.

De modo que Isida seguía siendo la única heredera del trono.

Poco después de cada parto, Lexor les procuraba un buen partido a las madres de las niñas, que así llevaban una vida acomodada lejos de la corte.

Chiara prefería no imaginar siquiera el horror que aguardaba entre los bárbaros a la muchacha elegida.

—No. —Lexor negó con la cabeza—. El príncipe no es tonto, sabe que no significan nada. Te exige expresamente a ti.

Isida se cruzó de brazos.

—Me temo que no salimos del mismo punto. Porque yo no pienso ir.

A pesar de la determinación que irradiaba la princesa, Chiara percibió su inquietud, como si temiera que, a pesar de todo, su padre fuera a arrojarla como pasto al príncipe de los bárbaros.

—Tienes razón, eso queda descartado —la tranquilizó Lexor—. Eres la princesa heredera. Hasta ahí podíamos llegar: no voy a servirle mi trono en bandeja de plata a un capitán de bandidos.

—¿Qué piensas hacer entonces?

—El ministro Tallor tiene una idea excelente que mantendría a raya a los bárbaros y nos haría ganar el tiempo necesario para encontrar una solución adecuada. —Hizo una pausa—. Cumpliremos lo exigido solo en apariencia y enviaremos a otra en tu lugar ante el príncipe.

La mirada del rey se posó en Chiara.

Desconcertada, ella le devolvió la mirada. Solo muy despacio fue asimilando el significado de sus palabras.

No, eso no podía ser. Era imposible que se refiriera a ella…

—¿Cómo va a funcionar eso? —Isida se echó la melena hacia atrás. Su aspecto era todo menos discreto.

—Podemos dar por hecho, Alteza —se adelantó el ministro, solícito—, que el príncipe bárbaro nunca os ha visto en persona.

—Tallor sonrió, tranquilizador—. ¿Cómo iba a veros?

Rara vez os mostráis fuera del palacio y, cuando lo hacéis, los ciudadanos solo os ven a prudente distancia.

Además, nunca habéis estado cerca de las montañas de Rhaydam.

—Podría haber oído descripciones o tener retratos.

—Las palabras engañan. —El hombre lo descartó con un gesto despreocupado—.

Y las pinceladas no hacen justicia a vuestra belleza.

Claro está que aun así habrá que cuidar muchos detalles.

Vuestra sustituta no solo debe parecerse a vos en edad y figura.

—Se acercó despacio a Chiara—. También debe poseer la educación adecuada y conocer vuestras costumbres al dedillo para poder encarnaros de forma convincente.

Chiara se sentía como en una pesadilla. Quería huir, gritar, esconderse, pero no podía mover ni un músculo. Como una corza paralizada por el espanto, se quedó mirando al ministro, que con su semblante serio y su capa oscura le recordaba a un cuervo de la muerte.

Isida se volvió despacio y la comprensión se pintó en sus rasgos.

—¿Ella?

En su voz resonaba la misma incredulidad atónita que embargaba también a Chiara.

Un instante después, Isida sacudió la cabeza con violencia.

—Ni hablar, imposible. En la vida podría pasar por mí. ¡Miradla!

Pocas veces había sido Chiara tan consciente como en aquel momento del contraste entre ella y la princesa, tan segura de sí misma, tan vivaz, tan hermosa. Y por primera vez lo agradeció. Isida tenía razón: la desenmascararían en cuestión de segundos.

La voz de Isida se volvió más enérgica.

—Además, no puede irse: la necesito.

Un torrente de afecto y alivio inundó a Chiara. Isida no la dejaría en la estacada. Seguro que el rey no tardaría en comprender lo imposible que era aquel plan y encontraría otra solución.

—¡Esto no es cosa de niños! —la cortó Lexor, atronador—. Hay mucho más en juego que tu entretenimiento. La decisión está tomada.

Chiara se encogió, asustada. Con los ojos abiertos de par en par, se quedó mirando al rey. Sus palabras le martilleaban la cabeza: La decisión está tomada. Aquello no era una reunión para discutir un plan, ni una deliberación. Ni siquiera la opinión de Isida contaba.

—¿Y de verdad crees que eso va a funcionar? —Con la barbilla alzada en gesto combativo, Isida se plantó junto a Chiara—. No se parece en nada a mí.

El rey ni se inmutó.

—Bien arreglada, la diferencia será insignificante. El pelo se peina, los vestidos se cambian, las caras se maquillan. Además, la mayoría de la gente no ve más que lo que espera ver.

—Tampoco debemos olvidar que lady Chiara domina el arte de la ilusión como ninguna otra —añadió el ministro Tallor con voz aterciopelada—. Para ella será cosa fácil engañar a unos cuantos bárbaros simples.

Isida siguió objetando, pero Chiara ya no escuchaba.

La sangre le rugía en los oídos; sentía como si cayera a un abismo sin fondo del que no había salvación para ella.

Isida y Lexor discutían, pero a ninguno de los dos se le ocurrió preguntarle a Chiara por su opinión o sus deseos.

Decidían por ella como si no estuviera delante.

La vendían como una mercancía y la mandaban lejos, como si fuera una cosa sin sentimientos.

Otra vez.

El recuerdo de la despedida de su madre la arrolló con renovada fuerza. Volvía a tener ocho años y la arrancaban de todo lo que amaba y conocía. Chiara se tambaleó, las lágrimas le ardían en los ojos.

—¡Ya basta! —La orden del rey resonó tanto en la sala como en los pensamientos de Chiara. Lexor miró a su hija con gesto torvo—. Puedes irte. Vos también, ministro.

Chiara esbozó un movimiento vacilante.

—Tú no. —La voz del rey la retuvo, férrea.

—Pero… —Isida vaciló. Parecía que aún no había terminado.

—Sin peros. —El tono del rey no admitía réplica. Su mirada taladró a su hija; por un instante, Isida se quedó rígida como un palo; luego bajó la cabeza a regañadientes. Fuera lo que fuese lo que su padre le había transmitido mentalmente, surtió efecto.