La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Chiara cerró los ojos para ahuyentar el martilleante dolor de cabeza que llevaba toda la mañana asediándola. De inmediato la asaltaron imágenes espantosas: cadáveres carbonizados, gente masacrada, bocas crispadas en un último grito mudo.

Apenas había dormido esa noche, atormentada por terribles pesadillas que le hacían revivir sin descanso el horror que se estaba desatando en la región fronteriza.

Chiara ni siquiera sabía de dónde salían aquellas imágenes tan detalladas: no había conocido en su vida una guerra, ni una sola batalla. Quizá, como tejedora de palabras, poseía sin más una imaginación desbordante, demasiado viva.

—¡Ay, Chi! —La princesa Isida dio una patada en el suelo—. Ahora tendremos que empezar de nuevo.

Chiara se sobresaltó al sentirse descubierta y levantó la vista, justo a tiempo para ver cómo el suntuoso vestido de baile que Isida y ella estaban diseñando para la princesa se desvanecía en un suspiro.

Una arruga de enfado apareció entre las cejas de Isida.

—Concéntrate de una vez.

—Lo siento. —Chiara se pasó una mano por la frente. Se preguntaba cómo la princesa podía permanecer tan imperturbable ante lo que estaba ocurriendo en la frontera—. No he dormido bien. —Titubeó—. ¿Es cierto? ¿Han iniciado los bárbaros una invasión?

—¡No empieces tú también! —Isida puso los ojos en blanco—. No pueden hacernos nada. Arnawal es demasiado grande como para que alguien pueda vencernos. En cuanto abandonen el abrigo de sus montañas, los aplastaremos.

—¿Y qué pasa con la gente de la región fronteriza? —Chiara no pudo evitar volver a pensar en las montañas de cadáveres de sus sueños. Cinco aldeas llenas de mujeres, hombres y niños… Se le partía el corazón solo de pensarlo.

Isida suspiró.

—Padre ya ha dado la orden: hoy partirán más tropas. No podemos dejar un ataque así sin castigo.

—¿Creéis que lo conseguirán?

Isida se interrumpió, molesta.

—Pues claro. No te rompas la cabeza con eso. Hay otras noticias que a ti te interesarán bastante más.

—¿Y qué noticias son esas? —preguntó Chiara con cautela.

—He concedido a Idrian el nuevo puesto que solicitaba.

Chiara no sabía muy bien qué pensar de aquello. No había vuelto a ver a Idrian desde la conversación interrumpida del día anterior.

—Es muy amable por vuestra parte.

Los labios de Isida se curvaron con desdén.

—Por desgracia, él lo vio de otra manera.

—¿Ya se lo habéis comunicado?

—Sí. Le hice venir a verme esta mañana. —Su voz sonaba inusualmente fría. Un mal presentimiento se le instaló a Chiara en la boca del estómago—. Winja me ha contado lo de vuestro encuentro de ayer.

—Nos encontramos por casualidad… —comenzó a decir Chiara, pero la princesa no la dejó terminar.

—Me contó lo que él dijo de mí.

A Chiara se le hizo un nudo en la garganta y clavó en Isida una mirada tensa.

—Le he conseguido un puesto influyente en Acharba, la capital de la provincia del sur. Le reportará dinero suficiente para que su padre se dé por satisfecho de una vez.

—¿Provincia del sur? —preguntó Chiara con voz ronca, horrorizada. Era un viaje de sus buenas ocho semanas.

—Sí. Se marcha dentro de tres días.

Un vacío insondable se abrió dentro de Chiara. Sintió vértigo, como si estuviera al borde de un abismo.

—¿Por qué?

—¿Lo preguntas en serio? —Isida se cruzó de brazos—. No tolero las faltas de respeto, de nadie.

—Pero… —Chiara apretó los labios antes de decir también ella algo que le saldría caro.

En el fondo, Idrian no había dicho nada que la propia princesa no hubiera afirmado también.

Los dos habían jugado a aquel juego a sabiendas.

Solo que estaba en manos de Isida ponerle fin en el momento en que se cansara.

¿O acaso la princesa no soportaba que Idrian la prefiriera a ella antes que a la propia Isida?

—Te he hecho un favor, créeme. —Isida sonrió despreocupada. Parecía haber recuperado el buen humor—. Tarde o temprano te habría roto el corazón de todos modos.

Chiara cerró los ojos.

—Eso ya nunca lo sabremos, ¿verdad?

En cuanto Isida la dejó marchar, Chiara corrió a los aposentos de Idrian.

Con el pulso acelerado, llamó a su puerta; sencillamente, tenía que verlo.

Sentir sus brazos rodeándola por última vez, saber una vez más lo que era estar de verdad viva y valer algo.

Una parte salvaje y loca de ella esperaba que Idrian le pidiera que lo acompañara.

Aunque Isida nunca lo permitiera, Chiara podría llevar en su corazón toda la vida aquella prueba de su afecto, el recuerdo de él.

Sabría que en algún lugar había alguien que la amaba tanto como para afrontar por ella la ira de la princesa.

Estaba tan concentrada en Idrian que retrocedió sorprendida cuando, en su lugar, un hombre mayor le abrió la puerta. Solo al fijarse mejor reconoció, por la librea, que debía de tratarse de un ayuda de cámara. El hombre la examinó de arriba abajo, sin que su rostro delatara emoción alguna.

—Querría hablar con Idrian —carraspeó—, es decir, con lord Kareos.

—Su señoría está ocupado. —El criado hizo ademán de cerrar la puerta.

Chiara enderezó los hombros.

—Por favor, decidle que… lady Chiara desea verle.

El hombre inclinó la cabeza.

—Esperad aquí.

Chiara se apoyó en la pared e intentó dominar sus sentimientos.

Para Idrian, la situación debía de ser mucho peor que para ella; al fin y al cabo, él tendría que dejarlo todo atrás y construirse una vida completamente nueva.

Ella quería estar a su lado, ayudarlo. Quizá, con el tiempo, incluso encontrarían una solución.

—Chiara.

Su voz la arrancó de sus cavilaciones. Levantó la vista y la sonrisa se le murió en los labios al ver la expresión de ira en su rostro.

—¿Qué haces aquí? —Su voz sonaba tan brusca como sus palabras.

Chiara carraspeó.

—He oído lo que ha pasado… —Todo en ella la empujaba a tocarlo, a ofrecerle consuelo y comprensión, pero él estaba tan rígido y tenso que no se atrevió.

—Pues ya tienes tu venganza.

—¿Qué? —Ella negó con la cabeza, atónita—. Me acabo de enterar; yo no tengo nada que ver.

—No, nada en absoluto —se burló él—. Por tu culpa estoy metido en este lío. Debería haber imaginado que solo me traerías problemas. Solo quería divertirme un poco. Y ahora… —Se miró de arriba abajo, incrédulo—. Ahora voy a asarme en el desierto el resto de mi vida.

Chiara retrocedió horrorizada.

—¿Solo divertirte un poco? —Su voz temblaba.

—¿Qué si no? —Resopló él—. Un hombre tiene sus necesidades, y las chicas casaderas cuidan mucho su maldita virtud. Así que solo quedan las viejas, las feas y las pobres… o tú.

Chiara se quedó mirándolo como si no lo hubiera visto jamás. Aunque la hubiera pisoteado, habría sido menos cruel, menos doloroso que aquellas palabras. Solo la había querido porque nadie más la querría jamás. Porque, a su modo de ver, ella no tenía motivos para guardarse para nadie.

Se dio la vuelta. Sin dignarse a responderle, se alejó tambaleándose, como aturdida.

Isida había tenido razón. Había intentado advertirla. La princesa era la única persona en todo el mundo a quien le importaba Chiara, aunque fuera un poco. O a quien le importaría alguna vez.

Los dos meses siguientes transcurrieron como entre una niebla turbia.

Poco a poco, la desesperación fue calando en Chiara.

Todos los días eran iguales y no había perspectivas de que su existencia cambiara jamás.

Era una tejedora de palabras, destinada a hacer que otros vieran y vivieran todas las cosas que a ella jamás le serían concedidas.

—Deberíamos organizar otra fiesta, estos días estás terriblemente callada. —Isida levantó la vista del libro que hojeaba sin ganas.

—¿Lo consideráis apropiado, Alteza? —objetó Chiara con cautela—.

Los informes que llegan de la región fronteriza no invitan a celebrar nada.

No cesaban de recibir noticias de campos quemados y aldeas devastadas.

Por la razón que fuera, el poderoso ejército de Arnawal no lograba dar caza a las bandas de saqueadores.

Como un enjambre de mosquitos, se dispersaban en cuanto los soldados se acercaban, para golpear poco después en otro punto.

Y si los soldados cometían la imprudencia de seguirlos a las montañas, la mayoría no regresaba.

El ambiente en la corte se volvía cada vez más tenso.

No es que existiera un peligro real, pero eso socavaba la inviolabilidad y la omnipotencia de Arnawal.

Algunos incluso murmuraban que los acontecimientos empezaban a meter malas ideas en la cabeza de otros territorios periféricos.

—Precisamente por eso, un poco de distracción nos vendría bien a todos. —Isida se incorporó, entusiasmada. Los últimos meses tampoco habían pasado sin dejar huella en ella. Ahora dedicaba mucho más tiempo a consejos de guerra y reuniones a las que Chiara no tenía acceso.

Chiara dejó a un lado su lectura y se dispuso a cumplir los deseos de la princesa.

—¿Qué tenéis en mente?

—Usaremos el gran salón de fiestas —comenzó Isida, y Chiara, con un murmullo, tejió una imagen flotante de la sala.

Isida fue dando más instrucciones y Chiara las plasmaba, cambiaba lo que a la princesa no le gustaba y aportaba ideas propias.

Sorprendida, descubrió que estaba sonriendo.

Había echado de menos aquellos ratos distendidos con Isida.

De repente, la princesa se quedó paralizada en mitad de una frase y se le fue todo el color de la cara.

—¿Qué pasa? —Chiara se puso en pie de un salto, asustada.

—Mi padre —explicó la princesa, tensa, apretándose las sienes con las manos—. Quiere que acuda de inmediato. — Una expresión de incredulidad le cruzó el rostro y sus ojos se clavaron en Chiara—. Que tú me acompañes.

—¿Qué? —Sin poder evitarlo, Chiara dio un paso atrás—. ¿Por qué? —Repasó a toda velocidad los últimos días en busca de alguna falta que hubiera podido provocar la ira del rey.

—No lo sé. —Isida la agarró de la mano—. ¡Pero es importante!