Capítulo 2 #3
—La vida la abandonó y Welzelin lloró amargamente por su amor perdido. Cuando más tarde se levantó, advirtió que el poder de los caídos seguía con él. Los espíritus se lo habían regalado como agradecimiento por haber vengado su muerte.
—Doblegado por la pena —y, sin embargo, más poderoso que nunca—, Welzelin salió del bosque para guiar a Arnawal hacia un futuro glorioso y pacífico.
Chiara se aferró a aquella última imagen mientras miraba de reojo a Isida por entre las siluetas que ella misma había conjurado. La princesa tenía los ojos cerrados y respiraba tranquila y profundamente.
—Está dormida —susurró Winja, sentada junto a su señora, confirmando las sospechas de Chiara—. Ya lleva un buen rato así.
Chiara hizo desaparecer la ilusión y se frotó la nuca agarrotada. Ahora que dejaba de concentrarse, notó lo cansada y agotada que estaba.
—¿Por qué no me lo has dicho antes? —se quejó a media voz. Si no dormía lo suficiente antes de la próxima función, lo pagaría con dolor de cabeza.
—Lo siento. —Winja se acercó en silencio—. Estaba tan atrapada en tus palabras… —Su voz temblaba—. Me encanta esta historia, y tú le das tanta vida… Casi tenía la sensación de ser yo misma Welzelin.
—Sé a qué te refieres. —Chiara sonrió. Eran momentos como aquel los que la reconciliaban con su magia de tejedora de palabras.
Winja suspiró.
—Ojalá en nuestra época también hubiera un Welzelin.
Chiara asintió.
—Era un hombre extraordinario. —La sonrisa soñadora se apagó en sus labios—. No nos habría dedicado ni una mirada. —Seguramente ni habría reparado en su existencia—. Además, ninguno de sus amoríos acabó nunca bien. Estaba demasiado ocupado salvando el mundo.
—Con la reina Reana era feliz —replicó Winja, muy seria.
Chiara torció el gesto, pensativa.
—Seguro que la amaba, pero aun así apenas estaba a su lado. ¿Sería Reana feliz con él?
Winja le dio un codazo.
—Venga ya, era la reina.
Chiara guardó silencio. Dudaba de que un título por sí solo pudiera hacer feliz a alguien. Por otro lado, Idrian parecía creerlo. Idrian. Suspiró cuando sus pensamientos volvieron a la situación sin resolver entre ellos.
—Tengo que irme. Necesito dormir. Mañana temprano debo estar otra vez con Isida.
La princesa insistía en que Chiara estuviera presente en todas sus obligaciones, ya se tratara de los preparativos de una recepción con dignatarios o de las sesiones de protocolo en las que se le presentaban las últimas noticias del reino.
Isida desestimaba todas las objeciones alegando que valoraba la opinión de Chiara.
Sin embargo, como nunca la pedía, Chiara sospechaba más bien que la princesa no quería ser la única que se veía obligada a soportar tareas desagradables.
—Descansa. —Winja sonrió a modo de despedida.
En cuanto la puerta se cerró tras ella, dejando fuera la acogedora comodidad de los aposentos, Chiara sintió cómo el cansancio y el frío de los pasillos se le metían bajo la piel. Tiritó y devolvió el escueto asentimiento de los dos guardias apostados ante la puerta de Isida.
Chiara echó a andar a buen paso. Su propia habitación quedaba a solo unos pasillos de distancia.
Acababa de pasar el desvío hacia los aposentos del rey cuando unas voces agitadas y un tropel de pasos la hicieron detenerse, asustada.
Siguiendo un impulso, Chiara se pegó a la pared y escudriñó el pasillo, atenta a cualquier amenaza.
Varios guardias pasaron por la bifurcación sin mirar hacia ella.
Chiara contuvo la respiración mientras los hombres intercambiaban palabras atropelladas con los centinelas de la puerta del rey.
Al instante siguiente, oyó cómo se abría de golpe una puerta y resonaba la voz atronadora del rey.
Como siempre, aquella voz le puso a Chiara la piel de gallina.
El poder que vibraba en ella le hizo flaquear las rodillas y le aceleró el corazón.
Puede que el rey Lexor no estuviera del todo a la altura de su antepasado Welzelin, pero desde luego no le iba a la zaga en casi nada.
Su magia mental era imponente y se manifestaba con toda claridad en cada uno de sus gestos y cada una de sus palabras.
Hasta entonces solo le había dirigido la palabra a Chiara en dos ocasiones, y ella lo agradecía enormemente.
No tenía ni idea de cómo aguantaba Isida el trato constante con él; seguramente había que nacer para ello.
Aparecieron más hombres. Algo terrible debía de haber ocurrido, pero entre el ruido general, Chiara no podía entender lo que se decía.
—¡Asegurad los pasillos! ¡Ni una palabra de esto, a nadie! —La orden procedía sin duda del rey, y el miedo hizo presa en Chiara. No debería estar allí. Si la sorprendían, la tomarían por una espía y entonces ni siquiera la influencia de Isida podría salvarla.
Dos guardias avanzaron en su dirección. Chiara se deslizó hacia la sombra de una estatua.
La figura estaba demasiado cerca de la pared como para poder esconderse detrás, pero era mejor que nada.
Chiara no se atrevía a respirar. Un pensamiento desesperado se le pasó por la mente.
Podría intentar camuflarse con su magia.
La esperanza se disipó tan deprisa como había prendido.
Era una tejedora de palabras. Sus ilusiones solo funcionaban si la gente oía su voz, lo que las delataba al instante.
Los guardias llegaron a la estatua detrás de la cual se ocultaba a medias.
Uno de ellos giró la cabeza. La sorpresa asomó a su rostro.
El pánico se adueñó de Chiara. Le hizo un guiño casi imperceptible y ella reconoció al guardia que poco antes estaba apostado ante la puerta de Isida.
Él sabía que ella no era una espía, que acababa de salir de los aposentos de la princesa y se dirigía a su propia habitación.
También había gente decente en este mundo.
Poco a poco, el tumulto fue amainando y el rey se retiró a sus aposentos con algunos de los hombres. Sin embargo, Chiara no se atrevió a moverse hasta estar completamente segura de que nadie la vería.
Cuando por fin se decidió a moverse, todo el cuerpo le hormigueaba por la postura tensa y forzada.
A pesar del agotamiento y del incipiente dolor de cabeza, pasó de largo ante la puerta de su habitación y tomó la escalera que, al final del pasillo, conducía a la zona del servicio.
Debía de ser ya casi medianoche, pero sabía que en la cocina siempre habría alguien.
Podría tomarse un té y, de paso, quizá averiguar algo sobre los inquietantes sucesos.
Desde luego, aquello por lo que molestaban al rey Lexor de Arnawal en plena noche no podía ser ninguna nimiedad.
Acababa de llegar a la puerta de la cocina cuando Hisanna pasó corriendo junto a ella con el camisón ondeando a su espalda.
Chiara retrocedió asustada cuando la jefa de cocina irrumpió en su santuario como un espíritu vengativo.
Dos mozas de cocina, que seguramente hacían el turno de noche, corrían frenéticas de un lado a otro y aflojaron los hombros, aliviadas, al descubrir a Hisanna.
—¡Vamos, aviva el fuego! —ordenó Hisanna a una de ellas sin aminorar el paso—. Tú, saca el pan de la despensa. —Se ató un delantal—. Y tú —su mirada se clavó en Chiara—, trae una jarra de cerveza.
—Yo… pero… —balbuceó Chiara, cogida desprevenida—. No soy moza de cocina.
—Me da completamente igual lo que seas —la interrumpió Hisanna con brusquedad—. ¡Muévete! ¡Vamos!
Chiara buscó a su alrededor con la mirada. Hasta entonces, nunca le habían dejado tocar nada allí.
—Allí, al fondo. —La cocinera señaló impaciente con su mano carnosa un gran armario en el que había varias jarras de plata alineadas.
Obediente, Chiara se encaminó al armario. Si al menos supiera dónde estaba el barril de cerveza…
La puerta se abrió de golpe y varias figuras somnolientas entraron en tromba.
La mayoría, al igual que Hisanna, ni siquiera había tenido tiempo de vestirse del todo.
La cocinera ladraba órdenes y, por suerte, alguien le quitó la jarra de las manos a Chiara.
Ella se apartó hacia la pared para no estorbar y observó cómo Hisanna preparaba un tentempié a toda prisa.
—Llevad esto al rey —ordenó a dos criadas que aguardaban, y se apoyó exhausta en el mostrador en cuanto las dos mujeres desaparecieron. Se pasó las manos por la cara y resopló.
Los presentes miraron a su alrededor, indecisos. Su trabajo había terminado, pero, al igual que Chiara, parecían reacios a retirarse antes de saber de qué iba todo aquello.
—¡No os quedéis ahí parados como tontos! —Hisanna se recompuso—. Tú, friega las ollas. Y vosotras dos, limpiad los fogones. —En un santiamén había encontrado una tarea para cada uno y volvió su atención hacia Chiara—. ¿Qué quieres aquí, muchacha?
—Un té.
La cocinera la observó con atención.
—Vienes de arriba, ¿verdad?
—Sí.
—¿Sabes lo que está pasando allí arriba?
—No.
Hisanna parecía a punto de añadir algo cuando la puerta volvió a abrirse y las dos criadas irrumpieron, pálidas como la cera.
—Ha habido… otro ataque… de los bárbaros —informaron, interrumpiéndose la una a la otra, sin aliento—. Cinco aldeas… arrasadas y quemadas. Se habla de guerra…