Capítulo 2 #2
—¡Suéltame! —repitió con energía.
—¿Qué te pasa? —Desconcertado, ladeó la cabeza y retiró una mano de su cintura para colocarle un mechón de pelo detrás de la oreja. El tierno gesto le provocó un escalofrío a Chiara.
Apretó los dientes y se soltó de su abrazo con decisión.
—Le diré a Isida que has preguntado por ella —respondió con la mayor frialdad posible, esperando que él no notara el temblor de su voz. ¿Cómo podía actuar como si no hubiera pasado nada? ¿Cómo podía jugar con ella con tanta ligereza?
—Oh. —La consternación cruzó los atractivos rasgos de Idrian y Chiara aprovechó el momento para retroceder aún más—.
No es lo que piensas. —Idrian acortó la distancia que se había creado entre ellos—.
Tienes que entenderlo… —Tomó aire—. Mi familia ya no es tan rica como lo fue en otro tiempo.
La princesa puede conseguirme el puesto que mi padre desea para mí.
El que la familia necesita para volver a ascender.
Chiara lo observó, insegura.
—¿Así que solo se trataba de política?
—Por supuesto. —La atrajo de nuevo hacia sí—. Mi corazón solo te pertenece a ti. Lo sabes de sobra.
Chiara vaciló. No estaba segura de qué debía sentir o pensar.
Lo había echado de menos. Su sola cercanía bastaba para encender en su pecho fuegos artificiales de añoranza, emoción y esperanza.
Pero si él podía robarle unos besos a la princesa sin sentir verdadero afecto, ¿cómo podía estar segura de que con ella era diferente?
—Por favor, perdóname. —Buscó su mirada—. Por favor. —Apoyó la frente en la de ella.
Chiara se perdió en sus ojos, cuyo color le recordaba la inmensidad del cielo de verano.
Una sonrisa le tiró de los labios cuando ella, sin pensarlo, se acercó más a él.
—¡Chiara! —resonó una voz indignada, un instante antes de que sus labios rozaran los de ella.
Sintiéndose pillada, Chiara dio un respingo y se encontró frente a la figura escandalizada de Winja.
La doncella de Isida solía ser bastante afable.
—¡La princesa espera! —soltó Winja entre dientes, y Chiara se deshizo, avergonzada, del abrazo de Idrian.
Sus dedos la rozaron al apartarse, como si le costara soltarla. Como si quisiera apurar aquel contacto todo el tiempo posible.
—¿Nos vemos luego? —preguntó él sonriendo.
—Lo dudo mucho —respondió Winja, gélida—. La princesa exige la compañía de Chiara.
—Pues mañana —concedió Idrian, despreocupado.
Winja no le dio a Chiara oportunidad de responder. La agarró de la mano y tiró de ella.
Chiara no sabía muy bien si sentirse molesta o aliviada.
—¿Se puede saber qué haces? —le espetó Winja en un susurro en cuanto nadie pudo oírlas—. ¿Cómo puedes volver a liarte con él, después de todo lo que ha pasado?
Chiara se abrazó los hombros.
—No lo entiendes. Se ha disculpado… y me lo ha explicado todo.
Winja negó con vehemencia.
—¡Pues entonces, miel sobre hojuelas! —Se detuvo y miró a Chiara con intensidad—. ¿De verdad es eso lo que quieres? ¿Un hombre que te rompa el corazón y luego te explique por qué era necesario?
Chiara volvió la cara.
—Isida está esperando. —No tenía ganas de discutir con Winja sobre su relación con Idrian.
—Pues que espere unos minutos. —Winja la miró con severidad—. Te mereces algo mejor.
A Chiara se le llenaron los ojos de lágrimas.
—No lo entiendes —repitió, secándose las mejillas.
Winja no podía ponerse en su lugar. La doncella vivía entre los de su clase, tenía muchos amigos entre el servicio y, aunque todavía no se había comprometido con nadie, Chiara sabía que contaba con varios admiradores entre los guardias y la servidumbre.
Sobre Chiara, en cambio, parecía flotar una advertencia constante que la marcaba a fuego como intocable.
Idrian era el único a quien eso no parecía importarle.
—Tienes razón, no lo entiendo —confirmó Winja con un tono mucho más suave—. No hay prácticamente ninguna dama de la corte —o criada, ya que estamos— a la que Idrian no haya intentado seducir.
Chiara respiró hondo. Conocía su reputación.
—Quizá haya cambiado.
Winja negó con la cabeza, seria.
—Golfo una vez, golfo siempre.
Chiara apretó los labios.
—La decisión es tuya, claro. —Winja se encogió de hombros—. Si solo se trata de un tonteo, seré la última en impedírtelo. Todo depende de lo que tú quieras.
—Claro. —Chiara asintió sin convicción. Ojalá fuera tan fácil.
—Y ahora ven, que si no Isida se impacientará de verdad.
—¡Por fin estás aquí! —la saludó la princesa, caprichosa, en cuanto Chiara entró con Winja en los aposentos—. Toma. —Le plantó un libro en la mano a Chiara—. Como ahora mismo no se puede confiar en tu imaginación, puedes leerme en voz alta.
—Gracias. —Aliviada, Chiara cogió el libro y se sentó en el hueco de una ventana.
Conocía la historia; era una de las aventuras más famosas del rey Welzelin, quien había unificado por primera vez el continente bajo la bandera de Arnawal y había traído paz y prosperidad a todo el pueblo.
Con una sonrisa, Chiara se acomodó en el asiento y abrió el libro.
El cuero cabelludo le hormigueaba de pura ilusión.
Aún no había utilizado su magia mental ese día y no notaba la pesadez que solía invadirla por las tardes tras la oración.
Ojeó las primeras líneas y dejó que las imágenes surgieran en su mente antes de plasmarlas en palabras.
—Una suave brisa sopló sobre el claro e hizo susurrar el denso follaje de los árboles y los arbustos.
Welzelin miró a su alrededor con asombro; nunca antes había visto un verdor tan exuberante ni unas flores tan espléndidas.
Las mariposas revoloteaban y los pájaros cantaban en lo alto de los árboles.
La belleza que impregnaba aquel claro le conmovió el alma; parecía como si el bosque bañado por el sol lo atrajera hacia sí, más y más adentro, hacia un destino desconocido y, sin embargo, prometedor.
—Como hechizado, el rey siguió aquella llamada —por colinas y valles, cruzando ríos y barrancos— hasta llegar a una casa que se alzaba solitaria y escondida en medio del bosque.
—Una mujer estaba arrodillada, absorta, en el florido prado que había delante.
Verla dejó a Welzelin sin aliento. Nunca antes había contemplado a una criatura más hermosa.
Su piel estaba cubierta de un brillo dorado, su largo y exuberante cabello ondeaba al viento, sus labios eran tan rojos y carnosos como una cereza madura y la fina túnica, casi transparente, dejaba entrever la perfecta redondez de sus pechos.
—Embelesado, Welzelin se acercó; un amor puro le inflamó el corazón.
—La mujer levantó la vista y sonrió. Le dio la bienvenida a su hogar.
—Welzelin tenía infinitas preguntas: quién era ella y de dónde venía. Por qué vivía sola en aquel bosque y qué le confería a aquel lugar su extraño encanto.
—Ella le contó que se llamaba Ewea y que había tenido que huir de su tierra natal porque había estallado una guerra terrible.
Toda su familia había sido asesinada y la aldea, incendiada.
Apenas había logrado escapar con vida. Se había internado cada vez más en el bosque, huyendo de sus perseguidores, hasta llegar a aquel lugar.
Allí había encontrado por fin paz y seguridad.
—Welzelin oyó la verdad de sus pensamientos, pues nada se le ocultaba a su magia mental. Juró llevar pronto la paz a su tierra natal, para que nadie más tuviera que sufrir un destino tan cruel como el suyo.
—Ella lo invitó a reponerse en su casa, pues llevaba mucho tiempo viajando.
—Con cada día que pasaba junto a ella, su amor por Ewea crecía.
Se dio cuenta de que ella también poseía cierto talento para la magia mental y la ayudó a dominarla.
Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses, mientras él le enseñaba todo lo que sabía.
Al final ya no pudo retrasar más su partida: quedaba tanta injusticia en el mundo, y su misión distaba mucho de estar cumplida.
Suplicó a Ewea, que hasta entonces siempre se había negado, que lo acompañara, que reinara a su lado.
—Ella tenía miedo de enfrentarse de nuevo al mundo. Pero su amor por él era tan grande que acabó accediendo. Solo pedía pasar una última noche en su refugio.
—En plena noche, Welzelin despertó atormentado por un dolor repentino.
Unos espasmos le sacudían el cuerpo y llamó a Ewea pidiendo ayuda.
Ella, sin embargo, no movió un dedo. Radiante y triunfal, se erguía en la oscura cabaña y su figura resplandecía desde dentro.
Nunca antes había experimentado Welzelin algo tan hermoso y a la vez tan terrible.
El velo que le había ocultado la verdad todo aquel tiempo se deshizo y Welzelin vio a Ewea por primera vez tal y como era en realidad: una bruja cruel y ávida de poder.
Ahora que ella ya no le ocultaba sus verdaderos pensamientos e intenciones, Welzelin comprendió toda la magnitud de su maldad.
Le había tendido una trampa. Después de que él compartiera todo su saber, ella le arrebató la magia —y, con ella, la vida— para acrecentar su propio poder.
Eso era lo que confería a aquel lugar su encanto especial: el poder que ella había robado a todos los hombres que lo habían precedido.
—Welzelin se revolvió, preso de la ira y del dolor, al descubrir la fealdad de su alma.
Llamó en auxilio a los espíritus de los hombres asesinados y, junto a ellos, se enfrentó a la bruja a quien tan de buen grado había entregado su corazón.
Lucharon, y cada golpe que él le asestaba le infligía también a él un dolor inconmensurable, pues no podía olvidar los sentimientos que albergaba por Ewea.
Welzelin resistió con valentía aquel tormento.
Se lo debía al mundo y a todos los desdichados que habían caído víctimas de Ewea: borrar a la bruja de la faz de la tierra.
—Se batieron durante muchas horas, hasta que Ewea sucumbió al amanecer. No pudo resistir la cólera unida de Welzelin y de sus víctimas.