Capítulo 2
—¡Téjeme algo bonito, algo que borre de mi mente esas terribles imágenes! —Isida irrumpió en su salón y se dejó caer pesadamente sobre el sofá tapizado de seda.
—¿Ha terminado ya el consejo de guerra? —preguntó Chiara con curiosidad. Llevaba horas esperando en los aposentos de la princesa.
—Por hoy, sí. —Isida cogió una campanilla dorada de la mesita auxiliar y la hizo sonar con impaciencia—. ¿Dónde se ha metido Winja? ¿Por qué no está aquí?
—Ha salido un momento —defendió Chiara a la doncella de Isida, con la que había esperado las últimas horas. Cómo no, Isida tuvo que regresar justo cuando Winja había cedido a los apremios de su vejiga.
—Empieza de una vez. —Isida miró a Chiara con mal humor—. Quiero oír algo que no sean estrategias de combate.
—¿De verdad hay guerra? —se le escapó a Chiara, asustada.
—¡Claro que no! —Isida lo descartó con un gesto—. A menos que las moscas pudieran desafiar a un oso de musgo. Solo son molestas, nada más. —Se masajeó las sienes.
—Los salvajes han aniquilado a todo un regimiento —objetó Chiara con cautela.
—Tenemos cincuenta. —Isida se enderezó—. Además, todos estarían vivos y coleando si no hubieran ido a esas montañas. Incluso padre admite que no fue la mejor decisión.
—¿Qué hará el rey?
—Reforzaremos la presencia militar en la zona y daremos un escarmiento en cuanto uno solo de esos salvajes se deje ver.
La puerta se abrió y Winja entró a toda prisa.
—¡Por fin! —Isida hizo un gesto a la joven para que se acercara—.
Trae mi bata y prepárame un baño. —Sacudió sus oscuros rizos—.
He pasado tanto tiempo con esos viejos rancios que ya huelo como uno de ellos.
Y ahora, a lo tuyo —se dirigió a Chiara después de que Winja se hubiera marchado—. ¿Sigues de morros o has perdido tu don?
—Perdonadme, Alteza. —Chiara esbozó una rápida sonrisa.
El desengaño por la traición de Idrian y el comportamiento de Isida seguía carcomiéndola, pero se había dado cuenta de que, sobre todo, se había engañado a sí misma.
Era una tontería perderse en fantasías de ensueño; algunas cosas sencillamente no estaban hechas para ella.
Era una curiosidad, un capricho de la naturaleza; nadie querría casarse con ella jamás —y, aunque así fuera, Isida no se lo permitiría—.
Era su juguete favorito y siempre lo sería, por muchos años que cumplieran las dos.
Sin duda, había destinos peores que ese. Tenía todo lo que necesitaba para vivir y no debía preocuparse por nada.
—¿Chiara? —Isida chasqueó los dedos con irritación.
Chiara se recompuso. No tenía por qué preocuparse mientras mantuviera a Isida de buen humor.
—¿Qué deseáis vivir, Alteza?
—¡Ya te he dicho que no lo sé! Decide tú, estoy cansada.
Chiara bajó los párpados y dejó que una imagen aflorara en su mente; luego empezó a hablar, quedo.
—Una hermosa cascada se precipita desde una alta roca hacia un lago cristalino. Las gotas de agua brillan como gemas bajo el sol naciente. Las mariposas revolotean y un pájaro exótico entona una preciosa melodía…
—Eso otra vez no —la interrumpió Isida, malhumorada—. ¿No se te ocurre nada mejor?
Chiara se devanó los sesos. No quería molestar aún más a la princesa.
—¿Quizás un magnífico baile con un príncipe enmascarado? ¿O una excursión al imponente desierto de hielo que dicen que hay en el norte, más allá del gran mar? —Hacía poco había leído una historia sobre aquel lugar.
Isida ladeó la cabeza y miró a Chiara con una intensidad inusual.
—¿Es eso todo lo que se te ocurre? —preguntó—. Tienes a tu disposición todas las posibilidades de este mundo y de todos los mundos mágicos imaginables, ¿y eso es todo lo que consigues?
La inquietud de Chiara creció, como si se tratara de una pregunta de examen cuya respuesta desconocía. Lo único que ella misma deseaba era verse libre de su don para poder ser dueña de su propia vida. Pero eso difícilmente se lo podía decir a Isida.
—Si me dierais una pista de lo que deseáis, Alteza, sin duda podría tejerlo para vos.
—No. Quiero que me sorprendas. —La princesa la escrutó, desafiante—. Si todo fuera posible, Chiara, ¿qué harías?
Chiara parpadeó. Era una pregunta absurda. En la vida no todo era posible y engañarse a una misma pensando lo contrario solo conducía al dolor.
—Estoy esperando. —Isida se cruzó de brazos.
Chiara respiró hondo para combatir la repentina opresión en el pecho y el odio que sentía en ese momento hacia la engreída princesa, que ni siquiera se daba cuenta de la crueldad con la que se comportaba.
—Venga, Chi. Con algo tendrás que soñar, digo yo.
Lo había tenido, hasta ayer. Pero Isida había reventado ese sueño casi de pasada, como la pompa de jabón que había sido.
—Ojalá pudiera visitar a mi familia —dijo Chiara al fin, ante la insistencia de la princesa.
Isida puso mala cara.
—Me acuerdo. De niña no parabas de hablarme de vuestra diminuta cabaña. —Se estremeció de asco—. Puedes dar gracias por haberte ido de allí. Aquí estás mucho mejor. —La princesa extendió los brazos.
El rostro de su madre apareció en la memoria de Chiara. No recordaba mucho de su infancia, pero nunca olvidaría el amor que había brillado en aquellos ojos castaños.
El tañido grave de un gong resonó por todo el palacio y, casi al mismo tiempo, todas las campanas de la ciudad comenzaron a repicar.
Chiara respiró aliviada; ni siquiera a Isida le estaba permitido desoír la llamada a la oración.
Era la ley más sagrada de Arnawal, y Chiara la obedecía de todo corazón.
Nada se comparaba con la euforia que le producía el sonido de su cuenco de oración.
En esos momentos podía sentir de verdad el roce bendito de Dios en su alma, en profunda comunión consigo misma y con el mundo entero.
La experiencia era siempre tan intensa que después necesitaba un rato para recuperarse.
Y no era la única a la que le ocurría. Por eso, la oración de la tarde marcaba el final de la jornada para la mayoría de la gente, y la oración del mediodía daba un respiro incluso al sirviente más humilde.
—Ve, anda —le concedió Isida, benévola—, pero vuelve enseguida y cena conmigo. Me zumba la cabeza y necesito distraerme un poco cuanto antes.
Con solemnidad, Chiara sacó el pequeño cuenco de bronce de la estantería, se arrodilló y lo colocó en el suelo delante de ella.
La invadió una mezcla de ilusión y melancolía.
Aquella pieza era lo único que le quedaba de su pasado.
Acarició con ternura el fino borde antes de coger el mazo envejecido.
Recordaba perfectamente el día en que había recibido el cuenco de oración.
Tenía tres años y estaba tremendamente emocionada.
Sus padres la llevaban de la mano; eso fue antes del accidente de su padre.
Su madre se había pasado semanas cosiendo aquel vestido: era de color claro, nuevo y sin remiendos.
Incluso tenía pequeños volantes en las mangas y en el cuello.
Chiara se sentía una princesa con él. Junto con todos los demás niños de su edad, se colocó delante de los sacerdotes, recibió la bendición y, acto seguido, su cuenco de oración.
Todos los niños, ricos o pobres, eran iguales ante el Dios Verdadero.
Todos recibían a los tres años la bendición y los cuencos de oración, que a partir de entonces los acompañarían cada día hasta el final de sus vidas.
Nunca antes había visto Chiara algo tan bonito y tan brillante, y mucho menos había podido llamarlo suyo.
Con el tiempo, el metal había perdido brillo, aunque ella lo pulía a conciencia.
Pero la emoción que le infundía el sonido del cuenco cuando lo golpeaba con la soltura de la costumbre seguía siendo la misma.
Chiara bajó los párpados, dejó que la vibración la traspasara y sintió cómo el sonido se llevaba consigo su ferviente oración y alzaba sus palabras y pensamientos derechos hacia Dios.
La alegría y la paz inundaron su corazón y se extendieron por todo su cuerpo: una señal tangible de que sus oraciones habían sido escuchadas, de que el Dios Verdadero sostenía Su mano protectora sobre su lejana familia y sobre ella misma, de que Él guiaba al rey de Arnawal y derramaba Su bendición sobre el pueblo.
La embriaguez de las sensaciones era tan fuerte que a Chiara le hormigueaban las yemas de los dedos y unos puntos negros se pusieron a bailar ante sus párpados cerrados.
Con una sonrisa, siguió respirando, envió sus pensamientos al cielo y golpeó el cuenco a un ritmo mesurado.
El ritual se le había metido en la sangre.
Ya ni siquiera necesitaba contar para dar los treinta y un golpes preceptivos.
La última nota se apagó; poco a poco, Chiara salió de su trance, estiró el cuerpo y abrió los ojos.
Normalmente se tumbaba un rato después de la oración, sobre todo si había entretenido a Isida durante las horas anteriores.
Hoy, sin embargo, aún no había utilizado su magia mental y casi no se sentía cansada.
Lo cual era una gran ventaja, ya que Isida la estaba esperando.
Con un suspiro, Chiara devolvió el cuenco a la estantería y se encaminó a la cocina. Es cierto que Isida había dicho que quería cenar con ella. Pero eso solía significar que Isida cenaba mientras Chiara le tejía una historia. Y Chiara no tenía ninguna intención de irse a dormir con hambre.
—¡Chiara! —Unos brazos la rodearon por la cintura y frenaron su carrera hacia los aposentos de Isida.
No necesitaba mirar para saber quién intentaba arrastrarla hacia un hueco de la pared; reconocería la voz de Idrian entre mil. Chiara clavó los pies en el suelo con todas sus fuerzas.
—¡Suéltame! —Intentó zafarse de él.
—¿Qué te pasa? —Se acercó y la estrechó con más fuerza—. Te he echado de menos.
Sus palabras sonaban tan aterciopeladas y seductoras como siempre. El corazón de Chiara empezó a latir desbocado. Aunque estaba furiosa, su cercanía no la dejaba indiferente. Y eso la enfurecía aún más. Con él. Con ella misma. Con la princesa y con todo el maldito mundo.