La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Unos pasos resonaron más adelante en el pasillo de piedra y Chiara se secó deprisa las mejillas húmedas.

Con la cabeza vuelta, pasó junto a dos guardias que patrullaban.

Los hombres debían de haberla reconocido por su vestido gris claro, cuyo único adorno eran unos ribetes dorados, pues la dejaron pasar sin molestarla.

A Chiara le habría encantado refugiarse en su cuarto y dar rienda suelta a las lágrimas.

En vez de eso, el doloroso vacío de su cuerpo la empujó a la cocina.

El uso de su don le pasaba factura y, además del sueño, la comida era la única forma de reponer sus reservas de energía.

Las criadas ya se reían de ella. No había nadie en el palacio que comiera tanto como Chiara y, aun así, siguiera tan menuda.

Chiara se detuvo ante la maciza puerta de la cocina y se palpó las mejillas. Las lágrimas se habían secado —al menos por el momento— y, con un poco de suerte, su estado no llamaría demasiado la atención. Chiara no se recordaba a sí misma de otro modo: pálida, agotada y con profundas ojeras.

Enderezó los hombros y abrió la puerta. De inmediato la invadió una variada mezcla de aromas a comida, y un murmullo de voces y el repiqueteo de los platos llenaban el aire.

Las criadas y los pinches correteaban de un lado a otro, mientras las cocineras, de delantal blanco, removían grandes ollas y sartenes, y Hisanna, desde una pequeña tarima, lo observaba todo con atención para poder intervenir al instante, si era necesario, con una rapidez impresionante para alguien de su corpulencia.

Chiara se quedó quieta un momento y absorbió la atmósfera con todos los sentidos. Se le había vuelto una segunda naturaleza empaparse de todas las impresiones para poder reproducirlas con la mayor fidelidad posible.

Como era de esperar, no pasó desapercibida mucho tiempo.

La mirada aguda de Hisanna se posó en ella, una arruga de desaprobación apareció en la frente de la jefa de cocina y Chiara se apresuró a cerrar la puerta tras de sí.

Hisanna no toleraba que ningún gato, perro o ratón se colara en su cocina, y por eso las puertas debían permanecer siempre cerradas para no atraer a ningún bicho al sanctasanctórum.

La arruga de la frente de Hisanna se alisó con indulgencia y Chiara se abrió paso entre el bullicio. Por el camino percibió un ambiente extraño: la agitación y el ajetreo flotaban en el aire.

Chiara estiró el cuello para localizar a Zita.

La joven ayudante de cocina se encargaba de la comida del servicio y, sin rechistar, le servía a Chiara un plato de sopa o un trozo de pan fresco incluso fuera de las comidas.

Descubrió a Zita junto a una de las enormes ollas de la pared del fondo y se dirigió hacia ella.

Con tantos aromas tentadores se le encogió el estómago de dolor, y tuvo que sujetarse cuando todo empezó a darle vueltas.

—¡Uy! —Un pinche chocó de costado contra ella y la sujetó para que no se cayeran los dos al suelo—. Lo siento —añadió asustado al reconocer a Chiara—. No ha sido mi intención. ¿Os encontráis bien?

—Perfectamente. —Sonrió para tranquilizarlo.

Nadie sabía muy bien cuál era el sitio de Chiara, y ella misma menos que nadie.

No era una criada, pero tampoco una dama de la nobleza.

Había recibido la misma educación que la princesa y se movía en los círculos más elevados.

Al mismo tiempo, era menos libre que el pastorcillo más pobre o que cualquiera de las personas que la rodeaban.

No podía marcharse sin más si ya no le gustaba estar en el palacio.

Su vida pertenecía al rey, y solo a él. Su magia mental, que los sacerdotes describían como una gracia del Dios omnisciente, era en el fondo un grillete irrompible.

—Llegas temprano. —Zita se apartó con el dorso de la mano un mechón de la frente empapada de sudor.

Chiara se dejó caer pesadamente en un taburete.

—Hoy ha sido un día un poco duro.

—No te deja en paz, ¿verdad?

Chiara se encogió de hombros, incómoda. Ni se le pasaba por la cabeza criticar en público a la princesa heredera.

—A fin de cuentas, para eso estoy aquí. —Esbozó una sonrisa torcida—. La mayoría me envidiaría por tener que trabajar de verdad solo unas pocas horas al día.

Zita no hizo ningún comentario y le pasó a Chiara un plato de guiso.

—Quizá eso te dé un poco de color en las mejillas.

—Gracias. —Chiara resistió el impulso de abalanzarse hambrienta sobre la comida.

Su cuerpo la asimilaba mucho mejor si comía despacio y con calma.

Además, aunque su estómago pedía alimento, su alma seguía embotada.

Si se llevaba la cuchara a los labios, mecánica, era solo por saber que necesitaba fuerzas nuevas para no volver a decepcionar a Isida al día siguiente.

—¡Pero si no dices nada! —se quejó Zita, sorprendida.

—¿Sobre qué? —Chiara se obligó a fijar la mirada en la joven.

—Es tu guiso favorito. Y hoy me ha salido especialmente bien.

—Ah, sí, gracias. —Chiara se llevó otra cucharada a la boca sin saborearla.

—¿Qué pasa? —Zita frunció el ceño.

—Dímelo tú. —Chiara señaló el trajín de la cocina, que ese día superaba con creces lo habitual—. ¿Qué ha pasado?

—¿No lo has oído? —Zita echó un rápido vistazo a su alrededor y bajó la voz en tono cómplice, aunque, con tanto ruido, nadie habría podido oírla—. Ha llegado un mensajero de las montañas de Rhaydam.

—¿Por las tribus bárbaras? —preguntó Chiara con escaso interés.

Desde hacía unos meses se producían con frecuencia pequeñas incursiones contra granjas aisladas de las faldas de la cordillera, en la frontera occidental de Arnawal.

Isida lo había mencionado de pasada un par de veces.

Aquella zona quedaba tan lejos y estaba tan poco poblada que la princesa no le había dado ninguna importancia.

Quizá las tribus salvajes que habitaban las montañas desde tiempos inmemoriales no habían encontrado presas suficientes por culpa de una sequía o algo por el estilo.

El hambre podría haberlas empujado a superar su miedo natural a la gente civilizada y a bajar a los valles en busca de alimento.

—Creía que el rey había enviado un destacamento de soldados.

—Un puñado de cazadores no representaba ninguna amenaza para el imperio más grande y poderoso del continente.

Zita asintió despacio.

—Lo hizo.

—¿Y? —El tono sombrío de su voz despertó, ahora sí, la curiosidad de Chiara.

—Están todos muertos, salvo un hombre que ha traído hoy el mensaje.

—¿Qué? —Chiara miró atónita a la ayudante de cocina, esperando el remate del chiste.

—Ahora mismo está con el rey, informándole. Todo el Consejo está reunido.

—¿Cómo es posible? —Chiara miró a su alrededor, desconcertada, casi esperando que estallaran las carcajadas por lo fácil que había sido embaucar a la ingenua tejedora de palabras. Pero nadie se rio. Todos parecían inesperadamente serios.

—Ni idea —confesó Zita en voz baja—. Cien soldados, armados hasta los dientes… todos muertos.

A Chiara le costaba creerlo.

—¿Y tú cómo lo sabes?

Zita se encogió de hombros.

—Las noticias corren rápido y, tarde o temprano, todos los caminos conducen a la cocina.

Además, Marlene —señaló a un grupo que se había reunido alrededor de la guapa camarera— acababa de llevarles el vino cuando el soldado lo contó.

Por desgracia, no pudo oírlo todo porque enseguida la mandaron salir de nuevo, pero fue suficiente.

—¿Qué pasó exactamente?

—Los bárbaros hacía mucho que habían huido de vuelta a las montañas cuando llegó el regimiento, así que los soldados salieron en su busca.

Un escalofrío le recorrió la espalda a Chiara.

—¿Se han adentrado en las montañas? —Cuando era pequeña, su madre le había contado historias espeluznantes sobre aquella cordillera inhóspita y las terribles criaturas que la habitaban.

—¿Qué otra opción les quedaba? No podían abandonar a su suerte a los habitantes de la región fronteriza. Los de allí son gente peculiar —poco más que salvajes, en realidad—, pero no dejan de ser ciudadanos de Arnawal. —Zita bajó la voz—. Los soldados pagaron su valentía con la vida.

Chiara cerró los ojos y rezó una rápida oración por los héroes caídos.

—Nada ni nadie me llevaría a esa tierra salvaje —declaró temblando—. ¿Fueron los bárbaros o las bestias quienes los mataron?

—Ambos, según se dice.

—¿Y qué va a pasar ahora?

—Los próximos días lo dirán.